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jueves, 29 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (28)

Imagen en el archivo de Pedro Pablo González


EL RABIPELADO Y LA GARRAPATA (etnia pemón)
Una vez la garrapata invita a su mujer y le dice: Mira mujer, vamos a recoger frutos ura. Ura es una fruta que cuando está madura, así negrita, se pasa en agua tibia y entonces se pone blandita y se come. Tiene un sabor muy delicioso que nos gusta a nosotros los pemón. A eso fue que lo invitó la garrapata a su mujer. ¡Vámonos! Y se la llevó. Subió allá arriba, tumbo la fruta, y le dice a su mujer: Mujer, cuando el guayare esté lleno me avisas que ya está, para no tumbar de más.
Esa es otra cosa, los indígenas no abusamos ni desperdiciamos lo que está en nuestro entorno, se producto silvestre o cualquier otro, sea la pesca, eso no es para perderlo ni para la venta, si no para el autoconsumo, pero con un manejo racional, de acuerdo al número de familia.
Y así fue que le dijo: Tan pronto como se llene el guayare, me avisas para no tumbar más. Comenzó a tumbar la fruta y la mujer allá abajo recogiendo en el guayare, cuando vio que ya estaba suficiente dice; Mira, garrapata, ya se llenó el guayare.
Bueno, está bien. Allá va, ya voy a bajar. Agarra una hoja, se pega y ssssssshh, bajó para abajo pegado de la hoja. Y la mujer admirada de eso se lo cuenta luego a su mamá:
Mira, mamá, mi marido me dio un sorpresa - ¿Qué será? – Una vez se subió a tumbar esa fruta, y cuando estuvo llena le dije que ya estaba lleno… se  mandó de arriba, no juegue, y bajó y no le paso nada.
Entonces el rabipelado escuchó eso y dijo: Yo también puedo hacerlo.
Se invita a su mujer también: Mira, vamos a tumbar ura, buscamos una fruta por ahí, Se mandó, se subió, recogió, y como la garrapata le dijo rabipelado a su mujer: Mira, cuando esté lleno el guayare me avisas –Está bien. Recogió y cuando estuvo lleno dijo: Mira rabipelado, está lleno – Ah, está bien. Agarró una hoja: Mujer, quítate que voy para abajo. Agarró una hoja y… ¡pannn!, cayó como muerto ahí, perdió el sentido, estuvo un buen rato hasta que revivió. Regresa la mujer y le cuenta a su suegra: Mira suegra, él escuchó de la cuñada lo que le contó la garrapata, entonces ¿qué le pasó? No juegue, de broma se mata. Estuvo un buen rato sin sentido, hasta que recobró el sentido.
Enseñanza: No trates de imitar lo que tú no puedas ser. No te pavonees de lo que no eres.  Siempre sé lo que eres y no trates de imitar al otro, que no sabes qué consecuencias te puede traer.

Tomado de Pataamunaanü´nin: Nuestras Tierras son de nosotros (Etnia Pemón). Carlos Figueroa. Ediciones El Pueblo. Ciudad Bolívar. (2005)


EL SAPO (etnia yukpa)
Hace muchos días, muchos años y muchos siglos, el sapo no era como lo conocemos hoy. Era un ser bonito y agradable y además tenía una hermosa voz. Pero engreído, lleno de vanidad. Se creía el ser más perfecto de la naturaleza y se burlaba de los demás diciéndoles que eran feos.
Todos estaban tan enojados con él que decidieron darle un escarmiento y vengarse de las ofensas recibidas. Pensaron cómo hacerlo caer en una trampa. Decidieron emborracharlo para burlarse de él y con esta idea prepararon una gran  fiesta, en la cual el invitado de honor sería el mismo sapo.
La fiesta resultó magnifica. Había mucha comida y dos canoas llenas de chicha fuerte. Ya estaban todos los invitados comiendo y bebiendo, pero el sapo no aparecía por ninguna parte. Comenzaron a inquietarse, temiendo que hubiese descubierto lo que se tramaba en su contra.
Al fin apareció el personaje. Lucia su mejor atuendo: coloridos adornos de vistosas plumas de guacamayo real y abundantes collares, de las más valiosas cuentas, le adornaban el cuello y los brazos.      
 Corrieron la voz:
-Ahí viene el presumido, el sabelotodo, prepárense para embriagarlo.
-Brindemos por sus excelentes galas, mi señor Sapo - se le acercó la iguana  silbando.     
Y se tomaron un buen cuenco de chicha.
-Conmigo tiene que brindar, gallardo y sabio Sapo - gruñó el chiguire. Y se tomó con el otra totuma de chicha.
Con el cachicamo y también brindo, con la lapa, con el perico y con el picure.
Entonces apareció el venado:
-¡Faltó yo! ¿No va a apurarse una chicha conmigo, mi genial amigo?
Al cabo de una hora, el sapo estaba completamente borracho. Se tambaleaba,  rodaba por el suelo y exclamaba:
 -Estoy borracho, pero soy todopoderoso. Ustedes no pueden contra mí, yo soy el mejor y lo seré siempre.
Entonces entre todos lo tomaron por los brazos y le hicieron tragar dos huevos de gallina, aun calientes, que le quemaron la garganta estropeándole la voz.
El sapo, lleno de ira, tomó un hierro y empezó a lanzar golpes a ciegas aquí y allá hasta que, sin darse cuenta, se hirió así mismo, rajándose los labios. Es por eso que el sapo tiene los labios partidos y la boca ancha. Después tambaleándose en su borrachera, tropezó y cayó al río. Y allí se quedó tanto tiempo, furioso, que la piel se le arrugó por el frío.
Así fue como ese ser pretencioso, por ser demasiado vanidoso y engreído, perdió su belleza y adquirió el aspecto repugnante y desagradable con el que lo conocemos hoy como Kopitcho, el sapo.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


HISTORIA SOBRE LOS INSECTOS (etnia piaroa)
Los zancudos fueron creados por Kwoimoi para que mataran a Wajari. Les ordenó que picaran a Wajari mientras dormía, pero Wajari se defendió soplando y no pudieron acercársele. Kwoimoi dijo: —¿Cómo podría matar a Wajari para comérmelo?
—A mí no me pican los insectos, pero después de mi muerte picarán a mis familiares –dijo Wajari. Luego le mandó los insectos a Kwoimoi al que estuvieron picando toda la noche. Kwoimoi tomó la cosa a risa, mas los insectos lo atacaron toda la noche y no hacía más que dar ayes. Algunos insectos se introdujeron muy bien en la piel de Kwoimoi y se le hincharon tanto las piernas que ya no podía ni pararse. Kwoimoi plañía y gritaba.
Con el dolor de muelas pasa lo mismo. Si bien Kwoimoi lo inventó para Wajari, este se lo devolvió inmediatamente a Kwoimoi. Mientras Wajari estaba de caza, Kwoimoi se infiltró en la churuata de Wajari y preparó una gran hechicería contra la vida de Wajari. Pero Wajari lo sabía, así es que le hizo lo mismo a Kwoimoi.
Una noche Kwoimoi despertó con un horrible dolor de muelas. Salió corriendo, dando vueltas gritando: —Me muero, me muero –y se dio cabezazos contra el suelo–. ¿Qué habré comido que me dan estos dolores?
Por último se arrancó el diente que le dolía, mas al momento le empezó a doler el otro. Se lo arrancó también, y así continuó, uno detrás de otro. Al final, no le quedó ni un solo diente.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).


