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martes, 31 de julio de 2012

Del miedo a los duendes (Mervis Velásquez)

El poder de transformación del duende  es legendaria 
(Imagen en el archivo de Anita Mendoza)

Los duendes ya no asustan

Durante milenios, el cuento ha sido una actividad expresiva y común a las diversas culturas del mundo, en épocas primitivas, cuando todavía no se conocía la escritura, los hombres transmitían sus recuerdos, sus experiencias, e impresiones a través de la oralidad. Así de esta forma tan sencilla nace la narración. Asimismo, en la actualidad, el niño desde muy temprana edad se encuentra en contacto con experiencias de orden narrativo (cuentos, fábulas, anécdotas), que son propiciadas tanto por su entorno familiar como escolar.

Cuando una madre arrulla con una canción a su hijo lo prepara para su primer contacto con la poesía, y lo mismo sucede cuando un abuelo relata alguna historia de fantasmas o comenta un trabalenguas. Todo ello, forma parte de ese maravilloso mundo llamado literatura, en el cual todo niño, niña o joven se encuentra inmerso.

Si cerramos por un momento nuestros ojos y nos dejamos llevar por los recuerdos de la infancia, nos daremos cuenta que este adulto de hoy, en su niñez tuvo la experiencia de conocer a través del cuento un mundo donde el mal está omnipresente, al lado del bien; manifestándose en determinados personajes perfectamente definidos o se es bueno o se es malo.

Ahora me pregunto: ¿Con el pasar de los años hemos olvidado la encorvada figura de la madrastra de Blancanieves? ¿El sufrimiento de Cenicienta? ¿Cuántos temblamos al imaginar que la malvada bruja podía cortar el cabello de Raspuncel? ¿La voracidad del lobo frente a la impoluta Caperucita Roja?

Es posible que temiésemos enhebrar una aguja porque solíamos creer que podíamos pincharnos el dedo como la Bella Durmiente o que si colocábamos crucifijos en los dinteles de las puertas podríamos ahuyentar a los vampiros.

Estos cuentos de una u otra manera llenaron un espacio en nuestras vidas. Ya que, esa fue la literatura infantil que leímos, la que nuestros padres y maestros dieron a conocer. Los hermanos Grimm eran parte de nuestro mundo. Hans Chistian Andersen nos llenó el espíritu de plantas misteriosas, animales fantásticos, ambientes exóticos y mil fantasías más que aún persisten en nuestra memoria colectiva.

Hoy, para beneplácito de los lectores, la llamada Literatura Infantil, en las últimas décadas se ha enriquecido con nuevos e interesantes elementos mucho más cercanos a la realidad socio-cultural que rodea al lector (no importa su edad). En mi permanente búsqueda de textos para niños y con la sana intención de acercarlos al maravilloso mundo de la literatura, me tropecé con los "Duendes de allende y aquende" de Luiz Carlos Neves, poeta, teatrero, cuentista y crítico de la literatura infantil y juvenil.

Él, junto con Rosario Anzola, María Luisa Lázaro, Armando José Sequera y Mercedes Franco, entre otros, llenan el espacio literario infantil y juvenil de situaciones que se parecen al niño o joven de nuestro país. Muestra de ellos es la incorporación de la familia con todos los eventos que la hacen creíble; y de situaciones en la que cualquiera de nosotros se puede ver reflejado, aunque sean de ficción.

La obra cuentística de Neves se recrea en ambientes cotidianos, en donde el lenguaje humorístico y la poesía lo alejan del que emplean algunos escritores que usan la literatura para dar clases de moral.

Sus libros también sorprenden por sus ilustraciones; el que mencioné con anterioridad, Duendes de aquende y de allende, es el preferido de un grupo de jóvenes lectores quienes fascinado cada me piden que le cuente el cuento de esos duendes traviesos. Ellos son un grupo de seres encantados que habitan en los teatros, los cines, las aulas de manualidades, el salón de clase, las tierras de la llanura venezolana, las maracas, las bandolas; hasta son lo culpables de la picazón que se siente en un miembro fracturado (el duende rompe-huesos); e inclusive son los responsables de que a muchas personas les dé miedo hablar en público.

Los duendes de Neves llevan a esos sorprendidos lectores a disfrutar y sentir placer por lo que están leyendo, a relacionarse con su entorno. En cada encuentro no dejan de reír porque éstos ya forman parte de su vida cotidiana. De manera muy pícara dicen que el duende acusón es el que ocasiona que ellos le digan a su profesora que alguien los está molestando o de comentarle a su mamá que el duende grafito está haciendo que su prima le raye las paredes del cuarto.

Mariana, quien sólo tiene cuatro años, descubrió que esos personajes de ficción pueden ser sus amigos y que como ella realizan travesuras en la escuela, en el hogar, en el parque y disfruta de esos seres en miniatura, que juguetonamente, saltan de las páginas del libro para formar parte de su día a día.

En más de una ocasión me he sentido burlada cuando pregunto ¿quién se comió las galletas de chocolate? y con una sonrisa responde: yo no fui, recuerda que mis amigos los duendecitos están en todas partes ( a Elfina le encanta comer chocolate).

Con la lectura de esas historias el humor está presente en cada uno de sus juegos. Nuevos duendes como: el tocón (el que la incita a despertar a su papá); el desorganizado (culpable de que sus juguetes estén en todas partes) viven ahora en nuestra casa.

Gracias a la magia de esta nueva manera de concebir el hecho literario, desprovisto de estereotipos alienantes, los niños de hoy no se dormirán temblando de miedo ni en espera de alcanzar lo imposible; por el contrario, esos personajes de ficción pueden ser sus aliados porque se parecen a ellos. Ya los duendes no asustan.

