lunes, 26 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (25)


Niñas pemón en el archivo de la ETAI-Smarayi


SAPANAKA Y SAKAIKA (etnia pemón)
En aquellos tiempos el Pájaro Carpintero era una persona igual que yo, igual que los demás.
Y Sakaika también era una persona, Martín Pescador. El Martín Pescador iba todos los días al río, se encaramaba en una rama. El Martín Pescador se echa al agua – shick – y los peces creyeron que es una presa salen pues a comer, y es cuando él aprovecha para flecharlos.
Y así todos los días iba y traía pescado, sabía pescar. Y Sapanaka era agricultor, y por eso se le veía en las ramas tocando -trrrr-  tumbando su conuco. Porque él hace agujeros en los árboles y los tumba.
Entonces un día el Pájaro Carpintero se enamora de la hija de Sakaika, y éste se le cede para que sea su mujer. Y como los suegros tienen derecho de invitar a que colaboren con él, Sakaika invitó a su yerno a pescar. Y van a pescar. El Martín Pescador empieza su faena en el agua, y cuando salían los peces –los flechaba: uno, tres, cuatro, cinco, diez, veinte, treinta; y el pobre Pájaro Carpintero, que nunca había ido a pescar, no pescó ni uno. Y se regresaron, un poco apenado el yerno pero el suegro no le decía nada. Al otro día el yerno también invita a su suegro, le dice: Mira, suegro, venga también a ayudarme. Te acompañé y yo quisiera también que me ayudaras, que colabores conmigo en tumbar mi conuco. Sakaika se fue a ver cómo era el conuco. Bueno, el Pájaro Carpintero comienza a cortar su conuco – ta, trrr, ta, ta – el Sakaika, el Martín Pescador, no cortó ni un palo, porque no estaba acostumbrado. Entonces de este cuento la enseñanza que nos dan los viejos es que cada quien tiene que ser lo que es. Que no debe aspirar lo que no puede alcanzar. Y esa es la enseñanza: que nos dan con ese cuento.

Tomado de Pataamunaanü´nin: Nuestras Tierras son de nosotros (Etnia Pemón). Carlos Figueroa. Ediciones El Pueblo. Ciudad Bolívar. (2005)


EL BÚHO KOTRE (etnia yukpa)
Junto a un río desconocido, en un lugar secreto, vivía hace mucho tiempo la familia kotre. Era una familia numerosa y muy trabajadora pero bastante misteriosa.
Un día, un yukpa cazador encontró en su camino a un ratón. Lo traspasó con su flecha y lo guardó en el mayu, la pequeña mochila que siempre llevan los yukpa. En ese muy momento vio cerca de un árbol a un hombre que parecía extranjero. Era un Kotre. 
¿No has visto por aquí a un venado que yo perseguía?.  _ Preguntó el Kotre.
-No, lo único que vi fue un ratón. Lo cacé y lo tengo aquí en mi mayu - dijo el yukpa mostrando su trofeo.
-¡Ese es el venado que yo buscaba! - Exclamó el Kotre. El yukpa se echó a reír:    
-¡Pero si es tan solo un pequeño ratón!     
- Te digo que es un enorme venado. - insistió el Kotre - .     
¿Quieres que te lo demuestre?
Diciendo esto tomó el ratón, le haló las orejas y el estiró las patas. Entonces, vio  como el ratón se transformaba en un gran ciervo de majestuosa cornamenta.      
-¿Quién eres tú ? ¿De dónde vienes? - Preguntó maravillado.      
-Soy de la familia Kotre y vivo muy lejos, mas no puedo decirte donde.
El yukpa le pidió que le hiciera conocer su familia e insistió tanto que el Kotre a pesar de que le estaba prohibido llevar extranjeros a la casa, finalmente accedió, con la condición de que jamás revelara la existencia de los Kotre, ni nada de lo que allí viera: Si me prometes que no contarás a nadie lo que veas, te llevaré conmigo. El yukpa prometió que guardaría el secreto.
Después de mucho caminar, un atardecer llegaron al pueblo de los Kotre. El yukpa se sorprendió muchísimo viendo aquella familia tan trabajadora. Todo el mundo hacia algo: unos tejían hamaca, otros fabricaban arcos y flechas, otros más elaboraban cestas, las mujeres cocinaban los alimentos, los hombres preparaban la chicha y cortaban la carne, los niños ayudaban.
Había mucha gente en movimiento, todos estaban  muy animosos y entusiasmados.     
-¿Qué fiesta celebran? - pregunto el yukpa.
-No es ninguna fiesta - le contestó el Kotre - , nosotros vivimos así, todos juntos, y nos repartimos el trabajo, la comida y la caza.
El yukpa comió, bebió y su corazón estaba alegre. Se encontró tan bien entre aquella gran familia, que se quedó a vivir;  allí se casó con una linda muchacha Kotre y tuvo cinco hijos.
Pasaron muchos años. Al hacerse viejo, se acordó de su gente y decidió volver al pueblo. Los Kotre no querían que se fuera, porque temían que revelar a otros la magia de aquella extraña raza. Pero prometió regresar pronto y no contar a nadie sobre ellos.
Solo entonces accedieron a dejarlo partir.       
Todos querían saber dónde había estado, pero el solo decía:     
-En otro país.
Tanto insistieron en conocer el nombre del otro país que luego de seis años el yukpa al fin reveló el misterio.     
-Todo este tiempo estuve con los Kotre.
En ese mismo momento, la familia Kotre desapareció. Se transformaron todos en búhos, incluso los hijos del yukpa.
Cuando el quiso regresar al país de los Kotre no encontró a nadie. Las chozas estaban vacías. Al anochecer vio en las ramas de los arboles muchos búhos que cantaban y lo miraban con fijeza.
Así fue como desapareció la familia Kotre, por un cazador yukpa que no supo  guardar el secreto.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


CANTO SOBRE LA HISTORIA DE LA BABILLA (etnia piaroa)
Wajari le dio cuerpo a la babilla, le dio forma sobre una mesa, luego le dio piel y por último le sopló los pensamientos con agua amarga y chicha envenenada. La babilla no tiene lengua. La chicha se la quemó. Por eso dijo Wajari  que era mejor si la babilla vivía en el agua, donde también vivían su madre y su padre.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).


MUKA KUYELI: “CANTO CONTRA TODAS LAS ENFERMEDADES ANIMALES” (etnia piaroa)
En la montaña sagrada de Tiannawa hay un águila que los piaroa jamás han visto. Se llama Muka Kuyeli. Cantan sobre ella en todos los cantos. También Muka tiene un canto, que protege a los pichones contra la enfermedad si comen carne, puesto que el águila come todo tipo de animales: monos, pavos, báquiros. Este canto de Muka transforma la carne de los animales en alimento vegetal inofensivo, como la papa. Los piaroa cantan contra sus propias enfermedades el canto de esta águila.
Muka Kuyeli vive como Enemey y Redyo. Mucha gente, hombres y animales se encuentran en la casa de la buena Tchejeru y del bueno Enemey y cantan contra las enfermedades animales. El de ellos fue el primer canto en el mundo. Y los piaroa todavía lo siguen cantando. Los cantores piaroa dicen así: “Quisiera poder comer como Muka, para que la carne del pavo, del mono y de otros animales sea como la papa. Quisiera poder comer como Yubeku, como Enemey, como Winilki...”. Tchejeru los llama chao, es decir padre.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).


