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lunes, 11 de febrero de 2019

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (38) Varios autores

Dama llanera en el archivo de Beto Mirabal





EL TEXTO PERFECTO (Gabriel Jiménez Emán)
El texto de este escrito ha sido corregido exhaustivamente. Una y otra vez ha sido revisado sin cesar. Ha sido despojado de erratas. Su prosodia es impecable. Su léxico pulcro. Le han sido extirpados adjetivos súper flujos. No posee metáforas innecesarias, ni ambigüedades. Su lenguaje es claro. Su texto preciso su redacción perfecta. Su letra nítida, sus sonidos puros. Su forma perdurable. Nadie puede hacerles reparos. Es imposible. No serviría de nada.
De nada.

NOVELA (Gabriel Jiménez Emán)
Hoy desperté en la noche, me di un baño, me puse cómodo en casa creyendo que estaba desayunando; me puse a trabajar arduamente toda la noche hasta quedar agotado y me volví a quedar dormido por la mañana, con lo cual he alterado notablemente mi rutina de trabajo. Pero ello me alegra porque es el método que me ha permitido proseguir noche tras día y día tras noche mi labor hasta concluir esta obra que cambiara definitivamente mi noción del tiempo, esta novela.



LA CARNADA: UN KILO DE AZÚCAR (Gregorio Riveros)

Del libro “Cuento Mínimo”

                              I

Una noche sin dinero y con el estómago vacío, antes de ir a dormir, decidí cambiar en una página Web de Internet —un kilo de azúcar por un kilo de arroz—. En la página coloqué lo siguiente: “Cambio un kilo de azúcar por un kilo de arroz”. Allí dejé el aviso a la espera de un interesado. Es como lanzar un anzuelo al agua y esperar que alguien como un pez muerda la dulce carnada. Era un lugar de cambios, con varias ofertas de productos escasos, gente que tenía una cosa pero no tenía la otra, eran productos desaparecidos de los anaqueles comerciales: harina, aceite, azúcar, mayonesa, pastas, jabón, crema dental, café; y algo curioso, también cambiaban chocolates importados. Eso me llamó la atención, es que Venezuela “Durante años (1600-1820)... ocupó el primer lugar del mundo en exportación de cacao”. Fue un extraordinario productor de cacao. Lo otro, era esperar, a que algún pequeño pececito mordiera el anzuelo, se comiera la presa y se marchara vivo; o mejor, sobreviviera. La página de Internet se llamaba CAMBIOS DE COMIDA Y ENSERES.

                               II

Para eso, debía ganar el azúcar en un sorteo de comida que hacían en un supermercado. Le llamaban la lotería del hambre. Invoqué a Dios para tener la suerte de conseguir ese kilo de azúcar. Era la forma de tenerla en mi poder. Sería algo preciado, como oro molido, ella me llevaría a un plato de arroz. Tenía que ganar la lotería. Todo al azar. Eran cosas en las que no se mete a Dios. Según tengo entendido por boca de José Saramago: “Dios no juega a los dados”. Al principio, no lo dudé, pero luego, pensé que podía existir una excepción, y que Dios si mete la mano en los asuntos de la comida sorteada para asignar al azar unas pocas porciones de comida a los jugadores. Era una lotería del hambre, aunque para participar no tenía que comprar un boleto, un ticket, un “quintico”, la inversión estaba en un pasaje para llegar al sitio del sorteo, el gasto era necesario, era como pagar un boleto para llegar donde se congregaba el pueblo urgido de comida, esperando que el fabuloso número saliera de la espantosa voz de un hombre que utilizaba un uniforme militar, pero no sé decir si era un verdadero militar, al menos, utilizaba un pantalón camuflado de los que utilizan los llamados de la “Reserva” para confundirse con el verdor de la selva. Si ganabas, salía el número y lo anunciaban con bombos y platillos. Por cierto, el sorteo era una vez a la semana, dependiendo del último número de la cédula. Una sola vez podías participar. Ese día que me tocaba participar decidí nadar a contracorriente, y metí a Dios en este problema de la lotería del hambre. No fue nada fácil invocarlo, debía estar ocupado en asuntos más importantes del universo, pero yo tenía un hambre que se me afincaba en el espinazo. Tenía que invocarlo.

                              III

En mi casa Dios era de madera. Era un cuerpo humano, tallado, y con cierto brillo de poco barniz, mechudo, barbudo, enjuto, crucificado, con la piel pelada y cubierto con un escaso trapito que tapaba sus partes íntimas. Aún así, me inspiraba más respeto que los políticos del país. Este me parecía un líder sacrificado, humilde, capaz de ofrendar su vida al dejar que los clavos atravesaran su carne por salvar a los pecadores. También, me gustaba su historia, su biografía, no era un líder que dejaba morir de hambre a sus seguidores. Bastaba recordar la multiplicación de los peces y los panes. Ni hablar del vino, aquel vino exquisito que hizo en las bodas de Caná. Pero no era la ocasión para pedirle una botella de vino. Yo lo que pedía era comida. Y me le acerqué y hablé con él. Le dije que suponía que ya sabía mi necesidad: ganar en la lotería del hambre. Salir sorteado para obtener el premio, un kilo de azúcar para luego cambiarlo en Internet por un kilo de arroz.

                        IV

Tenía fe que iba a salir. Fue una larga y tensa espera. Llegué, me ubiqué cerca del militar, o del que se vestía como militar. Comenzó a vociferar los números ganadores que salían de un programa computarizado, en una laptop, indicaba el número privilegiado por la lotería. Me concentré, pensé en el número, le dije a Dios que no se olvidara mío, que salían sorteado solamente 300, que ya habían pasado 250 y que restaban solamente 50 para ganarme el kilo de azúcar. Las probabilidades eran pocas. Sorteaban solamente 300 números diarios, el resto (700 perdedores, aproximadamente) se marchaban para sus casas con la esperanza que la próxima semana salieran ganadores en la lotería. Me apoyé con más fuerza a la petición divina. Y pensaba en el número, lo pronunciaba mentalmente, y lo acompañé con el rezo de un “Padre Nuestro”, y me le afinqué más donde dice: “Padre Nuestro que estás en los cielos... danos hoy el pan nuestro de cada día”. Y no sé, pero me funcionó, ahí estaba mi número en la boca del militar. Pasé, y adentro, donde nos reuníamos parecía un campo de concentración, era una cancha deportiva. No pude evitar las comparaciones, se me parecía a un campo de concentración del nazismo, al menos, por el encierro colectivo. Nadie se enteraba de la hambruna de nosotros. Claro, la comparación con los nazis es descabellada, a las víctimas del nazismo los reunían en galpones para el exterminio. Y la concentración de nosotros era para conseguir algo de comer. Esa noche, dejé mi anzuelo puesto en Internet.