Mervis Velásquez: Educadora nativa de El Tinaco, Cojedes. Licenciada en Educación con Maestría en Lectura y Escritura. Es coautora, junto a Maritza Torres Cedeño,  del texto "Estrategias para promover la lectura y la  escritura" (UNELLEZ-San Carlos, 2010)  

jueves, 19 de julio de 2012

LITERATURA ORAL LLANERA: LOS CUENTOS DE HERIBERTO JESÚS VIDAL (María del Rosario Jiménez Turco, Carlos Sandoval e Isaías Medina López)*


La tradición de lo fantástico recorre la obra de Heriberto Vidal
Imagen en el archivo de Liliani Ochoa López

Esta ponencia es resultado parcial del Proyecto “Sistematización digital, catalogación, ordenación, incremento y valoración crítica del Archivo de Literatura Oral del Instituto de Investigaciones Literarias”, registrado en el CDCH de la Universidad Central de Venezuela con el código PG 07-7249- 2008/1. Su investigadora responsable es la Prof. María del Rosario Jiménez, quien cuenta con la colaboración de dos coinvestigadores: el Prof. Carlos Sandoval y el Prof. Isaías Medina López, coautores, a su vez, de este trabajo.
En el Archivo antes mencionado se conservan nueve cuentos mecanografiados que Gustavo Luis Carrera, Miguel Cardona y Abilio Reyes le grabaron a Heriberto Jesús Vidal en Libertad (Edo. Cojedes) durante el mes octubre de 1958. Quizá porque los investigadores colaboraban por esa fecha con antiguo Instituto Nacional de Folklore, no nos han llegado los registros sonoros ni suficientes datos sobre el narrador. Los pocos que conocemos están escritos a mano bajo las transcripciones en una especie de “ficha técnica” elemental: tenía 46 años, había nacido en Zamora, Estado Barinas, y antes de trabajar como plomero fue telegrafista y ayudante radiotécnico.
Dado que la fidelidad de las transcripciones, conservan, en lo posible (transcribir es traducir a otro código), abundantes marcas de oralidad, como la del voseo, las “primeras lecturas a simple vista” nos revelaron una estructura narrativa presuntamente similar a la de los relatos orales tradicionales que se recrean y difunden en Venezuela, particularmente los humorísticos. Verificar esta presunción es nuestro objetivo.
Para alcanzarlo hemos tomado como marco-teórico metodológico básico la adaptación que Jiménez (2003) hace de la propuesta que Claude Bremond (1973) desarrolla amplia y detalladamente en Logique du récit. Este autor, al flexibilizar la estricta estructura que Propp (1928) estableció para el relato maravilloso, diseña un sólido y coherente sistema narrativo que permite establecer las normas por las que se rigen muchos otros tipos de relato, incluso los de autores letrados.
Con el fin de facilitar la comprensión de nuestros resultados, se hace necesaria la presentación de algunos de los conceptos que Jiménez toma de Bremond. Su punto de partida es la función, unidad narrativa mínima que Propp restringió a las acciones del héroe, pero que, por la misma naturaleza del relato, debería contemplar a los otros personajes. En consecuencia: Nosotros definiremos, por tanto, la función no solamente por una acción (que llamaremos proceso), sino por la puesta en relación de un personaje-sujeto y de un proceso-predicado; o todavía más, para adoptar una terminología más clara, diremos que la estructura del relato reposa, no sobre una secuencia de acciones, sino sobre una disposición de papeles (p. 25).
El narrador podrá atribuir al personaje sujeto dos papeles elementales: el de agente y el de paciente. Los agentes son los iniciadores de los procesos predicado y los pacientes son quienes se ven afectados por los procesos modificadores o conservadores iniciados por los agentes. En el relato ambos papeles están en una oposición dicotómica, pero reversible: “cada vez que una pareja agente-paciente está dada en un relato, las particularidades que señalan el papel del agente pueden ser convertidas, sin otra alteración que el hecho de ser sufridas y no realizadas, en particularidades definiendo el papel de paciente” (p. 27). Dado que para Bremond “todo relato consiste en un discurso que integra una sucesión de acontecimientos de interés humano en la unidad de una misma acción” (p.26) acontecimientos que, obviamente también pueden ser producidos por “sujetos antropomórficos”, sus intereses “humanos” siempre se orientarán hacia la obtención de beneficios o hacia la conservación de una situación inicial positiva; por lo tanto, los agentes siempre iniciarán procesos de mejoramiento, que pueden constituir correlativamente procesos de degradación de los pacientes.
Otro concepto fundamental es el de secuencia, dado que la sintaxis del relato está dada por su combinatoria: Secuencia es una serie elemental de tres términos correspondientes a los tres términos que marcan el desarrollo de un proceso: virtualidad, paso a la acción, acabamiento. En esta tríada, el término posterior implica el anterior: no puede haber paso a la acción si no ha habido virtualidad. Pero jamás el antecedente implica el consecuente; después de cada función, una alternativa está abierta (p. 35).
Estas secuencias, orientadas hacia el mejoramiento de los agentes y degradación de los pacientes, pueden combinarse en el relato de la siguiente manera: a) por continuidad, cuando dos secuencias elementales se siguen, coincidiendo el término de la primera con la apertura de la segunda; b) por enclave, cuando una secuencia elemental se desarrolla dentro de otra secuencia elemental. Esta inserción puede, o bien mediatizar e por enlace, cuando dos secuencias, al desarrollarse simultáneamente, implican situaciones diferentes u opuestas para los papeles en juego: el proceso de mejoramiento del agente implica la degradación del paciente.
Ahora bien: como este esquema estructural es fundamentalmente sintáctico, tratándose de relatos tradicionales “presuntamente” humorísticos, acudimos al fundamento de las técnicas semánticas desarrolladas por Jiménez a partir de los conceptos de isotopía y de término conectador común elaborados por Greimas (1973, 1976). De las varias definiciones de isotopía, hemos elegido la que nos parece más sencilla y aplicable a la consecución del efecto humorístico: “un haz de categorías semánticas redundantes que el discurso considerado implica y que cabe explicitar mediante el análisis, puesto que operan en la manifestación de dicho discurso como sus presupuestos” (Greimas, 1976: 6). Según el autor, en la estructura semántica del chiste, aplicable a relatos de mayor extensión, es donde se pueden observar de manera más clara estos haces de categorías semánticas redundantes, pues generalmente el relato humorístico breve contiene dos. Y es precisamente el término conectador común, frase o lexía con la que concluye el relato, el elemento que vincula, al oponerlas bruscamente, las dos isotopías. Antes de su manifestación, el relato parecía semánticamente homogéneo. Y es en este “choque isotópico como metáfora textual donde creemos que reside la causa verbal de la risa en el relato oral” (Jiménez, 2003:12).
La aplicación de este marco teórico metodológico al corpus de los nueve cuentos objeto de nuestro estudio arrojó como resultado la siguiente evaluación global: a) en cuanto a la clasificación sintáctica por el número de secuencias (Jiménez, ibíd.: 137-139) el corpus está constituido por seis cuentos breves o chistes conformados por dos secuencias, y por tres cuentos extensos que combinan tres o más secuencias; b) en todos los relatos del corpus es evidente la contraposición alternativa de los papeles de agente y paciente en función de su “interés humano” (o “antropomórfico”, en el caso de los cuentos de animales), el cual, según la evolución del proceso ficcional con que dichos papeles inicien o sufran en la secuencia, determina su propio mejoramiento o degradación, y c) la voz narrativa manifiesta la clara intención de armar el efecto humorístico tanto con recursos sintácticos (procesos de conservación y mejoramiento iniciados por los agentes y sufridos por los pacientes) como con recursos semánticos (término conectador común, “choque isotópico como metáfora textual”) que se distribuyen o concentran en la sintaxis secuencial.
Todos estos rasgos corresponden al cuento tradicional humorístico que se difunde y recrea en Venezuela. Por razones de espacio ilustraremos con tres cuentos (en nuestra opinión), muy originales y muy poco conocidos, ya que no los hemos encontrado en las antologías a nuestro alcance.
“Cuento de los cutosos de Pirapira”. Este relato de dos secuencias está contado en primera persona, punto de vista no común en los relatos paradigmáticos de raíz tradicional, razón por la cual Almoina de Carrera (1990: 65-71) los ubica, como relatos contemporáneos, en la categoría “Yo, el héroe de la contingencia”. La autoficcionalización de la voz narrativa posibilita unaverosimilitud “con respecto a la realidad concreta, comprobable, exacta, de conocimiento común” (ibid, p. 65), realidad ficcional manifiesta en la referencia que se hace en este cuento a personajes con nombre y apellido, a cargos de autoridad judicial, a poblaciones del Estado Carabobo y a una enfermedad de la piel que tradicionalmente ha generado temor al contagio. Comienza con una situación inicial de virtual mejoramiento del yo agente, gracias un personaje
mediador o prestador de servicios, “mi tío Rafael Zenón, cuando era Jefe Civil de Tocuyito”, quien le ofrece la oportunidad de un empleo: ser Comisario Mayor en Pirapira. El yo agente pasa a la acción aceptando el cargo, pero se enfrenta a una secuencia enclavada de virtual degradación, iniciada, a su vez, por otro prestador de servicios, “el encargao del ganao”, quien le advierte: “Vas a vení más 'encutao' que un mato de allá”. Para demostrarlo, invita al agente a un baile “pa' que tú veas cómo está el 'cuto' allá”. Esta virtual degradación no impide que el paso a la acción culmine con éxito, pues el agente logra llegar a Pirapira cabalgando en el caballo “Sobre las olas”, “que es el mejor que tiene Rafael Zenón Hernández”.
La segunda secuencia, combinada por continuidad, es iniciada por el mismo yo agente ante la virtualidad de evitar el contagio con los cutosos después de comprobar que la advertencia del prestador de servicios era cierta: “Tenía cute el maraquero, el cuatrero, el violinista, la mesonera, la cocinera, to' el mundo estaba 'encutao'”. Pasa a la acción cantando joropo “con dos cutosos” y ante la nueva advertencia del agente solidario, pide el caballo para huir después de echarle “un verso a estos carajos”.
El verso que neutraliza a estos virtuales agentes de la degradación es una copla de raíz tradicional que el narrador adapta a la verosimilitud del relato.
Como “término conectador común” cierra el texto gracias al brusco choque entre dos isotopías: la del contagio, explicitada en ambas secuencias como “haz” semántico recurrente (relato homogéneo) y la de la eliminación de los agentes virtuales del contagio, que surge de sorpresa en la copla, connotando la relación con la primera isotopía:

