viernes, 10 de marzo de 2017

La Virgen del Socorro aparecida de La Guamita (Argenis Agüero)

 Fachada del templo donde descansa en Tinaquillo, Cojedes- Archivo de Argenis Agüero 

Argenis Agüero

Los santos aparecidos. En el contexto de la religiosidad popular venezolana existe la figura de los “santos aparecidos”, representaciones iconográficas de algún santo que, según la creencia popular se le ha “aparecido” a algún devoto o creyente, aparición que puede manifestarse en una pequeña roca, un trozo de madera, u otro material (nácar, hueso), pasando entonces ese devoto  a ser propietario de dicha imagen, convirtiéndose así en un privilegiado en su comunidad, ya que se vuelve una especie de sacerdote no oficial. Este tipo de manifestaciones religiosas tuvo gran auge durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX,  época en la que muchas comunidades crearon sus propias anclas religiosas al margen de la institucionalidad clerical, pero dentro de la base teológica del catolicismo.
Usualmente, en la devocionalidad en torno a los “santos aparecidos”, se les rinde culto mediante la realización de velorios, una especie de festividad realizada entre rezos y cantos de alabanzas, acompañada de comidas y bebidas, especialmente las alcohólicas. Estos velorios duraban toda la noche y eran de carácter itinerante, llevándose a cabo según la solicitud previa de algún promesante que quería pagar al santo los favores recibidos.
La Virgen del Socorro aparecida de La Guamita: su origen. La Virgen del Socorro aparecida de La Guamita” es una pequeña pieza (de nácar o marfil) que tiene grabada la imagen de la Virgen del Socorro, y se ha dicho por tradición oral que la misma fue encontrada por una señora, casual y “milagrosamente”, en un lugar denominado “el pozo de las garrapatas”, ubicado en la “Quebrada de La Guamita”, también conocida como “Quebrada de Guabinas”, cercana al caserío de La Guamita, al suroeste de Tinaquillo. Se desconoce exactamente cuando ocurrió el hecho y el nombre de la señora que la encontró, pero tuvo que ser antes de 1829, pues el 14 de septiembre de ese año dos habitantes de La Guamita, Antonio Hidalgo y Gervasio Veloz, asentaron en un documento en el Registro Subalterno de Tinaquillo su ofrecimiento de entregar una novilla a la Virgen del Socorro, en pago de un favor recibido. Esta viene a ser la referencia documental más antigua de esa imagen.
La Virgen y el gobierno de Guzmán Blanco. No se tienen otras referencias de la Virgen aparecida hasta 1879, cuando en abril de dicho año se suscitaron unos hechos que quedaron asentados en los libros de protocoles del Registro Principal de la ciudad de San Carlos. El propietario de “La Virgen del Socorro aparecida de La Guamita” era un labriego analfabeta cuyo nombre era Eugenio Mireles, el cual al parecer que tenía sentimientos políticos adversos al régimen político que dominaba al país en esa época, cuya máxima figura era el General Antonio Guzmán Blanco, conocido historiográficamente como el “autócrata civilizador”, y fue el mandatario que persiguió a la Iglesia en Venezuela y hasta expulsó al Arzobispo de Caracas.

 Detalle  de la imagen aparecida (archivo de Argenis Agüero)

Mireles no ocultaba su posición antiguzmancista y lo manifestaba públicamente, especialmente en los concurridos velorios que le realizaban a la Virgen de su propiedad, razón por la que fue denunciado a las autoridades, originándose la correspondiente intervención del Jefe Civil y Militar del Departamento Falcón, Sr. Guillermo Tovar, quien calificó a Mireles como “enemigo notorio de la Revolución Reivindicadora y su digno jefe, el General Antonio Guzmán Blanco”.  Tovar acusó a Eugenio Mireles de valerse de la fe de los habitantes para “hacerle daño a la voluntad popular” haciendo proselitismo político en contra del gobierno; seguidamente Tovar, apoyado en el Juez del Departamento Falcón, Sr. Jesús María Muñoz, le prohibió a Mireles seguir llevando a cabo sus actividades religiosas con la Virgen, para ello el Jefe Civil usó la figura jurídica de “Delito de estafa y sacrilegio”, afirmando que el dueño de la imagen hacia comercio con esta. Pero Mireles no se amilanó y continuó realizando los velorios a la Virgen, razón por la que las autoridades actuaron en su contra y el 12 de abril de 1879, a las 11 de la noche, el Jefe Civil se presentó en la casa del señor Manuel Torrealba (donde se efectuaba un velorio) acompañado de los policías Antonio Gudiño, Domingo Piñero y León Herrera, además de otras 28 personas que usó como testigos. Allí se practicó el procedimiento legal contra Eugenio Mireles y se le decomisó la imagen de la Virgen, mientras que el dueño de la misma fue conducido prisionero a la cárcel de Tinaquillo; la imagen fue entregada en custodia al Presbítero Gaspar Yánez, el mismo sacerdote que prestó los últimos auxilios espirituales al General Matías Salazar antes de ser fusilado en Tinaquillo, siete años antes y gestionó la fábrica del nuevo templo de Tinaquillo.
Mireles designó como su defensor a Bonifacio Franco, quien hizo una solicitud de amparo ante el Tribunal en procura de su libertad y pidió la devolución de la Virgen. Dicha solicitud fue presentada el 22 de mayo ante el Tribunal de Primera Instancia en lo Criminal, en San Carlos, el cual emitió un fallo en contra de Mireles el 27 de junio, por esa razón Mireles apeló a la Corte Superior del Estado, a cargo de Carlos Marvez. Este tribunal acogió la solicitud del imputado y el 14 de julio de ese mismo año ordenó al Juzgado Departamental de Tinaquillo que le fuese devuelta la imagen de “La Virgen del Socorro aparecida” a su legítimo dueño, Eugenio Mireles, lo cual se cumplió el 22 de julio, y ordenó su libertad.
Pudiera pensarse que lo ocurrido en este caso fue un verdadero milagro, ya que ese humilde guamitero analfabeta se enfrentó al poder omnímodo del General Antonio Guzmán Blanco, dueño y señor del poder en Venezuela desde 1870 hasta 1892, quien además fue el caudillo que hostigó a la iglesia católica venezolana en esa época, cerrando conventos y centros religiosos, llegando al extremo de expulsar al Arzobispo de Caracas, máximo jefe de la iglesia católica en el país, sin embargo el labriego Eugenio Mireles, dueño de “La Virgen del Socorro aparecida” lo enfrentó, salió en libertad y continuó cumpliendo sus actividades religiosas.
La pelea por la posesión de la imagen. El 5 de mayo de 1910 Simeón Mireles demandó ante las autoridades a Juan Sandalio Mireles (su primo) reclamando la posesión de “La Virgen del Socorro aparecida de La Guamita”, sin embargo luego de un Litis el Tribunal Departamental este le concedió dicha posesión al demandado.
Un año después, en 1911, “La Virgen del Socorro aparecida” vuelve a ser noticia en Tribunales, al producirse un hecho violento el 8 de octubre de ese año, causado por la lucha por la posesión de la misma, en ello se vieron envueltos nuevamente Juan Sandalio Mireles y Simeón Mireles.
El 9 de octubre el Comisario Mayor del caserío “Guamita Abajo”, Sr.  Martín Casadiego, denunció ante la Jefatura Civil de Tinaquillo que Juan Sandalio y Simeón Mireles habían reñido en el camino real que desde el vecindario “La Aguadita” conducía hacia el caserío “Guamita Abajo”, resultando herido Simeón, poniendo entonces a disposición de esa Jefatura a ambos implicados y las armas que portaban en esa riña: “un chopo y sus municiones, un cuchillo cacha blanca, un machete rozador y una peinilla en su funda”. Inmediatamente fueron citados a declarar los testigos Santana Moreno, Rafael Moreno y Miguel Castillo, quienes por vivir cerca del lugar presenciaron el pleito. Al ofrecer su testimonio Santana Moreno afirmó:
“Yo venía en compañía de Juan Sandalio Mireles, con la Virgen del Socorro, de La Aguadita, de casa de Luis Barrios, donde estaban velando la imagen; al llegar al alto de Franco moreno, como a las diez de la mañana, Simeón Mireles que estaba emboscado nos salió de golpe y le dijo a Juan Sandalio: ni Cristo pasó de la cruz ni Ud. pasa de aquí sin entregarme la Virgen, y le disparó un tiro, tan cerca que Juan Sandalio pudo librarse apartando el chopo con la peinilla, entonces Simeón botó a un lado el chopo y se le fue adentro con un machete en la mano: Yo salí corriendo a dejar la Virgen y a darle aviso a la autoridad: Salí en compañía de esta a capturar a Simeón y lo alcanzamos en Guabinita, donde se entregó”.