EL CANTO DEL ARMADILLO (etnia piaroa)
Al principio solamente Remu, el gran armadillo, vivía en su recinto sagrado, junto al Bajo Orinoco. Eso fue antes del nacimiento de Buoka. Remu dijo: —Enemey Ofo’daa me dio cuerpo, huesos, piel. Aún era un niño cuando llegó a la superficie de la tierra: no vio claridad, no vio agua, ni montañas, ni estrellas.
Luego nació su hermano Sera, el pequeño armadillo, y él también siendo niño, dejó el recinto sagrado. Cuando llegó a la superficie de la tierra, él tampoco vio nada. Llegaron a la superficie bajo un platanal. Primero vino Remu y luego Sera.
—Sera –preguntó Remu–, ¿cómo puedes ver sin claridad? ¿Cómo puedes vivir sin agua?
Sera respondió así: —Vivo porque le ordené a mis pensamientos que me consiguieran agua. ¡Me acostumbré a vivir así!
Bajo la tierra escucharon la voz de una cascada. Remu se dispuso al momento a excavar la tierra a ver si encontraba la caída del agua. En sí no sabía cómo llegar hasta el agua. Su hermano, Sera, era más pequeño y más delgado. Primero escuchó la cascada y una voz animal sobre sí. Acechó durante un rato y luego volvió a la superficie.
Entonces escuchó bajo sí la voz de la cascada. —¿Qué pasa aquí? –preguntó–. Esta voz se mueve. Sera dijo: —Sopla yopo, tal vez entonces puedas encontrar el agua.
Preparó el yopo, le dio hojas de palma a su hermano para que en ellas recogiera el agua. Sera volvió a bajar a las profundidades de la tierra. Vio que el agua no
podía llegar a la superficie porque un dique se lo impedía. Sera se metió más abajo y vio unos hombres que cuidaban el agua. Se puso a conversar con ellos.
Después abrió el dique y el agua lo atravesó. Arriba Remu reunió un montón de hojas de palma para poder recoger agua con ellas. Pero ya el agua corría en un tumulto. Sera subió a la tierra y le preguntó a su hermano cómo van las cosas.
Remu respondió: —Hay demasiada agua para poderla recoger.
Sera le pidió: —Recoge toda el agua que puedas.
Pero no pudo; así es que Sera bajó y cerró el dique. Si lo deja abierto, todo el mundo se hubiera ahogado. ¡Pues ya tenían agua! De aquí se formó una de las ramas del Cuao superior. Aquí se encuentra la mejor agua del mundo, que nunca se seca, y de ahí se originan todos los ríos de la tierra.
Luego de esto, Remu y Sera comenzaron a trabajar en la tierra. Prepararon tierra roja, amarilla y blanca. Tomaron un poco de tierra y la amasaron como casabe, y la tierra, por sí sola, comenzó a crecer y crecer. Comenzaron el trabajo en el centro de la tierra, y en su derredor, en forma circular comenzó a tomarse cada vez más y más tierra. Al principio, el suelo era muy delgado, mas ellos lo hicieron espesarse.
Sera le ordenó a su hermano que cultivara la tierra, pero Remu no sabía nada del yopo. —No sabes nada –dijo Sera.
Por eso Sera sopló la tierra que él mismo creó y de eso creció. Ya estaba lista la tierra y tenía un pequeño río. Sera bajó de nuevo a las profundidades de la tierra para conseguir más agua. Abrió el dique y el agua que brotaba a borbotones corrió y se esparció a través de canales.
Por eso es que el agua tiene forma de río. Sera le dio nombre a los ríos y a sus afluentes. Cuando creó el primer río, no existía aún el Orinoco sino el Cuao.
Más tarde, cuando crecieron Buoka y Wajari, agrandaron el Orinoco. También fueron ellos los que crearon el río del mar.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).


sábado, 24 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (22)


Imagen en el archivo de Amazonia Viral



KANAIMA (Enrique Plata Ramírez)
En todas partes habitaba Kanaima, el espíritu del mal. Los Marines temen encontrarse con cualquiera de sus manifestaciones. Sólo aquellos que van a morir pueden ver a Kanaima.
Obstinada de los maltratos físicos de Kevei, su marido, Iroraqui esperó a que se durmiera y con valentía, le asestó un fuerte garrotazo en la cabeza.
La siguiente mañana la encontraron los demás guerreros de rodilla ante el chinchorro del fallecido marido. Ella, sin contener su llanto, les dijo:
Vino anoche, sigilosamente, y mientras dormíamos, con su gran garrote, Kanaima le aporreó el cráneo a mi dulce marido.

EL ORIGEN DEL GABÁN, DE LA GARZA BLANCA, DE LOS CARPINTEROS CABEZA AMARILLA Y CABEZA ROJA (etnia Piapoko)
En una choza cerca de una laguna, vivían cinco viejos y dos hijas grandes, en edad de matrimonio. Cuando iban a buscar la yuca le prohibían a las muchachas salir de la casa. Podrían bajar de los chinchorros únicamente para comer el moñoco. Las dos indias siempre desobedecían. Tan pronto como quedaban solas partían a la laguna a pescar sardinas y bañarse. Al regresar se encaramaban en los chinchorros de un salto desde la puerta, sin dejar rastros de desobediencia. Cada una se cubría la cabeza con un pedazo de wabana (2) blanco. La mayor se llamaba Uco y la menor Atarinavi. Dos indios las querían por esposas. Se distinguían por el color de su wabana, uno era rojo y otro amarillo. Cuando ellos visitaban la casa de día, a nadie encontraban. Los padres y los abuelos estaban en el conuco, las muchachas en la laguna.
Un día a las indias les empezaron a salir plumas. Avergonzadas se cubrían el cuerpo con la wabana. No se dejaban mirar ni de los parientes ni de los novios. Otro día, los brazos se les convirtieron en alas y las bocas en picos. Volaban en vez de bajar de los chinchorros. Así no las podían querer ni sus padres ni sus novios. Avergonzadas decidieron entonces abandonar la choza. Levantaron el vuelo y se largaron a las lagunas y a los caños a comer sardinas.
De la mayor se formaron los ucos, los grandes gabanes de los ríos. De la otra los atarinavis, las garzas blancas.
Regresaron en la noche los padres, y en vez de sus hijas, encontraron plumas en los chinchorros. También los novios se pusieron muy tristes al enterarse de la desaparición de sus prometidas. Todos cantaron y lloraron. Al amanecer los novios se internaron en la selva a buscarlas. Pero no regresaron más, se mudaron en suwa, pájaros carpinteros cabeza roja y cabeza amarilla.
1. Gabán: Ave zancuda de gran tamaño que habita en los caños y lagunas de los llanos y selvas venezolanas.
2. Wabana: tejido fino elaborado con la fibra de una palmera. El criollo lo llama de la región lo llama «marina».

Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)


MITO SOBRE EL ORIGEN DEL FUEGO ENTRE LOS YARURO (Gilberto Antolínez)
Sir George James Frazer, el eminente mitólogo escocés, al estudiar los diversos mitos sobre el origen del fuego en América, no pudo incluir el mito propio de los indios Yaruro que habitan los ríos Capanaparo y Sinaruco, en nuestro estado Apure, pues el material pertinente aún no había sido colectado. En cambio, incluye los mitos de los Taurepàn, Arekunà, y Warao, que tenemos en común los dos primeros con el Brasil y los últimos con la Guayana inglesa. El mito de los Yaruro es cortísimo y va incluido en el “Mito de la Creación”, colectado por el acucioso investigador Profesor Petrullo. Para mejor comprensión explicaré de antemano quienes son algunos personajes que intervienen en el mito. En primer lugar, tenemos a Puana, o sea, La Culebra de Agua, fuente de toda sabiduría, luego tenemos a “Itciai”, o “El Tigre Yaguar”, colaborador asiduo de Puanà. Ambos son  los seres míticos antecesores, respectivamente, de cada uno de los dos clanes en que están divididos los Yaruro del Capanaparo, en tercer lugar está Kuma, la madre de los Yaruro, divinidad benéfica que tiene su cielo en Occidente. Le sigue Kiberoh, la mujer maligna que habita en el cielo del Oriente. De Kuma, Puanà e itciai nació el héroe cultural Hatchawa, que es al mismo tiempo nieto de Puanà e Itciai; esta incongruencia se explica por el hecho de que los Yaruro no tienen ideas suficientemente claras acerca del valor de la cópula en la procreación. Y ahora entraré a dar muy resumido el mito.
“En el principio no existía nada. Entonces Puanà, la culebra, qué llego primero, creo el mundo y todo lo que este contiene, incluso los cauces de los ríos, excepto el agua. Itciai el Yaguar, creo el agua, Kuma fue la primera persona que pobló la tierra.
Entonces las otras gentes fueron creadas. Todo nació de Kuma  y todas las cosas que los Yaruro hacen fueron inventadas por ella. Kuma fue embarazada. Ella quería serlo en el dedo pulgar, pero Puanà le dijo que su progenie se multiplicaría en la forma ordinaria.
Hatchawa  nació nieto de Kuma, Puanà e Itciai. Desde entonces la atención de los tres se concentró en el muchacho. Hatchawa era muy pequeño, pero pronto creció y se hizo de gran tamaño. .Kuma se preocupaba de su educación. Pero Puanà se preocupó más por él. Puanà le fabricó una flecha  y un arco y le enseñó a cazar y pescar. Hatchawa encontró un hoyo en la tierra cierto día y miró dentro de él. Vio a muchas gentes, vino hasta sus abuelos y les exigió que sacaran del hoyo a alguna parte de esas gentes. Kuma no quiso acceder pero Hatchawa insistió. Puana le fabricó una cuerda delgada y un anzuelo y la tiró en el hoyo. La gente subió en números de muchos hombres y mujeres. Finalmente una mujer embarazada trató de salir, pero con su peso reventó la delgada  cuerda. Esta es la razón por la cual hay poca gente. El mundo estaba oscuro y frio. No había fuego. Entonces apareció Kiberoh, que traía fuego en su seno, y por exigencia de kuma  lo dio al infante Hatchawa. Pero cuando el niño quiso darlo al pueblo, Kuma se opuso, y entonces, él con gran inteligencia, lanzó peces jagupa vivos en el fuego y éstos lo diseminaron a su alrededor en la forma de carbones encendidos. El pueblo agarró las brasas y corrió en todas direcciones para encender sus propios fuegos. El primer fuego había sido mantenido ardiendo en la tierra de Kuma, en una alta colina circular cubierta de pastos. Todas cosas fueron primero creadas y dadas al muchacho, y este las fue pasando al pueblo. Una parte de estas gentes eran los Yaruro”.
Frazer ha demostrado que la generalidad de los mitos del origen del fuego presentan tres etapas sucesivas: la “Edad sin Fuego”, la “Edad del Fuego Conocido” (Pero en la cual el hombre no sabía encenderlo), y la “Edad del Fuego encendido”. En el mito Yaruro aparecen la primera edad muy netamente; falta la segunda, porque cuando los dioses adquirieron el  fuego, el hombre no existía todavía sobre la tierra; y se nos muestra también la tercera. 
Sabemos además que en esta clase de narraciones siempre aparece el afortunado poseedor del elemento llameante, como un ser egoísta que no quiere dejar a los demás participar de sus excelencias. Entonces hay que robar el fuego. Aquí el ladrón es Hathawa, que comete el hurto con la generosa idea de donárselo al hombre; es el “Urometeo Yaruro” Robador del fuego del cielo”. 
En los mitos Taurepàn se habla de una mujer llamada “Pelonosamo”, quien, como Kuma, tenía fuego en su cuerpo, de donde lo sacaba para tostar sus tortas de  casabe. En los mitos Warao, otra vieja llamada “Nañobo”, "La Gran Rana”, vomitaba fuego por la boca para cocer sus víveres, y luego lo ingería de nuevo, para que sus adoptivos hijos  Pía y  Makunaima no lo viesen. En los mitos de los Taruma, indios Arawak de las selvas del sur tales de la Guayana inglesa, una vieja casada con uno de dos gemelos  se estrujaba la parte superior del abdomen y entonces una bola de fuego le salía rodando  del propio canal genital.
El Hoyo donde estaba primitivamente viviendo la gente primordial, es la tierra de abajo o mundo inferior, del cual tantos mitos americanos hablan. En los mitos Warao y Karibe de Guayana, en cambio, las primeras gentes vienen de la tierra de arriba o cielo. Precisamente, en su mito del origen del fuego, los hombres y mujeres se descuelgan desde allá por un agujero hasta nuestra tierra, hasta que una mujer preñada obtura el hueco, y tanta fuerza se hizo para sacarla  de tal posición, que le sacaron las entrañas, las cuales cuelgan hoy allí convertidas en la estrella de la mañana. Esta mujer se llamaba Okonakura. Las cosas suceden al contrario que entre los Yaruro. El primer hombre Warao que bajó del cielo fue Okonorote, vale decir Señor de la Luz del Día; debajo de un gran árbol encontró  a un sapo; al subirse Okonorote cortó del árbol un gran racimo que cayó sobre el batracio y este despidió un fuego tan violento que abrasó toda la tierra. "Este fue el primer fuego que hubo en la tierra, y de  él proviene todo el que hay actualmente”.

