martes, 2 de febrero de 2010

El Brujo de Platanal (cuento llanero de fantasmas)

Las muchachas del pueblo no se atrevía a salir solas por el miedo que les infundía.
Imagen en el archivo de César Garay





El tema de los falsos brujos sacude desde siempre el corazón de los llaneros casi en idéntica proporción al tema de los reales poderes de la hechicería. En las comunidades tradicionales y hasta en los centros urbanos modernos, los hechiceros mantienen su vigencia de siglos atrás. Este texto se involucra en ese submundo tan apasionante, enlazado con el destino fatal de otro de los pueblos fantasmas del Llano.

EL BRUJO DE PLATANAL 

Eran pocos los habitantes del olvidado caserío llamado Platanal, y menos aún eran sus riquezas. Dedicados al campo, su gran placer consistía en escuchar cuentos y coplas del anciano del lugar. En una noche de luna llena, mientras la brisa arropaba los árboles y las sombras se hacían más largas, apareció, ante ellos, un hombre de pequeña estatura, ojos profundos y piel canela, para colmo vestido de negro, tras él una mula portando pesados sacos de fardo, llamando la atención de aquellos campesinos que lo miraban recelosos, ya que nunca antes lo habían visto por aquellos lugares.
Él visitante se les acercó y con voz ensayada de sacerdote les dijo:
–Benditos sean todos los presentes, largos sean sus días y venturosos sus caminos.
Sorprendidos por su labia, uno de los parceleros del señor Luis, le pregunta:
– ¿Qué le trae, por aquí? Se ve que viene de lejos.
–Me llamo Juan Camacho, y soy un faculto curandero. Mi maestro es un famoso mago allá en el lejano Egipto. En las otras tierras del Llano me conocen como Juan Mayordomo, porque a las enfermedades mayores yo las someto con mis recetas facultas, pero pasé de retirada, con rumbo hacía Guárico.
Pedro, el jefe de los parceleros de allí, vio en ese recién llegado una oportunidad de hacer dinero. Con voz de hombre admirado le dice:
–Quédese por acá. Yo le ofrezco unas de mis gallinas.
Luego, Luis, hermano de Pedro, presintiendo la jugada por venir, le dice:
–Sí quédese. Yo le ofrezco una vaca, para sobreviva mientras se acomoda; que con la pura leche saca el queso y la cuajada. Después nos pagará.
Y de esta manera el faculto curandero pactó su permanencia en ese caserío. Otro, de los inocentes sembradores, sí dijo con honestidad:
–Gracias a Dios, porque en este caserío no hay nadie quien cure las enfermedades de la gente.
Enseguida, el señor Luis mandó a que le alojaran en una de sus casas que estaba vacía y el señor Pedro le encargó a una señora su alimentación. Al día siguiente se corre la voz de que ha llegado quien cure las enfermedades. Pero, allí pocos imaginaban era que ese hombre sólo era faculto para engañar, para ganar dinero con el sudor de los otros. Juan Camacho, aplicó la única fórmula que conocía: pagarle a varios campesinos arruinados, para que dijeran que él les había curado cuanta molestia tenían.
A la semana ya contaba con los pacientes necesarios para montar su propio consultorio dedicado a “San Juan”. La gente venía de otros caseríos e incluso pueblos. Platanal, casi de un día para otro, se convirtió en un sitio próspero como lo previeron el señor Luis y el señor Pedro. Los pobladores sólo se ocupaban de tener provecho de los visitantes. Todo marchaba rápidamente bueno como nunca se había visto en el Llano. Entre aquellos aquejados llegó al consultorio una hermosa mujer morena, una viuda, llamada Petra, aquejada de fuertes dolores. Le acompañaba, Mariela, su única hija, de apenas veinte años.
Con agilidad, Camacho, le da una pócima preparada con ramas de morichal, llantén y brusca, aparte de muchas otras hierbas que desconocía. Manoseando el cuerpo de Petra, empezó a orarle así:
-San Marcos de León, el que amansó a la Draga y al Dragón: Amánsale el dolor a esta mujer, como Jesucristo amansó a Pilatos contra la cruz.
Aunque Juan pretendía a la mujer y quiso curarla, al no saber de remedios la mató. La noticia fue impactante. Juan, entonces, ideó que sus fieles sirvientes corrieran la voz de que aquella muerte fue cosa del destino. Tanto lo repitieron que nadie dudaba de aquella mentira. Al tiempo, llegó la hora de festejar los días lluviosos de “San Juan Bautista”, las fiestas de aquel caserío engrandecido. Todo lo malo se olvidaba con la música del campo, los bailes, las terneras abundantes y las sonrisas.
Sin embargo, no dejaba de llover. Esas copiosas lluvias dejaban muchas enfermedades, por lo que la gente empezó acudir cada vez con más frecuencia al consultorio para suplicarle su ayuda contra una peste que los azotaba. Juan Camacho se queda pensativo y luego les dice:
-No se preocupen. Yo tengo el medicamento indicado para evitar este mal; pasen mañana al amanecer.
Y así sucedió, al día siguiente todos se presentaron donde Juan Camacho y se llevaron las bebidas a sus casas, se las tomaron y rápidamente les causó la muerte. En aquella desolación sólo sobrevivió, la hija de aquella mujer viuda llamada Petra, que murió antes de la supuesta peste. Ella sobrevivió por varios meses entre los matorrales, vigilando todo lo que hacía Juan Camacho, para saber cual fue la causa de la muerte de su madre y para aprender las artes negras de la magia y así vengarse del falso brujo.
Camacho, pensó que había quedado solitario en Platanal, apoderándose de las tierras, las casas y los demás bienes de los muertos. Pero la lluvia no cesaba. A los seis meses, un día miércoles en la mañana cae una fuerte lluvia final, con truenos horribles y una brisa que demolía lo que encontraba a su paso. Esa misma noche, le ocurrió una terrible aparición al “Brujo Juan Camacho” era un hombre sin cabeza, diciéndole:
–Pagarás por todo el mal que le has hecho a esa gente.
Y, de esa manera, el falso “Brujo Juan Camacho” muere de la impresión.
Luego de lo ocurrido, por fin escampó. Mariela, la hija de la asesinada Petra, satisfecha con su venganza, sale del caserío. Llegó a un pueblo llamado San Bernardino, contando aquella trágica historia. Fue lo único que quedó de un caserío llamado “Platanal”, que ahora se pierde en el olvido.

NotaCo-autoras: Evelyn Maholy Ceballos Pérez, reside en Tinaco, donde nace, el 10 de marzo de 1985. Nailet Teresa Franco Silva, reside en El Pao, donde nace el 8 de septiembre de 1988. Ircris Dalila Tovar López, nació en Tinaquillo el 26 de diciembre de 1989 y reside en El Pao. Naileth Norimar Rodríguez Molina, nació en Tinaco, el 11 de diciembre de 1988, reside en Tinaquillo. Carmen Julia Álvarez, nació en Maracay, Aragua, el 24 de julio de 1980, reside en San Carlos.


CON LA MUJER NO PUDO NI EL DIABLO (Cuento llanero de fantasmas)


La mujer llanera, merecidamente, colma hermosas páginas de nuestra literatura 
(imagen en el archivo del Grupo de Música Llanera "Guarura") 



Las historias del encierro del Diablo dentro de una botella, aluden al peligro de liberar al rey de los demonios y también al oscuro don de la palabra de quien allí lo sometió. En la literatura universal existen, con el mismo título-motivo, una pieza de Robert Louis Estevenson (1850-1894), varias versiones populares mexicanas y, en Venezuela, la del cojedeño José Guevara, de Macapo. En este caso, se trata, además, de un cuento dentro de otro cuento, al estilo de los viejos narradores orales del Llano en un efecto de metaficción.