                        V

Al despertar, un tiburón mordía mi carnada.

 



RECUERDA (Mariela Álvarez)
Recuerda: ella dice que el ritual del amor exige máscaras.
Lo que no dice, pero es fácil deducirlo, es que si en ese instante no las arrancáramos, el universo mismo quedaría paralizado ante tanta cantidad de cosas desnuda. 
La mujer lo sabe. Por eso acumula papeles de colores, yesos, óleos y maquillaje, enormes cantidades de aire.
Entonces, cuando no exuda o babea o se trepa por las cortinas de su casa para expiar a las arañas, la mujer recrea los disfraces de siempre. Y es que abajo esta la cara. Y no importa cuanta ropa nos cubra, i todo el esfuerzo de millones de generaciones por disimular con telas y pieles al animal con frío, porque abajo está la cara, que es la parte más desnuda del cuerpo.
Y apenas lo hemos afirmado ya sabemos que, sorpresa encerrada en otra sorpresa, hay un grado más alto de desnudez en ese par de agujeros húmedos que flotan debajo de nuestra frente, y a los que nada puede tapar.



LOS MUÑECOS  (Juan Emilio Rodríguez)
La mujer y aquella figura masculina asistieron durante cincuenta años a una cátedra sobre La Ciencia de la Vida que dictaba un renombrado profesor. Cada día de aquellos trece mil anocheceres, la mujer y la figura masculina se sentaron en pupitres separados para oír las  profundas disertaciones del magíster. Pero una noche, al levantar el brazo para recalcar un concepto, el profesor enmudeció.
La mujer, después de esperar unos segundos por lo que creía una pausa, miró por primera vez la cara de una figura masculina.  Y entonces creyó ver en sus pupilas azules el deseo de que ambos fueran a ver qué le sucedía al erudito.
Con pasos lentos se acercaron al rígido maestro. La mujer le tocó el brazo suspendido. De inmediato, el profesor se desarmó con un estrépito de plástico, metal y goma.
La mujer abrió los ojos aterrada, y luego empezó a sollozar, como al compás de los oscilantes y oxidados resortes, que brotaron del tórax del profesor.
-¿Lloras? –Preguntó sin alterarse la figura masculina.
-Hemos dejado ir nuestras vidas oyendo a un muñeco que nos explicaba lo que no podía saber –dijo que al final la mujer entre llanto- unidos si habríamos aprendido La Verdadera Ciencia de la Vida.
-Yo estaba seguro- dijo la figura mientras miraba sin expresión alguna- que tú también eras un muñeco… como nosotros.



EL PINTOR (Orlando González Moreno)
Esta mañana se llevaron el cadáver. El pintor tenía ocho días de muerto. La gente comenzó a percibir el mal olor a los tres días, pero nadie se imaginaba que se trataba de alguien que había fallecido.
El pintor vivía solo. Era un hombre de unos setenta años. No se le conocía familia. Algunos habitantes del edificio argumentaban que tenía dos hijos en Estados Unidos. Del  resto no se sabía nada más de él. La noche antes de su descubrimiento, la conserje me dijo: “Hay un olor a podrido en el piso 12”. Enseguida pensé: “Ese es alguien que seguramente lleva varios días de muerto”.
En efecto, a la mañana siguiente un bombero se metió por la ventana de la cocina y al entrar al cuarto vio al hombre de medio lado, con la cobija encima, según dijo. Vino la Policía Técnica Judicial, el forense y levantaron el cadáver.
El muerto se reventó cuando lo bajaron por el ascensor: la sangre le salía por la nariz, por los oídos, por la piel, de acuerdo con lo que vi al sacarlo envuelto en una sábana. Al meterlo a la cava, los policías vaciaron cal en el ascensor. Pero aun así el hedor era insoportable. Entonces la conserje limpió el elevador con desinfectante y después le echó cal. Todavía así el mal olor inundaba todo el edificio. Por eso el presidente del condominio hizo que cerraran el ascensor. Le puso un letrero que decía: “No se puede utilizar hasta que vengan las autoridades sanitarias”.
Por lo que dijo el forense, el artista murió de un infarto, acostado sobre la cama que había pintado en el último cuadro que hizo. 



AMOR SIN HUMO (Armando José Sequera)
A tu mamá, que en paz descanse, la conocí en una noche, en una fiesta de cumpleaños. Yo estaba hablando con ella cuando se excusó un momento, buscó su cartera y saco una cajetilla de cigarrillos. Tomó uno, dejó la cartera y regresó donde yo estaba “¿Tiene fuego?”, me preguntó. «No», le contesté, «No me gusta fumar e incluso no me gusta ver que otra persona lo haga. Para serle franco, jamás me casaría con una mujer fumadora»... Entonces tu mamá dobló en dos el cigarrillo, sin encenderlo lo echó en un cenicero que estaba por allí cerca y dijo: «Desde este momento no vuelvo a fumar jamás» Y cumplió su palabra: en los veintitrés años que estuvimos casados y en el que estuvimos de novios no volvió a fumar ni un solo cigarrillo.