 Detalle  de la imagen aparecida (archivo de Argenis Agüero)

En la declaración de Juan Sandalio Mireles ante el Tribunal este expuso:
Para mí no hay más motivo que la resolución de este mismo Tribunal anteriormente, en la cual se me nombraba representante celoso de la Virgen del Socorro aparecida, perteneciente a la sucesión Mireles, nietos de Felipa Veloz. Simeón hace tiempo viene bravo conmigo por estar la Virgen en mi poder”.
Pasado el sumario al Juez de Primera Instancia en lo Criminal (San Carlos) este confirmó la detención de los indiciados y ordenó el depósito de la Virgen. Ambos fueron trasladados de Tinaquillo a San Carlos, en calidad de prisioneros, por el Capitán Rosendo Díaz.
El Fiscal consignó cargos contra Simeón Mireles por el delito de homicidio frustrado y el Tribunal de Primera Instancia lo condenó a 8 años y 8 meses de prisión; este apeló a la Corte Superior del Estado quien lo absolvió, sin embargo el Fiscal elevó el caso a la Corte Suprema del Estado Cojedes y esta ratificó la sentencia de 8 años y 8 meses para Simeón. Juan Sandalio no fue acusado. Se desconoce si Simeón Mireles cumplió dicha condena.
La compra-venta de la imagen. En 1931 la controversial imagen de la “Virgen del Socorro aparecida de La Guamita” fue vendida por la sucesión Mireles al señor Santiago Díaz (casado con Hermógenes Mireles, una de las condueñas) por la cuantiosa suma de un mil cuatrocientos veintidós bolívares con veinticinco céntimos (Bs 1.422,25). La compra se efectuó fraccionada en virtud a que se trataba de muchos condueños, los cuales se presentaron en tres grupos para ejecutar la consabida transacción mercantil. Por un lado, el 15 de mayo lo hicieron Juan Aular Mireles, Julia Aular Mireles, Tiburcio Mireles, Sixta Mireles y Ana de Jesús Mireles, quienes en el documento de venta declaran:
“Hemos dado en venta pura, perfecta e irrevocable al Sr Santiago Díaz (…) todos los derechos y acciones en una imagen conocida como la Virgen del Socorro aparecida de La Guamita, con todos sus accesorios y un local o capilla destinado para rendirle culto, edificado en el lugar denominado Guamita Abajo, en terrenos pertenecientes al Sr Julio Villegas. La venta la hemos celebrado por la cantidad de cuatrocientos (400) bolívares. Los derechos que vendemos nos pertenecen del modo siguiente: a Juan Aular Mireles y Julia Aular Mireles por herencia de su legitima madre Ramona Mireles; y a Sixta Mireles, Tiburcio Mireles y Ana de Jesús Mireles por herencia de su legítimo padre Luis Mireles”-
Luego en otro documento del 20 de mayo, María de Lourdes Aular, José Isaac Aular, Pablo José Aular y Otilio Aular declaran:
“Cedemos en venta pura, perfecta e irrevocable al Sr Santiago Díaz todos los derechos y acciones que nos pertenecen en una imagen denominada la Virgen del Socorro aparecida de La Guamita (…) hemos celebrado esta venta por la cantidad de 222 Bs con 25 céntimos. Los derechos vendidos nos pertenecen de este modo: a María de Lourdes Aular por herencia de su madre Quintina Aular Mireles; de José Isaac Aular por herencia de su madre Matía Aular Mireles; y a Otilio Aular por herencia de su madre Josefa Aular Mireles”.
Por último aparece registrada la venta realizada por José Antonio Hurtado como representante de sus menores hijos José y Blanca, e igualmente lo hacen Manuel Pérez y José Silvano Pérez. Hurtado vendió los derechos de sus hijos quienes los heredaron de su madre Bárbara Mireles de Hurtado (su esposa ya fallecida), mientras que los Pérez lo hacen por herencia de Aureliana Sandoval de Pérez, esposa de Manuel y madre de Silvano. La venta la realizaron por la suma de ochocientos (800) bolívares, lo que sumado al resto de las otras ventas da un total de 1.422,25 bolívares.
Años después la Virgen quedó en posesión de la señora María Díaz Mireles de Mercado, hija de Santiago Díaz y Hermógenes Mireles; María era la esposa del Sr Tomás Mercado (ex gobernador de Cojedes); finalmente los esposos Mercado Díaz la entregaron a la parroquia Nuestra Señora del Socorro el 9 de febrero de 1957, lo cual se hizo con toda solemnidad, tal como lo reseña el libro de gobierno N° 4 de la parroquia Nuestra Señora del Socorro:
“El día nueve de febrero de 1957 fue trasladada al templo parroquial la sagrada reliquia de Nuestra Señora del Socorro Aparecida. Dicha diminuta imagen representa Nuestra Señora del Socorro de Valencia. Fue autorizado su culto por Monseñor  Salvador Montes de Oca, pero desde muchos años atrás había estado en posesión de la familia Mercado de esta población. A las 10:30 am trasladose pues el párroco a dicha casa acompañado por gran cantidad de pueblo y por los alumnos del grupo escolar José Antonio Anzoátegui. Hicieron finalmente acto de presencia los alumnos del colegio Agustiniano Monseñor López Aveledo y las muy Rvdas. H H Agustinas. Llegados todos a la iglesia fue incensada la sagrada imagen mientras se cantaba una Salve, permaneciendo luego expuesta a la veneración de los fieles”.
Una semana después, el 18 de febrero, le fue mandado a hacer un relicario a dicha imagen, a un costo de Bs 250, que es el mismo en el que se encuentra actualmente.
La imagen permaneció expuesta al público durante mucho tiempo, sin embargo el 18 de julio de 1981 la reliquia fue robada del templo, pero afortunadamente una semana más tarde esta fue entregada al sacerdote de la parroquia Tocuyito, Pbro. Iván Mestre, quien la hizo llegar a Tinaquillo a través de la joven Tita Parra, integrante del grupo juvenil de Tinaquillo; desde entonces la imagen permanece en resguardo y es exhibida en actos litúrgicos tales como la celebración de su festividad. 
Nota: En el pleito de 1911 Juan Sandalio Mireles alega, como razón de peso, el hecho de ser nieto de Felipa Veloz, lo cual motiva el surgir de una interrogante: ¿Sería esta señora Veloz la persona que encontró la imagen de la Virgen en el denominado pozo de las garrapatas?