********* De pueblos hermanos

LA MANCARITA DE COLOMBIA (Gilberto Antolinez)
Muy próxima a la mujer del catey se muestra la famosa  Mancarita de la provincia de Guanenta, que los campesinos dicen es una mujer salvaje, con una sola mama en la  mitad del cuerpo, el cuerpo peludo como el de los animales selváticos, y los pies vueltos hacia atrás. Habita en las selvas y por la noche se le oye gritar en tono lúgubre y prolongadamente; a veces se acerca a las viviendas humanas. Algunos afirman que es tímida y huye apenas percibe algún ruido de gente o de perros; otros aseguran que roba niños y aun los hombres. Los hábitos biológicos atribuidos al sobredicho “asombro” femenino, corresponden muy bien a los que muestra el oso frontino de los andes: timidez, retraimiento en la soledad, vivienda en la espesura de la selva, no agresividad; mientras que es calumnioso de niños o de hombres adultos, ya que el salvaje es un oso fructífero y amigo de la miel silvestre, que nunca prueba carne de ninguna clase. 
En los páramos de Santander, opinan que la Mancarita es aficionada a bañarse en lagunas de serranía, las cuales por eso mismo deben considerarse encantadas y frecuentemente visitadas por una  fauna de características extrañas. La Mancarita de Santander es un “salvaje” que imita la voz del hombre, los gritos de la mujer y el llanto de los niños para engañar y atraer a la gente y llevarse el niño a donde nadie pueda saberlo. Regularmente anda de noche y en la espesura de los bosques; pero yo nunca me encontrado con la tal Mancarita, ni recuerdo haber oído sus voces. Así le habló un campesino santanderino al citado escritor colombiano Arias. Otro, su paisano, don Samuel Ortiz M , de Bucaramanga, relaciona el temeroso grito nocturno de la Mancarita con el canto de la clueca del “suruiucu” o mochuelo, ese ominoso ser que vive en Venezuela llamamos “zorrocloco”.
En las leyendas venezolanas de Occidente, y en la de los Llanos, el salvaje macho es ladrón de mujeres, a las que toma por mujer y les hace hijos, manteniéndolas en cautividad en lo alto de los árboles y haciéndoles imposible la huida mediante el recurso de lamerles las plantas de los pies con su carrasposa lengua con que le produce una permanente inflamación. Esta calumnia tiene base real donde se apoyó la imaginación para construir el mito: el oso frontino sabe hacer ramosos nidos de hojas en los bosques, los cuales se parecen extrañamente a esas habitaciones que algunos indios americanos sabían construir para defenderse de enemigos humanos y de fieras. Ya Humboldt sospechaba que las leyendas americanas del salvaje se referían a la existencia de un gran oso de vida silvestre y habitación arbórea.

LAS SIGUAPAS DE CUBA Y DOMINICANA (Gilberto Antolinez)
Si el aspecto físico del mítico salvaje ha sido construido por el pueblo a expresas del oso frontino, de anteojos o salvaje, el grito plañidero y nocturno que se le atribuye ha sido robado al mochuelo zorrocloco que en las Antillas porta el nombre de la “siguapa”.

“Ciguapa” o “Siguapa”, dice Maralet, es en Santo Domingo “mujer fabulosa de las aguas”. Pero esta voz se deriva del antiguo nahualt mejicano en donde proviene de “cihuatl”, mujer y “apan” sitio de aguas; esto es, se trata de una mujer de las aguas. En las Antillas abundan palabras del náhuatl referentes a mujer mística del bosque, como la “ciguanaba” y la “Ciguamonta”. De esta manera ha descrito Moralet a las famosas y traviesas siguapas. 
Desde los archivos míticos de los indios cubanos viene la idea del ave nocturna de ese nombre, que se manifiesta en horas diurnas bajo un aspecto  semihumano. “Su forma es la de un hombre pequeño, por supuesto, indio y no hay cosa más linda que la hembra de nuestro desconocido prójimo. No se distingue por su grande cabellera porque está provisto por el contrario de un vello lustroso y semejante al terciopelo, que la cubre desde los pies a la cabeza. Las costumbres de la siguapas son a la inversa del oso jigües; viven en el fondo de los bosques y con preferencias en las altas sierras de la provincia de Cuba en la cercanías de Holguín y del Bayamo”. Enamoran y roban a los mozos. Los machos y las hembras danzan en los bosques en interminables “areitos”, o sea, danzas al son del tamboril, de la marca y el “sibuluiti” de los indios taínos. No obstante su amorosa ternura y su lubricidad encantadora, dicen que las siguapas terminan por succionarles la sangre a sus amantes, como la mujer del Catey de nuestro estado Trujillo. Seguramente que cuando la recolección folklórica se intensifique en ese territorio de Venezuela, se hallarán relatos en donde la Catey, para cautivar a su futura victima masculina, y enloquece previamente con excesos sexuales, tal como se cuenta en Yaracuy de las mujeres lúbricas del reino de María de la Onza. Aunque esa medio mujer de Trujillo es fea, tiene de común a la siguapa, del oso frontino salvaje de los Andes, que también existe en las montañas de Cuba y es emparentado por los campesinos al mito de la siguapa de la selva.

sábado, 24 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (22)


Imagen en el archivo de Amazonia Viral



KANAIMA (Enrique Plata Ramírez)
En todas partes habitaba Kanaima, el espíritu del mal. Los Marines temen encontrarse con cualquiera de sus manifestaciones. Sólo aquellos que van a morir pueden ver a Kanaima.
Obstinada de los maltratos físicos de Kevei, su marido, Iroraqui esperó a que se durmiera y con valentía, le asestó un fuerte garrotazo en la cabeza.
La siguiente mañana la encontraron los demás guerreros de rodilla ante el chinchorro del fallecido marido. Ella, sin contener su llanto, les dijo:
Vino anoche, sigilosamente, y mientras dormíamos, con su gran garrote, Kanaima le aporreó el cráneo a mi dulce marido.