VISTO DESDE ALLÍ (Víctor Marichal)
Hay momentos en los que se toman lápiz y papel con la intención de plasmar palabras de cariño hacia un ser querido, en cierta forma palabras de amistad, pero de pronto asalta una idea coagulada por recuerdos que permanecen latentes, esperando salir, y luego se narra algo que va tomando forma. Pero hoy es diferente; no recuerdos, ni amistad, ni cariño, es real todo cuanto escribo hoy, pues al tratar de escribir algo soy sacado de concentración por cierto ruido. Abro las ventanas de aquel castillo y a través de ellas puedo ver cómo todo un pueblo se lanza desesperado a tomar frutos que no le pertenecen, invaden tierras ajenas y destrozan los árboles sin pensar en el mañana, sin pensar en el dueño o los dueños de aquellas tierras, quienes tuvieron que trabajar muy duro para lograr las siembras.
Corren como locos cargando todo cuanto encuentran, actúan como langostas, todo queda destruido a su paso. En unas caras veo risas, en otras preocupación, temor, pero todas van. Los veo saciar el hambre y celebrar la hazaña, pero luego elevo la mirada y me fijo en unas nubes oscuras que se van formando; todo se va tornado oscuro, sombras, y pronto empieza a tronar. La tormenta se hace muy fuerte y muchos no alcanzan, ni siquiera, llegar a sus casas
Arrecia la tormenta y truena mucho, truena. Muchas son las gotas que bañan el valle, pero no es agua salobre: son lágrimas amargas que van surcando las mejillas de aquellos que saquearon las tierras, pero también de aquellos que no estaban de acuerdo en obtener las cosas fáciles sino las alcanzadas con su sudor; y pronto el dolor se empezó a sentir. Yo quería salir para hacer algo, al menos para decirles que no siguieran tomando frutos que no sembraron, pero todos estaban convencidos y de ello me di cuenta con sus gritos: “¡La hora de la siega ha llegado!”. Pero era mentira, aún faltaba tiempo. No pude salir, pues alrededor del castillo permanecían unos cocodrilos verdes que me impedían el paso.
Volví a la ventana y puede ver cómo se formaba un gran río; sus aguas crecían y crecían hasta que se desbordó con mucha furia; su agua no era cristalina ni botaba el color turbio acostumbrado, no, el agua era roja y arrastraba a su paso mucha esperanza, mucha sangre joven, sangre inocente. La tormenta seguía y la gente en sus casas rezaba con angustia para que los santos intervinieran, pero a los santos no le gustaban las frutas mal habidas y permanecían sordos a los ruegos. Con ello aumentaba el dolor de aquellas personas que ahora sí se veían asustadas. Muchos echaban fuera los frutos productos del saqueo y no se atrevían a salir por temor a la tormenta; no querían ser arrastrados por el río rojo que crecía con el tiempo. Las sombras empezaron a bajar y se fueron metiendo en lagunas casas; estas se vistieron de luto, y aunque en otras no se llegó a tanto, en todas se veía el dolor dejado por la tormenta.
Aprovechando que había escampado un poco y que el río de sangre volvía a su cauce, la gente empezó a salir, a tratar de reparar el daño. Recogieron escombros y estaban dispuestos a sembrar para así poder tener derecho a los frutos una vez se dieran.
Después de todo esto me quedé pensativo tratando de recordar lo que al principio quería escribir, y aunque no lo logré, sabía que hubiese sido mejor cualquier cosa que haber sido testigo de aquella tragedia.



VITRALES MALDITOS. CASA DE MONJAS (Duglas Moreno)
La iglesia daba vueltas en una esquina.  Los enormes vitrales giraban al paso de la gente. Una puerta en caoba   detenía todas las miradas. Había que estar distraído para no dar con esa entrada, no la de la iglesia, sino  la de la  casa de monjas que estaba pegadita a la iglesia. Los muros taciturnos   se allegaban  lejos en el cielo. Nadie entraba o salía nunca. El merodear de  pájaros  nos decía que seguramente había árboles en el patio. Tal vez un jardín. Solo imaginábamos.  Siempre quise entrar. Pensaba en una superiora inquebrantable en su trato y unas muchachas queriendo  saltar las barreras.  Suponía que vería monjas hermosas, sin hábitos, corriendo, jugando, con el cabello suelto. Ahora estoy dentro y no aparece la primera sombra. Todo es silencio, no hay una ventana, una puerta o por lo menos algún pasillo. Solo esta inmensa lejanía. Allá, en la remota distancia del horizonte, viene una brisa lenta arrastrando algunas hojas por la inhóspita planicie. En la mirada solo tenemos una franja de tierra con fulgores cenizos. En ese momento cierro los ojos y comprendo todo. Estaban tres lugares disponibles para mí. La entrada de la iglesia, el paredón del convento y estos vitrales malditos. Lamentablemente no fui a la casa de Dios, tampoco al palacete de las monjas, tan solo quebranté el misterio para ser una imagen desolada en estos  oscuros vitrales y sé ahora que no  podré regresar al mundo nuevamente.   

sábado, 9 de febrero de 2019

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (37) Varios autores

Imagen en el archivo de Juan Carlos Rosales González




QUEBRADA DE LAS ÁNIMAS (Mercedes Franco)
Entre El Tocuyo y El Molino, dos pueblos del estado Lara, se encuentra “La Quebrada de las Animas". En este pequeño arroyito se bañan a veces los niños campesinos, pero solo durante el día. Porque según una antigua leyenda del lugar, al anochecer se ven allí blancas apariciones, extrañas sombras fugitivas.
Afirma una creencia popular que en este arroyo larense ocurrió un hecho terrible. Un capitán español había abandonado a su mujer con un niño pequeño, por una bella cortesana recién llegada. Se dedicó a su nuevo amor, sin pensar que pronto pagaría las consecuencias de su villanía, pues la dama en cuestión aceptaba el amor de otros hombres.
Alguien le advirtió al capitán que estaba siendo víctima de una engañifa. No tuvo más que seguir a su nuevo amor hasta el arroyo. Ciego de ira, el hombre mató a la infiel y a su amante. Estuvo solo unos días preso, pues en la época, el hecho tenía grandes atenuantes. El capitán fue al mismo río y allí se dejó morir de hambre: Dicen que desde lejos se le veía vagar llorando por el lugar. Con el tiempo el río se hizo mínimo. Y en las noches más oscuras, se ven allí tres sombras dolientes, entre las aguas de la "Quebrada de las Ánimas".



QUEBRADA DEL JASPE (Mercedes Franco)
En nuestro estado Amazonas, cerca del kilómetro 273, se revela una de las maravillas de nuestro país: La Quebrada del Jaspe, un lugar mágico donde la piedra roja, semipreciosa, colorea las aguas y las hace parecer de sangre. El sol golpea de lleno la impetuosa cascada. Un gran arcoíris se derrama sobre las rocas.
Esta quebrada tiene una rara leyenda: mucha gente en el lugar asegura que desde aquí comenzará el Apocalipsis.



RAPTOS MÁGICOS (Mercedes Franco)
Muchas personas aseguran haber sido raptadas por duendes y fantasmas. Una jovencita en Falcón afirmaba haber sido secuestrada por un Ceretón que intentaba seducirla. Ella logró escapar y lo alejó embadurnando su cuerpo con  sangre de pescado, animal que parecen detestar los duendes. Otra muchacha de Barcelona, en el estado Anzoátegui, afirmaba haber sido sacada de su habitación durante la noche por una fuerza invisible, que la llevó a una montaña. Allí se encontró sola, en la oscuridad, pero una voz amable la tranquilizaba. Se durmió en brazos del desconocido. Al amanecer pensó que vería al fin el rostro de su gentil raptor, pero solo encontró miles de flores a su alrededor.