Argenis Agüero, nació en Tinaquillo, Cojedes, en 1954. Antropólogo y Magister en Historia de la Universidad  Central de Venezuela. Tiene numerosos artículos publicados de Historia Regional en distintas publicaciones especializadas. Su primer libro "Rasgos Biográficos del Coronel Fernando Figueredo", data de 1992.

Sobre este tema puede consultar en: “Estado actual y diferencias de la tradición oral-religiosa de velorios de santos aparecidos en los municipios San Carlos y Girardot del estado Cojedes” (Julio César Arenas Bravo /tutor: Isaías Medina López) http://letrasllaneras.blogspot.com/2012/07/estado-actual-y-diferencias-de-la.html

lunes, 12 de diciembre de 2016

La Navidad de Pirulito y otros relatos de Amarily López


Destapando los regalos del Niño Jesús. Imagen en el archivo de Fernando Parra


Relatos vivenciales de Amarily López


LA NAVIDAD DE PIRULITO


Luego de comerse el último pedacito de pan, Pirulito se puso a pensar «¿qué comeré mañana, que es 24 de diciembre y que es día de Navidad?». Ese pensamiento lo desilusionó tanto que se fue a dormir para soñar con su mamá, era el único alimento espiritual que tenía.

Nuestro amiguito no sabe qué comerá al despertar, pues es un niño solitario y pobre, que vive en una casa vieja y abandonada de cualquier barrio de la ciudad, como los que hay tantos.

Sus padres eran muy pobres y murieron hace un tiempo, él quedo a merced de los vecinos del barrio, no tiene familia ni alimentos que comer. Algunos vecinos se apiadaron de él y un día lo llevaron al orfanato, pero no se adaptó a ese lugar frio y sin vida. Prefería estar cómodo en su humilde casita que les dejaron sus padres.

Es un niño de buenos sentimientos por eso se ganó la confianza de sus vecinos que le pagan por hacer mandados, con ese dinero compra pan y leche para la cena y el desayuno, pues almuerza en el comedor municipal del barrio.

Este niño sueña con su mamá, que llega una mañana y se lo lleva a una casa grande, que no le falta nada y que es muy feliz.

Llego el día 24 de diciembre y los niños del barrio mostraban su vestimenta nueva, entre risas y cantos, pero Pirulito no tenía ropa nueva, sino leche y un pedazo de pan.

Por eso se durmió y soñó de nuevo con su mamá, la casa grande, y la felicidad que le producía ese paisaje.

Sucedió que el 25 de diciembre se despertó rodeado de los niños del barrio que jugaban y retozaban con sus juguetes nuevos, y a su lado estaba una señora con una cálida sonrisa que le ofrecía su mano, para pararlo y darle ropa nueva. Ella era una señora muy rica que no podía tener hijos. Le ofreció a Pirulito una nueva vida y se lo llevó de ese lugar.

Hoy día Pirulito, que su nombre es Jacinto, es un hombre muy noble por las enseñanzas de esa señora que hoy, él llama madre.

Pirulito nos enseña que nunca hay que abandonar nuestros sueños, cerrar los ojos e imaginarse que todo puede ser realidad.

Su madre lo acompaña y lo guía por donde quiera que vaya.