EL ORIGEN DEL GABÁN, DE LA GARZA BLANCA, DE LOS CARPINTEROS CABEZA AMARILLA Y CABEZA ROJA (etnia Piapoko)
En una choza cerca de una laguna, vivían cinco viejos y dos hijas grandes, en edad de matrimonio. Cuando iban a buscar la yuca le prohibían a las muchachas salir de la casa. Podrían bajar de los chinchorros únicamente para comer el moñoco. Las dos indias siempre desobedecían. Tan pronto como quedaban solas partían a la laguna a pescar sardinas y bañarse. Al regresar se encaramaban en los chinchorros de un salto desde la puerta, sin dejar rastros de desobediencia. Cada una se cubría la cabeza con un pedazo de wabana (2) blanco. La mayor se llamaba Uco y la menor Atarinavi. Dos indios las querían por esposas. Se distinguían por el color de su wabana, uno era rojo y otro amarillo. Cuando ellos visitaban la casa de día, a nadie encontraban. Los padres y los abuelos estaban en el conuco, las muchachas en la laguna.
Un día a las indias les empezaron a salir plumas. Avergonzadas se cubrían el cuerpo con la wabana. No se dejaban mirar ni de los parientes ni de los novios. Otro día, los brazos se les convirtieron en alas y las bocas en picos. Volaban en vez de bajar de los chinchorros. Así no las podían querer ni sus padres ni sus novios. Avergonzadas decidieron entonces abandonar la choza. Levantaron el vuelo y se largaron a las lagunas y a los caños a comer sardinas.
De la mayor se formaron los ucos, los grandes gabanes de los ríos. De la otra los atarinavis, las garzas blancas.
Regresaron en la noche los padres, y en vez de sus hijas, encontraron plumas en los chinchorros. También los novios se pusieron muy tristes al enterarse de la desaparición de sus prometidas. Todos cantaron y lloraron. Al amanecer los novios se internaron en la selva a buscarlas. Pero no regresaron más, se mudaron en suwa, pájaros carpinteros cabeza roja y cabeza amarilla.
1. Gabán: Ave zancuda de gran tamaño que habita en los caños y lagunas de los llanos y selvas venezolanas.
2. Wabana: tejido fino elaborado con la fibra de una palmera. El criollo lo llama de la región lo llama «marina».

Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)


MITO SOBRE EL ORIGEN DEL FUEGO ENTRE LOS YARURO (Gilberto Antolínez)
Sir George James Frazer, el eminente mitólogo escocés, al estudiar los diversos mitos sobre el origen del fuego en América, no pudo incluir el mito propio de los indios Yaruro que habitan los ríos Capanaparo y Sinaruco, en nuestro estado Apure, pues el material pertinente aún no había sido colectado. En cambio, incluye los mitos de los Taurepàn, Arekunà, y Warao, que tenemos en común los dos primeros con el Brasil y los últimos con la Guayana inglesa. El mito de los Yaruro es cortísimo y va incluido en el “Mito de la Creación”, colectado por el acucioso investigador Profesor Petrullo. Para mejor comprensión explicaré de antemano quienes son algunos personajes que intervienen en el mito. En primer lugar, tenemos a Puana, o sea, La Culebra de Agua, fuente de toda sabiduría, luego tenemos a “Itciai”, o “El Tigre Yaguar”, colaborador asiduo de Puanà. Ambos son  los seres míticos antecesores, respectivamente, de cada uno de los dos clanes en que están divididos los Yaruro del Capanaparo, en tercer lugar está Kuma, la madre de los Yaruro, divinidad benéfica que tiene su cielo en Occidente. Le sigue Kiberoh, la mujer maligna que habita en el cielo del Oriente. De Kuma, Puanà e itciai nació el héroe cultural Hatchawa, que es al mismo tiempo nieto de Puanà e Itciai; esta incongruencia se explica por el hecho de que los Yaruro no tienen ideas suficientemente claras acerca del valor de la cópula en la procreación. Y ahora entraré a dar muy resumido el mito.
“En el principio no existía nada. Entonces Puanà, la culebra, qué llego primero, creo el mundo y todo lo que este contiene, incluso los cauces de los ríos, excepto el agua. Itciai el Yaguar, creo el agua, Kuma fue la primera persona que pobló la tierra.
Entonces las otras gentes fueron creadas. Todo nació de Kuma  y todas las cosas que los Yaruro hacen fueron inventadas por ella. Kuma fue embarazada. Ella quería serlo en el dedo pulgar, pero Puanà le dijo que su progenie se multiplicaría en la forma ordinaria.
Hatchawa  nació nieto de Kuma, Puanà e Itciai. Desde entonces la atención de los tres se concentró en el muchacho. Hatchawa era muy pequeño, pero pronto creció y se hizo de gran tamaño. .Kuma se preocupaba de su educación. Pero Puanà se preocupó más por él. Puanà le fabricó una flecha  y un arco y le enseñó a cazar y pescar. Hatchawa encontró un hoyo en la tierra cierto día y miró dentro de él. Vio a muchas gentes, vino hasta sus abuelos y les exigió que sacaran del hoyo a alguna parte de esas gentes. Kuma no quiso acceder pero Hatchawa insistió. Puana le fabricó una cuerda delgada y un anzuelo y la tiró en el hoyo. La gente subió en números de muchos hombres y mujeres. Finalmente una mujer embarazada trató de salir, pero con su peso reventó la delgada  cuerda. Esta es la razón por la cual hay poca gente. El mundo estaba oscuro y frio. No había fuego. Entonces apareció Kiberoh, que traía fuego en su seno, y por exigencia de kuma  lo dio al infante Hatchawa. Pero cuando el niño quiso darlo al pueblo, Kuma se opuso, y entonces, él con gran inteligencia, lanzó peces jagupa vivos en el fuego y éstos lo diseminaron a su alrededor en la forma de carbones encendidos. El pueblo agarró las brasas y corrió en todas direcciones para encender sus propios fuegos. El primer fuego había sido mantenido ardiendo en la tierra de Kuma, en una alta colina circular cubierta de pastos. Todas cosas fueron primero creadas y dadas al muchacho, y este las fue pasando al pueblo. Una parte de estas gentes eran los Yaruro”.
Frazer ha demostrado que la generalidad de los mitos del origen del fuego presentan tres etapas sucesivas: la “Edad sin Fuego”, la “Edad del Fuego Conocido” (Pero en la cual el hombre no sabía encenderlo), y la “Edad del Fuego encendido”. En el mito Yaruro aparecen la primera edad muy netamente; falta la segunda, porque cuando los dioses adquirieron el  fuego, el hombre no existía todavía sobre la tierra; y se nos muestra también la tercera. 
Sabemos además que en esta clase de narraciones siempre aparece el afortunado poseedor del elemento llameante, como un ser egoísta que no quiere dejar a los demás participar de sus excelencias. Entonces hay que robar el fuego. Aquí el ladrón es Hathawa, que comete el hurto con la generosa idea de donárselo al hombre; es el “Urometeo Yaruro” Robador del fuego del cielo”. 
En los mitos Taurepàn se habla de una mujer llamada “Pelonosamo”, quien, como Kuma, tenía fuego en su cuerpo, de donde lo sacaba para tostar sus tortas de  casabe. En los mitos Warao, otra vieja llamada “Nañobo”, "La Gran Rana”, vomitaba fuego por la boca para cocer sus víveres, y luego lo ingería de nuevo, para que sus adoptivos hijos  Pía y  Makunaima no lo viesen. En los mitos de los Taruma, indios Arawak de las selvas del sur tales de la Guayana inglesa, una vieja casada con uno de dos gemelos  se estrujaba la parte superior del abdomen y entonces una bola de fuego le salía rodando  del propio canal genital.
El Hoyo donde estaba primitivamente viviendo la gente primordial, es la tierra de abajo o mundo inferior, del cual tantos mitos americanos hablan. En los mitos Warao y Karibe de Guayana, en cambio, las primeras gentes vienen de la tierra de arriba o cielo. Precisamente, en su mito del origen del fuego, los hombres y mujeres se descuelgan desde allá por un agujero hasta nuestra tierra, hasta que una mujer preñada obtura el hueco, y tanta fuerza se hizo para sacarla  de tal posición, que le sacaron las entrañas, las cuales cuelgan hoy allí convertidas en la estrella de la mañana. Esta mujer se llamaba Okonakura. Las cosas suceden al contrario que entre los Yaruro. El primer hombre Warao que bajó del cielo fue Okonorote, vale decir Señor de la Luz del Día; debajo de un gran árbol encontró  a un sapo; al subirse Okonorote cortó del árbol un gran racimo que cayó sobre el batracio y este despidió un fuego tan violento que abrasó toda la tierra. "Este fue el primer fuego que hubo en la tierra, y de  él proviene todo el que hay actualmente”.