CON LA MUJER NO PUDO NI EL DIABLO


En una noche solitaria, silenciosa y oscura, se encuentra don Pedro en su casita de palma y bahareque. Allí nació y se crió él por los años veinte. Viejo conocedor de la vida campesina y sus misterios. De alma bondadosa, sincero, honesto y serio, por eso era respetado por todo el campesinado. También en el trabajo. Fue un hombre de machete y garabato; resuelto para los hombres y amable para las damas, sobre todo allá, en Manrique, un vecindario de gente humilde, sencilla y alegre, en un rinconcito del estado Cojedes.
Don Pedro meciéndose en su chinchorro siente un escalofriante airecillo que erizó su piel y exclamó a su nieta de 15 años:
– ¡Caramba, Juana María, qué triste está la noche, ya no se escucha el zapateo de las alpargatas de los bailadores de aquellas fiestas que se hacían aquí, en el vecindario! Me viene al recuerdo una historia que sucedió hace unos cuarenta años atrás, en éste mismo caserío…
Es aquí, en Manrique, donde nace y crece Joaquina, mujer joven, piel canela, de ojos negros azabache y larga cabellera que moldeaban la silueta de su cuerpo, eso no impedía que montara a caballo y amansara potros cerreros, ordeñar a las vacas y atender la quesera de los pocos animales que le dejaron sus padres; era de alma noble, dispuesta a colaborar con los problemas del vecindario, sobre todo con los enfermos.
Joaquina tenía una hermana; Agapita, muy diferente a ella, indispuesta, floja, fresca, indiferente, pero le gustaba más una fiesta que una misa cantá. Agapita, lógicamente, tenía una vecina llamada Isidora, que eran tal para cual, y aprovechaban el día para dormir y la noche para sus placeres.
Timoteo, muchacho trabajador, encargado de las propiedades de sus padres en otro vecindario llamado Mango Redondo, eterno enamorado de Joaquina, un día muy temprano llegó a la casa de ella:
–Buenas, ¡Joaquina! ¡Joaquina!
Ella responde desde la quesera:
– ¡Buenas, Timoteo! ¿Qué se le ofrece poray?
–Bueno mija, quería sabé cómo estabas, polque yo tenía unos días que no venía puaquí y estaba inquieto por sabé de usté.
–Yo también tenía diiias que no lo miraba, pensé que se había ido pal pueblo. Le dijo Joaquina.
– ¡Nooo! Ocupao allá, en el rancho, usté sabe que yo estoy solo y los animales no se pueden descuidá, pero, de tóas maneras yo lo que vine fue a invitala pol si acaso va i pa´ las fiestas que se avecinan. Apuntó Timoteo.
– ¿Y con quién voy a i, Timoteo?
–Gua, conmigo puej. Exclama Timoteo. –Yo la voy a esperá allá, en el paso e´ Los Castores poray, pol la taldecita.
–Ah, bueno, allí nos vemos. Respondió Joaquina.
Llegó la semana de la fiesta de Las Palmitas. Agapita e Isidora de lo único que andaban pendiente era de eso por todo el caserío. El día viernes, Agapita e Isidora, estaban como locas por llegar a la fiesta de primeritas para ver a quién conquistaban. Entonces Agapita le pregunta a Isidora:
– ¿Te falta mucho, Isidora?
– ¡Nooo! Yo estoy lista hace rato, mija.
–Entonces vámonos, ni está oscuro ni está lloviendo; usté sabe, que agarrando aunque sea fallo.
No esperaron a Joaquina, ya que ésta todavía estaba ocupada, y no eran tantos los oficios que tenía, sino el compromiso con Timoteo, pero a Joaquina y a Timoteo se les olvidó el gran detalle de fue fijar la hora del encuentro. De todas maneras ella salió dispuesta a encontrarse con su pretendiente, y llegando al sitio acordado percibe unos fuertes ventarrones. Su caballo se inquieta y relincha como si presintiera algo muy malo. Como no era una mujer cobarde no le prestó atención a lo que estaba sucediendo, cuando de pronto escuchó una voz que retumbaba refiriéndose a ella:
– ¿Cómo estás, Joaquina, y para dónde vas tan buena moza a estas horas?
Ella, sorprendida ante la presencia de aquel hombre que no conocía y que poco se dejaba ver la cara, ya que el sombrero se la tapaba, respondió:
–Y usté, ¿quién es?
–Eso no importa. Le dice el hombre.
¬ –Lo importante es que nos hemos encontrado, así como yo quería.
–Pero, yo a usté no lo conozco, y a otra con ese cuento.
–No es cuento Joaquina, yo te he venido a buscar y conmigo te vas quieras o no, porque tengo mis poderes y así lo quiero yo…
Joaquina al ver que los vientos arreciaban y las copas de los árboles se mecían más fuerte, entendió que se trataba del mismísimo Diablo, le dio un poco de miedo, pero se armó de valentía y respondió:
– ¡Cómo no! Pero yo también tengo mis condiciones…
– ¿Si? ¿Y cuál es tu condición mujer bonita? –preguntó él.
Ella sacó de su morral una botella de Recreo, se echó un palo y botando el que le quedaba le dijo:
–Si eres tan poderoso demuéstrame que puedes meterte en ésta botella, y así me iré con usté tal y como usté quiere.
– ¿Eso es todo, Joaquina? dice él.
Ella con la botella en la mano la sacude sobre su pierna y le dice:
–Sí, eso es todo.
Inmediatamente se levanta un polvero, desaparece y le grita desde el interior de la botella diciéndole:
–Aquí estoy, Joaquina, tal y como tú querías, cumpliendo tu deseo.
Ella sin perder tiempo tapó la botella y la lanzó suavemente con el fin de que ésta no se partiera hacia unos árboles al lado del camino. Le dio un chaparrazo al caballo, y éste corrió como asustado de regreso hacia su casa perdiéndose en la lejanía.
Timoteo, que venía de Mango Redondo al encuentro con su pretendida, muy cansado se detiene a descansar bajo un árbol que estaba a la orilla del camino y allí encuentra la botella donde su amada dejó aprisionado al Diablo. Timoteo al contemplar esto se preguntó: ¿Qué mujer lo llevaría a tal situación? ¿Sería tan grande el guayabo que se tomó el líquido y prefirió quedarse dentro de la botella?
Y dándole vuelta a la botella se volvió a preguntar: ¿Cómo haría para someterlo? Él, ignoraba que fue Joaquina, mediante su habilidad. Viendo la botella nuevamente Timoteo se preguntó: ¿Quién la ayudó?
No sabía él, que fue su pretendida Joaquina, quien solamente contó con su inteligencia y su habilidad, para defender su alma del acoso del Diablo. Y en medio de la confusión, nuevamente Timoteo se pregunta: ¿Cómo escapará? Y levantándose de donde se encontraba sentado para continuar su marcha, se le cae la botella, la cual se quebró, quedando el Diablo libre, éste le dice a Timoteo:


-Al no lograr mi deseo
de un alma pura y divina
como era la de Joaquina
morirás tú, Timoteo.


En ese instante se volvió a sentir la presencia maligna de Satanás mediante unos llamarones de candela que el mismo ventarrón la hacia más gigante, dibujando su figura entre gritos de asombro del pobre Timoteo. Aquel resplandor lo notaron las personas que estaban en la fiesta al otro lado del paso, muy cerca del camoruco, y vinieron en carrera a ver de qué se trataba. Allí encontraron a Timoteo, moribundo, con una pequeña cruz de madera apretada en su mano y a su lado los restos de una botella rota, se lo llevaron cargado para Las Palmitas en donde murió casi al amanecer. Antes de morir, con palabras entrecortadas, le relató a esa gente todo lo sucedido y les pidió que le entregaran la pequeña cruz a su adorada Joaquina. Esta se entera de la muerte de su amado por boca de Agapita e Isidora, pero al siguiente día, cuando regresaron de la fiesta, acompañadas de algunos vecinos. Y por éste gran dolor, Joaquina, decidió terminar su vida sola y sin compañero.
Y eso ocurrió en el camino que va de Manrique a Las Palmitas, debajo del camoruco, donde sale Timoteo, según los que por allí pasan, muy cerca del paso de Los Castores, lugar donde quedó de encontrarse con su amada Joaquina. Y es, a través de don Pedro, como todo Manrique y sus alrededores conocen y respetan éstas creencias".