 

LA VAQUITA

Cuando mis hijas estaban pequeñas su papá les contaba esta historia y ellas se dormían, no por lo aburrido sino por la imaginación que producía el cuento:

Érase una vez, una vaquita de color blanco y con manchas marrones, que vivía en una finca con muchas vaquitas iguales a ella. Hubo una temporada que no había que comer y el pasto estaba seco, el dueño de la finca no encontraba que darle para alimentarlas. Sucedió que un día el dueño tomó la decisión de llevarlas para el matadero para sacrificarlas, y una de las vaquitas se opuso, llorando y llorando; resulta que a la primera vaca que se llevaban para el matadero era ella precisamente.

 Una noche ya montada en la camioneta del dueño como quien dice ¡lista para la parrilla!, entre quejidos y sollozos, y con la tristeza del propietario, este no logró amarrarla bien en la parte de atrás de la camioneta, sin embargo, se la llevó así para el matadero.           

 Durante el viaje para el matadero se cruzó en la vía un conejo, el dueño frenó la camioneta y fue tanto el frenazo que la vaquita salió volando de la parte de atrás de la camioneta y cayó en un matorral. La pobre estaba tan flaca y débil que no lograba pararse, así que ella cerró sus ojos y quedó tendida en el monte. El dueño al verla así, supuso que había muerto y la dejó tirada ahí.

 La pobre vaquita se quedó dormida, pues no tenía fuerzas para pararse. Al día siguiente, por ese camino pasó una niña, y al ver a una vaquita tirada en el monte, tan flaca, la jaló por un cordón que tenía la vaquita atada al cuello y logró pararla. Se la llevó a su casa, un hogar muy humilde, pero cálido. Y con lo poco que tenía le dio de comer y beber a la vaquita, la niña se quedó con la ella y la cuidó. Pasó un buen tiempo y la niña por las tardes repetía estos versos:


 “Tan bella mi vaquita que hasta un torito consiguió,

y becerritos hermosos, ella parió.

Ahora la vaquita da leche a la niña que la cuidó,

con tanto esmero y nobleza con que la atendió.

Ahora la vaquita no va para el matadero,

pues es hermosa y grande con su comedero”.


 Mis hijas al escuchar este cuento, o lloraban por la historia de la vaquita, o se dormían y lo hacían soñando con una vaquita querida.

 

 

¡QUÉ BELLA ES LA NAVIDAD!

Cuando me remonto a mis años de infancia recuerdo con mucho cariño esos días de Navidad: los estrenos, la comida, los regalos; y eso que en esa época estábamos apretados, en mi casa el que trabajaba era mi papá, y no sé cómo le hacía para que nosotros no notáramos lo precario que era esa época.

En mi casa no había arbolito de Navidad, lo que existía era un pesebre que yo misma hice motivada por las competencias de pesebres en la escuela. Empecé colocando a San José, a la virgen María y a los tres Reyes Magos con figuras de piedras.

El 25 de diciembre este pesebre amanecía rodeado de regalitos, que en complicidad con mi papá le decíamos a mis hermanitos que el niño Jesús los coloco ahí, y que si se habían portado bien todo el año, les llegaba lo que tanto habían anhelado, así que contentos abrían sus regalos, por supuesto, lo mío era un “bebé querido” al que yo quería tanto.

Hoy día, eso ha cambiado, he tratado de que mis hijas mantengan esa tradición y en mi lugar de trabajo hasta pesebres de reciclaje he colocado, porque en cada pesebre tenemos la ilusión y la fantasía de volver a ser niños otra vez.

 

LA MAGIA DE MI PAPÁ

Cuando éramos pequeños mi papá nos llevaba a pasar las navidades para la casa de mi abuela, en un pueblito llamado Macapo, ahí compartíamos con los primos, tíos, tías, era un ambiente muy familiar, claro era uno de los momentos que podíamos ver a la familia López Ojeda reunida,  nosotros los niños, que veníamos de la Capital nos gustaba ir al río a bañarnos y compartir con nuestros primos que teníamos tiempo sin saber de ellos.

 Luego de esas fiestas navideñas y de fin de año, tocaba el momento de partir. Mi papá comenzaba a prepararse temprano para no salir tan tarde. Era un momento muy triste pues, no queríamos marcharnos. Como primos nos prometíamos que nos volveríamos a ver, para las vacaciones de Carnavales o Semana Santa.

Lo mágico comenzaba cuando mi papá, luego de llegar al sitio donde debíamos tomar el autobús, nos sentaba en un muro de los que bordean la carretera a esperar el autobús que bien venía de San Carlos ó Acarigua, para ir a Valencia, nos decía que él, hacia magia, eso nos llenaba de curiosidad, los ojos se nos abrían, y esa tristeza con que llegamos a ese sitio se nos iba, pues al decir eso, pasaba su mano por un montón de plantas que tenía unas hojitas finitas y estas se dormían, eso nos hacía ver a mi papá como algo grandioso y poderoso por lo que había hecho, con esa magia nos íbamos rumbo a la Caracas, pensando que mi papá era todo un mago por lo que había hecho y nosotros hasta nos quedábamos dormidos, soñando con esa magia.   

Con el tiempo supe que ese monte se llama la Dormidera (ringui-ringui, como le dicen en el llano) sus hojas son sensibles al tacto que si las tocas, estas se cierran, no era tal magia, pero mi papá nos lo hacía ver así, tal vez servía hasta para él mismo, quitarse la melancolía que producía venirse de Macapo, su pueblo natal. Así era mi papá.