Todos los mitos de esta clase convienen en que la madera puede ser ahora encendida porque los hombres, al robar o recibir el fuego lo introdujeron en un árbol, leño, pasto u otra cosa semejante. Y opinan que el pedernal tiene la virtud de dar chispas al ser golpeado porque en el pusieron también un poco del fuego primordial, o bien en una rocosa montaña: la alta colina circundada de pastos en la tierra de Kuma, del mito Yaruro, se refiere a entramadas creencias antiquísimas. No obstante  el método por el cual encienden fuego los Yaruro no es el de percutir pedernal o cuarzo, sino el de frotar, sobre la hendedura hecha en un madero, una vara seca aguda que se hace girar entre las manos. Este método es llamado “método de taladro a fuego” (en inglés.”fire-drill”).

martes, 20 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (23)

Imagen en el archivo de Identidad Cultural Indígena Latinoamericana

LA CREACIÓN DE LAS FRUTAS CULTIVADAS (etnia piaroa)
Los waikunis trabajaron y luego descansaron. Aún no habían visto agua, pues todavía no existían los ríos. Los waikunis le pidieron agua a Wajari, pero Wajari respondió así: —Los hombres no beben agua cuando trabajan. Solamente las mujeres lo hacen. Los hombres soplan yopo o beben kaapi. Pero ustedes siempre quieren agua. Y no está bien. Yo siempre trabajo con yopo y no con agua.
En verdad Wajari tenía agua, pero no les quería dar. En las plantaciones trabajaban varias mujeres y Wajari les pidió agua: “Nosotras tomamos agua mientras trabajamos, pero los hombres no hacen así”.
Wajari les preguntó de dónde tomaban agua. —Nosotras tomamos el agua de allá –y señalaron hacia el campo. Wajari dijo así: —Está bien. Tengo sed. Y se fue para el arroyo.
Y entonces ocurrió, cuando se dirigió hacia el arroyo, que los waikunis soplaron magia a los pensamientos de Wajari. Wajari se enajenó y estuvo vagando por la selva durante años. Pero antes Wajari preparó una soga bien gruesa y ató entre sí las ramas del árbol, para que los waikunis no lo pudieran cortar.
Wajari les preguntó a los waikunis que por qué no habían cortado los árboles. Trataron pero no pudieron. Un bicho se subió al árbol y se comió las amarras.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).

LA MUJER DEL KATEY EN EL ESTADO TRUJILLO (Gilberto Antolinez)
En los lugares montañosos del estado Trujillo como Pampán y San Juan de Vichu y las selvas de Monay, los folcloristas han comprobado la creencia en una casta de seres de la selva cuyo prototipo son el “catey” o “Katey y su mujer”. El Catey de los montes de Monay, cuenta Olivares, que se parece a un hombre espantoso, esto es “cíclope”, pues tiene un solo ojo en medio de la frente; además, muestra un solo pie, cuya huella deja a orillas de los ríos por donde marca buscando su único alimento: ojos de pescado; y el tal catey tiene su pie vuelto hacia atrás, en contradicción con la forma usual en que se forman en los seres humanos.
Según versión de Juan Pablo Sojo, el Catey es un hombrecito moreno, de diez a quince pulgadas de estatura que marcha a grandes saltos y ríe a carcajadas, habita en el monte, pero frecuenta los sitios habitados para nutrirse de los fluidos humanos. Tiene una mujer o mejor aún, una “media mujer”, ya que tan donosa dama solo posee un ojo, un brazo, un seno y una pierna; como es una peligrosa osa, se mete en las habitaciones de los seres humanos, les perfora el pecho cuando duermen, lanzándoles el agudo chorro lácteo de su único seno, y por el hueco hecho les succiona la sangre; luego descarna el cadáver de sus víctimas, quebranta los huesos y se chupa el tuétano, pues este viene a ser su manjar predilecto.
Este catey y sus parientes aparecen con el nombre de “Taleyes”, en los sembrados del estado aludido y fungen allí de divinidades agrícolas. Son seres dotados de un solo pie, según han contado el doctor Mario Briceño Iragorry. De modo que le cate o catey y su mujer, se caracterizan por tener un solo órgano vital o de acción, de donde nosotros tenemos dos, y por tener además las plantas de los pies volteadas hacia atrás. Ya veremos que en otros países de América tienen semejantes igualmente adheridos a los sitios apartados de la presencia humana.

ANA KARINA ROTE (Enrique Plata Ramírez)
 Salvajes y violentos, solían los caribes  atacar a las tribus vecinas, destrozándolas implacablemente al grito de Ana Marina Rote, o Sólo nosotros somos gentes.
Tomaban luego como prisioneros, de entre los vencidos, a los guerreros más fuertes y atados los llevaban ante la Junta de Mujeres. Éstas bañaban a los nuevos esclavos, los alimentaban y los amaban sin descanso durante varias lunas. Luego, saciados sus instintos, los devolvían a los guerreros, quienes en grandes múcuras preparaban con ellos deliciosos platos para todo el pueblo.
Para la siguiente batalla, reunía la Junta de Mujeres a los guerreros, les pintaban el rostro, los amaban y los enviaban en pos del triunfo y de nuevos esclavos, no sin antes advertirles que de fracasar irían ellos a parar a las grandes múcuras.
Antes de partir les recordaban su condición de míseros guerreros, diciéndoles:
¡Solo nosotras somos gentes ustedes simples guerreros!