Nota: Las co-autoras de esta obra son las mismas del cuento La Sequía de Garabato, incluido en esta compilación: Mary Cruz Anzola (Tinaquillo, 1980); Jaennys Yoselin Bervecía (Tinaco, 1988); Mariela Yainel Romero Hernández (San Carlos, 1988) y Lida Saavedra Matute (Valencia, 1981). Nuevamente, contaron con el apoyo literario oral de Nelson Felipe Romero Ceballo (San Luís, 1959).

A un paso de la nada (Cuento llanero de fantasmas)

Los acompasados "pasos del joropo" contrastan con los del pobre Juan. 
Imagen en el archivo de "La Voz del Joropo". 





Nuevamente se hace presente el Diablo como eje de esta narración llanera tradicional de Cojedes; una de las figuras favoritas del imaginario universal, obsesionado con un ser inocente, aún antes de que naciera, quedando a "un paso de la nada". Es un destino marcado por la codicia y, a pesar de los esfuerzos de la heroína su tragedia se cumple con rigurosa crueldad e incremento dramático.


A UN PASO DE LA NADA
En los Llanos de Cojedes hubo un pueblo llamado “Las Queseras del Pao”, allí sucedió algo alucinante: Juan, un niño, a medida que crecía, se estaba convirtiendo en imagen del Diablo. Por ser muy católico, al igual que los de su hogar, hacía grandes esfuerzos por esconder su desgracia. Para Ana, su madre, la vida ya era el infierno de la extrema pobreza, en un pueblo amenazado con la ruina total. Le era casi imposible llevar el pan a la casa y hacer el rol de padre, porque su marido, Alberto, la abandonó con esos hijos pequeños y ella se negaba siquiera a recordarlo, aún siendo éste un hombre rico.
Las pesadillas físicas de Juan penetraron sus sueños. Siempre se veía cargando una llave con forma de guadaña bañada en sangre. Pese a la inclemencia del hambre, su cuerpo poseía una silueta demoníaca y muy fornida…Un día, al despertar, la casa se llenó de un fuerte olor de azufre, aquel olor lo incitaba a matar y gritaba con voz fuerte y vacía: - ¡Yo soy y seré quien reine!
Su madre instintivamente corrió hacia él. Le encontró cubierto por una oscura pelambre. Dos cuernos coronaban su frente. Armada de valor le preguntó a Juan, poseído por el Diablo:
–¿Quién eres?
El Diablo le respondió: –Soy quien se llevará unos de tus tesoros, tu hijo mayor.
Ana le replica: –No te lo llevarás.
Entonces, al instante, buscó una cruz de palma bendita que estaba en la puerta de su casa. Al regresar pronuncia estas palabras:
¬ – ¡Fuera de mi casa! Tú, que fuiste expulsado del cielo, regresa a los abismos del infierno.
Juan con la voz del Diablo se burla de ella: Me voy; su hora no ha llegado.
De este modo, Juan recuperó, en un parpadeo, su aspecto humano. Ana sorprendida le cuestiona: ¡hijo mío! ¿Eres tú?
–Juan, dice: sí, madre
–Su mamá lo abrazó y le dijo:
– ¡Que Dios siempre esté contigo! Anda a descansar.
Ana lo besó con ternura. Tomando un sorbo de café, se detuvo a pensar que lo ocurrido era consecuencia de la codicia y ambición de su antiguo esposo. Juan no conciliaba el sueño pensando en cómo afrontar todo lo que le acontecía. Escogió la peor manera: se levantó de la cama y le dice a su madre:
–Te tengo que decir algo: Ya no podré salir de casa, porque no soy un niño normal y tú no lo sabes.
La mamá le dice: Estás confundido hijo, seguro es broma, ¿verdad?
Juan, sin una palabra que decir se fue a la habitación.
Dicho esto, Ana quedó impresionada con lo que le dijo Juan. Ella se arregló, llena de dudas, tomó a su hija, aún de brazos, y se dirigió hacia la iglesia. Allí le imploró al sacerdote:
– ¡Ayúdeme!, perderé a mi hijo. Creo que el Diablo ha venido a buscarlo por un arreglo hecho con el desvergonzado de su padre.
El sacerdote le contesta: ¿Qué dices hija mía? Cálmate y siéntate conmigo.
Mientras tanto, Juan estaba en su casa ajeno a comprender porqué el Diablo se anunciaba en su cuerpo. Al colocarse frente a un espejo pareció desatar nuevamente la ira del Diablo. Se vio nuevamente encarnando al maligno y comenzó a maldecirse a sí mismo, a todo y a todos. Sus ofensas a Dios rompían la calma del pueblo de Las Queseras del Pao.
Los vecinos notaron que sucedía algo demasiado extraño en esa casa. Como Ana no estaba, ni Juan les respondía con coherencia, recorrieron todos los callejones del pueblo, hasta que encontraron a la también, muy desesperada Ana, junto al sacerdote y le advirtieron de aquellos extraños sucesos en su casa; justo, a esa hora.
En el momento que llegaban los vecinos, el sacerdote ya casi doblegaba las angustias de Ana. El arribo de los vecinos le dio un nuevo ímpetu, como de serpiente molestada en su nido, que alteró por completo al oír de la nueva transfiguración de Juan.
Apenas llegaron a la casa de Ana, el sacerdote enfrentó al Diablo encarnado en el pobre Juan. Sacando fuerzas de su miserable miedo, muestra un crucifijo para luego invocar Al santísimo y retar Satanás:
– ¡Dios, tú que quitas todos los pecados del mundo, aparta este espectro del mal!
El Diablo metido en el falleciente Juan le gritó:
–Tú y tu jefe queriendo siempre enmendarlo todo. Ustedes, son nada para mí.
Juan, de inmediato, recuperó la razón, pero aún estaba algo poseído por el espíritu del mal. Ana llorando le dijo al sacerdote:
– ¡Lo ve, padre!, ¡estoy perdiendo a mi hijo!
El sacerdote acostó a Juan en la cama y le preguntó a Ana:
– ¿Por qué esto le ocurre a tu hijo?
Ana le responde:
–Sucedió que cuando Juan nació, su papá, Alberto, le vendió el alma de nuestro hijo al Diablo por tener mucho dinero. El Diablo se lo concedió todo. Yo me enteré de esto demasiado tarde. Al marcharse, Alberto, me dijo que el demonio se llevaría a Juan al pasar unos años.
Entonces, el sacerdote le dice:
–Sé que has sido fuerte, pero tienes que buscar a Alberto. Él es el único que puede salvarlo, de lo contrario estará a un paso de la nada.
Ana asiente con la cabeza y a las primeras horas del día siguiente llega al enorme hato donde vivía el padre de sus hijos. Ahí sólo encontró paredes destrozadas, extensiones de tierra colmadas de monte y un indigente. Ana le preguntó al indigente qué ocurría en ese lugar. Éste levantó la cara y enseguida, ella le dice:
– ¿Eres tú Alberto?
–Sí, soy yo, el miserable que vendió a nuestro hijo al Diablo y estoy pagando esa infamia. Es que el Diablo me engañó, me otorgó muchas riquezas, pero hace poco tiempo me dijo que se ha vencido mi plazo y que iba a llevarse el alma de Juan. Uno de los peones, apenas lo vio, sacó un cruz de palma bendita y estampándosela sobre la frente lo hizo huir, no sin antes jurar que se vengaría. Después todo el hato se fue quedando en silencio. Al rato sobrevino una gran oscuridad. Luego un ruido ensordecedor como mil trompetas resonando y, finamente, un gran incendio que acabo con todo. Ni siquiera he vuelto a saber de mis peones. Por eso supe que tú vendrías a buscarme.
Ana le dijo: –Eso ya no importa. Vamos a mi casa a salvar a nuestro hijo.
Alberto le respondió: –De acuerdo, es hora de enmendar mi error.
Al cruzar la puerta de la humilde morada de Ana, ambos padres ven que en la mesa del comedor se encuentra Juan en medio de cuatro velas encendidas. En ese momento el sacerdote les dice:
–Es hora de comenzar el ritual del exorcismo que manda la Santa Iglesia.
El sacerdote les empezó a untar agua bendita. Juan abrió los ojos, perdió la razón de sí mismo, y nuevamente se volvió agresivo como el Diablo y al mirar a Alberto dice:
–Tú miserable, me lo vendiste, ¿y ahora lo quieres?
Alberto le dice: –Estoy arrepentido.
El Diablo le contesta: –Ya no hay vuelta atrás.
El sacerdote empezó a rezar y a implorarle a Dios por Juan con una oración como:
–Tú señor, dale misericordia y apártalo del mal.
El Diablo le respondió: –No me iré hasta cobrar lo que me pertenece.
Alberto le propone: –Te doy mi alma y te la cambio por la de mi hijo.
El Diablo replica: – ¿Estás seguro?
Alberto le respondió afirmativamente. El Diablo le arrebata el alma y le dijo: –Tu alma es mía, Ja, Ja, Ja.
Elevándose, sale del cuerpo de Juan y también, le quita el alma al pequeño niño causándole la muerte, al igual que a Alberto. Con voz burlona repitió tres veces:
–Pobres de aquellos que quieran adquirir riquezas a través de mí, porque yo soy el mal. Por ello, nunca cumplo mis promesas y, de igual manera, tomaré el alma de Juan.
Y así, el Diablo desaparece en una espesa oscuridad. Por otra parte, la mamá de Juan desconsolada y triste se lamenta porque había perdido a su hijo y no le quedó de otra que resignarse a recordarlo.