“¡Ah malaya un buen caballo
y un buen revólver candeloso
pa' bajarme a Pirapira
y acabá con los cutosos!”.

En este cuento el efecto humorístico comienza a armarse sintácticamente en la primera secuencia, pero adquiere su densidad semántica en la segunda.
Otro de los cuentos significativos de esta muestra es “Caso de Vidal y la mujer”. Se trata de un relato también narrado en primera persona, en el cual “yo, héroe de la contingencia” inicia un proceso edónico de mejoramiento echándose “tres palos de ron bien buenos” antes de ir a un baile donde pensaba encontrar alguna mujer con quien satisfacer su deseo sexual. Esta primera virtualidad es frustrada, pero de regreso a su casa se encuentra con “una mujer bien bonita, ¡cará!”, quien acepta “echá un jaloncito” debajo de un “mamón florido”. La secuencia termina con un resultado exitoso para el agente, ya que encuentra una prestadora de servicios cómplice del placer.
En la segunda secuencia el agente inicia explícitamente otro proceso: el de “empanar”, que se ve obstaculizado porque “no le jallo empaña”, invirtiendo su papel de agente en paciente degradado. La mujer, asumiendo desde su punto de vista el papel de agente, enlaza una secuencia de agresivo reto verbal cuyo inmediato paso a la acción es una ofensa a la virilidad: “Mira, agradecé que prendiste ese tabaco, si no te daba a sabé como es que se jembrea”. Sin embargo, el ingenio de la voz narrativa restaura el papel de agente del hombre, quien cierra el relato con el término conectador común que incorpora la segunda isotopía, la del tamaño del órgano viril, que crucificaría a la mujer si el acto sexual hubiera culminado: “Y agradece tú que no te encontré el hueco, porque te hubiera llevado aonde se paró la cruz”. Obsérvese como esta última lexía vincula y desvincula la natural relación entre vagina y pene, propuesta como objetivo de las dos secuencias, constituyendo un muy buen ejemplo de cómo el efecto humorístico (en este caso concentrado) opera por la coherente articulación de los recursos semánticos en la evolución de la sintaxis del relato.
Finalmente traemos un interesantísimo relato extenso: “Cuento del Tigre, el Zorro y el Hombre”, donde el Hombre, con ayuda del Zorro elimina definitivamente al Tigre. Si bien no pertenece al ciclo de Tío Tigre y Tío Conejo, porque el astuto animalito no actúa en el cuento, nos resulta extraño que la memoria colectiva conserve y recree un relato donde se saca del juego ficcional a un personaje tan decisivo en las narraciones tradicionales venezolanas.
Se inicia con una macrosecuencia elemental en la que se van enclavando las microsecuencias mediadoras del objetivo final: eliminar al Tigre. Como agente, el Hombre pretende conservar su estado inicial dirigiéndose a su conuco “por un camino ennieblado”. Este paso a la acción se ve obstaculizado por el Tigre, cuya intención de comerse al hombre es escuchada por el Zorro, quien se ofrece como paciente aliado prestador de servicios: “con 'albitrio' se hace todo”. Como era de esperarse, sugiere intimidar al Tigre con una “entidad” misteriosa sólo descrita por su atributo principal: “El defensor del mundo”.
Comienzan entonces las microsecuencias mediadoras, en las cuales el Zorro, escondido, le grita al Hombre las instrucciones para que progresiva y cruelmente vaya neutralizando al Tigre, literal paciente de su propia eliminación: primero lo amarra, luego lo “amaniata”, después lo capa, y finalmente lo degüella. De esta forma la macrosecuencia obtiene los resultados esperados tanto por el Hombre como por el Zorro.
En la segunda secuencia se invierten los papeles de agente y paciente, pues virtualidad de su propio mejoramiento. Ante la oferta agradecida del Hombre, “¿Cómo le pago, Tío Zorro?”, éste responde: “Eso no es nada ¿Pero vos tenés gallinas?”. En el paso a la acción el Hombre pide las aves a su mujer, quien promete “una pava clueca”. Obviamente lo que trajo en el saco fue una perra cazadora que persigue y mata al Zorro, ocasionando otra inversión de los atributos de agente y paciente.
En cuanto al efecto humorístico, el recurso semántico de la primera isotopía, distribuida a lo largo de la primera secuencia, consiste en la contradicción que representa la debilidad de la fiereza: el Tigre se deja intimidar hasta la muerte por una entidad virtual que no aparece. En este caso, más que “gradarse”, el efecto humorístico progresa como una “degradación” previsible representada en la reiteración lastimera del temor del Tigre: a cada proceso secuencial de su progresiva eliminación, aceptaba con la lexía “con cuidao, con cuidaíto”.
La isotopía de la segunda secuencia, aparentemente aislada, establece sin embargo el vínculo con la primera. El refrán que grita El Zorro en su huída remite a la estrategia del engaño que él mismo le recomendó al Hombre para eliminar al Tigre, porque ha sido usada en su contra por el propio beneficiario del servicio; a su vez, reclama la forma de retribuir el favor: “Un bien con un mal se paga”.
Los otros seis relatos de Heriberto Jesús Vidal cuyo análisis no pudimos presentar en esta ocasión responden a la estructura sintáctico semántica de los relatos humorísticos orales, (tradicionales y / o contemporáneos) que se recrean en Venezuela, pero manifiestan la creatividad de los narradores competentes, quienes saben imprimir su particular estilo a los esquemas heredados por la tradición.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Almoina de Carrera, Pilar (1990). El héroe en el relato oral venezolano. Caracas: Monte Ávila
Editores Latinoamericana.
Bremond, Claude ( 1973). Logique du récit. Paris: Éditions du Seuil.
Bremond, Claude (1974). La lógica de los posibles narrativos. En Roland Barthes et. al. Análisis
estructural del relato (pp. 87-109). Buenos Aires. Editorial Tiempo Contemporáneo.
Greimas, A. J. (1973). En torno al sentido. Madrid: Editorial Fragua.
Greimas, A. J. (1976). Semántica estructural. Madird. Editorial Garedos.
Jiménez, María del Rosario (2003). El relato humorístico tradicional en Venezuela: una aproximación a su estructura y tipología. Caracas: Universidad Central de Venezuela, Fondo Editorial de Humanidades y Educación.