 

LAS LENTEJAS DE FIN DE AÑO

En unos años atrás en casa de mi hermano con su familia, celebramos juntos con mi papá, mi mamá, mis hijas, y unos invitados especiales como son mi tío Luis y mi tía Carlota para despedir el año viejo, entre las tradiciones que acostumbramos hacer están las lentejas cocinadas, para atraer la abundancia del año entrante, este suculento plato se coloca en la mesa destinada para la cena de fin de año, acompañada con una cucharilla para poder comerla justo a las 12 de la noche del 31 de diciembre, cuando suenan las campanadas se debe pasar una cucharada a cada miembro de la familia y desear mucha abundancia en la casa, pero con todo el zaperoco de la preparación, colocamos una sola cucharilla, cuando el reloj da las 12 de la noche, agarré el plato de lentejas y con la cucharilla comencé a repartirlas: -¡coma!- le iba diciendo a cada miembro de la familia, y entre bocado y bocado, cada quien iba diciendo -¡salud!-, -¡Abundancia!-, -¡felicidad!-, entre otros, cuando de repente le acerco la cucharilla desbordada de lentejas a la boca de mi tía Carlota y voy diciendo: -¡coma, coma! Y ella toda emperifollada y huyendo al mismo tiempo, como asustada - ¿uy, que te pasa, que es eso?-, y yo muerta de risa por su impresión, la corretié por toda la sala, con la cuchara llena de lentejas, diciéndole -¡coma, coma, tía, es lenteja!, y la familia nos veía muertos de risas, con el alboroto, pues claro, mi tía vio que todos comíamos de la misma cucharilla, y salió corriendo de la casa, toda consternada, diciendo: -¡estos, lo que están es locos!.jajajaja….

 

LA LLEGADA DEL NIÑO JESÚS

Cuando pequeña al llegar el mes de diciembre mi casa se vestía de colores, se pintaba la casa y todo lucia ordenado, se escuchaban gaitas y parrandas, humildemente se compraban los estrenos (la pinta del 24 y la del 31).

Mi madre hacía las hallacas y religiosamente se preparaba la cena de Navidad, una tradición que tratamos de mantener; en mi casa no había arbolito de Navidad, pero en el ambiente existía una magia, que era la llegada del niño Jesús, por lo que se esperaba con ansias el día 25 de diciembre para revisar debajo de la cama y encontrar:

Un bebé querido, un viewmaster, una linda muñeca de trapo, o una maquinita de coser, eran los regalos del Niño Jesús, todo era alegría, porque alguien espiritual sabia como nos habíamos portado durante todo el año y así recibir esos regalos.

Ver a mis hermanos con patinetas, carritos o la pista de carros era todo un atractivo y mucho más era ver a mi padre sudando y tratando de armar la pista de carros de ellos.


Recuerdo que le pregunté a mi padre, quién era el Niño Jesús, ese niño que hacía que todo fuera alegre y él me señalo un pesebre, desde ese momento comencé a realizarlos para plasmar ese ser espiritual que llegaba todos los diciembre a mi casa, empecé con algo pequeñito; unas piedras, que representaban a la Virgen María, San José y al Niño Jesús, de eso hace mucho tiempo y hoy en día los hago hasta de reciclaje y en cada pesebre que hago está la magia de querer ser niña otra vez.

martes, 22 de noviembre de 2016

Narraciones Líricas de Eduardo Mariño (2): Elena, Lidia, Michelle, Milagros, Silvia, Sofía, Julia, Elvira, Amanda, Emilia y Susette


Imagen en el archivo de Dira Martínez Mendoza


ELENA (Tres escenas para comic japonés)
I
No te detengas. Imagina en el instante la espera, la llegada. La impaciencia de sus labios en ti.
Y luego adivina sus pasos: Tres en la escalera, dos al abrir la puerta. Sabes que no olvida la elegancia de sus años de ballet y al fin y al cabo que se ha decidido por el vestido verde, aquel que te deja entrever sus piernas lánguidas, delicadas.
Y saberla culpable de nada porque nada hay detrás, sólo el tiempo que se demora el sueño en alcanzarte, atmósfera y línea pura.

II
Furiosos los cuerpos se sudan recíprocamente en delicada proporción.
El empuje de uno es la búsqueda del otro, la nada interior de uno es la necesidad, la corporeidad del otro.
Sal sobre sal, escurren y transpiran. Se miden en dactilares espaciosos besos, en lacrimales fingidos aullidos, en lamidas manos, dedicadas ajenas espumas.
Es el misterio del amor: Perfectamente desconocido, perfectamente reducible a escenas y sobresaltos.

III
Amanecer juntos o no deja de ser dilema para hacerse una de las líneas en el tramado, la tinta, ya saben.
Páginas más, páginas menos, no hay un instante en que el amor no se nos haga tenue y lejano. Ninguno en que la línea de acontecimientos deje de parecer una madeja de desencuentros y acertijos.
Un beso al azar puede ser el postrero. Cada amorosa lágrima puede bien caer en su pecho, bien en su tumba.
Porque ¿Quién le ha dibujado en sus palabras hasta el hastío? ¿Quién si no la muerte, sedienta de piel hasta sus manos?

LIDIA
Tiene la firme convicción de que antes de hoy le ha visto y sin embargo percibe que igual se hubiese escondido. ¿Adónde y bajo que ahínco? —apunta mentalmente una frase tras otra, aunque sabe que las olvidará antes de llegar a la almohada que al fondo de su día es en realidad, el fin de sus apuntes. Se detiene a contar con los dedos los nombres y los besos, las palabras y los amaneceres, las ocasiones y los olvidos. Para todo le alcanzan sus dos manos y a ratos le sobran dedos, como miserias. Una larga letanía le apesadumbra el saldo restante e inmisericorde. Por el día menos pensado, anótame la angustia. Por las tardes remotas. Por las doncelleces perdidas que te frustró algún retraso. Por la mirada azul de los gatos. Por el espejo y la máscara del cuento de Borges.
Por el amor —jura Lidia— que siempre se escapa.

MICHELLE
Contar los clientes que faltan para un sueño. Mezclar y rebajar el ron y aún así, conservar suficiente amargura para sostenerse toda la noche. Adivinar entre los que llegan al que preferirá sus rizos pelirrojos y sus pecas —mortecinas bajo la luz tenue y el humo, deliciosas y sensuales una vez en la habitación. Hablar sin escucharse, bailar sin sentirse, reír sin adentrarse. Son las tareas sencillas que la rutina va creando y que el oficio impone desde tiempos inmemoriales.
Michelle vive la noche como una tamborileante película muda. Cualquiera percibe a la primera mirada que en sus dedos cortos se adivina un nombre que ya el resto de su piel ha olvidado, aún así, no deja de inquietar el parpadeo del cigarrillo insistente, cuya luz agota la concentración de la mirada.