Nota: Todos los co-autores son egresados de Castellano y Literatura en la UNELLEZ-San Carlos: Nohelis Díaz, nació en Tinaquillo, el 20 de diciembre de 1984, reside en Valencia, estado Carabobo. Luis Hernández, nació en Valencia, estado Carabobo, el 22 de enero de 1981, reside en Tocuyito, estado Carabobo. Dalbelis Figueredo, nació en San Carlos, el 14 de abril de 1988, reside en San Carlos. Ellos recibieron la asistencia literaria oral de la escritora sancarleña: Yonneiris Rodríguez, nacida el 25 de octubre de 1972.

LA VENGANZA DEL ÁNIMA DE TUCURAGUA (Cuento llanero de fantasmas)

Su llegada era esperada por toda la concurrencia. Imagen en el archivo de Ofelia Rodríguez Pérez


Aventurarse en los peligrosos territorios de estos 
custodios de tesoros puede resultar fatal 
(Imagen cortesía de José Baute)


Para los seguidores del culto a los espíritus custodios no hay peor transgresión que buscar, sin el debido consentimiento, los tesoros que algunos entes del más allá protegen. Pero, las necesidades humanas, muchas veces, sobrepasan esas precauciones, y los transgresores pueden perder sus almas y sus vidas, sin distinciones entre quienes lo hacen por codicia o por resolver un grave problema. Aún los más inocentes y mejor intencionados caen sin alternativas, en las redes de estos misterios inexplicables que sacuden los Llanos de Cojedes.


LA VENGANZA DEL ÁNIMA DE TUCURAGUA

Aquella noche en Jiraco, el tiempo parecía haberse detenido. Un clima espeso, acompañado de un silencio asfixiante era lo que percibían los habitantes de aquel singular pueblo apartado de la civilización. De pronto, un escalofrió recorre la espina dorsal de Elsa, quien queda paralizada ante unos gritos agudos cuya predicción es imposible. No tenía la menor idea de dónde venían, pero es seguro que no eran de seres humanos vivos.

Una vez pasada la primera impresión, Elsa recordaba una de las frases favoritas de su abuela:
–Todo tiempo pasado fue mejor.
Elsa rememoró la época en que su esposo vivía con ellos en aquella humilde casa, sumergidos en incontables problemas… pero felices. Sus recuerdos se hicieron cada vez más perturbadores, hasta llegar al fatídico momento, cuando el médico del pueblo les daba la terrible noticia de la grave enfermedad de su hijo. José, su esposo, parecía fuera de sí.
-Doctor, ¡Somos gente pobre! No tenemos para llevar el niño a la ciudad y menos para comprarle remedios. El médico, apesadumbrado le contesta;
–Es necesario ¡Le queda poco tiempo!
Los gallos cantan anunciando la llegada de un nuevo día. Durante la noche, José no durmió buscando las posibles soluciones al problema. Una estampa del Ánima de Tucuragua, que su mujer conservaba sobre la mesa, le hizo recordar al viejo indio cuidador de tesoros que vivía en La Sierra.
Buscó a su compadre Antonio para que lo acompañara a buscar al indio, que custodiaba una importante riqueza y así pedirle el dinero para salvar al niño enfermo. Al día siguiente, salieron de madrugadita, subieron el largo y serpenteado camino hacia La Sierra. Antes de llegar al sitio indicado, un hombre de apariencia taciturna, sin expresión en el rostro les dice:
– ¿Para qué me buscan? Todo el que a mí viene es en busca del tesoro de Tucuragua. Sólo el que esté dispuesto a pagar el precio lo tendrá. Deben traer el corazón de un ser amado, envuelto en un manto blanco y depositarlo en la cueva de Tucuragua justamente a las doce de la noche. Y les señaló con un largo y arrugado dedo el sitio donde estaba ubicada la cueva. Desconcertados y desesperados quedaron los hombres, envueltos por una neblina y con un frió que les helaba hasta la sangre. Cuando reaccionan, el indio había desaparecido. – ¿Qué hacemos? Expresa José.
– No te preocupes, amigo, algo se nos ocurrirá. Contesta Antonio.
–Ya sé, le llevaremos el corazón de un cochino. Y así lo hicieron, para emprender su fatídico rencuentro con el indio custodio de las riquezas del Espíritu de Tucuragua, tierras arriba, nuevamente.
A medida que subían, los hombres mostraban fortaleza del hombre llanero, vestían pantalones enrollados hasta la rodilla, camisas manga larga y alpargatas para contrarrestar el fatigoso camino hacia La Sierra. Hombres honestos, puros de alma e ingenuos como eran la mayoría de los llaneros. Cada quien sumido en sus pensamientos, unidos por un triste motivo y atados por un sentimiento de solidaridad.
La noche se precipitaba inevitablemente, a lo lejos el sol moría poco a poco tornando el cielo con tonalidades rojizas, anaranjadas y amarillas. El murmullo de los pájaros nocturnos anunciaba que la noche se adentraba a lo más profundo y los minutos parecían acelerados como el pecho de aquellos hombres, que también se unían en esa profundidad. A medida que los hombres se acercaban a la cueva, notaban un cambio extraordinario en el paisaje; el viento aullaba y les soplaba con mucha fuerza en los oídos. Ojitos brillantes se asomaban entre los montes, movimientos sigilosos de animales invisibles a su vista les hacían volverse cada vez más nerviosos.
Allí estaba, el Ánima de Tucuragua, alargando sus manos como quien espera algo. Una voz estridente, como si mil cuchillos fuesen amolados al mismo tiempo, expresó:
–¡Habéis profanado mi templo sagrado!-¡Intentaron engañarme! Por lo tanto, sus almas están condenadas a vagar por toda la eternidad.
Una vez terminada esta sentencia, la tierra tembló, se abrió una grieta que se tragó a los dos ingenuos hombres, que se habían unido de esa manera a la montaña que tanto temían. No valió la pena aquel sacrificio, puesto que el niño, hijo del humilde matrimonio había muerto, irremediablemente, en su humilde rancho al lado de su madre.
–Aaay, Aaaay, ¡Auxilio! ¡Ayúdennos!
Aquellas voces de suplica y otros gritos semejantes regresaban a Elsa a la realidad. Sobreponiéndose a los escalofríos, toma un velón y se lo prende al Ánima de Tucuragua. Los gritos se alejan permitiendo que el tiempo siga avanzando en su lento discurrir de tragedia. La mujer de figura menuda, con líneas de expresión profundas, huellas del enorme sufrimiento vivido, lanza al aire una plegaria tardía.
- Que Dios los saque de pena y los lleve a descansar en paz.
Repite tres veces la misma letanía, se santigua y se dispone a dormir, sin atreverse siquiera a levantar la vista hacia La Sierra, donde dos llaneros buenos pagaron con su almas y sus vidas el intento de engañar el gran espíritu de esas misteriosas montañas.