Todos los mitos de esta clase convienen en que la madera puede ser ahora encendida porque los hombres, al robar o recibir el fuego lo introdujeron en un árbol, leño, pasto u otra cosa semejante. Y opinan que el pedernal tiene la virtud de dar chispas al ser golpeado porque en el pusieron también un poco del fuego primordial, o bien en una rocosa montaña: la alta colina circundada de pastos en la tierra de Kuma, del mito Yaruro, se refiere a entramadas creencias antiquísimas. No obstante  el método por el cual encienden fuego los Yaruro no es el de percutir pedernal o cuarzo, sino el de frotar, sobre la hendedura hecha en un madero, una vara seca aguda que se hace girar entre las manos. Este método es llamado “método de taladro a fuego” (en inglés.”fire-drill”).

viernes, 23 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (24)


Imagen en el archivo de Juan Bautista Castro

EL KALIAWIRINAE (El Árbol  del Alimento) Mito de los Guahibos y Piapoco
Al comienzo la tierra era una extensa sabana poblada por escasos árboles. Ésta era gobernada por Purnaminali y sus hermanos: Iwinai, Kapuyali y Tzamani, quienes gozaban de grandes poderes utilizados en el bienestar de la comunidad conformada por animales que se alimentaban de palos podridos. Uno de ellos llamado Kutsikutsi (mono nocturno), acostumbraba a salir discretamente para dirigirse hacia el gran río Orinoco en busca de alimento.
Una noche, cuando se desplazaba hacia el gran río, un bejuco barbasco llamó su atención por su prolongado tallo que alcanzaba a atravesar el Orinoco. Kutsikutsi curioso y decidido se trepó a éste impulsándose hasta llegar a la copa de un frondoso árbol, “El Kaliawirinae”, cuyo ramaje sostenía diversas frutas y raíces como: tabena, papaya, batata, yuca, piña, ají, banano, ñame…,etc. Kutsikutsi, extasiado y sorprendido por un olor dulce a piña, comió hasta empalagarse y pensó no revelar su hallazgo a los otros.
A la madrugada regresó muy satisfecho a la maloca, se acostó junto a Lapa y quedó profundamente dormido. A salida del sol y con la suave brisa que corría, Lapa despertó al sentir un olor embriagador y un susurro que provenía de la boca de Kutsikutsi:
-“Aii taxa kuibo màwiru” (tengo sabor a piña la boca).
 Ella corrió Tzamani y le preguntó:
-¿Qué significa lo que dice Kutsikutsi?
-¡Creo que, él ha comido un fruto dulce; debes seguirlo a donde vaya sin que él se dé cuenta!; así nos informaremos del lugar donde obtuvo el alimento.
Al anochecer, bajo los rayos destellantes de la luna, la comida descansaba sumida en un profundo sueño, a excepción de Lapa quien seguía silenciosamente los pasos de Kutsikutsi.
Transcurrido un largo tiempo, el mono se detuvo frente al gran río, ató su cuerpo al bejuco y se impulsó para llegar al otro lado del Orinoco. Lapa se sumergió sigilosamente en las turbulentas aguas para llegar al mismo tiempo al Kaliawirinae.  Kutsikutsi se sentó en la copa del árbol, agarró una piña y empezó a saborearla arrojando las cascaras a la tierra. Lapa las atrapó pensando en degustar el propio fruto, y pensó:
-“¡Zúa!, cáigase una fruta…”.
 Al instante un jugoso fruto se escapó de las callosas manos del mono. Lapa agarró la piña y corrió a esconderse en un agujero. El mono al percatarse de la presencia de la abuela se enfureció y se lanzó a recuperar el fruto, pero solamente logró atrapar la cola de Lapa, arrancándosela completamente (por eso la lapa no tiene cola).
Cuando Kutsikutsi se marchó, Lapa fabricó un Kote y lo llenó de toda clase de frutas que le brindaba el Kaliawirinae. Contenta regresó a la maloca y despertó a la gente para mostrarles su hallazgo.
-¡Vean lo que el viejo come por allá!, les dijo.
 Todos muy sorprendidos se lanzaron sobre el kote para saborear los frutos. Al momento, llegó el mono furioso con un tizón en la mano, se dirigió a la Lapa diciéndole:
-Abuela, ¿por qué ha estado espiando?
 Lapa, temerosa, acercándose al fogón, se armó con un tizón y le dijo:
-“¡Esta tierra es nuestra madre y ha producido el Kaliawirinae y como madre, desea que todos sus hijos sean alimentados justamente; no comprendo cómo su codicia desmesurada nos priva a lo que tenemos derecho. Mis nietos y yo hemos sentido hambre alimentándonos de palos podridos desconociendo la existencia del Kaliawirinae, en tanto usted disfrutaba en silencio la variedad de fruto.
 Kutsikutsi, furioso, hundió el tizón en el hocico de Lapa causándole quemaduras parecidas a las pecas. Al sentirse dolorida, lanzó el tizón con furia a la cola del mono dejándosela totalmente pelada; éste daba saltos estremeciéndose del dolor.
 Al día siguiente, Pumaminali organizó a la comunidad para emprender la búsqueda del Kaliawirinae. Algunos recogieron quijadas de pescado, otros labraron canoas para cruzar las turbulentas aguas…
Cuando llegaron junto al árbol, se sintieron fascinados al observa la prodigiosa planta.
Loro, paujil. piapoco, garza, carpintero, empezaron a picotear el tallo. Danta, lapa, ardilla, aserraban con los huesos de pescado, pero tanta faena era insuficiente. Tzamani, a causa del arduo trabajo convidó a un grupo de la comida para ir a la maloca del abuelo Palemeku, padre de las herramientas. Al llegar allí Tzamani se dirigió a él diciéndole:
-Necesitamos herramientas poderosas  para derribar el árbol del alimento. Solo usted podrá brindárnoslas.
-“¡m – m – m –, yo no tengo herramientas de trabajo, por lo tanto no puedo ayudarlos!”, - les dijo.
Ante la negativa, la gente le ofreció yopo, pero a pesar de esto él no accedió. El afán de continuar con el trabajo, hizo que Tzamani se transformara en mosca bobo y se introdujera por la nariz del abuelo quien al instante arrojó toda clase de herramientas.
 La mujer de Palemeku, furiosa por lo sucedido preparó envueltos de hojas que originaron la lluvia, los zancudos, la pereza… provocando la huída de la comunidad quien se apoderó de los instrumentos para talar el misterioso árbol.
 Al anochecer, cansados por la ardua tarea, se retiraron a descansar arrullados por la melodía suave producida por las corrientes del río y vigilados por la majestuosa luz de la luna.
 Al amanecer despertaron y corrieron hacia el árbol, sus rostros quedaron perplejos al ver que el Kaliawirinae permanecía intacto, sin rastro alguno de haber sido tocado.  Tzamani, sorprendido exclamó:
-“¡Este árbol es mágico, sus heridas son curadas por él mismo… debemos llamar a los abuelos Púbu (hormigas) para que alejen las astillas y así evitaremos de nuevo su formación!”.
 Con ayuda de los abuelos emprendieron la fragosa tarea. El árbol se mecía pero no caía porque estaba sostenido por el bejuco de barbasco que lo ataba al cielo.  Tzamani subió en forma de ave para trozar el bejuco, pero al picotearlo, la savia espesa le cayó en los ojos; sus alas se sacudían intentando protegerse, pero el dolor que sintió hizo que se lanzara al suelo emitiendo gritos.
-¡Ay, ay, ay… No puedo, es un bejuco muy grueso!
 Pumaminali se acercó al pájaro para ayudarlo y envió a los abuelos Materi (ardillas) quienes enseguida empezaron a roer: -rac, rac, rac…
Al cortarse la liana, el Kaliawirinae cayó al oriente, esparciendo toda clase de frutos originando así la comida.