MILAGROS
I
Viaja de un lado a otro detrás de la ventanilla del banco y la ridícula abertura circular que casi ahoga porque el aliento —la respiración— ni entra ni te palpa ni te siente.
Sólo la ves y sabes que viaja pero siempre inútilmente, atada a mil destinos a los que acaso no llegue con sus lunes fatigados, sus dedos manchados, billetes y números sin más forma que tal vez una, dos casas, la cirugía, tres negocios de su vida. El amor.
Y como un acertijo, la palabra que no adivinarás, el nombre que otro te dice, los sueños en los que se mezcla e irrumpe.
Milagros, tanta culpa.
Escríbela: Es lo único que podrías hacer sin pesadumbre o perjuicio para terceros.

II
Nadie sino tú haría una historia de amor a partir de tanta futilidad. Por Dios, sólo imagina todos los rostros, todas las manos que la buscan y no la saben. Afilado el corazón detrás de su doble cristal, no verá nunca la estrella, la paz en la tierra, mucho menos los hombres de buena voluntad.

III
Un día al salir la verás pasar, escribirás estas líneas que nunca leerá. La verás irse, tal vez tomarlo del brazo.
Imaginarás la culpa de tanta bofetada pero también la inocencia del dolor que no merece a tus ojos y que sin embargo justifica tanta deliciosa palidez
Al final, te consolarás diciendo que es así:
A cada sueño, le llega su pena.

SILVIA
Se esmeraba en el delicado círculo de rocío que había dejado su vaso en el mantel. Cuando levantó el rostro pude ver en su mirada la tristeza más profunda del mundo. Como si en su mirada se hubiesen concentrado todas las heridas, todas las soledades, todos los adioses, todos los silencios, todos los intentos fallidos y los fracasos reintentados, todos los escondites descubiertos, todos los años idos, los recuerdos borrados, los agradecimientos perdidos, los saludos equivocados, las sentencias sin resultado, las preguntas sin respuesta, todos los ojos tristes de todos los rostros tristes de todas las mujeres tristes en todas las noches tristes que puedan contarse en la más triste historia de amor.
Pero eso ya me lo esperaba. Porque desde siempre, Silvia había tenido en su mirada la tristeza más profunda del mundo.

SOFÍA
La carretera implacable fatiga su mirada desde de la ventanilla del autobús, a la manera de una película mexicana de allá de los 40’ o de esas vagas conversaciones de ancianos que se dilatan más que nada en comprobar que los recuerdos —vagos o esmerados, aún siguen en su sitio. A su lado, la niña dormida recupera en su cara tranquila los taciturnos rasgos de su padre, de quien apenas sabe que desgasta sus días y sus noches en un vano esfuerzo por pertenecer, una costumbre que no ha perdido y que es, a estas alturas, una actitud más bien patética y cansina.
Se ajusta ligeramente los lentes sobre la nariz que se humedece en la palabra pertenencia, y vuelve los ojos tristes cafés a la línea blanca que medra como un río al borde de la carretera. Intenta volver al sueño y no puede evitar pensar que viajar es a su vez, un patético y cansino esfuerzo de no pertenecer.

JULIA
Julia abre la puerta delantera del taxi y se asoma cauta al asiento de atrás, adelanta una pierna y se deja caer suavemente en el asiento sin mirar al conductor, que impasible, espera le indiquen el destino o la ruta. Frunce un poco los labios y entre los dientes, casi sin ganas, deja salir una dirección algo ubicua que sin embargo, le basta al rollizo y sudado chofer para arrancar sin demora. «Carmen no debería vivir tan lejos, cada vez me dan menos ganas de visitarla» piensa y se acomoda en la ergonómica butaca, como si en verdad el viaje se fuese a extender más allá de los habituales quince o veinte minutos que separan su calle de la pared adornada de hiedra y las oxidadas y caídas rejas en casa de la maestra jubilada, otrora compañera trabajo y ahora, habitual acompañante a la misa de los lunes en la pequeña capilla de José Gregorio Hernández, Siervo de Dios.
—Qué calor está haciendo hoy ¿verdad, señora?
Julia ni voltea al intento del chofer por mostrarse amable. Piensa que cada lunes, con cada chofer es lo mismo y que una vez le de cuerda, no parará su cháchara, innecesaria y baladí. Decide asentir con un gesto sin apartar la mirada de la calle, a ver si lo desanima.
—A lo mejor llueve esta noche, fíjese, ahora está claro, pero ese calor es de agua; intentó de nuevo el conductor.
—Aja, asintió casi imperturbable la anciana.
Viendo que no conseguirá mayor conversación, el chofer disimula con el radio y aparenta intercambiar frases ininteligibles con algún otro taxista. Julia en silencio sonríe por la salida del gordo y escarba en su monedero buscando los tres billetes enrolladitos de la tarifa.
—Tome señor, aquí es, gracias.
—A su orden señora, a su orden.
Dios lo acompañe dice Julia y cierra no sin alguna violencia la puerta. Escucha un vago amén antes de alejarse hacia la casa de Carmen y piensa por un momento que ha sido más bien insolente con el chofer. La próxima vez le sigo la corriente —se dice sonriendo, y empuja la pesada reja al tiempo que llama en voz alta.

ELVIRA
No me importa que Evaristo haya asegurado con febril vehemencia que Elvira «sonríe y en los espejeantes ojos no hay rastro de pena». Yo que conozco sus amaneceres puedo afirmar, por más alegría que nos haya deparado alguna noche de abril, su mirada llevaba la cuenta de todas las otras noches.

AMANDA
I
No has llegado amor —murmura apenas abriendo los ojos, para comprobar al fin que más que un sueño, es la cuarta o quinta mañana que Mauricio no despierta a su lado en lo que va de mes. Se sienta torvamente a meditar el siguiente minuto en blanco a la orilla de la cama. Las manos crispan los indistintos cuadros de la ajedrezada sábana y de un empujón se lanza al día, amargo y manchado de rabia desde el principio.

II
Mientras el agua para él sin azúcar hierve en la ollita piensa en lo bien que se le vería corriendo rostro abajo a Mauricio, liberándola así de la odiosa faz que llegará al mediodía, olorosa a mujer y a falsedad. Pensamientos libertarios del mismo tenor la embargan sucesivamente al tomar un cuchillo para cortar el pan, al sacudir una bolsa para la basura, estirar la cadena del perro al soltarlo a que haga lo suyo en el pequeño patio.
Hay días que se levanta de un optimismo que ni ella misma se reconoce.