XIBALBA (Enrique Plata Ramírez)
Descendió Ixquic hasta las ardientes tierras de Xibalba. Y vio la princesa cómo, desdé su llegada, los Señores del Misterio se las ingeniaban para poseerla. Todos querían que reinara a su lado en tan infernales abismos.
Pero Ixquic buscaba, y finalmente lo halló, El Árbol de las Calaveras. Entre sus ramas descubrió el espíritu de sus más remotos ancestros.
Y detrás de aquel árbol, recibió Ixquic el polvo que daría vida a las generaciones futuras y luego huyó de Xibalba.
Desde entonces, los Señores de los Abismos Infernales persiguen a las mujeres para castigar en ellas las afrentas de Ixquic.

CUANDO VI BLANCOS POR PRIMERA VEZ (etnia piaroa)
Por aquel tiempo vivíamos por el arroyo Caracol, allá estaba la churuata de mi padre. Vinieron algunos civilizados, eran como españoles. Nosotros estábamos dentro del arroyo, pescando con plantas venenosas y atrapamos un montón de peces, grandes y chiquitos.
El perro encontró una liebre y corrió tras ella. El marido de la hermana de mi madre –al que en aquel entonces no lo había mordido la serpiente– esperaba el botín con un machete en la mano. La liebre saltó de pronto hacia unos matorrales planos, donde encontró una madriguera. La liebre sabía bien que si salía la mataban. Aunque tampoco quería salir, pues se había cansado en la persecución. Al igual que el perro.
La liebre se escondió, el perro no la encontró. Y allá seguía parado el esposo de la hermana de mi madre, con el machete en la mano. Metió la mano en la cueva y la descargó sobre el animal: ¡Tak! Y la liebre se murió en seguida. Luego el esposo de la hermana de mi madre vino con el botín hacia el montón de pescados, donde estábamos nosotros.
—Fíjate –le dijo a su esposa–, maté a la liebre de un machetazo. No quería salir del agujero donde había caído. El machete había partido en dos al animal, todo se embarró de sangre. Hay que saber que si cazamos, nuestra ropa se ensucia mucho. Mi tío me dio el botín en la mano, se puso un guayuco limpio y partió para la casa. Yo me quedé con el guayuco sucio. Serían como las diez cuando junto a la churuata me vi a los civilizados que estaban parados por ahí.
Esto ocurriría en 1949 o quizás un año después. Los españoles me agarraron y me dijeron que me iban a retratar con la liebre en la mano. La toma de fotografías tardó varias horas, serían ya como la una y media y me había entrado un hambre terrible. Entonces me dieron un caramelo, y luego galleticas. Me lo comí todo.
Estaba yo por ahí parado, en mi guayuco sucio, y me tomaron cantidad, pero cantidad de fotografías. Me pararon aquí, me retrataron; luego me agarró otro español, me paró por allá y me retrataron de nuevo. Creo que hicieron como dos rollos enteritos. Luego entré en la churuata. Mas, apenas salí, me volvieron a agarrar de nuevo y me hicieron cantidad de fotografías.
—Sabes, en la montaña hay una planta de hojas grandes y blancas. Mi tío me mandó a traerle una para poner encima la liebre ensangrentada. Me mandó a mí porque los otros le tenían miedo a las fotografías. Y solo me retrataron a mí, a los demás no. Fotografiaron de nuevo, como durante una hora. En el guayuco sucio.
¿Para qué necesitaban una fotografía así? Nunca vi fotografías cuando era niño.
Y con la liebre en la mano seguía de pie mientras me retrataban y volvían a retratar. Cuando todavía era chiquito me tomaron como tres rollos de películas. Creo que estoy en las fotos de Caracas.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).

JAGUAR EN CRUZ (Wilfredo Machado)
Los pájaros temían a un reducido número de los animales en la selva, y el jaguar era uno de ellos. Los pocos que podían contar con la historia habían tenido una horrible experiencia con el felino y mostraban las cicatrices rosadas de las feroces guerras entre un abanico de plumas turquesas. Todos los demás habían muerto. Las huellas del gato estaban frescas sobre el barro de la playa. La casa del jaguar era uno de los máximos desafíos a los que podían enfrentarse los jóvenes pájaros. Este era un ejemplar de gran tamaño, lo sabían por las profundas marcas sobre el lodo. Más adelante las huellas se adentraban en la selva profunda donde era difícil seguirlo. Los pájaros treparon los arboles para seguir desde la seguridad de las ramas más altas los pasos del felino que no hacían el mínimo ruido. Avanzaron con sigilo saltando de árbol en árbol, sin dejar caer ni siguiera una hoja. El joven IRK dirigía la partida de caza. Me había incorporado el último siempre que llegaba jadeante y con lanza cuando ya todo había terminado. Seguimos al jaguar desde el cielo del bosque. A veces se detenía unos segundos al oler el aire que tenían los aromas de la presa.
Cruzó un sendero de dantas que bajaban por un arrollo de aguas cristalinas, y allí se detuvo a beber un momento. Y entonces nos vio arriba moviéndonos en el reflejo del agua.
Levantó la cabeza y rugió. Sabía que no podía alcanzarnos y se dio a la fuga. Los seguimos durante varios días, acosándolo en la espesura haciéndolo salir de sus escondites, hasta que el jaguar jadeante se rindió exhausto. Pero ninguno se atrevía acercarse más de lo necesario. El joven IRK arrojo el primer lazo justo  en el cuello del felino los demás lo imitaron tratando de inmovilizar el animal que se defendía con furia. Al final los jóvenes pájaros izaron sobre los arboles como un trofeo de guerra. El lazo del cuello cortaba la respiración, pero no llegaba a asfixiarlo del todo.