 EERI – KEERI (SOL Y LUNA) Mito de los Guahibos y Piapoco
Bien dentro de la selva vivía una pareja caníbal que permanecía con sus sobrinos cuando los padres estaban de cacería. Todos los días la mujer simulaba espulgar a los niños mientras le succionaba la sangre hasta causarles la muerte.
Cuando regresaban los padres, les informaban que algunos de sus hijos habían muerto por causas extrañas; ellos, acongojados, daban sepultura a sus hijos, quienes más tarde eran desenterrados por la pareja caníbal, despojándolos de uñas y dientes con los cuales elaboraban collares. Luego arreglaban los cuerpos para asarlos y consumirlos.
La gente preocupada por las continuas muertes decidió investigar la causa de éstas, y fue así como un miembro de la maloca encontró los collares hechos de uñas y dientes dentro de las pertenencias dela pareja caníbal.
La comunidad acordó castigarlos enérgicamente ofreciéndole chicha con veneno y arrojándoles agua caliente.
La mujer corrió hacia el río para disipar su dolor, mientras que el hombre soportaba las intensas quemaduras.
Al ser desterrada la pareja del caserío, ascendieron al cielo transformados en Eeri, que a causa de sus intensas quemaduras fue obligado a brindar calor a la tierra y Keeri, que al sumergirse en el agua al ser castigada se le asignó la tarea de refrescar la noche.

LA ASCENSIÓN AL CIELO (Mito de los Guahibos y Piapoco)
Una mañana, cuando los Tsamani se encontraban en el conuco, los niños en el caserío jugaban imitando el baile de los mayores. De pronto, escucharon un trueno y una luz resplandeciente los envolvió; era Yamaxu – el Rayo – quien los llevó a su territorio celestial.
Cuando los Tsamani regresaron a la maloca se sorprendieron al no escuchar las risas de los niños; confundidos, afanosamente los buscaron en el río y la selva sin hallar rastro de ellos. Cansados y angustiados los Tsamani se acurrucaron en silencio formando un círculo  para ejecutar un rezo, pero el sonido de una melodía lejana los interrumpió; tornando sus cabezas hacia la fuente del sonido no les quedó duda alguna de que eran sus hijos. A partir de ese momento, comenzaron a bailar, sorber yopo y consumir mucho yaraque con el fin de tornar sus cuerpos livianos y así poder ascender.
Después de muchos días de ayuno y danza, los Tsamani no pudieron ascender porque sus cuerpos aún estaban pesados debido a la abuela Ibarouwa quien no quiso bailar, y siempre estuvo alejada del grupo por permanecer con su amante Maxuneje- el Caimán – en la orilla del río.
Purnaminali le prohibió a abuela Ibarouwa esos encuentros clandestinos con Maxuneje, pero ella continuó desobedeciendo a los Tsamani.
Purnaminali ideó un plan para acabar con Caimán. Así un día que Ibarouwa estaba lejos de la aldea, Kawainalu – hermana menor de los Tsamani – se vistió con el camisón de Ibarouwa y corrió hacia el río en compañía de sus hermanos; allí, ella golpeó el agua con una totuma llamando a Caimán, quien salió presuroso creyendo que era su amante. En ese momento Purnaminali destrozó la cabeza del animal arrancándole la quijada.
Al día siguiente, Ibarouwa se dirigió al río llamando a Maxuneje sin encontrar respuesta alguna; entonces, se sumergió en las aguas encontrándolo muerto en el fondo.
Agarrando el cuerpo inerte del animal lo sacó del río y al tenderlo sobre la playa se dio cuenta que Maxuneje había sido despojado de su quijada. Completamente encolerizada, Ibarouwa creó una payara para que devoraran a Purnaminali cuando se bañara; y así fue. 
Los hermanos, al notar la ausencia de Purnaminali, recriminaron a la abuela por su acción.
Los Tsamani crearon raudales para impedir que el pez avanzara, pero éste continuaba su recorrido en forma acelerada; por lo tanto, acudieron a Gavilán Pescador quien capturó a Payara y liberó a Purnaminali.
Los hombres, de regreso a la maloca, pensaron apresurar el ascenso, lanzando sus flechas una a una, pero ninguna lograba adherirse al cielo. Kawainalu se acostó agarrando el arco entre sus piernas y tiró de éste fuertemente, logrando ubicar la flecha en el cielo. A causa de la fuerza producida por su cuerpo, comenzó a sangrar por la vagina, originando la menstruación en todas las mujeres.
Los Tsamani continuaron lanzando flechas formando una escalera; cuando la terminaron, Tsamani, con la quijada del Caimán, emprendieron la subida junto con Purnaminali, Iwinai y Kawainalu. Otros quisieron ascender pero el peso de sus cuerpos reventó la escalera, arrojándolos a la tierra convertidos en animales que formaron diferentes clases como: Tigre, Loros, Venados, Tortugas,… etc.
Hallándose los Tsamani en el cielo se separaron para enfrentar el poder de Yamaxu.
Tsamani, transformado en lagartija, se dirigió a casa de Yamaxu para copiar los grabados del bastón que él utilizaba como arma.
Al día siguiente los Tsamani con un bastón  similar al de Yamaxu lo visitaron, pero sólo se encontraba su compañera a quien distrajeron para cambiar el arma. Al llegar Yamaxu y ver extraños en su casa se sorprendió: agarró el bastón y preguntó:
-¿Quiénes son ustedes?... ¿Qué desean?...
 Purnaminali respondió:
-Somos los hermanos Tsamani y estamos buscando a nuestros hijos!... Además, deseamos permanecer en el cielo!...
Al escuchar esto, Yamaxu pensó exterminarlos con su poderoso bastón y se dirigió a ellos dándoles bastonazos, pero a los Tsamani nada les pasó. Purnaminali, con el bastón que habían cambiado, saludó a Yamaxu con un garrotazo. El cuerpo de Yamaxu se desintegró y su compañera horrorizada culpó a los hermanos quienes la tranquilizaron reuniendo las partes de Rayo; soplándolo con tabaco, al instante revivió.
Rayo al sentir el poder de los Tsamani devolvió a los niños, y a la vez le asignó espacio para que permanecieran por siempre en el cielo.
En la tierra, mientras tanto, Ibarouwa desesperada por la ausencia de los Tsamani, construyó un bongo y navegó por el río hasta encontrar el punto donde se unía el cielo con la tierra; así pudo ascender y ubicarse en el otro extremo de los Tsamani convertida en Estrella Polar.
Desde entonces, se observa en el firmamento las constelaciones de: Kajuyali – Orión -, Kawainalu – Beta  Tauro -, Tsamani – Délphinus -:  Al otros lado se encuentra Ibarouwa – Estrella Polar -, bordeadas todas ellas por Kwemainu – Camino de Santiago-.