*Nota: Texto tomado de Memorias de las XVIII Jornadas Técnicas de Investigación y II de Postgrado de la UNELLEZ-San Carlos (2009). Editado en San Carlos, Cojedes, Venezuela, por la Coordinación de Investigación y la Coordinación de Postgrado de la UNELLEZ-VIPI. Editores: Isaías Medina López, Franklin Paredes Trejo, Glenys Pérez y Duglas Moreno.




martes, 2 de febrero de 2010

LA ORALIDAD EN EL CUENTO ESCRITO (Isaías Medina López)

Jóvenes docentes encargadas de iniciar las primeras lecturas del cuento
(Imagen en el archivo de Katherine Colmenarez Colmenarez) 

Primeras impresiones
El cuento de ficción escrito, basado en las tradiciones narrativas orales llaneras de Cojedes, lo denominamos "continuidad literaria oral inducida", presenta dos grandes surcos: a) la elaboración de textos abiertamente identificados con los sustratos orales o con fragmentos de narraciones conocidas, tales como perfiles de los personajes, lugares espectrales o símbolos para construir un nuevo corpus narrativo y ; b) el amplio cultivo que goza entre los nuevos narradores cojedeños en la recreación literaria.
En este tipo de textos se construye a partir de un motivo oral de vieja data, alimentado con las visiones literarias de quien suministra la historia y por aportes de otras personas. Los detalles intermedios; la reasignación de segundos argumentos y de los roles de los personajes; el entramado final y los recursos de estilo pertenecen al cuentista, pero pocas veces rebasa los trazos orales suministrados, ya que incurriría en una deformación, conocida como “muestra de las costuras”: cuando el producto literario deja ver su construcción inacabada y su andamiaje es evidente. Carece de friso y más todavía de brillo estético. Podemos firmar que el conocimiento básico de una tradición o la simple mención de un tema no basta. Tampoco es un dictado tomado al calco. Se da preferencia a la familiaridad conversada del tema o los asuntos a tratar.
La trayectoria de estos textos puede ser muy extensa. Conocemos, inclusive, a narradores que acostumbran mostrar sus borradores o “avances” de la narración a quienes les facilitaron los préstamos orales. Los informantes a los que recurren los escritores pertenecen, mayoritariamente, a su entorno cercano, aún cuando no se les considere como maestros de la tradición o cultores orales de cierto prestigio. Igual ocurre con sus asesores sobre el desarrollo del cuento; ese primer lector-padre o lector-hermano objeto de consulta, no siendo muchas veces un informante oral. También sabemos que muchos de estos textos permanecen por largos periodos archivados en cuadernos familiares en condición de tesoro secreto, de intimidad impenetrable.
La técnica de moldear un cuento de base oral, con la suma de diversos aportes, se emplea en distintos talleres y actividades de aula que estimulan la producción de textos escritos. Como sucede con esta muestra, tomada, exclusivamente de los trabajos realizados por grupos autónomos de tres, cuatro y hasta cinco estudiantes universitarios en talleres de creatividad literaria implementados en la UNELLEZ San Carlos (2007 y 2008).
A la luz de los textos recopilados, el motivo más recurrente sería la destrucción de pueblos, familias, parejas o ideales. A ese motivo inicial, se le suma (de seguido) alguno o varios de los signos encadenantes de la trama: las presencias malignas, los pactos con Satanás, las desobediencias de alguna costumbre, un problema ambiental o histórico, entre otros. Posteriormente, se le añaden los signos desencadenantes, casi siempre, un pecado capital que posee al personaje: la ira, la avaricia, la envidia, la soberbia y la lujuria (nunca la pereza ni la gula, por no ser valores clave en la cultura llanera).
Esta mezcla, recibe otros agregados fatales que podemos resumir en las expresiones: “su hora había llegado”, “escrito estaba”; “el (o ella) se lo buscó” y el lapidario: “nadie huye de su destino”. El final conllevará la pericia estética del escritor, cuidándose de no alterar las pautas cierre: si el final es triste o trágico así se mantendrá. También, de no alcanzar el desencanto, pues en la cultura llanera esta actitud invoca nuevas desgracias.