REBULLONES (Mercedes Franco)
En la novela Doña Bárbara, nuestro gran escritor Rómulo Gallegos habla de los Rebullones. Eran extraños pájaros portadores de la desgracia y la muerte, sedientos de sangre de vaca en el techo de la casa, para que bebieran.


UN PASEO A LO ETERNO (Gabriel Jiménez Emán)
Entre los chamuscados hierros, entre el amasijo carbonizado de metal y carne humana, entre el revoltijo sanguinolento en donde trozos de tejido se abrían por todos lados; entre los resortes, el cuero perforado y el vapor espeso que sigue las colisiones violentas, vi la cara de ella. Lucía joven y no tenía rasgo alguno de dolor. Sus ojos permanecían entre abiertos, y el vidrio desgranado del parabrisas los había salpicado sin hacerles daño; más bien los trozos del cristal, diseminados a lo largo de los cuerpos en los asientos, parecían una escarcha sobrenatural. Su pelo se extendía sobre el espaldar y se encontraba perfectamente peinado, tendido sobre la superficie lisa. Aún se percibía un calor de vida, una palpitación mucho más profunda que en la de los simples cuerpos aun vivientes. Sólo en ciertos filmes y en algunos cuadros prerrafaelistas o impresionistas había observado una atmósfera semejante, un ámbito tan permeada de visiones superiores. Sus labios, por ejemplo, poseían todavía esa dulzura profunda, propia del mismo instante de la muerte. Por un momento desee situarme en esa zona y dejarme ir hacia un brumoso cielo.
Habíamos preparado todo para la boda con el mayor esmero. Nuestros padres habían invertido en la ceremonia los ahorros de varios meses. El gran patio verde recibiría toldos alegres debajo de los cuales habría mesas adornadas con flores, plenas de manjares. Una pequeña orquesta amenizaría la reunión mientras los invitados se paseaban con sendos tragos en la mano bajo el atardecer, celebrando o maldiciendo nuestra unión, que importaba ya, pero estarían allí con el fin de alimentar la siempre escurridiza felicidad. Mi novia y yo pasaríamos al patio de improviso, haciendo toda clase de bromas con los amigos. Y fue dando los últimos toques a la reunión, cuando a ella se le ocurrió hacer este viaje rápido entre la ciudad y el pueblo donde íbamos a vivir, en nuestra ruina maravillosa, en nuestra pocilga henchida de verdades y sueños. Despertamos muy tempranos y ella aprovecho las promesas del día resplandeciente para proponer el breve viaje. Lo decidimos y ahora estamos aquí, ella en su lugar de eternidad y yo completamente lúcido de este lado, desde donde logré abrir la portezuela para salir y contemplar su rostro completamente inmaculado, lleno de ese esplendor de muerte que no estoy dispuesto a compartir con nadie. Tengo que recuperar este rostro sin mirar más abajo, no quiero ver otra vez el amasijo de hierro chamuscados ni sus espléndidos miembros mezclados a la chatarra hirviente y confundidos, como ahora me cercioro, con una mano mía recién desprendida que ostenta su muñón de músculos y articulaciones rasgadas y en uno de sus dedos el anillo dorado. Con la derecha apenas puedo llegar hasta su perfecta cara de diosa transcendida de esta mísera realidad y acariciarla, acariciarla suavemente sin marchar su tez, ni este matrimonio que con este mi último suspiro, queda ya inmerso definitivamente en el dominio de lo eterno.


MICRO 9 DESTINO (Cósimo Mandrillo)
Emprende el camino y sabe que huye. Adelante está el sol que le hurga la mirada a lo largo de cientos de kilómetros. Atrás queda la herida abierta, el dolor que no cesa un ápice. Ha pensado tanto. Ha recorrido el viacrucis de recuerdos. Ha reinterpretado cada palabra. Ha descubierto una mentira tras otra.
Ahora atesora todo como si fuese un botín de guerra. Cree que se arma pero es débil. Mira la línea infinita de asfalto que tiene por delante y se le ocurre que nada termina nunca. Lo que hay es un estruendo continuo que le torpedea la conciencia. Quiere pensar pero el hilo que lo ata fluye autónomo en su cerebro. Día y noche una procesión de insectos sonoros se mueve con libertad dentro de su cabeza. En un último esfuerzo por acallarlos, sube al máximo el volumen del radio. No sabe si funcionará. Se concentra en el reverberar del horizonte que parece esperarlo, allá, lejos.



EL DISPARO FUE CERTERO (Gregorio Riveros)
Con escalofriante precisión atravesó el oscuro cristal de la ventanilla y se alojó en el cráneo del hombre. Su cuerpo cayó sobre el volante y luego se desplomó hacia su derecha, sobre el hombro y la pierna izquierda de la mujer. El escarabajo comenzó a zigzaguear y rápidamente arrancó, se saltó la luz del semáforo y se perdió por Los Próceres en dirección hacia quién sabe dónde. Los dos hombres de la segunda moto regresaron presurosos, recogieron algo y con la misma premura aceleraron y se fueron detrás del Volkswagen, también hacia la nada.
En la distancia los motorizados ya no existían.
Asustada, la mujer sujetó el volante del vehículo que continuaba encendido y se movía con lentitud pero no lograba controlarlo, en el puente lo desvió ligeramente hacia la derecha, donde funcionaba la parada de una línea de taxis que estaba por allí y lo recostó contra la acera, cerca de uno de aquellos vehículos de alquiler. Aparte del susto, a ella nada le pasó. Él respiraba con dificultad. Así lo encontraron los taxistas una vez que ella hubo gritado pidiendo auxilio.
Una camioneta negra, Ford Explorer 4x4, vidrios ahumados, del año, pasó muy lentamente y a sus ocupantes pareció no importarles nada de aquello. Impertérritos, continuaron su marcha.
Por la radio, Roberto Carlos seguía cantando...
“… ella aquieta mi herida, todo, todo se olvida…”
Era la 1:10 de la madrugada.



AHUMADOS EL RESPALDO Y EL ASIENTO  Y SEMIDERRETIDOS LOS ARCOS (Armando José Sequera)
A la abuela no le gustaban los cohetes. Decía que volar por el espacio y visitar otros planetas era cosa del Demonio y que en las cosas del malo ninguno se debía meter.
Nadie había hecho ninguna objeción al momento de su sudorosa e  imprevista llegada y todos en el pueblo la adoptamos de inmediato como abuela.
Ya le habíamos tomado cariño.
Cuando Paula me tomó de la mano y yo aferré nuestra maleta para avanzar hasta la plataforma solar que nos llevaría a la base de lanzamientos, en calidad de primeros viajeros del poblado, la abuela se santiguó con azufrosos movimientos y desapareció de nuestra vista, en una llamarada parecida al despegue de los cohetes.
Como prueba para los incrédulos quedó su mecedora: ahumados el respaldo y el asiento y semiderretidos los arcos.  