Todos los textos fueron tomados de: : Raíces, Mitos, Relatos y Leyendas, compilación de Bety Triana y Néstor Mendoza de la Editorial Montaña Mágica, Santa Fe de Bogotá, 1997. 

miércoles, 21 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (21)

Infantes indígenas venezolanos en el archivo de la ETAI Saramayi


CANTO DEL ARMADILLO Y DEL OSO HORMIGUERO (etnia Piaroa)
Inmediatamente después de los armadillos, nació Woya, el oso hormiguero. Su recinto sagrado está bajo una montaña, en el Orinoco Inferior. Dijo que había tomado forma, piel, cola de Enemey Ofo’daa. Cuando fue creciendo, bajó a la tierra. Pero no vio nada, ni agua, ni luz ni estrellas. —¿Cómo pueden vivir sin nada esos hombres? No tienen comida, no tienen agua.
Antes Wajari había creado la claridad. Tenía faroles en los ojos y veía con ellos (todos los animales tenían lo mismo antes de haber claridad). —¿Cómo conseguir hombres amigos? –se preguntó Woya.
Salió pues y recorrió el mundo entero para encontrar amigos. Y así llegó hasta la casa del armadillo. Remu y Sera vivían juntos en la casa. Woya quiso entrar, pero la puerta estaba cerrada. Los armadillos no se dieron cuenta de su presencia, por eso volvió para la casa. En su casa se puso a meditar en cómo iba a poder meterse en aquella morada. Sopló yopo para que le vinieran pensamientos. Los animales sopladores de yopo no tienen que pasar por la ceremonia de las espinas de raya. Cierto que no había nadie que se las hubiera podido hacer a ellos. Preparó el yopo y lo sopló. Luego partió hacia la morada de los armadillos, pero se perdió.
En el aire flotaban las palabras: te perdiste. Por fin llegó al hogar de los armadillos. Se paró afuera y se puso a pensar. —Hace un rato pasé por aquí y no me dejaron entrar. Se transformó en picaflor y voló hasta el árbol situado en el techo de la casa y cantó en la voz del pájaro meyre.
Los hermanos escucharon el canto. Remu dijo: —Podrías matar este pájaro con cerbatana. Sera trató, pero erró el tiro. El pájaro se echó a reír. —¡Oh, ese pájaro se está riendo de mí! –dijo Sera.
El pájaro se transformó en dos: quedó como picaflor, pero al mismo tiempo se transformó en un hombre, que por el sendero se encaminaba hacia la casa. El hombre le habló a Sera, quien se asombró mucho, pues en ese momento estaba tratando de disparar con la cerbatana al pájaro. Sera dijo:  —Yo soy el hermano mayor, pero no te conozco. Puedes entrar. Mi hermano sabrá seguro a qué grupo perteneces.
Y el pájaro al igual que hoy en día, se quedó en el árbol sobre la casa. Remu estaba jugando y riéndose en su chinchorro, en la mitad de la churuata.—¿Qué clase de gente nos ha venido a visitar? No te conozco, aquí está tu chinchorro, al lado mío.
Sera siguió tratando de matar al pájaro, pero sin efecto. Woya le explicó que ese pájaro lo acompaña siempre, y si lo matan, han de morir los tres.
—Ese pájaro es un pensador disfrazado. No lo mates, pues moriremos nosotros tres.
Remu le dijo a su hermano que dejara ya la cacería, pues era peligrosa. Sera entró. Woya le preguntó a Remu si tenía yopo. Remu mandó a Sera a buscar yopo. Trajo claridad a la churuata. Remu le preguntó a Woya:—¿De qué pueblo eres? ¿De dónde has venido?
Woya le respondió: —Primero dame yopo, después te lo diré todo. Luego Remu le pidió yopo a Woya. Pero Woya dijo: —Yo soy un gran pensador, no soy como son ustedes. Si soplaras de mi yopo, dirías cosas raras de mí.
Pero Remu así y todo le pidió del polvo y luego dijo que ya su yopo estaba listo:
—Dáselo, Sera. Woya dijo: —No, no quiero que sea Sera el que me lo dé. Pues así no vale nada.
El propietario del yopo es el que tiene que dármelo, o sea tú, Remu. Yo soy un mejor pensador que tú. Yo he soplado yopo y he bebido dada también. Remu solamente quería darle un poquito, pero Woya lo quería todo de golpe. Y en verdad se lo sopló todo de una vez. Woya dijo: —Está bien. Tú también puedes soplar yopo y podrás convertirte también en un pensador como yo.
Y así Woya le dio tres veces yopo a Sera. Y dos veces a Remu. El yopo de Remu no le hizo efecto a Woya, pero el de Woya era más fuerte. No le hizo efecto a Sera, pero a Remu sí. Remu vomitó y gritó:—Woya me quiere matar, yo mato hombres.
Sera dijo: —Esa es una visión del futuro. Remu gritó: —Ese hombre que entró en mi casa va a matarme.
Sera le dijo a Remu: —No vales mucho si te emborrachas tan rápido. Es tu error. No tenías que haber pedido yopo. Remu gritaba y gritaba y en la figura del armadillo que antes había sido hombre, corría por toda la churuata, daba brincos y tirábase al suelo diciendo: —Woya me quiere matar, pero yo lo mataré.
Sera ató a su hermano, pero Remu rompió las amarras. No había qué hacer. Sera le pasó la maraca por la cabeza a su hermano y se curó. Remu le preguntó a su hermano: —¿Qué me pasó? Tuve visiones sobre el futuro.
—Sí –respondió Sera. —¿Grité algo malo? ¿Qué fue lo que me pasó? –preguntó Remu.
Woya mientras tanto intervino, le pidió a Sera que no contara lo que había pasado, pues de lo contrario se iba a enojar. Sera dijo así: —No hiciste nada. Estabas sentado en tu banquito.
Woya le preguntó a Remu: —¿Qué efecto te hizo mi yopo? ¿Qué fue lo que viste?
Remu: —Vi que me matabas, pero seguro era mentira.
Woya: —Te dije que el yopo era algo peligroso. No estás acostumbrado al yopo fuerte.
Remu: —¿A qué grupo perteneces, Woya? ¿De dónde has venido?
Woya: —Yo vine de abajo, hacia donde voy a regresar y donde seré el padre de los animales. Woya le preguntó a Remu: —¿Y tú, quién eres?
Remu le contestó: —Mi tierra está aquí. Esta es mi tierra. Yo llegué aquí antes que tú. Woya se quedó dos días más con ellos y luego regresó a la casa de abajo.
Antes de irse, dijo: —Dentro de poco nacerá Wajari y todos ustedes serán sus animales. Pero sépalo, el chácharo, el mékira, será mi animal. Luego dejó la casa de los armadillos.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).