Los expertos opinan
El impacto de la oralidad en la escritura, despierta en épocas recientes, inusitadas discusiones en ámbitos internacionales, nacionales y regionales, probablemente debido al auge de los estudios de la oralidad literaria. Fiel muestra es "El cuento folklórico en la literatura y en la tradición oral" (2006), compilación de artículos de expertos internacionales universitarios a cargo de Rafael Beltrán y Marta Haro, quienes promueven la discusión de la continuidad, que intentamos rastrear en Cojedes, como una “especificidad artística” (p.12): “El arte es técnica y el arte de la narración es técnica narrativa, que se podrá dar o bien en la oralidad, o bien en la escritura, o bien en ambas” (ídem).
Lo impactante es el nuevo interés en este aspecto, no la técnica de continuar la oralidad en la escritura, la cual ya forma parte de la tradición de las letras hispanas. Aurelio González (2006, p. 189), fija como inicio de “La convivencia de la cultura culta escrita y la cultura tradicional de trasmisión oral”, la obra Disciplinas Clericalis de Pedro Alfonso, publicada en 1105, hace más de novecientos años.
En Venezuela, esa discusión data de 2005, y se registra en la edición dedicada a la Literatura Oral del Anuario de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela (2005). La inquietud venezolana de lo oral en la literatura escrita, tiene la modalidad de no ser dedicada exclusivamente al cuento como enunciado narrativo, engloba la copla (cuento cantado) y la leyenda.
Para evitar extensas discusiones y antecedentes de antaño (Juan Ramón Jiménez, Menéndez Pidal, Asturias, Arguedas y otros), revisaremos una cita del muy aceptado texto de José María Valverde: La Literatura ¿Qué era y qué es? (1989, p. 65): “Toda literatura ha de ser tradición: ante todo, sólo puede existir porque hay unas formas previas, heredadas, que incitan a producir otras, en parte análogas y en parte diferentes”. De esta forma, la continuidad literaria de lo oral en la escritura, se coloca en un paso previo a la estrategia y el estilo de un escritor en particular, al ser, un fundamento de toda la literatura universal y de cualquier época.
Años atrás, Carlos Pacheco (1992), expuso en La comarca oral. La ficcionalización de la oralidad cultural en la narrativa latinoamericana contemporánea, la noción de “contexto compartido” (pp. 37-43), que va desde la presencia directa de la oralidad en el texto, hasta los componentes orales incorporados a la escritura siglos atrás. Entre ellos diversos temas y personajes en numerosos cuentos infantiles y novelas que provienen de la oralidad y hoy los tomamos, erróneamente, como forjados por la escritura.
En las narraciones cojedeñas escritas de base oral se debe considerar el enorme caudal de relatos, leyendas y coplas difundidas, heredadas de los antiguos pobladores de la región. El cojedeño forjó crónicas (aventuras y desventuras) de sus oficios como arriero, jinete, soldado, navegante y pescador de ríos que llegaban al mar, productor agrícola, yerbatero, explorador y pintor oral de sus paisajes; tareas inspiradoras de vastas series narrativas orales con fuerte potencial de influencia en la narrativa regional escrita, entre ellos la edificación de diálogos que recrean el habla de los practicantes de esas faenas.
La adopción de sustratos orales en la escritura tiene, como primer problema, la omisión de los informantes orales (agentes solidarios) de las narraciones escritas. Aceptamos a plenitud el criterio de que estos sustratos primarios “No son de nadie, porque son de todos”, pero también, es cierto que muchos narradores omiten la identidad de sus informantes orales por la conveniencia del secreto o por el simple capricho de no acotarlo. Los autores y custodios de la tradición oral resienten mucho esa práctica. Los arbustos más pequeños, los pájaros, los ríos, los mogotes de la sabana, los espantos, los fantasmas tienen identificación. Los perros, gatos, toros y potros también. Los llaneros, además de su nombre poseen apodos. Pero, para muchos “escritores” los informantes orales no tienen identidad (caso curioso).
El argumento más común es la carencia de estudios formales del informante o custodio. Hernández Montoya (2007, p.27), anota una relación de dominio: “A través del lenguaje que llega al extremo de execrar a alguien por su manera de hablar, por confundir r con l, por no pronunciar bien, por usar una palabra inadecuada”, llegando al “terrorismo social”. Con un dejo de amargura, mezclado con el orgullo irreductible del llanero, el refrán de los oralistas marginados lo expresa así: “No sé leer, pero me escriben”.
En la presente compilación se procuró incluir los datos de quienes suministraron el basamento oral del texto, por constituir un aporte cultural y un banco de datos para futuras investigaciones.
Un fruto temprano de aprovechar los alistamientos orales identificadores de la región en la escritura es el regionalismo. La llaneridad cojedeña, ya avisada como acento diferenciador, delimitante y de ser el “Otro”, sin tapujos. El ejemplo más palpable se observa en la obra y actitud de uno de los precursores del la moderna literatura cojedeña: Francisco Betancourt Figueredo (1865-1907), quien a través de los títulos de sus principales obras remarcó su regionalismo (sic): Guillermo (Novela Regional) de 1894 y Nobleza Indígena (Poema Regional) de 1899.
Ong (1994, p. 145), identifica lo oral dentro de la escritura como “praxis espiritual” del autor y signo de su discurso literario: “En la narración como tal, la voz original del narrador oral adoptó varias formas nuevas al volverse la voz silenciosa del escritor”. Muchas veces, consciente o inconscientemente, el autodenominado “escritor”, se convierte en un continuador de la tradición oral por la vía de la escritura. Un ejemplo cojedeño de ese planteamiento está en la obra La hoguera oculta de Francisco Javier Frías Vilera (1994), con entradas y salidas entre una y otra expresión estética, en especial el cuento La desgracia de Platanote (pp. 35-37), recreación de los relatos orales fantásticos sobre un malabarista de trapecios quien abandona el circo a causa de habérsele “encogido” un tercer brazo que tenía en la espalda, usado como agarre en sus peligrosas acrobacias.