Vimos como lanzaba sus garras contra las lianas que lo ahogaban tratando de romperlas sin ninguna suerte. Cada vez que había un movimiento brusco el lazo del rio, hundiéndose sin remedio en la corriente de la noche, una luna colgaba del cerrojo de una puerta lejana que sonaba como cascabeles cada vez que el viento la abría de par en par. Yo era tantas cosas y ninguna, un viento oscuro arrastrándose entre las hojas, un rayo de luz en mitad de la nada mas oscura. Yo era el centro y la dispersión, pájaro en la balanza de la vida que sería llevado al mercado por la mañana para ser desplumado, pesado y destazado frente a un grupo de señoras que contemplaban, en este nuevo simulacro de los antiguos circos, pero sin la piedad de sus años, esta pequeña masacre en la que nos enfrentaba  la vida cotidiana: carne fresca vendida al mejor postor.     

lunes, 19 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (19)

Infantes pemones en el archivo de la ETAI Pemón Samarayi


LA CREACIÓN DE LOS PIAROA
Buoka quería ver cómo era que Wajari creaba a los hombres y también hubiera querido que le creara hombres blancos para él. —Le encargo a mi hermano, el gran capitán, que me prepare hombres. Él es el capitán del mundo. Quisiera que me preparara hombres como estos de aquí. Sé que mi hermanito crea hombres muy buenos, como los piaroa.
En ese preciso momento Wajari había terminado la primera pareja. Buoka pasó por dentro de un tronco y al salir por el otro lado volvió a tener apariencia de hombre y se encaminó de vuelta a su casa. Wajari preparó carne para la segunda pareja. Wajari se echó a descansar,mientras tanto vinieron cangrejos muy grandes que se comieron la carne preparada. Por eso fue que Wajari tuvo que tomar otro pescado para hacer la carne humana. Formó el cuerpo, la garganta y por último el corazón del segundo hombre. Y así quedó lista la segunda pareja.
Para la tercera pareja se fue a pescar a la otra orilla del río. Allá, en aquella orilla, creó los pueblos del Sipapo, Guayapo y Autana. Wajari habló sobre los peligros que amenazaban a los pueblos de los ríos:—Y aquí, en este lugar ¿qué fruta ha de ser carnada para los peces con los que he creado los pueblos del Sipapo, del Guayapo y del Autana?
Wajari decidió utilizar un anzuelo para tomar al pescado. Esperó y mordieron los peces, pero el anzuelo les desgarró la garganta. Y entonces dijo: —¿Cómo capturar los peces para crear los pueblos del Sipapo, del Guayapo y del Autana? Probaré con el anzuelo de los blancos.
Pero le pasó lo mismo. El anzuelo les desgarró la garganta a los peces. —¿Qué haré? No sirven los anzuelos –dijo Wajari. Él amasó yuca, plátano, piña y batata. Con esa masa moldeó un anzuelo y un hilo de pescar y lo echó todo en el agua. Y esto sí que sirvió.
Los peces mordieron mejor que antes. —Pues bien –dijo Wajari–, que todo esto sea el alimento de este pueblo, los piaroa. Los peces mordieron muy bien las frutas. Wajari le dio nombre al aire y a la brisa. Él creó ambas cosas para los hombres, para que el sol no los quemara tanto.
El edificio hecho de aire es atravesado por la brisa y refresca a los piaroa, protege del sol a los piaroa. Y ese aire es la brisa del salto de agua. Si no hay brisa, el sol calienta muy fuerte y la piel se seca y se endurece. El sol puede matarlo a uno.
Wajari se dispuso a preparar la cuarta pareja con la misma carne. Formó los ojos, el pelo, las orejas, la boca, la nariz. Luego habló de los peligros que acechan a este pueblo. El olor de los hombres puede ser peligroso para ellos. Y puede ser peligroso si le gritan al capitán. Wajari le preparó esta pareja al Guayapo y al Autana. También les hizo huesos y uñas.
La pareja tuvo hijos. Wajari creó el alimento para la familia y para todas las familias. Preparó un poquito de cada fruto: yuca, piña, etc., y los hombres sembraron mucho de cada uno de ellos y sus alimentos se multiplicaron al igual que los niños. Wajari creó todas las plantas para los piaroa. Siempre tuvieron que comer. Crecieron distintos troncos de árboles y las tribus también crecieron como sus alimentos. —Los piaroa se han de multiplicar, al igual que sus alimentos –dijo
Wajari.
El capitán Wajari vivía en su hogar, en Umonloja Ojuna, la casa del cielo. Los hombres no sabían que a él le debían su creación. Había oído en el aire que su pueblo era muy bueno: se multiplicaban los hombres y se multiplicaban sus alimentos. Por ello Wajari decidió ir a ver cómo era el pueblo que había creado.
Se acercó a sus churuatas y ya de lejos iba escuchando las conversaciones y las exclamaciones llenas de alegría. Estaban de fiesta, bailaban dos Warimes. Wajari escuchó lo que le decían los hombres a su capitán:—¡A fiestear, tenemos mucho alimento!
Cuando Wajari decidió ir donde su pueblo, visitó uno a uno, con el pensamiento, todos los lugares sagrados del Mariweka. Atravesó por esos lugares en forma de mosquito rojo y  de otro bichito. Wajari llegó a la churuata y se escondió en el techo de guano para atisbar lo que pasaba. Sus pensamientos bajaron a la tierra en forma de otro bichito para poder observar desde más cerca.
Luego Wajari se disfrazó de español, con el pelo negro, vestido de rojo, con un cuchillo al cinto y zapatos puestos. Era alto, delgado y de piel clara. Pero los piaroa se asustaron al ver este disfraz. Por eso Wajari se transformó en piaroa, adornándose con muchas joyas. Luego se dio cuenta de que podía asustar a los piaroa con tantos abalorios. Por eso se los quitó y así entró en la churuata.
—¿Y tú quién eres? –le preguntaron los hombres. —No se preocupen, no tengan miedo. Yo soy uno de los creadores de ustedes, el capitán Wajari.
Y los hombres dijeron: —No somos como tú, somos gente de otra clase. El capitán Wajari pensó en comer del alimento de ellos para probarles que él era amigo de los piaroa. Aunque no le gustó la comida, decidió comérsela. Luego dijo así:
—He comido del alimento de ustedes, por lo tanto soy un amigo. Solamente he venido para saludarlos a todos. Así Wajari dejó a los piaroa.
El capitán Wajari creó a los piaroa para que formaran una familia única. Les otorgó el derecho de habitar en los lugares sagrados de la tierra. Y enumeró los nombres. Además les otorgó a los piaroa el derecho de darles nombre a sus parientes para que tuvieran familia. Y recibieron el derecho a la vida.
Luego llegó Buoka y se puso a insultar a Wajari. Se apropió de las plantas de los piaroa, las arrancó y se puso a soplarles magia a los piaroa. Buoka dijo:
—¡Esa gente no puede vivir! Los primitivos, los tigres y los espíritus de los muertos los asesinarán. El piaroa no puede ir solo a cazar, pues lo acecha el peligro. Todas estas cosas asesinarán a los piaroa. Si los piaroa maldicen, morirán. Si así hacen, se arrancan el espíritu. Se caerán de los árboles y esto ocasionará su muerte.
Todo esto lo planeó Buoka contra la familia de su hermano. Si Buoka no hubiera hecho así, los piaroa vivirían en una abundancia tal como los españoles. Si Buoka no hubiera dicho todo esto, solamente morirían los ancianos, pero no los niños ni los jóvenes. Buoka creó los peligros que amenazan a los piaroa.
Peligros similares creó Wajari contra las familias de los blancos, de Puruna y de Buoka. Wajari dijo entonces:
—Ahora tu familia es como la mía. La espada y el cuchillo traerán peligros a los blancos. Con esos matarán a sus amigos. Encerrarán en la cárcel a sus amigos, a sus familiares.
Buoka respondió: —Morirá mucha gente, mas los españoles se multiplicarán más que  los indígenas. Así dijo Buoka.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).