LA MUERTE (Mito Karibe-tamanak del Rio Orinoco. Filippo Salvatore Gilii, ortografía hispanizada por Gilberto Antolìnez)

El civilizador Amalivac, concluida su obra, quiere regresar a su tierra natal ultramarina; tripula una canoa y, para despedirse de los tamanak  les dice en alta voz: “Uspicachetpè mapicatechi: os renovareis cambiando la piel de vuestro cuerpo”, esto es: que nunca morirían, más se rejuvenecían tirando la piel vieja como las  serpientes, grillos y otras alimañas. Se admiró tanto una vieja que allí estaba, que exclamó: “oh”, dudando de tales añagazas. Airado por tal cosa Amalivac repuso luego: “Matagueptechi”, que declarado es: “Desde ahora moriréis”. Los Tamanak  decían que si la anciana no hubiese dudado hoy vivirían en perpetua juventud. 
Idea central: la muerte es un castigo a la falta de fe en la palabra de un Dios. El acto de la vieja fue una contingencia accidental. Hasta entonces cuenta el tiempo de los orígenes.

LA MUERTE (mito de los karibe-Taurepàn de la Gran Sabana)
(Theodor Koch-Grünberg y Fr. B. de Matallana, ortografía  hispanizada por Antolìnez).

Karapishainmà, “la Gran Langosta” ancestro de los Taurepàn y primer hombre, yacía abandonado y yerto en una isla desierta adonde había sido deportado por el sapo de la lluvia, Waromà. Fue  regocijado por Uey, El  Sol, en la canoa que le servía para atravesar el gran río (Vía Láctea) con sus bellas hijas (estrellas de las nebulosas). Estas lo remozaban bañándolo en el río, pues el sol quería tener un futuro yerno en Karapishaimà, Así Uey, le dijo: “Te casarás con una de mis hijas, pero no te dejes seducir  de  ninguna de las demás mujeres”. Pero el pillo de Karapishaima, en un descuido, se puso a retozar con las hijas de Kasanak, el  Rey Zamuro de dos cabezas, que son las estrellas no incluidas en la Vía Láctea. Así como regresó Uey con su familia vio el desastre, y las chicas reprendieron  al primer hombre por haber saltado a tierra sin permiso y no dar cumplimiento a sus restricciones impuestas por El Sol. Este último dijo: “De haberme obedecido, permanecerías para siempre bello y joven, pero ahora tendrás juventud por corto tiempo y después te verás feo y muy viejo”. Al día siguiente  despertó sin encontrar El Sol, que se había ido, y  se vio entre zamuros, feo y viejo, y tuvo que casarse con una hija del oscuro Kasanak. “Karipishaimà fue nuestro ancestro-dicen los taurepán- el padre de los indios, pero por su culpa están las hijas del sol en el camino de los muertos (Vía Láctea), mientras que nosotros venimos a parar en feos y viejos”. 

martes, 20 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (23)

Imagen en el archivo de Identidad Cultural Indígena Latinoamericana

LA CREACIÓN DE LAS FRUTAS CULTIVADAS (etnia piaroa)
Los waikunis trabajaron y luego descansaron. Aún no habían visto agua, pues todavía no existían los ríos. Los waikunis le pidieron agua a Wajari, pero Wajari respondió así: —Los hombres no beben agua cuando trabajan. Solamente las mujeres lo hacen. Los hombres soplan yopo o beben kaapi. Pero ustedes siempre quieren agua. Y no está bien. Yo siempre trabajo con yopo y no con agua.
En verdad Wajari tenía agua, pero no les quería dar. En las plantaciones trabajaban varias mujeres y Wajari les pidió agua: “Nosotras tomamos agua mientras trabajamos, pero los hombres no hacen así”.
Wajari les preguntó de dónde tomaban agua. —Nosotras tomamos el agua de allá –y señalaron hacia el campo. Wajari dijo así: —Está bien. Tengo sed. Y se fue para el arroyo.
Y entonces ocurrió, cuando se dirigió hacia el arroyo, que los waikunis soplaron magia a los pensamientos de Wajari. Wajari se enajenó y estuvo vagando por la selva durante años. Pero antes Wajari preparó una soga bien gruesa y ató entre sí las ramas del árbol, para que los waikunis no lo pudieran cortar.
Wajari les preguntó a los waikunis que por qué no habían cortado los árboles. Trataron pero no pudieron. Un bicho se subió al árbol y se comió las amarras.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).

LA MUJER DEL KATEY EN EL ESTADO TRUJILLO (Gilberto Antolinez)
En los lugares montañosos del estado Trujillo como Pampán y San Juan de Vichu y las selvas de Monay, los folcloristas han comprobado la creencia en una casta de seres de la selva cuyo prototipo son el “catey” o “Katey y su mujer”. El Catey de los montes de Monay, cuenta Olivares, que se parece a un hombre espantoso, esto es “cíclope”, pues tiene un solo ojo en medio de la frente; además, muestra un solo pie, cuya huella deja a orillas de los ríos por donde marca buscando su único alimento: ojos de pescado; y el tal catey tiene su pie vuelto hacia atrás, en contradicción con la forma usual en que se forman en los seres humanos.
Según versión de Juan Pablo Sojo, el Catey es un hombrecito moreno, de diez a quince pulgadas de estatura que marcha a grandes saltos y ríe a carcajadas, habita en el monte, pero frecuenta los sitios habitados para nutrirse de los fluidos humanos. Tiene una mujer o mejor aún, una “media mujer”, ya que tan donosa dama solo posee un ojo, un brazo, un seno y una pierna; como es una peligrosa osa, se mete en las habitaciones de los seres humanos, les perfora el pecho cuando duermen, lanzándoles el agudo chorro lácteo de su único seno, y por el hueco hecho les succiona la sangre; luego descarna el cadáver de sus víctimas, quebranta los huesos y se chupa el tuétano, pues este viene a ser su manjar predilecto.
Este catey y sus parientes aparecen con el nombre de “Taleyes”, en los sembrados del estado aludido y fungen allí de divinidades agrícolas. Son seres dotados de un solo pie, según han contado el doctor Mario Briceño Iragorry. De modo que le cate o catey y su mujer, se caracterizan por tener un solo órgano vital o de acción, de donde nosotros tenemos dos, y por tener además las plantas de los pies volteadas hacia atrás. Ya veremos que en otros países de América tienen semejantes igualmente adheridos a los sitios apartados de la presencia humana.

ANA KARINA ROTE (Enrique Plata Ramírez)
 Salvajes y violentos, solían los caribes  atacar a las tribus vecinas, destrozándolas implacablemente al grito de Ana Marina Rote, o Sólo nosotros somos gentes.
Tomaban luego como prisioneros, de entre los vencidos, a los guerreros más fuertes y atados los llevaban ante la Junta de Mujeres. Éstas bañaban a los nuevos esclavos, los alimentaban y los amaban sin descanso durante varias lunas. Luego, saciados sus instintos, los devolvían a los guerreros, quienes en grandes múcuras preparaban con ellos deliciosos platos para todo el pueblo.
Para la siguiente batalla, reunía la Junta de Mujeres a los guerreros, les pintaban el rostro, los amaban y los enviaban en pos del triunfo y de nuevos esclavos, no sin antes advertirles que de fracasar irían ellos a parar a las grandes múcuras.
Antes de partir les recordaban su condición de míseros guerreros, diciéndoles:
¡Solo nosotras somos gentes ustedes simples guerreros!