Nota: Las co-autoras de este son todas nacidas y residenciadas en San Carlos, Cojedes y cursaron estudios en la UNELLEZ: Carvelis Mariel Castillo Blanco (5 de noviembre de 1988); Milagro María José Reina Herrera (10 de enero de 1988); y Claudia Carolina Castro Parada (9 de julio de 1989). Recibieron el apoyo literario oral de Iris Polo, docente de Castellano y Literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, también, nacida en San Carlos, el 9 de julio de 1969, ciudad donde, igualmente reside.



EL JINETE SIN CABEZA Y EL AHORCADO DEL SAMÁN

Este relato perturbó la pacífica comunidad llanera. 
Imagen en el archivo de  Beto Mirabal. 


Un mutilado torso en lugar de un rostro; 
una tenue visión apenas nos deja.
Una densa tristeza sin descanso 
en la vieja soledad de las noches llaneras.
(Archivo de Amilcar Alejo)

En este relato se integran dos ejes argumentales de la narrativa oral llanera: El Jinete sin Cabeza y El Ahorcado del Samán. El encuentro de ambos espectros, se tiñe de verosimilitud en la temática americana de la Guerra de Independencia y en las pasiones amorosas que reboza los límites de la misma muerte.


EL JINETE SIN CABEZA Y EL AHORCADO DEL SAMÁN

En la época de la Colonia, las leyes que existían siempre se basaban en la imposición del más fuerte. Era una época de cosas atroces. De poca o ninguna humanidad. Muertes, torturas y venganzas. Aquí comienza una historia de amor, dolor, traición y fatalidad. Tal es el caso que le sucedió a Francisco Contreras, coronel del Ejército patriótico, hombre fuerte, inteligente, luchador, pero quien tenía el gran defecto de ser un “Don Juan” sin control. Este bravo oficial, tuvo muchas aventuras, hasta que un día fijo sus ojos en una mujer casada: la esposa del jefe militar de San Carlos, el general Eduardo Zambrano, hombre de abolengo, muy poderoso y sobre todo vengativo.

Francisco se enamora de Teresa de Zambrano y comienza a cortejarla en una fiesta donde estaban todos celebrando una victoria ante los realistas. Teresa mujer bella, de esbelta figura y muchos encantos le comienza a corresponder a Francisco. Ellos se veían cerca de la iglesia Santo Domingo, siempre muy atentos para que nadie los viera. En esa época, de plena guerra contra la corona española, no existían amigos. Todos eran capaces de hacer cualquier cosa por tomar cualquier provecho.
El general Eduardo sale de viaje, llamados por sus superiores y deja sola a su esposa. Teresa cegada de amor por Francisco se atrevió a meterlo en su casa, varias personas del pueblo se dieron cuenta de lo que sucedía y todos comentaban lo que estaba pasando entre esos dos amantes.
Eduardo llegó antes de lo previsto. Entrando al pueblo una persona intrigante le comentó lo que sucedía entre su esposa y su compañero de tropas, Francisco. Éste como todo militar planea cómo encontrarlos y se mete a la casa silenciosamente para ver con sus propios ojos la infidelidad de su esposa. Tal como se lo habían contado, vio a su mujer y a su compañero en el lecho de amor, contuvo la ira y al día siguiente planeó la gran venganza.
Va a los refugios, busca a Francisco, lo invita que lo acompañe a estudiar un campo de batalla, éste acude sin sospechar que minutos más tarde lo esperaba la muerte más violenta que le puede ocurrir a un ser humano.
Llegan a unas tierras solitarias, Eduardo va detrás de Francisco, le da un palazo en la cabeza, cae al suelo y comienza a golpearlo fuertemente por todo el cuerpo, le corta la cabeza y le saca el corazón. Eduardo había perdido la cordura… busca al enterrador para que le ayude a sepultar el cuerpo de Francisco. Éstos para no ser descubiertos viven muchas aventuras para salvar sus vidas, pareciese que el cielo le estaba cobrando la muerte de Francisco. Eduardo, estaba enloquecido por el violento crimen. Se había llevado consigo la cabeza de Francisco para mostrársela a su esposa y así torturarla.
Estos dos, durante la huida de la escena del crimen, fueron perseguidos por unos jinetes extraños a quienes finalmente no logran identificar Caen, sin darse cuenta en un pantano, se pierden en la montaña a plena luz del día… un rayo les mató uno de los caballos y al otro lo mató una cascabel…Pero aún así el general Eduardo no soltó ni un momento la cabeza cortada de Francisco.
– ¡Compadre! ¿Qué pasa? Está pasando una cosa fea. Dijo el general Eduardo.
– ¿Cómo es posible? Si este camino lo conocemos- Responde el enterrador atemorizado.
Por suerte del destino se salvaron; ¡Al fin! logran llegar al pueblo, Eduardo va a su casa y le muestra la cabeza a su esposa. La escena era fría pero macabra por demás. Teresa, desesperada se clava un puñal quitándose la vida. Eduardo ya sin cordura, guarda la cabeza de Francisco en su cuarto, pasaban los días el general cada vez estaba más desquiciado y empieza a tener alucinaciones. El enterrador fue picado por una serpiente y murió entre los más horribles sufrimientos.
Las locuras de Eduardo se hicieron conocidas y hace que lo retiren del frente de batalla, donde tanto había destacado. Cada día sus alucinaciones eran más fuertes, sentía los latidos del corazón de Francisco, sus pasos, hasta que un día en una calle solitaria del pueblo se le aparece, de improvisto, un gigantesco caballo negro, que más bien parecía que anduviera flotando, por eso no lo pudo escuchar. Aquel inmenso potro estaba sometido firmemente por un jinete sin cabeza, que se le acerca, de manera lenta y segura. Eduardo huye y el jinete lo persigue. Eduardo desesperado, aterrado, sin cordura y, asechado por el fantasma, corre hasta el samán de la plaza, donde jugó muchas veces en su infancia.
Eduardo, esta vez, no se siente seguro bajo ese enorme cuerpo de madera. Nadie lo vendrá a ayudar porque hay toque de queda. La iglesia Catedral, tan cercana, se mira como perdida en la distancia. De nuevo siente la respiración del caballo que venía como en el aire. Ve que como cosa extraña que en una rama de aquel árbol había una larga soga. El miedo no lo deja pensar y haciendo varios bruscos movimientos de enlazar, se ahorca.
Dicen que ahora su alma, también anda penando, igual a la del Jinete sin Cabeza que vaga por las llanuras de San Carlos, acompañado del Ahorcado del Samán, cabalgando en un caballo que más bien parece que vuela.