Teorías narrativas
La continuidad de lo oral en la escritura, lo entiende Douglas Bohórquez (1997, p. 82) como un dilema afectivo: “Rescribir lo oral significa entonces regresar a la madre, volver a los cuentos de la infancia que contaba la abuela”, en tal sentido, esa prolongación se manifiesta con la técnica literaria de “Reescribir por lo tanto esa primera memoria que conforman los cuentos de hadas, esa primera memoria, hecha de narraciones tradicionales, de cuentos, fábulas, leyendas” (Ibíd.). En este molde oral afectivo de la escritura, Luis Enrique Frías recrea su infancia sancarleña, signada por lo materno y lo fantasmal, en La flama de la vida (2002, pp. 37-42), obra premiada y con reediciones en 2004, 2005 y 2007. Narra como los cuentos de la “Madre aparecida” llevan al “Hijo”, a encontrar el tesoro enterrado de un muerto. La Madre olvidó en sus cuentos el detalle de “hacerle las misas al difunto” (p.41) y entonces el Hijo queda penando en la eternidad.
Para Ana María Rivas (2000, p. 195), las incorporaciones orales a la escritura portan una carga enunciativa del colectivo ancestral: “La oralidad permite escuchar en el texto la cultura popular, palpar la filiación con un lugar cuando se recrea un habla regional o se reconoce un determinado registro lingüístico”, aseveración en la ubicamos varios textos de Ramón Villegas Izquiel, principalmente los de El pianito de Marialina y otros cuentos del vivir y recordar (1988), pleno de términos de la provincia llanera cojedeña, como: los dulces de “agitones” (p. 9); la técnica navegante “bongueril” (p. 17); la camaradería del “Valecito” (p.21); los atuendos de “batolón” (p.23); el “culatero” (p. 23); la “recua” (p.27), la bestia “campanera”, junto al arcaico y reiterado adverbio “mui” por “muy”, entre otras reminiscencias orales del campesinado de El Baúl.
Villegas Izquiel, además, adelanta en ese compendio, sus visiones del fantasma nacido de la oralidad regional: Manuel Antonio Jiménez, en El Pianito de Marialina (pp. 9-11); La “Maldición” del padre Peña y la “mujer larguirucha como una muñeca sin brazos” que le seduce en La Casa Abandonada (pp. 13-16); la demoníaca Mula Espantada en Los Carreteros (pp. 21-25); la vez cuando “Volvió el Diablo” en Los dos llantos (p.39) o; la descripción de la temida Sayona en El gallo que vino de Apurito (p.18).
Otro tema cumbre es el de los cuentistas que manifiestan tener influencias de la literatura oral en sus textos, ya que bajo la mirada de cierto consumo literario, la obra de este autor no sería “pura”, puesto que: “Los saberes culturales establecidos por las Academias distinguen a la literatura de las narraciones orales”, discriminación que plantea Jesús Puerta (2004, p. 16). Hay que pensar por un momento, en que a muchos de los escritores venezolanos, tras largos años de esfuerzos y experimentalismos, les gustaría ser reconocidos sólo como autores de la vanguardia narrativa y que este empeño, por múltiples razones, choca los postulados de la narración popular, regida por un sistema de códigos literarios orales bastante diferentes.
Puerta (Ibíd.) indica: “Puedo hacer una larga lista que incluiría inevitablemente a Armas Alfonso, Orlando Chirinos, Ángel Gustavo Infante, Gustavo Luis Carrera, etc., entre los cultores de esa extraña mezcolanza de oralidad y escritura”. Armando Navarro (2005, p. 216), señala entre los riesgos de la continuidad oral en la narrativa escrita que el cuentista estaría “escuchando de otro…del relator primitivo individual o de la colectividad”, lo cual equivale a decir que “El mismo autor reconoce que no son suyas”. Además de no saberse el autor “original”, el cuentista – oralista también cae en el riesgo de contar algo ya conocido, fuera de la novedad literaria, lo que advierte Puerta, como un alerta.
El atractivo de la oralidad en la construcción del texto narrativo escrito, según Almoina (2005, p. 153), radica en que “La literatura oral atiende a la doble dinámica de la tradición y de la evolución”, dándole así infinitas posibilidades de creación al escritor:
Esta esencia permanente es la que hace que de manera cíclica la literatura oral tradicional sea la fuente a la cual acuden a beber vida y autenticidad los creadores literarios de la escrituralidad, ya que dicha conservación de postulados y valores primarios encuentran valores de veracidad (Ibíd.)
La veracidad literaria oral aceptada, puede incluso ser historia mítica (como por ejemplo, el hecho no comprobado –pero, admitido como cierto- de que Luis Loreto Lima mató al presidente Crespo) cubre etapas de verosimilitud que, a veces, el escritor palpa como faltantes y le permiten desplegar nuevas dinámicas de fantasía y experimentalismos a sus creaciones. José Luis Agúndez García (2006, p. 19), nos acerca algo de claridad sobre este problema clave en la posición del autor, a los ojos de la Teoría Literaria:
"…Autores que no sólo, no ocultan su dependencia de las producciones populares, o al menos orales, sino que, incluso, se jactan de usar tales fuentes para hacer recreaciones literarias; son escritores que manejan los cuentos populares, que se empeñan en tareas literarias, incluso poéticas, provocando su incorporación a las letras".

El carácter. Antecedentes
El tema más concurrido en los cuentos cojedeños de base oral es la presencia de lo fantástico fantasmal. Se inserta con la cultura tradicional llanera que enfrenta al llanero con los espectros, demonios, duendes y demás acosos del más allá, aparecidos del Llano. Como antecedentes presentamos los testimonios de cinco escritores cojedeños premiados en el Concurso Nacional de Cuentos y Relatos Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura “Ramón Villegas Izquiel” (1998-2002). Todos, confesos en la suma de elementos orales y temas fantasmales a sus cuentos. Son autores con obra individual publicada, algunos con libros premiados en otros concursos nacionales y regionales de literatura, pero con diversidad de edades, etapas de carrera literaria y estilos discursivos:
1- Juvenal Hernández (1933). Ganador con:  La noche de: El Canillón (1998). Fuente: tradición popular tinaquera. –“Del tiro, el hombre que echaba ese cuento se mudó del pueblo. Pero el Canillón siguió saliendo. Mientras queden borrachos así, ese bicho no tendrá descanso. Nunca falta quien diga que a él también le salió”.
2- Francisco Javier Frías Vilera (1959). Mención de Honor con: Juegos Tradicionales (1999). Fuente: relatos de los abuelos de la línea materna. –“Aún no he podido contar ni la mitad de los cuentos que me dijeron. Mi abuelo, don Marcos Vilera, todos los días me contaba una historia que yo no había escuchado. Lo que pasa es que no he tenido tiempo suficiente, ni quiero usarlos todos de un solo golpe”.
3- Willian Ramírez (1969). Mención de Honor con:  Un lugar mágico para viajantes (2001). Fuente: testimonios de vida referidos por las personas tomadas después como protagonistas. -“Esa gente es una pareja muy seria, que no anda metiendo embustes. No son ningunos bochincheros. Todavía tiemblan cada vez que se acuerdan… Yo lo que hice fue escribir lo que escuché con algunas cosas de mi invención”.
4- Eduardo Mariño (1972). Ganador con: Sombras que bajan por el río (2000). Fuente: tradición popular referida por la línea paternal. -“De ese señor (Jorge Noche) los de El Baúl no han podido contarme todas las anécdotas, porque se asustan mucho, y se quedan calladitos después que echan esas tremendas historias”.
5- José Leonardo Ospino (1983). Mención de Honor con: Un tal Demetrio Zanoja (1998). Fuente: tradición popular referida por los abuelos de la línea maternal. -“Mi abuelo se reía mucho cuando me contaba esas bromas macabras y me veía temblando, con esas palabras tan bien llevadas. Yo ahora creo que él también se asustaba mucho, según me dijo mi mamá”.
Como lo revela el listado de Puerta (Ob. cit.), y el de los cuentistas cojedeños, no hay limites generacionales o literarios en la presencia de la oralidad en el texto narrativo escrito, inclusive al participar en concursos literarios de envergadura. En el Caso de Cojedes, ese factor y la temática del espectro llanero, adquieren el rango de tema caracterizador, de canon, de cultivo al que atiende esta compilación.