EL ORNITÓLOGO (Ricardo Jesús Mejías Hernández)
Su canto era único, perfecto. Acudía diariamente a escuchar esa melodía, lo llevaba al éxtasis. Era la única especie que no poseía.
Pensó muchas veces la manera de llevársela, claro, sin levantar sospechas.
Aquel día parecía ideal, el pasillo estaba solo.
Aquel día nada salió bien, la soprano no quiso entrar a la jaula. No pudo llevarla viva.


PROHIBIDO VOLAR (Ricardo Jesús Mejías Hernández)
No puedo volar en este mundo de pájaros. Tengo que caminar como un idiota. Tengo que hacerlo junto a ellos porque, desde hace tiempo, simulan caminar.
Está prohibido volar pues. Debo tener las alas siempre dobladas, bajo la camisa.
Recuerdo la última vez que despegué y pude planear un rato; luego de esquivar los disparos, aterricé y me escondí, pero, fui capturado.
Aún me duele la sentencia, la siento en el peso de cada paso de mi única pierna.


¿ACASO DEBÍAN...? (Eduardo Mariño)
El autobús realmente vibraba mucho, con todo ese movimiento, Nancy no podía regresar a sus carcelarias emociones de cuando niña. Así le había enseñado el tiempo inexorable y vil.
Al momento de subir, no sabía el nombre de su verdugo. Una señal de vida tan paradójica como su silencio ante la recia voz de él. Alguien le había comentado, pero ella no aceptaba la realidad del peligro. Para ella, los autobuses eran sólo máquinas, fierros sin vida ni espíritu inmortal. Enrique apareció de pronto, en la ingenuidad del colector. El misterio de amar, no era más que un recordatorio a su histérica situación de indeciso desinterés.
Una vez más el autobús crujió en una curva y de nuevo sintió ese vacío en su estómago. Nancy no estaba siendo en modo alguno autocompasiva, no era susceptible; pero aún así, tenía miedo de morir sin llegar a San Carlos. Para ella, eso significaba algo así como fallar a un precepto genéticamente implantado en sus uñas, en su bolsito negro y sus tarjetas amarillentas, llenas de nombres de novios, nombres que jamás eran absolutos. Todas tenían la marca de haberla llevado una y otra vez, a estar al borde de llorar y reír por un sepulcro de emociones; manchado tremedal de intencional desolación y silenciosas voces atrapadas en complicadas rayas, en almohadas sin funda, sin tela, sin gomaespuma, sin colchón, en fin, sin cuerpos que jadeen y griten.
Recordó de improviso que su Credo arrancaba con el mundo apesta y sonrió, pues era existencialista, nihilista, comunista, pero en el fondo, temía a la muerte antes de llegar a San Carlos.
Nancy, al parecer, nunca amó; podía mentirnos a todos diciendo que había amado a Enrique, pero él era como ese pedazo de historia que uno trata de hacer propio en tiempos de escolar. Enrique lloraba y Nancy reía mucho cuando los vi por primera vez. Por supuesto, ella ya me conocía; me creía tan malo y despiadado; comenzó a creerme el amo absoluto de su amor y de los hijos de aquella fuente de dolor, contemporáneos de mis estudios iniciales de Maestro. Pocas veces reí en su presencia, en cierta forma, yo mismo le temía. Era un temor especial, el de los Dioses que ven el acrecentamiento del poder de sus criaturas como un cierto peligro de olvido.
Un miedo diferente se apoderaría de ella, varios lustros después. Su pulso se aceleraba con cada kilómetro que recorría la unidad de ruta. Se aproximaba a San Carlos, justo donde estaba yo, esperándola; ella podía sentirme, lo sabía.
Luego de derrotarla en el peor juego de ajedrez de mi vida, llegamos a conocernos mucho. Realmente entonces fue cuando comenzó a temerme; a sentir ese miedo a sentir miedo, a adorar mis gritos y sentir verdadera fobia de mis silencios. Más yo no lo hacía intencionalmente; sólo era ella, la que creaba toda aquella situación. Rafael me lo advirtió para ese entonces. Luego, los hijos, la casa, domingos en familia y cosas así. Nancy comprendía mi frustración y trató de influenciarme el diablo sabe tentar, decía; entonces te tentaré, contestaba y un día ella lloró. Amargamente lloró. Yo tan sólo volé sobre la casa un par de horas y dormí con gran calma. Al despertar, ya no estaba.
El autobús frenó de pronto. Ella se sintió caer al piso, rodar, convertida en una sombra, y nada más.
Yo fui a su sepelio; Enrique me insultó, como siempre lo había hecho en los últimos años. Sus amigas (las que aún me recordaban), me nombraban con epítetos que ni Nancy conocía, todas me reprochaban.
No lloré.
Nancy, que era muy bella, no me reclamó
¿Acaso debían reclamarme ellas?



LA AMARGURA DE  AQUEL  HOMBRE. YA NO QUIERO TENER MEMORIA (Duglas Moreno)
La bala dio exactamente en la aldaba  con ribetes de oro. El pedazo de hierro que cayó bruscamente al piso, tenía restos de corazón.  El hombre vino y le apuntó a la cara con esa  rabia que  solo la muerte puede desvanecer. La mano que sostenía el revólver  se mantuvo recta y firme entre la venganza  de uno y la palidez del otro. Si al menos hubiese intentado una palabra.  Si hubiese permitido que recogiera las pocas cosas de la oficina y se marchara. Nada de eso. Solo hablaba de una afrenta, de un honor familiar ultrajado y del fin de la dictadura. No sabemos cómo logró disparar,  con tanta  ira saliéndosele por los ojos, y  dar en el blanco. Dicen que le pegaba a un mediecito en el aire. En Lagunitas lo mentaban El fino.
 La oficina era sencilla. Un escritorio de madera y unas sillas terminadas en cuero. La bandera nacional en un rincón. Detrás del sillón principal, la imagen del dictador.  Allí estaba todavía, la mañana cuando cayó el régimen, el jefe civil del pueblo. Tenía poco tiempo en el cargo. Era un hombre de buenos modales. Recuerdo que al final de la habitación  había una puerta que daba al traspatio. En el fondo de esa puerta el hombre pálido cayó de bruces y su camisa blanca se llenó de sangre inmediatamente. Una mujer con lágrimas en sus manos, lo tomó y lo pegó contra su pecho. Creo que fue Almario el que dijo: él era un jefe bien gobiernista, apretao pues, y no  nos duele naíta lo que le pasó. Entonces la mujer nos silenció a todos, cuando largó sollozante: tal vez no haya sido bueno para ustedes; pero era mi hijo y me duele en el alma. Todos ustedes son unos sinvergüenzas, una persona valdrá siempre más que unos pobres ideales. Ver la muerte de un hijo es como estar ante  tu propia muerte. Son dos vidas las que se acaban. 
Hubo otro muerto; creo que un policía, pero  trato de recordarlo y no puedo. Han pasado muchos años  y sólo el rostro amargo  de aquel  hombre anda por aquí, como si no bastara con lo que pasó y no fuera suficiente tener que llevar su  aciaga figura   a todas partes. Lo cargo como un peso terrible en la  conciencia. Confieso ahora que los recuerdos son también un desagradable  signo de castigo. Me gustaría que todo desapareciera, hasta la vida, no puedo andar con esta angustia siempre. Ya no quiero tener memoria, les juro de verdad que ya no quiero recordar nada.  A veces deseo ir a la plaza del pueblo y sentarme en la sombra de los mijaos, pero estoy  seguro  que él estará ahí esperándome con su camisa blanca bañada de sangre, entonces me quedo pensando en este destino que me ha tocado vivir.      