Nota: La autora de este texto egresó de la UNELLEZ, en la mención Castellano y Literatura, Vicerrectorado de San Carlos, ciudad donde nació y reside. Su nombre es Fátima García, nacida el 3 de marzo de 1972.


María de los tormentos (cuento llanero de fantasmas)

Dicen que una mujer llanera causó la obsesión que padeció. Imagen
en el archivo de "La Voz del Joropo".




En esta otra historia sobre el Jinete sin Cabeza, se suma un intenso protagonismo femenino y tres elementos de la religiosidad popular: la práctica de la hechicería indígena; la reverencia a los santos y; el comercio de los milagros. Su ubicación cronológica es la Guerra de Independencia, hecho de armas en la participaron humildes llaneros, algunos, con rango de verdaderos héroes nacionales, pero cuyos anónimas identidades solamente sobreviven en los breves relatos que se narran en las llanuras.



EL PAGO DE UNA TRAICIÓN

Sí, ciertamente lo decapitó, le arrancó la cabeza de un sopetón con su espada. Francisco Carrillo, tenía aproximadamente 21 años cuando pasó a ser voluntario de un pelotón de las tropas patrióticas comandadas por el general Pedro Aristigueta, quien organizó una pequeña guerrilla contra un numeroso grupo de soldados al servicio de rey de España, dirigidos por el general Nicolás Navarro.
Francisco, era un hombre de buen porte, audaz jinete, distinguido por su valentía y ganas por defender la causa de la Independencia. Era el permanente mensajero entre su tropa y los Realistas, acantonados en el hato de Navarro, cerca de donde hoy es el pueblo de Las Vegas. Al cabo de unos días llegó a su destino cuando casi caía la tarde.
– Tac, tac, tac. Carrillo tocó a la puerta. Alguien abrió. Era una mujer de mirada hipnotizante, figura esbelta y seductora.
–Mi nombre es María Lucía del Pilar Montaño de Navarro, ¿en qué puedo servirle? Carrillo respondió:
–Mis saludos, señora; traigo un recado del general Aristiguieta. Ella lo miró fijamente, y con cierto tono de voz seductor le replicó:
– En éste momento mi esposo está indispuesto, pero con gusto le haré llegar su comunicado.
Francisco, al no obtener respuesta inmediata regresó con su tropa. Al pasar los días, Aristiguieta, se cansó de esperar una respuesta y decide enviar, nuevamente, a su jinete para llevar un segundo comunicado. Es recibido de nuevo por María Montaño, pero esta vez de manera muy extraña: fue muy amable y lo hace pasar dentro de la casa. No sospechaba que ella lo había elegido para procrear el hijo que tanto le había negado la naturaleza de su marido. La mujer le trae una taza de café, un verdadero lujo para ese pobre campesino acostumbrado a tomar en rústicas vasijas. Sin saber cómo ni cuándo, Carrillo se fue desvaneciendo. Las horas y los momentos de pasión iban y venían sin rumbo fijo por su mente recorriendo todo su ser de manera frenética. Cuando logra despertar totalmente, se encuentra frente a su jefe, el general Aristiguieta.
–Tenías tres días perdido. –Rápido, a formación de batalla. Gritó Aristiguieta. Francisco Carrillo, trató de acomodar sus ideas, pero no pudiéndolas ordenar, apenas atinó tomar su lanza y su machete, sus únicas armas. Al poco rato divisan las tropas de Navarro. Las dos formaciones se encuentran. El combate era brutal. Los escasos patriotas empezaron a retroceder ante los numerosos realistas. Aristiguieta, quiso dar una última embestida. Galopó al centro junto a Francisco Carrillo. Navarro como acostumbraba, acompañado de sus dos lanceros más arrojados, avanzó al frente de la caballería que se abrió en abanico para el choque final. Aristiguieta, jamás imaginó que tres empecinadas lanzas lo tenían por objetivo. Francisco trata de auxiliarle, pero en ese momento fue aprovechado, al galope, por la lanza de tres varas y media, casi tres metros de largo, empuñada por Navarro, quien levantó su cuerpo por la fuerza del impacto. Navarro, se le acerca en su agonía, entre furiosas maldiciones y diciendo a su enemigo que la noche anterior se había acostado con su mujer. Rabiando, baja de su montura y se coloca en cuclillas, para estar a la altura de un Francisco moribundo, le sostuvo la cabeza y le descargó toda su ira. Sí, ciertamente lo decapitó, le arrancó la cabeza de un sopetón con su espada.
Aristiguieta herido gravemente, ordena a su tropa la retirada. Navarro concentrado en la afrenta de Francisco con su mujer, dejó ir a los pocos patriotas sobrevivientes. Cargado, ordena regresar a su hato y recoger el cuerpo decapitado de Francisco Carrillo.
Al llegar a casa, furioso, lanzó el cuerpo de Francisco a los pies de María. Ella horrorizada, empieza a gritar y se va en llanto. Navarro la miró fijamente y anunció:
- Allí está tu amante, te largas antes de que corras la misma suerte.
María partió, llevando como única posesión el caballo donde amarraron el cuerpo inerte de Francisco Carrillo. Como pudo llegó a la casa de sus padres: una pequeña vivienda en la población de Apartadero. En ese momento recobró en sus venas la sangre de su abuelo, el mismo poderoso brujo indio, de quien había aprendido la forma de seducir al infortunado jinete decapitado. De allí le nació la idea de hacerse pasar por una mujer dotada de poderes divinos, diciendo que poseía una virgen que lloraba lágrimas de sangre y les quitaba dinero a todas las gentes a cambio de “milagros”. En realidad la estatuilla que reflejaba la imagen de la virgen era de yeso, el cual fue mezclado con el polvo que había obtenido María al triturar los huesos de Francisco. La decisión de hacer aquella mezcolanza de yeso y huesos le vino de las pócimas que su viejo abuelo hechicero le había enseñado cuando pequeña. Sabiendo, así, que después de la muerte, el alma de las personas puede ser manipulada por medio de sus huesos y de algunos rituales que sólo ella podía efectuar.
La presencia de la magia y de los sucesos sobrenaturales en la pequeña vivienda, abrió un agujero entre la dimensión humana y una dimensión donde yacían las almas de los muertos. Su voz cruzaban los dos espacios. Revivió en María aquel espíritu hechicero que habitaba en su interior. María había de recordar el conjuro que su abuelo utilizaba para llamar a los espíritus a los cuales quería dominar para que hicieran su voluntad. En ese instante comenzó a recitar las palabras malditas:
-“Tus huesos tengo, y descanso a tu alma no daré hasta que hagas mi voluntad y me des mucho poder, y si no haces lo que te digo jamás estarás tranquilo”-
Al terminar esta oración el cielo comenzó a oscurecer; los pájaros buscaron sus nidos como si supieran que algo malo estaba por suceder.
¡Sasch! Se hace presente el alma de Francisco ante María.
- Déjame descansar en paz. Le dice Francisco con voz estridente que brotaba de su cuello cortado.
María le replica:
- Tú alma me pertenece, tendrás que hacer lo que te ordene, de lo contrario vagarás eternamente por el mundo. El respondió: – ¿Qué quieres que haga?
María le dio estas instrucciones:
–Durante el día tu alma estará encerrada dentro de ese yeso, deberás llorar lágrimas de sangre para que la gente crea que realmente la virgen es milagrosa, y por las noches andarás por las llanuras, montando este caballo que yo misma te he preparado, para que como ese potro, hagas mi voluntad, envolviendo este pueblo en un infierno.
– ¿Qué ganaras con eso? Ella responde: –Obtendré el respeto que merezco, además de poder y dinero.
Desde ese momento Francisco se sumió a los designios de María. Cuando terminó todos los arreglos para comenzar su ambicioso negocio, abrió las puertas de su casa y comenzó a decirle a la gente del pueblo que su virgen estaba llorando lágrimas de sangre y que a cambio de un poco de dinero ella podría ayudarles a tener mejor vida.
Al caer la noche el jinete inició su pavorosa misión, en lomos de aquel caballo poseído por María. Su primera víctima fue Alfonso Contreras, hombre de mucho dinero, ganado y con mujeres por doquier. Esto enfureció a Francisco y lo escogió como su mejor presa. Eran aproximadamente las ocho de la noche cuando Alfonso salió en busca de una nueva aventura, cuando de repente entre los árboles se escucha un relinche tenebroso. Alfonso asustado pregunta: – ¿Quién anda allí?
Hay un silencio absoluto y el hombre está cada vez más asustado. – ¿Quién es? Pregunta de nuevo-. En ese instante sale un jinete cabalgando con la cabeza en la mano izquierda y en su otra mano una espada llena de sangre.
Alfonso al verlo quedó paralizado, mientras que el alma del jinete desaparecía lentamente. Luego de éste impactado decide regresar a su casa; al llegar no habla con nadie y directamente se dirige a su cuarto. No pudo dormir en toda la noche porque esa imagen horrorosa no desaparecía de sus ojos; al amanecer comenta a su esposa lo sucedido y ésta a su vez lo divulga por todo el pueblo. El temor se expande por esa población y ya todos sabían de aquel hombre que se encargó de desaparecer la calma en ese pueblo por mucho tiempo; al que todos le llamaron “El Jinete sin Cabeza”.
Cada día la multitud se dirige a casa de María, pidiendo con fe a la supuesta virgen que aleje del pueblo esa espeluznante aparición. Así pasaron dos años, y siempre la misma rutina; María estaba enriquecida y el alma de Francisco cansada pero con más fuerzas. Al caer la noche la gente del pueblo comenzó a cerrar las puertas y ventanas de sus casas, el Jinete salió por las calles de la comunidad, pero esta vez no asechó a la gente del pueblo, en su lugar volcó toda su ira contra María, que era la causante de sus desgracias.
¡Plash! Un fuerte viento deja caer la puerta de la casa de María, quien se encontraba ante la estatua de yeso admirándola, la imagen cae y se desborona mientras que el aire arrastraba las sobras, María pierde el control total del alma de aquel Jinete atormentado. Repentinamente la mujer empezó a escuchar los relinches de un caballo a lo lejos que se acercaba de manera rápida y agitada. María miraba de un lado a otro buscando la fuente del sonido, sin darse cuenta, al voltear, ante ella estaba Francisco, que no era sólo espíritu, se había convertido en un esqueleto sobre un caballo negro que causaba horror. De pronto el caballo levantó sus patas precedido de un fuerte relinche, Francisco empuña su lanza y le atraviesa el cuello, dejando a María sin vida instantáneamente.
El alma del Jinete sin Cabeza quedó libre de pena; y cuentan que en las ruinas de esa casa se escuchan fuertes gritos desolados de una mujer que por ambición retuvo el libre descanso del alma de un luchador de la patria.