EMILIA
Sabía contar las historias —oscuras como ríos en furia de barro, de leprosos en las ventanas y mujeres robadas con canciones. También rezaba Rosarios y creía ciegamente en las inútiles mitologías del amor.
Me enseñó las palabras duras del olvido y la alegre persistencia del recuerdo.
Me dijo una vez que las películas rancheras son buenas porque sólo hay héroes y villanos, damiselas y meretrices.
Pensaba que el mundo no era distinto porque era una muchacha de mil nueve veintitrés —apenas del 20 de noviembre. No supo nunca que el blanco y negro que le pintaban la voz y la moral a Jorge Negrete, no eran menos artificiales y ficticios que sus cuentos de aparecidos o el minucioso Dios de sus Rosarios.

SUSETTE
I
Dejar hacerse los días, dejar que vengan a ti. Permitir a la tarde otro brillo en tus ojos, abrir la brecha y luego la carne, abrir el pálpito, también la sangre.
Cada historia que intentes contar será entonces una búsqueda de olvido.
Amonedar en tres o cuatro frases una bendición o una desdicha, creer a ciegas que esas palabras han medido tu más anhelado sueño.
Luego sentarse a escribir: Intentar y multiplicar el hastío, falsificar la risa, las palabras ajenas que nunca tendrás, como el beso y la banalidad del tercer lunes de cada mes.
Dejas hacerse los días y vas haciendo un año, tal vez dos
¿Qué haces con ellos?
La semana pasada un libro, el año que viene un par de palabras.
¿Recuerdas aquel par de palabras?

II
Sacas el puñado de monedas y escarbas en busca del manojo de figuras que te permitirán la voz distante.
Detrás la mano contando el tiempo, apretando el destino de la propia mano.
Detrás el ojo arrugado adivinando a lo lejos aquellos besos que van frunciendo el labial que se difumina como las palabras íntimas, las miradas que se inventaron secretas
¿Qué es de ti?
— Nada excepto tiempo perdido.
— Nada después de las manos perdidas.
Preguntarás lo habitual y encontrarás lo que esperas. Intentarás el recuerdo y suspirarás el olvido.

III
Buscas lo que te une a péndulo de su tiempo, tal vez la canción que no has cantadlo.
Sueñera de aire mirarás con espejo la arruga, la pálida caricia ausente.es así, la necesidad del ven acá, el imbécil me voy que siempre busca un retorno a lo perdido.
Como en todos los adioses.

Textos transcritos de: Aprendizaje del Paraíso Inferior (Narrativa 1994-2008) de Eduardo Mariño, publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana en Caracas (2011)

Narraciones Líricas de Eduardo Mariño (3): Anaís, Elisa, Nancy, Sara, Deibi, Ophelia y Andrea

   
Imagen en el archivo de Ydalis Díaz 

ANAÍS
I
Nada puede ya causarte dolor. Tu cuerpo ha ido olvidando ese lujo. Incluso el pagado y no prometido placer es atisbo de pena, risa mendigada, medida de extrañeza.
Eres a escondidas inocente milagro que un día amanece de violeta, otro en espirales dorados.
Tan igual el encierro o la fruición de un abrazo.
Nada te es perplejidad pues la indiferencia sobresale y asombra cada gesto de tus dedos cortos, el sin fin de pecas, los ojos grises como la ojera, los tres anillos de indistinto material, el olor inconfundible de la tristeza.

II
Él tiene la mirada y el intento.
Fíjate bien: A la certeza del tercer trago dirá «ciertas» palabras y entonces permitirás «ciertas» caricias.
Nada de ello será desconocido ni mucho menos privado, secreto o motivo de angustia.
No es que la suerte sonría o que los dioses sean propicios.
Es cosa de olor o de billetes. Ya lo sabes: La procacidad del mundo, el necesario color local.
Adivina ahora el tiempo que enloquecerá tus olvidos:
Júralo en tu piel por las vírgenes de aquella iglesia donde fuiste todos y cada uno de los setecientos cuarenta y pico de domingos antes del domingo preciso en que tú misma, ya no eras una de ellas. Júralo por el ardor de su ausencia, no por el de la entrepierna la mañana después.
Míralo ir, míralo venir. Después fíjate en mí: Pobre entendido de verdades profanas y mentiras benditas.

III
Disfrutas el oficio: Es una ida y vuelta, un despecho que empieza al besar el primer labio y que se agota en el orto de un cuarto frío cuando lastimas la despedida con el inigualable volverás.
Inocente abril que vives del sueño ajeno, inocente voz que conoces mi pálpito íntimo. Espiral de sueño te iluminarás cada noche hasta agotar la cuota, hasta pagar el amanecer que no termina.
El de la vida.

ELISA
Desde mi sórdido destino puedo verte atisbar dentro de mí como en una mágica revelación de vastas nubes arreboladas al cuerpo.
Sé que eres parte de aquella misteriosa intuición de la ajenitud de la vida desde el inicio de un tiempo en el que mis pasos van atados a la medida de los tuyos.
¿Dónde estriba la pertenencia de todo este amasijo de ideas y ensoñaciones, si no es en mi propia perplejidad de apuntadora de pendejadas?
Este es el diario[1] de ese destino, si es que acaso soy su imagen y semejanza.
Pero también es la espalda de ayer, la contradicción de no ser ni tu ni yo sino un nosotros inventado de domingo a domingo, el esbozo de una historia cuyo argumento, falaz y tembloroso, forma parte de esa otredad constante, perturbadora, ineludible, que esta mañana, como las otras, no es más que el mal sabor de boca, la resaca después de tus besos.

NANCY
I
Todos tenemos una pesadilla pendiente que nos espera tumultuosa al fondo de la calle o al abrir la puerta —ya familiar— de la casa donde amas.
Tal vez sueñes sus detalles en un patio arcano que cuenta los años de un perro viejo, o en la espina que te saluda desde un limón nudoso como el corazón.