lunes, 4 de febrero de 2019

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (32) Varios Autores

Imagen en el archivo de Miguel Ángel Uzcátegui Abreu




CUEVAS MÁGICAS (Mercedes Franco)
Hay en Venezuela varias cavernas mágicas, sobre las cuales se ciernen raras consejas. En la Sierra de San Luis, en Falcón, se cree que hay una cueva misteriosa donde se oyen extrañas canciones. Una muchacha entró atraída por esta música y cuando salió, se había convertido en una niña de pocos años.
En el cerro Santa Ana, también en Falcón, existe la "Cueva de Yabuquiva". En este lugar misterioso la leyenda cuenta que existía una culebra gigantesca, de diez varas de largo, capaz de tragarse a un hombre.
Muchos afirman que allí está todavía el animal, por lo que nadie se atreve a acercarse. La gente cuenta que esa culebra descomunal no es otra cosa que el espíritu de Yabuquiva, un valiente caquetío que murió allí acorralado por los españoles, durante el siglo dieciséis.
Yabuquiva volvió del más allá cabalgando la culebra gigante. Derrotó a los españoles y luego se refugió en la cueva, y aún mora allí su espíritu bravío.
Cuiba, Pozos de la. En el camino de Sabaneta, en el estado Falcón, se halla un agreste y cautivador paraje, donde se ven tres pozos medianos. El lecho rocoso de estas lagunas se enmarca en una vegetación árida y reseca, donde abundan xerófilas como el cardón y la tuna. El lugar es conocido como Los Pozos de La Cuiba, tal vez por la abundancia de pequeños caracoles conocidos en la región como “cuibas”.
Según una vieja leyenda, en estos pozos permanece cautivo el espíritu protector del rey Manaure y otorga parte de su inmenso tesoro a quien lo solicita.
Manaure era un valiente cacique, llamado por los españoles ”rey de los caquetíos”, aborígenes que dominaban todo el territorio hoy conocido como Falcón y Yaracuy. Según los cronistas de Indias, Manaure poseía una inmensa fortuna. Era llevado permanentemente en un trono portátil, y a su paso resonaban trompetas y tambores. Manaure entró en conversaciones con los españoles y los caquetíos se pacificaron. Sin embargo, un día el rey desapareció misteriosamente. Hubo quien dijo que murió ahogado accidentalmente en los pozos de La Cuiba.
Un día, después de muchos años, una campesina estaba lavando sus manos en los pozos y dirigió una silenciosa plegaria al rey Manaure para que la ayudara. Enseguida brotó del agua una serpiente dorada. La valiente mujer tomó su machete y la cortó en dos. Y vio asombrada cómo aquellos dos trozos de serpientes se convertían en dos trozos de oro sólido.
La campesina se llevó su oro y mejoró su situación. Le iba muy bien con la cría de cabras. Al cabo de un año volvió a los pozos y dijo: “Rey Manaure, dame mi limosna”. Nuevamente surgió la culebra y al cortarla, volvió a convertirse en oro. Cada año, la mujer repetía aquella petición.
Cuando se vio ya anciana y enferma, quiso transmitirle esta herencia a su única hija. Le explicó cómo debía hacer para recibir ayuda del rey Manaure.
Al morir la anciana, la muchacha fue a los pozos y pidió la limosna, tal como se le había dicho. Pero al ver la culebra se asustó y corrió. La culebra volvió al agua y así se perdió para siempre el don del generoso Manaure.
Curaciones milagrosas. Cuando no se tiene dinero para acudir a clínicas ni hospitales, como es el caso de los venezolanos y los latinoamericanos en general, el pueblo hace acopio de fe y fervor, en espera de una curación milagrosa. Muchos le piden a las Ánimas Benditas, otros al doctor José Gregorio Hernández y otros, simplemente, van a los brujos y curanderos, esperando alivio a sus males. Y se han producido en realidad muchas curaciones milagrosas de las cuales hay diversos testimonios.


MICRO 16 OLVIDO (Cósimo Mandrillo)
El día que decidió dejar de recordar, se rodeó la frente con un pañuelo y ajustó el nudo hasta que le dolió la nuca. Tres días después, el temible caudal aún corría frente a sus ojos cargado con todo lo que ansiaba olvidar. Dispuesto a parar la penosa procesión, se exprimió los ojos hasta la oscuridad escarchada que dicen ver los ciegos, pero el río era infinito. Ya en el suelo, vio escapar toda el agua de su cuerpo, ni una sola de sus penas flotaba en ella.


NO SENTÍA MIS PASOS LENTOS (Danira Pimentel)
Pensamientos idos, volaban, no sé dónde se perdían. De pronto un encantamiento, me quedé inmóvil, no recordaba nada, caminaba, sentí frío, mucho frío. Una sensación extraña sacudió mi alma, un viento helado sacudió mi cuerpo. Se abrieron las ventanas, y cambiaron de lugar las sillas, miedo, sí, miedo dentro de mí. Temblaba, el viento iba y venía por toda la casa; no reconocí lo mirado, mis
ojos se abrieron a una nube blanca. Estremecida luché y luché hasta el anochecer.
A unos pocos metros un hombre agonizaba.