Nota: Los co-autores de este relato son egresados de la UNELLEZ-San Carlos: Odalys Beatriz Arias León: nació en Pimpinela, Portuguesa, el 6 de marzo de 1987. Marbelys Day Canelón López: nació en San Carlos, el 19 de julio de 1988. Ricardo Alfredo Carrillo Dumett: nació en Acarigua, Portuguesa, el 18 de octubre de 1987. Karina Teresa Gómez Martínez: reside en Apartadero, donde nace el 24 de mayo de 1987. Eisbori Elena López Urdaneta: nació en Caracas, el 2 de noviembre de 1984.


LA MUERTE ERA UNA ROSA (cuento llanero de fantasmas)

En un florido jardín llanero su figura destacaba.
Imagen en el archivo de Fernando Parra




Por sus destrezas en el baile los dos hermanos alcanzaron 
la fama que terminó en su perdición.
(archivo del Consejo Estadal de la Cultura)

Los relatos sobre las mujeres que, una vez muertas, se convierten en espantos vengadores inflexibles, mantiene una gran atracción en cualquier ámbito cultural. En la narrativa tradicional del Llano, ese prototipo de personajes, desencadena una tragedia directa a otros involucrados, generalmente, por causa del orgullo y la lujuria. Su perfil se adscribe al extenso conjunto de leyendas venezolanas centradas en la temible Sayona.