Puntos de coincidencia
a) El predominio de la muerte, junto a los muertos y muertas, en todos los textos recopilados.
b) Los cuentos que reseñan los pueblos fantasmas de Cojedes y la ruina mortal de familias, parejas o ideales nobles, mediante acontecimientos generados por la conducta humana, al recurrir a fuerzas oscuras cuyo dominio no se alcanzará y se volverá en contra de quien las invocó y de todos los inocentes que les rodean. Destacan, como ejemplo, de las narraciones de los pueblos fantasmas: La sequía de Garabato, El brujo Juan Camacho y: La Maldición de Tierra Negra.
c) La aparición de algunos de los fantasmas cojedeños más clásicos, remontándose a los orígenes mismos de tales tradiciones, con aportes de interesantes detalles que estimulan la imaginación, entre ellos su vinculo con situaciones donde el amor, la pasión y los celos juegan un papel decisivo. Entre esos textos está la saga dedicada al Jinete sin Cabeza sancarleño, narrada en los cuentos: El Jinete sin Cabeza, El pago de una traición y: El Jinete sin Cabeza y el Ahorcado del Samán.
d) Todos los autores que participan en los cuadernos de esta variante de cursan estudios de la licenciatura en Educación, mención Castellano y Literatura de la UNELLEZ San Carlos.

Un repaso necesario
Douglas Bohórquez (2007, pp. 24-51), identifica algunas posibles lecturas transtemáticas, que pueden hacerse sobre la narrativa de lo fantástico fantasmal en esta muestra, entre ellos: la recreación de “bestiarios”; el fortalecimiento del “imaginario social” y la “relación costumbrista” en el presente. Víctor Bravo, en su estudio Terror y fascinación del monstruo (2007, pp. 21-55), hurga las situaciones del miedo que produce el encuentro con el fantasma o la espectralidad de los muertos y de la muerte, hacia cómo vemos, sentimos y asilamos al Jinete sin Cabeza, al Diablo, a los duendes y tantos otros entes del más allá que interactúan con los llaneros en estos cuentos:
¿Qué es lo monstruoso? En contraste con el contexto de proposiciones y reconocimientos del existir, que discurre entre certezas, mesuras, homogeneidades, lo monstruoso se presenta como la violenta manifestación de lo heterogéneo y lo incongruente, como lo indefinido que se expresa en fragmento y desgarramiento, en desfiguración y exceso, en desproporción y abyección. Es lo que acecha sin tregua, desde el afuera, el orden delimitado de la existencia (p. 30).
Según Bravo, lo fantástico del monstruo, representado por la muerte, es un condicionante entre nosotros y la literatura. La entidad de la muerte, en la literatura oral cojedeña, añade a su fatalidad inevitable, su entramado con firmes códigos de la religiosidad popular, como el suicidio, los muertos que no reciben misa y los que pierden su alma. A ella se atan el rumor vecinal del suceso, la crónica colectiva y las distintas versiones del hecho, incluyendo el “chiste” y, como veremos, el cuento de ficción. Otras secuelas, serán la aspereza de la soledad y el vacío de la tristeza, empleadas en la atmósfera de la narración y en la psicología de los personajes, en pasajes bastante conmovedores.
La muerte oralizada “aviva” el discurso escritural de Historias en un pueblo caliente (1990), de Víctor Sánchez Manzano. De entrada el primer muerto no se muere: la anunciada “Quema de Judas” como tal, no ocurre y la salvación de ese infame muñeco, crea motivos de malos agüeros al romperse la tradición, en Días de crédulos (pp. 11-18). Luego, la muerte impacta a tres mujeres de carne y hueso, de hondas reseñas orales colectivas. A Regina, le toca morir, pero su lugar lo ocupa una joven, convenientemente, llamada Regina, quien, poseída por la otra Regina, comete el pecado de suicidio, así, su alma no es bendecida y queda penando en Historia de la eternidad (pp. 27-33); a la Regina posesora, también se le muere el alma. La otra muerta, Tía Elisa, fue una anciana rezandera dedicada a los santos durante infinitos años, sin embargo, en Una memoria pisoteada por el tiempo (pp. 43-47), “después de mil velorios, se perdió el suyo” y al igual que las Reginas, no recibe la bendición sacra, pues ese era su trágico destino; al tiempo su apacible casa de tejas fue reemplazada por una casa de la muerte: una funeraria.
Otra muerte, pasada de la oralidad a la escritura es la de José Luis “el Mono”, antiguo boxeador e infatigable bohemio suicida, popularizado con el apodo de “la Muerte”, personaje protagonista del cuento La Muerte pasea por el medio de la calle (1992, pp. 26-35), de José Gregorio Salcedo. “La Muerte” retaba los vehículos a que le matasen caminando por el centro de calles y carreteras, cosa singularmente ocurrida, pero por causa de un accidente. Una vez recién muerto “La Muerte”, comienza su doble tránsito hacia la narratividad oral escriturada y el desande del espectro:
Una sombra negra se levantó hundiendo el asfalto. Camina. Y lo hace por el centro de la avenida. Le fue dando con sus brazos extendidos, por el centro, la cara hacia abajo, por el centro, pero mirando al frente, por la avenida. Le siguió dando hasta llegar a la planta de luz del pueblo. Allí agarró una gran cadena, la enrolló en uno de sus brazos (a esa hora es el último en acostarse), haló tan fuerte esta vez, que pudo haber sacudido a todo el pueblo, despertándolo (p. 35).
La visión que oraliza el cojedeño sobre la muerte como transición hacia el fantasma y los rezos para la paz de las almas perdidas, sigue ocupando espacios en obras recientes. María Georgina Natera en Tras la huella de cuentos viejos de viejos nuevos (2008), desde el título de sus cuentos ya nos lo indica: Demetria la rezandera (pp.11-13); Ánimas (pp.15-16); Misterios dolorosos (pp.17-18); El Catecúmeno (pp.33-34). En Las espigas (pp. 29-30), se marca ese sino trágico con el morbo del amorío fatal:

"Llega la hora de los espantos. En la noche del Diablo sobre la grupa de un caballo negro corre el terror. Un rayo lo ilumina, es la figura unida en férreo abrazo. Son los amantes que huyen, los lleva el viento, la tormenta los apaña. Se desboca la bestia perseguida por fieras que la acechan llenas de odio, la venganza de la sangre. Y en la casa… reina el terror".