LE REGALAMOS UN TELESCOPIO AL ABUELO (Armando José Sequera)
Le regalamos un telescopio al abuelo. Más vale que no.
Nos pidió que subiéramos su mecedora al techo para establecer su observatorio. Después, que lo subiéramos a él, con cuidado que tengo esta pierna enferma. Posteriormente, la abuela dijo que ella no se quería quedar sola y hubo que subirla también.
Bajarlos es más complicado que subirlos: parece que senos fueran a caer. Una vez en la tierra hay que escuchar las narraciones acerca de lo que ambos habían visto.
Si supieran que el telescopio no tiene vidrio.


ENTRE NUBES Y ENCEGUECIMIENTOS (Armando José Sequera)
Desde el día que dijo, al fin he comprendido el significado de la belleza, pasó su tiempo de abuela eximida de trabajo contemplando el vuelo de las aves.
Aunque pocos aseguraban haberle conocido sonrisa, todos la vimos plena de infinitas alegrías, cuando dejo su mecedora moviéndose tras de sí y batiendo alas recién surgidas se elevó en un trino palpitante hasta no sabemos dónde, pues, entre nubes y  enceguecimientos, la perdimos de vista.


DESPEDIDA (Enrique Plata Ramírez)
El hombre, monstruoso ante el hijo que se echó a llorar al verlo trajeado de guerrero se acercó dulcemente a su joven esposa y le dijo:
Mi señora, si acaso no regreso de este combate, piensa que he ofrendado mi vida por ti y por mi hijo.
Andromaca, temerosa sabiendo de la crueldad de Aquiles, abrazada a Héctor, besándolo con infinito amor, lo encomendó a Zeus.
Aquella tarde Zeus se quedó dormido y no supo de las lágrimas de la mujer.


DECISIÓN  (Enrique Plata Ramírez)
De en medio del fragor de la batalla, salió el jinete, evidentemente herido, y acercándose a la mujer, le dijo:
Si puedes tú, Diznarda, en esta cruel batalla, limpiar la sangre de mis heridas, cómo no puedo yo ofrendar mi vida por ti. Que Alá, el misericordioso, te guarde por siempre mi Señora.
Limpio Diznarda las heridas del hombre, lo abrazó fuerte y le dijo:
Mi Señor, vuelve a la batalla, vence y regresa a mi lado.
Vio Diznarda partir raudo sobre su brioso caballo a Mahomed. Estaba segura de que nunca regresaría. Y orando a Alá, el todopoderoso, para que los reuniera en el paraíso, quiso adelantársele y tomando la navaja cortó las venas de sus manos.


EL PALABREO DE LAS RAMOS (Soledad Morillo Belloso)
Manos curtidas Eulalia, Eunice y Evangelina eran expertas en el arte del arrollado del tabaco. Acaso por ello, el cabello de todas, largo, sedoso, negro azabache, estaba permanente aromatizado. Cuando caminaban por las calles y veredas de la primogénita del continente, de la ciudad donde nace el sol, dejaban una estela. Dicen que eso era lo que ejercía sobre los hombres una suerte de sortilegio. Que hombre que las olía, quedaba para siempre prendado de ellas. Las Ramos eran de poco hablar, acaso porque, generación tras generación, guardaban un secreto, un gran secreto. Nadie sabía a ciencia cierta cuándo habían comenzado a dedicarse al quehacer de estirar hojas secas, arrollarlas unas sobre otras, hasta producir un tabaco sólido, bien firme y de sabor espléndido. Acaso la tradición provenía de aquellos tiempos de la guerra, luego de la emigración, cuando los hombres se fueron al combate, y las mujeres quedaron a cargo de una tierra otrora fértil, otrora linda, otrora amable, otrora... Sin hombres las mujeres se dedicaron a tejer sueños, a arrollar tabaco, a hilar esperanzas, a llenar cántaros con lágrimas, a mirar el mar y buscar una señal, a tratar de vivir. Y las Ramos venían de allí, de esa estirpe de mujeres que vieron dolor, que sudaron angustia, que acunaron y cuidaron a los niños de mantuanos y próceres, con la renuncia a cuestas, con las manos curtidas hasta el punto de asemejar la textura del tabaco. Las Ramos tenían historia metida en los bolsillos de sus delantales, y el secreto tatuado en la mirada. Las Ramos eran herederas del silencio forzado, custodias de eso que ocurrió para evitar una enorme tragedia, ese escape que se fraguó en noche de luna nueva, en tiempos de sangre y dolor, de patria naciente, de pólvora y filo de sables, cuando la vida valía poco, salvo para quienes con su sangre y sus lágrimas escribieron la palabra sacrificio. La libertad tiene muchas caras. Y las mujeres, sin importar el linaje, cualquier cosa estuvieron dispuestas a hacer para proteger a quienes no eran sino almas inocentes, víctimas de una tierra que entró en desvarío y tormento. Dicen que todo ocurrió una noche de luna llena, al calor de pasiones y ansiedades. Una noche en la que tres mujeres se despojaron de sus joyas, sus mantos y su honra, y regalaron su amor al mismo hombre. Y esa noche, en Cumaná, cuando un manojo de nubes tapó la luz de la luna, tres pasionarias cometieron el mismo pecado, el pecado de seducir a quien fuera el redentor de los hijos del sol, el que nació en la ciudad de donde nace la luz, en esa villa de leyendas y de sueños infinitos, donde el tabaco se mezcla con la piel, y hace que sus vástagos se acerquen a la divinidad. Cierto o no, al menos así se lo habían contado las abuelas a las Ramos, y esa viejas lo habían escuchado casi en confesión de boca de sus abuelas. Y si la verdad fue trastocada en el tiempo, se hizo cierta por obra de un deseo infinito de encontrar respuestas a preguntas extraviadas. El ardor del deseo logra lo que lo que el viento de la realidad pretende asfixiar. Si la historia fue apenas ficción o fábula, para las Ramos esa verdad había marcado la vida de todas las mujeres de una familia que, desde tiempos de sangre y dolor, no hizo sino aprender las lecciones de la supervivencia. Aquella noche, aquella noche de tribulación, en la hacienda se preparó festejo en honor de los oficiales patriotas. Las estrellas hicieron guiños, y la luna se hizo la tonta, y el rumor del mar acalló conciencias. Y el licor le jugó truco a la historia...