EL SER SUPREMO (2) Gilberto Antolinez
Entre los araucanos, Dios es llamado “,  Maestro de los hombres”, “Maestro de la Tierra”, “Padre”, “Padre-rey” y “Padre del Firmamento”. Es el creador y quien da vida, fecundidad, y decide el destino de los hombres.
Los Kàggaba, quienes viven cerca de nuestros Guajiros del Zulia, creen que el ser supremo es mujer, y le dicen Sibalaneum: “La Madre de las Canciones” es muy tierna la concepción de una divinidad que arrulla al mundo niño con las canciones  que salen de su boca.” La Madre de nuestra raza, nos dio vida en un principio. Es la madre de toda clase de gentes y tribus. Es la madre del trueno, dé los  ríos, de los árboles y de todas las demás cosas. Es la madre de los cantos y de las danzas. Es la madre del mundo y de nuestros hermanos mayores: las piedras. Es la madre de los frutos de los campos, y de todas las cosas. Es la madre de todos los hermanos jóvenes, dé los franceses, y de los extranjeros. Es la madre de los accesorios de las danzas y de todos los templos y es la única Madre que tenemos”. En fin: es la madre del fuego, del sol y de la vía Láctea, de los animales, de la lluvia. Fue quien empezó a bautizar, y quien dio la coca para masticar cuando se está sin fuerza y la cal con que se mezcla la coca. “Solo la Madre Sibalaneuman es la madre de las cosas. Con sus hijos Sintana, Seizankua, Aluanuiko y Kultsavitabauya nos dejó cantos y bailes como recuerdos. Esto es lo que nos enseñan los Sacerdotes, los Padres, y los Hermanos  Mayores”.
Nuestros indios Yaruro, a quienes conocí personalmente, llevan una vida miserable, errando siempre a lo largo de los  llamados bosques de galería, esto es la faja silvestre que corre a lo largo de las riberas de nuestros ríos del llano, en pos de la caza o de la pesca que les sirve que les sirve, junto con los frutos naturales, de único alimento. No tienen habitaciones, salvo en la isla Linda Baro, y se cobijan a la sombra de una rama de palma clavada en tierra; de noche se entierran en la  arena para dormir cada quien, cuando emigra, puede llevar todos sus bienes que son muy pocos sobre la espalda. No  obstante, a pesar de esta cultura verdaderamente exigua, la más primitiva de América después de la Ona, Yamana y Alakaluf, poseen una vida espiritual muy adelantada, como lo apunta el profesor Petrullo. Su Ser Supremo es la madre Kuma, que lo es de los hombres, de los dioses, de las cosas y de los animales.” Todas las cosas vienen de kuma y todo lo que los Yaruro hacen ha sido  establecido por Ella. Los dioses, y los héroes que nos dieron la cultura se someten a Ella.”
Tiene su cielo especial, en donde todas las cosas de la tierra existen, pero de mayor tamaño, a ese cielo van los Yaruro después de la muerte; pero los blancos y los demás indios no, sino a la tierra de Kiberob, la mujer-Demonio que está al Oriente. Kuma no ha creado nada pero todo ha sido hecho por sus hermanos: el jaguar Ichiai y la culebra de agua Puanà. El legislador y maestro de  los primeros Yaruro, Hatchawa, fue hijo de kuma, quien lo dio a luz para tal obra.

Como se ve, pues, los pueblos primitivos no carecen de elevadas ideas morales, como algunos se lo imaginan, sino que refieren a la divinidad suprema cuánto hay de bueno en la conducta humana. Si el Dios es bueno y moral, también el hombre ha de serlo, si es que quiere parecerse a Él y serle grato.

sábado, 17 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (17)


Imagen en el archivo de "Indio César"