XIBALBA (Enrique Plata Ramírez)
Descendió Ixquic hasta las ardientes tierras de Xibalba. Y vio la princesa cómo, desdé su llegada, los Señores del Misterio se las ingeniaban para poseerla. Todos querían que reinara a su lado en tan infernales abismos.
Pero Ixquic buscaba, y finalmente lo halló, El Árbol de las Calaveras. Entre sus ramas descubrió el espíritu de sus más remotos ancestros.
Y detrás de aquel árbol, recibió Ixquic el polvo que daría vida a las generaciones futuras y luego huyó de Xibalba.
Desde entonces, los Señores de los Abismos Infernales persiguen a las mujeres para castigar en ellas las afrentas de Ixquic.

CUANDO VI BLANCOS POR PRIMERA VEZ (etnia piaroa)
Por aquel tiempo vivíamos por el arroyo Caracol, allá estaba la churuata de mi padre. Vinieron algunos civilizados, eran como españoles. Nosotros estábamos dentro del arroyo, pescando con plantas venenosas y atrapamos un montón de peces, grandes y chiquitos.
El perro encontró una liebre y corrió tras ella. El marido de la hermana de mi madre –al que en aquel entonces no lo había mordido la serpiente– esperaba el botín con un machete en la mano. La liebre saltó de pronto hacia unos matorrales planos, donde encontró una madriguera. La liebre sabía bien que si salía la mataban. Aunque tampoco quería salir, pues se había cansado en la persecución. Al igual que el perro.
La liebre se escondió, el perro no la encontró. Y allá seguía parado el esposo de la hermana de mi madre, con el machete en la mano. Metió la mano en la cueva y la descargó sobre el animal: ¡Tak! Y la liebre se murió en seguida. Luego el esposo de la hermana de mi madre vino con el botín hacia el montón de pescados, donde estábamos nosotros.
—Fíjate –le dijo a su esposa–, maté a la liebre de un machetazo. No quería salir del agujero donde había caído. El machete había partido en dos al animal, todo se embarró de sangre. Hay que saber que si cazamos, nuestra ropa se ensucia mucho. Mi tío me dio el botín en la mano, se puso un guayuco limpio y partió para la casa. Yo me quedé con el guayuco sucio. Serían como las diez cuando junto a la churuata me vi a los civilizados que estaban parados por ahí.
Esto ocurriría en 1949 o quizás un año después. Los españoles me agarraron y me dijeron que me iban a retratar con la liebre en la mano. La toma de fotografías tardó varias horas, serían ya como la una y media y me había entrado un hambre terrible. Entonces me dieron un caramelo, y luego galleticas. Me lo comí todo.
Estaba yo por ahí parado, en mi guayuco sucio, y me tomaron cantidad, pero cantidad de fotografías. Me pararon aquí, me retrataron; luego me agarró otro español, me paró por allá y me retrataron de nuevo. Creo que hicieron como dos rollos enteritos. Luego entré en la churuata. Mas, apenas salí, me volvieron a agarrar de nuevo y me hicieron cantidad de fotografías.
—Sabes, en la montaña hay una planta de hojas grandes y blancas. Mi tío me mandó a traerle una para poner encima la liebre ensangrentada. Me mandó a mí porque los otros le tenían miedo a las fotografías. Y solo me retrataron a mí, a los demás no. Fotografiaron de nuevo, como durante una hora. En el guayuco sucio.
¿Para qué necesitaban una fotografía así? Nunca vi fotografías cuando era niño.
Y con la liebre en la mano seguía de pie mientras me retrataban y volvían a retratar. Cuando todavía era chiquito me tomaron como tres rollos de películas. Creo que estoy en las fotos de Caracas.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).

JAGUAR EN CRUZ (Wilfredo Machado)
Los pájaros temían a un reducido número de los animales en la selva, y el jaguar era uno de ellos. Los pocos que podían contar con la historia habían tenido una horrible experiencia con el felino y mostraban las cicatrices rosadas de las feroces guerras entre un abanico de plumas turquesas. Todos los demás habían muerto. Las huellas del gato estaban frescas sobre el barro de la playa. La casa del jaguar era uno de los máximos desafíos a los que podían enfrentarse los jóvenes pájaros. Este era un ejemplar de gran tamaño, lo sabían por las profundas marcas sobre el lodo. Más adelante las huellas se adentraban en la selva profunda donde era difícil seguirlo. Los pájaros treparon los arboles para seguir desde la seguridad de las ramas más altas los pasos del felino que no hacían el mínimo ruido. Avanzaron con sigilo saltando de árbol en árbol, sin dejar caer ni siguiera una hoja. El joven IRK dirigía la partida de caza. Me había incorporado el último siempre que llegaba jadeante y con lanza cuando ya todo había terminado. Seguimos al jaguar desde el cielo del bosque. A veces se detenía unos segundos al oler el aire que tenían los aromas de la presa.
Cruzó un sendero de dantas que bajaban por un arrollo de aguas cristalinas, y allí se detuvo a beber un momento. Y entonces nos vio arriba moviéndonos en el reflejo del agua.
Levantó la cabeza y rugió. Sabía que no podía alcanzarnos y se dio a la fuga. Los seguimos durante varios días, acosándolo en la espesura haciéndolo salir de sus escondites, hasta que el jaguar jadeante se rindió exhausto. Pero ninguno se atrevía acercarse más de lo necesario. El joven IRK arrojo el primer lazo justo  en el cuello del felino los demás lo imitaron tratando de inmovilizar el animal que se defendía con furia. Al final los jóvenes pájaros izaron sobre los arboles como un trofeo de guerra. El lazo del cuello cortaba la respiración, pero no llegaba a asfixiarlo del todo.

Vimos como lanzaba sus garras contra las lianas que lo ahogaban tratando de romperlas sin ninguna suerte. Cada vez que había un movimiento brusco el lazo del rio, hundiéndose sin remedio en la corriente de la noche, una luna colgaba del cerrojo de una puerta lejana que sonaba como cascabeles cada vez que el viento la abría de par en par. Yo era tantas cosas y ninguna, un viento oscuro arrastrándose entre las hojas, un rayo de luz en mitad de la nada mas oscura. Yo era el centro y la dispersión, pájaro en la balanza de la vida que sería llevado al mercado por la mañana para ser desplumado, pesado y destazado frente a un grupo de señoras que contemplaban, en este nuevo simulacro de los antiguos circos, pero sin la piedad de sus años, esta pequeña masacre en la que nos enfrentaba  la vida cotidiana: carne fresca vendida al mejor postor.