OBSESIÓN (Víctor Marichal)
En cierta ocasión me tocó de vecina una mujer que todos los días regaba su jardín. Mientras lo hacía entonaba una melodía. Cuando su voz llegaba a mí, me sentía tan pero tan furioso, que cerraba las puertas y ventanas para impedir que el sonido me alcanzara. Pero un día, después de haber transcurrido mucho tiempo, no la oí cantar. Me asomé para ver si al menos en silencio regaba el jardín, pero nada, no estaba.
Pensé que era muy temprano, consulté el reloj y comprobé que era la misma hora. Muy decidido salí de casa y fui a la de mi vecina. Llamé, y nadie respondió. Entonces me acerqué a la puerta, toqué y nadie contestó; abrí y entré. Su cuerpo permanecía inmóvil en medio de la sala.
Con autoridad me paré frente al cuerpo y dije: “¡Levántate y canta!”.
La mujer, ignorándome por completo, se levantó, tomo el regador, salió al jardín y comenzó a cantar.


CIRQUE 3 (Ricardo Jesús Mejías Hernández)
El acto de magia ya no era el mismo. Inmediatamente, luego de la última función, Pierre fue solicitado en la oficina del gerente. Fue fustigado y su acto calificado de pobre y, sobre todo, repetitivo.
Pierre, luego de enjugarse las lágrimas, se retiró a pensar qué haría; lo hizo toda la noche y parte de la mañana siguiente hasta que, por fin, tuvo una idea.
Ensayó a puerta cerrada durante todo el día, no podía fallar nuevamente.
Ya en la noche, durante la función, le llegó el turno a Pierre. Todas las miradas se centraban en él, o más bien, sobre sus manos. Introdujo lentamente la mano en el sombrero y, de un solo tirón por las orejas, el conejo Pierre sacó a un mago.


ENCUENTRO EN LA CALLE CERVANTES (Pedro José Pisanu)

Tomé tres cañas con sus tapas. No había buenas nuevas de trabajo, de concursos literarios ni de nada. Una vez más, aposté poco y perdí mucho. La tarde se hizo oscura de repente, cuando lo usual es que se alargue como un eco frente a las casas desoladas. Escuché golpes metálicos, choque de estoques, ejercicio de acero toledano. ¿Todo esto en el siglo XXI? No era posible. Pagué las cañas a Elba y salí.

La calle estaba solitaria y el viento corría desde los adoquines húmedos. La niebla inesperada se apoderaba de la vía. Pude oír más cerca el roce violento de espadas, los jadeos y al final un: “Hasta el fondo de tu alma. Muere hijo puta y que el infierno te reciba”. La calle se avivaba con olores de estiércol de caballo, orines de borrachos, los gritos de las putas. Vi una sombra levantada, sacando la espada de la otra que se apoyaba encorvada y moribunda en la pared. El matador envaina el acero sin limpiarlo de la sangre y ahora lo arrastra un poco sobre el suelo , en un sonido orquestado con las espuelas que ahora desprenden chispas entre la opacidad.

-Manco, ven, el canto de mi espada clama por ti -grita la sombra, ahora envuelta en algo como una capa-. Manco, ven, que ando de vena para el crimen. Mi espada quiere borrar de único tajo un poeta que nunca ha versado bien en esta tierra.

A mí espalda surgió una respuesta, voz sin fuerzas, carente de acústica en el rostro, sonido ahogado entre la boca, tal vez por escasez de dientes y de muelas:

-Te espero desarmado, sin odio ni rencor. ¡Dadme la muerte, Lope! Será el único favor que me haces en tantos años de inquina. Soy viejo, estoy enfermo, la muerte para mí será igual, mejor si antes. Ya he culminado Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

Di media vuelta y pude observar una triste figura. No era don Quijote, era un Cervantes de rostro pétreo, esculpido en huesos y pergamino adusto. Apoyado en un bastón retrocedió hasta guardarse en la puerta de su casa.

Por un momento hubo silencio. La sombra con espada desapareció. Surgieron luces débiles de velas en candelabros. Irrumpieron voces y cantos de jolgorio, ecos agudos de mujeres y algunos graves de hombres brotando desde las viejas tabernillas.

Sin asombro cerré los ojos, tomé aire, abrí los ojos de nuevo. La niebla oscura ya no estaba. Salí hacia la Calle de León, buscando la Estación de Antón Martín, dejaba atrás el Barrio de las Letras.




LA VIRGEN DE COROMOTO (P. Ildefonso de San Martín)
Guanare, actual capital del estado Portuguesa, es la ciudad donde quiso colocar su trono la Reina del Cielo, con la advocación de “Nuestra Señora de Coromoto”.
Según refiere la historia, el 8 de septiembre de 1652, cuando el cacique de los indios de aquella región, llamado Cospes, se dirigía al campo, encontró, pasando una quebrada, a una señora, hermosísima con un niño en brazos. Con gran autoridad le ordenó se fuese con su tribu donde estaban los blancos para hacerse instruir en la religión y recibir las aguas del bautismo. El indio obedeció y, cumpliendo las indicaciones del español Juan Sánchez, se situó con su tribu en un lugar conocido con el nombre de Coromoto. Pero, pronto se cansó de su nuevo género de vida y se negó a seguir instruyéndose.
Cierto día, en que se encontraba muy desesperado en su rancho, se le apareció de nuevo la Señora Resplandeciente. Al instante la reconoció y, enojado con ella, le dijo: “¿Hasta cuándo me quieres perseguir? Bien te puedes ir, que ya no he de hacer lo que me mandes”. Indignado, quiso atemorizar a la Señora y cogiendo el arco exclamó: “Con matarte me dejarás”. La Virgen Santísima se sonrió y avanzó hacia él. El arco y las flechas cayeron al suelo. Entonces el indio quiso cogerla por el brazo y echarla fuera y ella misteriosamente desapareció. Y asegura la tradición que en la mano del cacique quedó la milagrosa imagen.
El indio quiso destruirla, pero, llevado de cierto temor, la escondió. Un jovencito familiar que presenció la escena, logró hacer venir unos blancos cerca del rancho y, sin ser visto por el jefe, les entregó la imagen. El español Juan Sánchez, que la recibió, la llevó durante algún tiempo siempre consigo. Más tarde, la colocó en un altarcito de su casa, que comenzó pronto a ser el primer santuario de la reliquia.
La fama de las apariciones y de los milagros se extendió rápidamente y las autoridades competentes ordenaron que fuese llevada a Guanare. El traslado se verificó con gran pompa y solemnidad en 1654, en la víspera de la Purificación.
Durante los tres siglos de existencia que tiene la imagen, la Virgen Santísima ha obrado infinitud de milagros y favores para socorrer a cuantos se han encomendado a dicha advocación…