II
No es que debas vivir al borde del miedo cada vez que una mujer te olvida. Siempre habrá otra cuyo rostro apenas intuyes, y entonces justo despiertas a esa mirada que ya no es tuya y al dolor amargo la tarde después, en cualquier calle, en cualquier patio con limones.

SARA
Encontrarse con cualquiera que le hubiese conocido otra mirada y tener que rendir cuenta de las cosas perdidas, de las verdades cambiadas, maquillar un poco la mentira del día, o de la semana y seguir caminando aún con las preguntas en la frente.
—¿Sigues con Julio?
—No, ya no.
—¿Y donde andas ahora?
—Por ahí...
Y los pasos acortándose según el día se alarga, hasta hacerse leves, como en la memoria los besos.

DEIBI
I
Un aire frío tornasol amanecido acaricia la levedad del polvo bajo su puerta y ella se entretiene minuciosa en un mazo de cartas y una volátil espiral de recuerdos. Descalza, juega a hacerse nudos de tiempo, a hilar y destejer lo que ya no es.
La fragilidad de ese equilibrio se posa en el día que ya pesa apenas llegar.
Mira sus propias manos: Sus movimientos precisos, sus uñas sin pintar y el tiempo que flota en y desde ellas como proteica evanescencia hecha de días y abrazos distantes.
No sabría explicar desde cuando siente lo mismo ¿Un año, dos? ¿Toda una vida por más que el amanecer indistinto de un jueves?
Sólo tiene por certero augurio la magia de sus pies descalzos jugueteando al borde mismo de la luz tachonada de pasos y un juego de cartas que va desgajándose silencioso y lento y sensual.

II
Pero en su juego hechicero la esperanza nunca imagina que el minuto terminará antes del beso.
O que el tiempo nos despertará sin agua en el río, sin sombra al sol.
Y es que el amor no es oficio de sospechas ni de intuiciones.
Singladura de ave, intentas tocarla en la memoria y en los dedos tan sólo, el polvo de estrellas que flota hasta su puerta.
Tras los párpados crece abrupta esa ceniza y el adusto corazón aprende el olvido.

III
Quizás una mañana olorosa a horizontes descubras el arrebol pintado en la palma de su mano o el signo secreto que dibujaron tus ansias en su espalda, pero nadie ha de creer que alguna vez caminaste en su nombre y de las líneas de su frente
—Todos los árboles
—Todas las espadas
—Todas las copas
—Todas las monedas
de todas las cartas.

IV
Descubres al fin, que soñarla al azar de la baraja busca interpretarla como parte de un misterio cuyo fondo se alcanza mediante la continua evasión de ti mismo, bien por sí o por intervención de formas o percepciones, caricias, intenciones ajenas.
Buscas respuesta en los fragmentos de ella dispersos en otras gentes, en otras manos, labios distantes.
Buscas la figura, el talismán preciso.
Imaginas los detalles, sensaciones, improntas que habitan esas sombras que no van más allá de un rasgo, un gesto en la palidez perdida, que se saborea y se delata atroz como la ausencia.

OPHELIA
I
Esa noche podrían haberse jurado hasta la eternidad, como aquel 22 de enero.
Después de todo, la eternidad es un oficio que sólo se agradece escasos segundos antes de la palabra que en verdad te dolerá o te hará glorioso como una caricia al atardecer.
Le miras la camisita a rayas, el temblor en la mano y asumes que todo sobreviene como hecho o dibujado como en un guión o una secuencia repetida en la memoria, una más de las pesarosas naderías que no impiden el beso que los despide.

II
Ella vive una ilusión cuyo único y delicado sostén es la precariedad de dos o tres palabras cual tácita esperanza, la severidad de una búsqueda lapidaria y solitaria en su propia soledad. Luego François Villon, en una mala versión al viejo inglés de Milton, cuyo patetismo y sequedad se parecen tanto a su propia vida:
        (en voz muy queda)
        Farewell! from you my miseries
        Are more than now may be confessed,
        And most by thee have I been blessed

Y tras dar la vuelta al poema, el adiós breve y comedido no halla culpa ni extrañeza: Sólo el misericordioso sistema del despecho, vale decir, del desamor.

III
Sigue así: Se mira las manos entrando al minúsculo recinto y apenas levanta la tapa del inodoro, le asusta comprobar que por tercera vez en la semana el agua refleja un rostro que quizás no haría enternecer la sonrisa de sus padres.
Quita la tapa del jugo (duraznos, para variar) y vacía en ella el oscuro letal polvo que supone le salvará (creyente al fin) de cualquier herida de este lado del mundo.
Más atrás, un par de pastillas le previenen aquello que algún remordimiento le anuncia.

IV
¿Qué puedes olvidar entonces de sus olores, de los susurros de entrepierna, de la falda nunca vista que quizás al suspiro de la penosa imaginación se agitaba macilenta? ¿Cómo podría olvidar una mano haber bebido un instante de su mano, haber besado segundos en los dedos que fluyen lejos y se van sin conocer el amor, sin esperarlo?

V
Demasiado para una mañana de abril, mucho más para el espíritu y sin embargo ahí estaba: Perfecta de azul y azul casi en la mirada perdida y nada hubiera sido turbador, nada fuera de sitio o deslucido por los días y las malas palabras que siempre agobian las despedidas.
Pero su cadáver lánguido y hermoso parecía flotar como un lirio en el diminuto charco del baño escasas horas después que un antiguo poema le regalase un extraño sentido a todo. Y nada es lo mismo, cuando tanta mirada la ha visto indolente y tú te dispones a hacer apuntes en torno al brillo del agua en los bordes de su aún erizada y turgente piel de semivirgen ahogada.

ANDREA 
Cruza las líneas, abre la pierna al paso que no se dice.
— Usted me dirá, amigo mío, si la parte del Diablo ha sido echada.
Como Andrea, todos esperamos un intenso perfume, ninguno, la aspereza de esta ciudad. Pero al final del día, la tenue brisa del amor nos alcanza y nos arrulla inermes texto tras texto, palabra tras palabra.



[1] Diario de Elisa Martínez, Lunes, 15 de abril de 2006.

Textos transcritos de: Aprendizaje del Paraíso Inferior (2011) de Eduardo Mariño. Editado en Caracas por Monte Ávila Editores Latinoamericana