EL ORIGEN DEL FUEGO (Etnia Wuayúu)
En un principio los hombres no conocían el fuego. Eran seres imperfectos que comían cosas crudas, como carnes, tubérculos, raíces y frutos silvestres. Ningún alimento vegetal era pasado por el fuego, ni calentado ni cocido. Nada preparado se comía. La carne no la ahumaban, no la asaban; sino que la hacían cecina, la tendían al sol y la consumían seca.
La triste suerte de los primeros hombres a causa de su imperfección era igual  la de los animales. Unos vivían metidos en los troncos, en los huecos, en las cuevas; otro tenían ranchos para abrigarse, pero sin fuego para calentarse ni lumbre para ahuyentar el miedo que emergía del fondo de las noches. Solo Maleiwa poseía fuego en forma de piedras encendidas que celosamente guardaba en una gruta fuerte lejos el alcance de los hombres.
Maleiwa no quería entregar el fuego a los hombres porque éstos eran falsos de juicio, y en vez de hacer buen uso de él podrían emplearlo para sus maldades. Por eso los preservó de su uso. Pero sucedió una vez, que estando Maleiwa sentado junto al fuego, calentando su cuerpo al calor de la fogata, vio venir hacia él un joven aterido de frío, llamado Junuunay.
Maleiwa, al verlo, se indignó grandemente. -¿Qué venís a hacer, intruso? ¿No sabéis que este sitio está vedado a todo acceso? ¿Acaso venís a perturbar mi tranquilidad y a colmar mi paciencia?
Y Junuunay respondió con actitud suplicante. -No venerable abuelo. Sólo vengo a calentar mi cuerpo junto a vos. Tened clemencia para mí, que no he querido ofenderos. Amparadme de este frío que me hiela, que me puya la carne y me llega hasta los huesos. Tan pronto entre en calor me marcharé.
Así decía Junuunay escondiendo su intención. Aquel joven audaz, para convencer a Maleiwa se valió de mil artimañas. Hizo crujir sus dientes. Erizó los poros de su cuerpo como carne de gallina muerta, tembló como machorro, frotó sus manos. Hasta que por fin, Maleiwa, complacido, lo aceptó.
Pero el gran padre no le quitaba la vista de encima, porque tenía sus reservas respecto a la habilidad de aquel extraño personaje, que más inspiraba admiración que desdén. …Y ambos comenzaron a frotarse las manos y a darse calor en el cuerpo.
Las llamas de aquel juego eran intensamente bellas, resplandecían a lo lejos como los fulgores aéreos de las estrellas, como las brasas del cielo. Junuunay se llenó de coraje y quiso conversar con Maleiwa para distraerlo, pero éste permanecía callado sin hacer caso a las palabras del intruso. Pero, un rumor de viento hizo que Maeleiwa voltearse la cara hacia atrás para mirar y cerciorarse bien del pequeño ruido que se avecinaba. Era así como si fuesen pasos cautelosos que estrujaban la hojarasca del paraje.
Aquel instantáneo descuido lo provecho JUNUUNAY. Cogió de la fogata dos brasas encendidas y rápidamente las metió en un morralito que llevaba oculto bajo el brazo. Con las mismas se dio a la fuga, y se escurrió por la maleza que rodeaba la gruta.
Consumado por el robo, y burlado así el gran Maleiwa decía: -¡Me ha engañado el muy bribón! Lo castigaré dándole el suplicio de una vida inmunda.  Lo haré vivir entre los estercoleros rodando bolas de excremento… Y diciendo esto, corrió atrás el ladrón.
Junnunay, corría desesperado, pero los pasos eran tan lentos y cortos que casi no avanzaba al menor trecho. Y en ese trance difícil, quiso emplear de nuevo su escurridiza habilidad para salvarse. Llamó en auxilio a un joven cazador llamado Kenaa a quien rápidamente le entregó una brasa para que la escondiera.
Kenaa tomó la preciosa joya incandescente y se alejó con ella sin ser visto. El sol le ocultó de la vista de Maleiwa pero siempre fue descubierto cuando llegó la noche y trataba de esconder entre las matas. Entonces Maleiwa, para castigarlo, lo convirtió en cocuyo nocturnal, que en las noches oscuras de invierno emite su luz intermitente cuando vuela.
Junnunay, en su desesperación encontró en su paso a Jimut cigarrón y le dijo:
-Amigo mío, Maleiwa me persigue porque le he robado fuego para dárselos a los hombres. Toma esta brasa que me quema, huid con ella y escóndela en un sitio bien seguro. Quien posea esta joya será el más afortunado de los hombres: sabio y grandioso. Dicho esto, Jimut tomó la brasa y rápidamente la metió dentro de un palo de caujaro. Luego la pasó a un olivo, después a otro palo, y así se extendió y multiplicó por todas partes, hasta que los hombres la encontraron una vez por medio de un niño llamado Serumaa. Este niño, mientras se divertía en jugar y saltar por entre los montes, iba señalando a los hombres los palos en donde Jimut había depositado fuego.
Aquel niño no sabía hablar sólo sabía decir ¡ski!... ¡ski!... ¡ski! ¡¡Fuego!!...¡¡Fuego!!
Los hombres entonces se apresuraron en buscar el fuego, pero ello no podían encontrarlo ni tampoco lo sabían obtener. Y así registraron todos los palos y los troncos y nada pudieron conseguir. Practicaron mil maneras y ¡nada! Taladraron y frotaron con sus manos dos varitas de caujaro y al punto surgió el fuego que iluminó el corazón de los montes y encendió de alegría el espíritu de los hombres.
Desde entonces el fuego lo destinaron a sus servicios.  Ya los hombres no sintieron más temor, ni volvieron a sufrir los rigores de las noches frías.
En cuanto al niño Serumaa, lo convirtió Maleiwa en pajarillo que salta de rama diciendo: ¡ski!... ¡ski!... ¡ski!  Su voz natural. Esto aconteció después que Maleiwa convirtió en Junnunay en escarabajo, y lo condeno a vivir en inmundicias por haber robado el fuego.
Desde entonces, el escarabajo vive y se alimenta de excrementos. Y en castigo de su atrevimiento quedó a vivir entre las inmundicias por haber robado el fuego. Y en castigo de su atrevimiento, quedo impreso en su cuerpo la mancha de su robo, o sea, las manchas brillantes que llevan en sus patas los escarabajos.

Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)


JULUNA (Enrique Plata Ramírez)
Con todo su corazón pidió a Juluna que la próxima vez que Najo Romo, su marido, la golpeara, le diera un castigo para el resto de su vida.
Cuando Najo romo regresó de la reunión de los guerreros, aquella noche, oliendo a cachiri, sin decir palabra alguna, abofeteó a Guanta, su mujer.
De pronto la noche se hizo más oscura y un terrible silencio lo invadió todo. Desde el fondo de la selva sintieron algo extraño que se aproximaba.
Y Cuanta, sorprendida y satisfecha, vio como Julna poseía a Najoromo, quien sufría unas terribles convulsiones que lo hacían revolcarse, rechinar los dientes y lanzar espuma por la boca.


LA MUJER SALVAJE DEL MONTE SOLITARIO (Gilberto Antolinez)
LA PELUDA HEMBRA DEL OSO FRONTINO. En el tomo I del año 1.945, publiqué en la notable revista científica “Actas Venezolanas” un ensayo folclórico titulado “ El Oso Frontino” donde aparece como un hombre y la leyenda del “Salvaje”, es un plantígrado habitador de la cordillera de los andes; se encuentra en Venezuela en las montañas de Mérida, Trujillo, Lara y Yaracuy, y en las selvas de Apure y las selvas de Guayana, y se ha soportado sobre su forma anatómica el peso de numerosas leyendas populares como salvaje peludo, de hábitos solitarios, enamoradizo de las hijas de los hombres, a quienes roba y mantiene como queridas en sus altos nidos de follaje que sabe fabricar sobre los árboles. Después del ensayo que se ha citado, he publicado muchos otros en que aprovecho aportaciones debida a otros folkloristas venezolanos en el tiempo siguiente, como fueron las de Francisco Tamayo, Olivares Figueroa, y Juan Pablo Sojo. El cuento del Salvaje se extiende por toda Sudamérica, pero también se comprueba en la zona antillana. Poderoso en su complejo legendario en el Brasil, según se desprende de numerosos ensayos de Cámara Cascudo.

Pero si un salvaje de sexo masculino ha contribuido a nuestros folklore con leyendas tan rancio abolengo indiscernibles como muestran los cuentos de “Juan salvajito”  y “Juan Peludito” o “Peluito” tan corrientes en Lara, Falcón, Yaracuy y Carabobo, emparentados nada menos que el de los ciclos de Hércules Horikulas y sus pariaguales de la antigüedad asiática, mediterránea y germánica, no menos notable son las fantasías a que ha dado lugar a la hembra del herbívoro oso de Los Andes, con referencias a una mujer peluda y amorosa que gusta ayuntarse a los hombres en el misterio incitante de los bosques. Así en los estados andinos del país tenemos al “katey y su mujer”, “el medio hombre y la medio mujer” de la montaña, en Colombia también hay mujeres salvajes como la “la Mancaraita” “la Patasola”, y en las Antillas se habla de “las Siguapas” velludas, ardientes y tentadoras; y en el Brasil de “las Caiponas” lúbricas, reservadas y dueñas de la caza a la que ponen bajo el poder de sus amantes.