En la tradición oral-escrita cojedeña, la muerte posee, como la misma tradición, sus propios códigos. El escogido para tornarse en espanto se integra a la legión de la muerte que se nutre del miedo que nos produce. El dilema entre el fantasma del pueblo o el pueblo de los fantasmas coadyuva a un diálogo firme entre narradores y lectores. Ese carácter figura dentro de los valores de la llaneridad cojedeña como la “presencia de lo inexplicable” que debe afrontar el llanero. La muerte que viaja de la crónica popular hasta la ficción narrativa corta revela la eficacia de prolongar la palabra oral a través del texto ficticio, en una transmisión de valores y creencias del mismo pueblo que las produce como parte de su imaginario.

EL ACTO DE EDUCAR (Texto de Gloria Trejo Cervantes)

En el acto de educar el afecto y la creatividad  tiene gran  importancia
(archivo de Carlos Eduardo Parra)

EL ACTO DE EDUCAR

Toda educación se mueve en el binomio información-formación. La información nos proporciona los conocimientos necesarios para manejarnos en la sociedad y conseguir una capacitación profesional que permita el desarrollo personal en el trabajo. También se refiere a la adquisición de habilidades y procedimientos de actuación, que permiten perfeccionar ciertas facultades humanas. Por eso hablamos de educación emocional, sexual, cívica, de Valores y de dominio de la voluntad. Para un estudiante es importante la adquisición de técnicas de estudio, de procedimientos para desarrollar la memoria y dominar las técnicas de lectura rápida manteniendo la comprensión.
Pero la información sola no basta, el educando no es un archivero donde se van a depositar todos los documentos posibles, hace falta que se de una orientación Esto es lo que llamamos formación.
Toda educación es importante la figura del educador (padre y profesor) y la tarea de autoformación del propio educando. El poder del educador depende menos de su palabra que de su ejemplo. El alumno necesita un modelo de identidad, una persona a quien admirar y de quien aprender.

Las personas que somos padres; somos educadores, queramos o no, nuestros actos, nuestra vida, nuestras costumbres y manías educan y forman a nuestros hijos, de manera radical y para siempre, les enseñamos cómo “llevar” la vida, cómo reaccionar ante tal o cuál circunstancia; cómo vivir.
Cuando llegan a la escuela, reciben un cúmulo de información de la cual, la mayor parte es obsoleta, perecedera, temporal y cambiante como el mundo que viven, la manera tradicional es: “guarda silencio” mientras el maestro habla, recibir instrucciones, hacer todo lo que se les indica sin saber por qué o para qué lo hace y además cómo dice la canción, crecen con él; “eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”. Por eso es tan importante que cuando se tome el compromiso formal de “educar” se tome como lo que es: Una actividad noble donde el que asume el rol de educador, una vez iniciada su labor, una vez “entregado” el mensaje es irreversible, por eso se debe pensar dos veces antes de iniciarnos en esto, antes de ponernos frente a un grupo de personas, a tratar de erigirnos en el guía, “el formador” de esos seres humanos, quienes generalmente, son mas jóvenes, mas vulnerables, mas susceptibles de “caer” en nuestras ideas, en nuestras creencias, en nuestra “forma de ser”, y una vez que ya se está en el camino, las consecuencias son para toda la vida, a las palabras no se las lleva el viento, eso no es verdad, las palabras se quedan grabadas en la mente y en el corazón de quien las escucha y de quien las recibe.
Quien educa, se olvida, muchas veces, que aunque más jóvenes e inexpertos los educandos son entes pensantes, por lo tanto creadores, capaces, que no tienen por que hacer a “pie juntillas” lo que se les dice ó lo que se hace, siempre claro sin perder el objetivo de seguir un programa o un esquema establecido, el cual por supuesto debe ser flexible. Los alumnos son un campo fértil donde todo se puede “sembrar” y donde se cosecha mucho más de lo imaginado, de lo esperado, ¿Por qué? Por que los alumnos son seres humanos en proceso de crecimiento, de desarrollo, se están “creando” cada día, son impredecibles, van escribiendo su historia a diario, inventando sus propias teorías de cada situación que van viviendo, tienen un bagaje increíble, una carga genética, un carácter y una personalidad que ningún educador del mundo va a cambiar, sólo va a guiar, a orientar, y debe ayudar a usar sus habilidades y talentos que el educando ya trae consigo.
Pero cuidado de querer hacer “clones” de nuestra personalidad, inconcientemente el educador, quiere “ser”, proyectarse, trascender y que mejor qué en sus alumnos (ó en sus hijos).
Una razón más para estar alertas, de no caer en la tentación de querer prolongarnos en ellos, por el contrario, ayudarlos a “sacar” su propia personalidad, “La autenticidad de un educador, se refleja en la autenticidad de sus educandos” (Freire).
El acto de educar, parece simple, pero es de vital importancia en la Sociedad, no estamos en una fábrica, donde se elaboran productos en serie, estamos trabajando con seres vivos, complejos, especiales, únicos, diferentes, impredecibles, auténticos, difíciles y en constante evolución, nuestras herramientas de trabajo son las ideas los pensamientos, la creatividad, los sentimientos, los sueños, las ilusiones, y empeñamos nuestra alma, el corazón y el cuerpo en nuestra labor.
Cuando “tocamos” la vida de un niño, estamos “tocando” a un futuro ciudadano, a un futuro profesionista, a un futuro padre de familia, no solo afectamos para mal o para bien su vida, afectamos a toda su generación.
En el acto de educar implicamos (deberíamos) nuestra conciencia, nuestro aporte a la Humanidad, estamos creando, inventando, estamos haciendo la Historia.


P.D. EN EL ACTO DE EDUCAR, ESTAMOS TODOS, TODO SER HUMANO QUE CON SUS ACTOS REFLEJA SU SER Y QUE DE UNA MANERA CONSCIENTE O INCONSCIENTE ENSEÑA A LOS DEMAS: EDUCA.