LA MUERTE ERA UNA ROSA

Una noche en que se celebraban las fiestas de San Pedro, Patrón de La Sierra, Máximo Palencia, respetado en la comunidad por ser el mayor hacendado, político, y entre otras cosas, mujeriego, luego de venir del torneo de bolas criollas, camino a su casa, se encuentra con una mujer excesivamente bella, elegante y con el tono de voz más excitante que pudo haber escuchado.
¬– ¿Puedo saber qué hace un señor, como usted, tan sólo y por estos lados?
¬–Iba rumbo a mi casa, pero ahora creo que iré hasta donde usted me diga ¿Usted a dónde va?
¬–Voy para las fiestas del pueblo. Quiero bailar hasta las 4:00 de la mañana, pero me da miedo pasar por el Salto del Diablo, por lo que dicen de allí.
¬– Tranquila, que si usted me lo permite yo la llevo. Vengo de allá, las fiestas prometían estar muy buenas, pero yo estaba solo. Ah y con lo que dicen de allí: ¡No hay espanto que pueda con Máximo Palencia! Y la muerta que sale ahí, esa lo que quiere es un hombre como yo, ojalá me salga pa´ que vea lo que es bueno.
Luego de esta conversación decidieron ir a la fiesta. Al llegar al pueblo, todos veían a don Máximo acompañado de tan bella mujer, enseguida comenzaron a murmurar.
-¡Caramba! ¿Ya vieron a don Máximo?
Mira chica ¡zorro viejo no pierde sus mañas!
Entre risas y comentarios, don Pedro Linares, escucha la conversación y dice:
¬– Mi compadre no sabe con quién se está metiendo… ¡Pobre hombre! Por mujeriego se llevará su chasco. Yo que él, estaría con María que es su mujer…
Ya pasada la madrugada de aquel viernes, después de muchos tragos de licor y baile, don Máximo le pregunta a su acompañante:
¬– ¿Cómo te llamas mi bella? Que, entre tantas cosas, no te lo había preguntado.
¬–Mi nombre no importa ahorita, sólo ten esta rosa, que luego sabrás de mí.
En ese momento don Máximo va a pedir un trago y cuando regresa ya no estaba, desapareció. En su estado de ebriedad no le dio importancia. Se fue hasta su casa en Peña, así se llamaba el lugar donde quedaba su hacienda y al llegar se encuentra con su hermano Alejandro, quien le dice:
¬– ¡Hermano, de esta no te salvas! María te va a correr.
¬–Tranquilo, quién dijo que María puede vivir sin mí… ¬¬
– ¿Hermano y esa rosa, quién te la dio?
–Una mujer que conocí hoy camino al pueblo, ¡bella y elegante! Y que es mi novia.
–Estas mujeres están ahora románticas, porque a mí también me dieron una idéntica a la tuya.
–La mía la traigo escondida en la camisa. Mejor dame esa, para dársela a María.
Entre risas Alejandro le da la rosa y le dice:
–Usted no cambiará hermano.
–¡Jamás! No ha nacido la abuela de la mujer que me cambie, de ser así no sería yo…
Al día siguiente los hermanos siguen conversando sobre las recientes novias de cada quien. Al caer la tarde, ambos decidieron ir juntos al pueblo a las peleas de gallos y, para conocer, la “novia” de la que cada uno tanto hablaba. Al llegar a la gallera, Alejandro se retira a buscar unos tragos, en ese momento llega la mujer de la otra noche.
– ¿Cómo estás, mi Máximo Palencia?
–Ahora que te veo; muy bien, y anoche ¿Qué te hiciste, mujer?
–Solo me fui, ya era muy tarde.
–Debiste esperar que yo te llevara. Hoy no te vas sin mí. Venga pa´ darle un beso.
En ese momento llega Alejandro al establo y ve a su hermano besando aquella mujer que ayer había sido su novia, lleno de rabia y deseos porque esa mujer fuera solo suya… Saca su arma, se acerca y apuntando por detrás a su hermano le dice:
– ¿Qué es lo que pasa aquí? Hoy sí te fijaste mal, ella es mía.
– ¿Qué pasa hermano? Ella es la mujer de quien te hable anoche y ¡es mía!
Ella al ver que había provocado un enfrentamiento entre hermanos, les dice:
–Tranquilo, Alejandro, yo soy la acompañante de tu hermano Máximo.
Alejandro al escuchar esto, baja el arma y se va. Don Máximo, le dice a ella:
–Disculpe la actitud de mi hermano, solo es un joven comenzando a vivir y seguro que al verla tan bella le gustó… aunque me extraña su comportamiento.
– ¡Vivir, hay personas que ni lo merecen! No te preocupes, yo entiendo.
Mientras ellos se encariñaban, Alejandro estaba en el club del pueblo tomando y lleno de odio, porque, para él, su hermano le había robado su novia. En ese momento decidió ir a contarle a su cuñada María en las cosas que andaba su hermano. Pedro Linares, que estaba tomando con él, le dice:
–Amigo, no vaya. Mire que ya es de noche. Además usted sabe cómo es su hermano. Si se entera, no quiero imaginarme de lo qué es capaz.
–Yo a él no le tengo miedo, más bien que se atenga.
–Hablando de eso, allá viene con esa mujer, amigo no se vaya, venga vamos a bailar con Rosa y Petra, mire que Rosa tiene rato echándole el ojo.
Alejandro ignora todo lo que le dice Linares y se va. La extraña mujer que ha causado este problema, ve que Alejandro se aleja. Se despide de Máximo y sale al encuentro de Alejandro. Lo toma de la mano y le dice:
–Disculpa por lo que dije. Es que no quería que cometieras una locura.
– ¿Locura yo? ¡Anda con mi hermano, ese no es tu acompañante de esta noche!
–Si estoy aquí es porque quiero irme contigo. Le replica la extraña mujer.
Alejandro pensando en la venganza en contra de su hermano, se la lleva con él. Invitándola a su hacienda, pero ella le dice:
–Bueno, yo voy contigo, pero vamos por los caminos de Berrenblén, salimos a la Bajada de La Loca y así llegamos detrás de tu hacienda.
Alejandro acepta y se van… Don Máximo intrigado al ver que su amada acompañante no está y tampoco Alejandro decide irse, ya camino a su casa se encuentra a don Pedro Linares, quien, después de saludarlo, le dice:
–Compadre, si esta noche Alejandro no llega, mañana temprano búsqueme, porque para la noche puede ser tarde.
– ¿Por qué dice eso, compadre? Pregunta Máximo.
–Yo sólo soy un hombre de saberes, me busca y que tenga una feliz noche.
–Bueno, compadre, nos vemos. Saludos a mi comadre Julia y la bendición al ahijado. Le dice Máximo, sigue camino a su casa y se va pensando en lo que su compadre le había dicho. Al llegar despierta a María y le dice:
–Mujer, ¿Alejandro no ha llegado?
–No, yo no lo he sentido llegar y déjame dormir.
–Es que me tiene preocupado.
–De cuando acá, Máximo, a usted le preocupa a la hora que llegue su hermano.
Máximo se acuesta preocupado pensando en su hermano; al amanecer lo busca por toda la hacienda y no está. Decide ir hasta donde su compadre Pedro Linares. Al llegar a la casa de Pedro, lo encuentra sentado en una perezosa y le dice:
–Lo estaba esperando compadre y disculpe que no le de los buenos días, porque sé que no lo son para usted. Al oír esas palabras, Máximo le dice a Linares:
– Cónchale compadre no me asuste más y dígame qué está pasando.
–Compadre lo que está pasando es que Alejandro y usted se metieron con la mujer incorrecta. Máximo insiste en preguntarle:
– ¿Cómo es eso?
–Usted no ha escuchado hablar que hace más de ochenta años había una mujer llamada Aleja Flor que el día de su boda, el hombre que iba a ser su esposo se mató, cayó al rió de Los Chupones y ella al enterarse salió corriendo del pueblo con una rosa roja en la mano y más nunca se supo de ella y que el último lugar donde la vieron fue en la subida del Salto del Diablo y solo fue un semblante de ella.
–Compadre, no me diga que esa es la mujer que sale ahí.
– Sí, compadre. Ella, cada cierta cantidad de años, para las fiestas de San Pedro, se lleva un cristiano en los cachos.
Don Máximo preocupado y sin saber nada de Alejandro decide ir a buscarlo.
Don Pedro le advierte:
–Compadre vaya por los atajos a la hacienda, que los espantos siempre salen ahí.
Al rato, Máximo encuentra a su hermano, por donde Linares le indicó. Desmayado, pálido y sin fuerzas. Máximo, le pregunta al despertarle:
– ¿Qué te pasa hermano? Alejandro, apenas abre los ojos le dice:
–Hermano busca una rosa.
– ¿Qué es eso? Déjate de cosas y mira cómo estás, ya te llevo a la casa, esa mujer es un espanto, vámonos antes que llegue.
Súbitamente, la extraña mujer aparece y les advierte a los dos hermanos:
–Pues, ya es demasiado tarde, ya estoy aquí. Uno de ustedes me dará su vida.
Máximo, la amonesta:
–Tú estás loca, que Dios te reprenda y te de el descanso eterno.
Entre risas le dice:
–Yo cada año busco un hombre que me ame y me dé muchas rosas, pero nunca lo hacen así que siempre tienen que morir.
–Además, ya van a ser las 4:00 de la mañana y a esa hora murió mi Rodrigo, así que a tu hermano me lo llevo.
–Si alguien debe morir, a esa hora, seré yo. De inmediato la mujer espanto le pregunta: – ¿Es tan grande tu amor de hermano? Máximo, le responde:
–Sólo llévame y haz lo que tengas que hacer.
El lunes en la mañana, María le comentaba a Julia, la esposa de Pedro Linares: –A Máximo lo encontraron muerto, con el rostro desfigurado. Alejandro fue el que dijo que ese era su hermano porque tenía una rosa roja y que murió por no saber amar a una sola mujer; Aunque no entiendo mucho.
El viejo Pedro Linares, el día que contó esa historia, la terminó así: –Mi compadre Máximo Palencia murió por querer jugar con las mujeres y fue encontrado justamente en la subida del Salto del Diablo. La muerta que sale allí, llamada Aleja Flor le complació el último de sus deseos: salvar a su hermano menor. Alejandro, todas las madrugadas del Día de San Pedro, a eso de las cuatro en punto, deja una rosa roja en el lugar donde fue encontrado su hermano muerto. Y eso que Alejandro, hace años que también murió.


Nota: Las co-autoras son egresadas de la UNELLEZ-San Carlos: Mariflor León Guillen: reside en San Carlos, Cojedes, donde nace, el 26 de enero de 1985. Maolys Carolina Pérez Padilla:. reside en Tinaquillo, Cojedes, donde nace, el 6 de abril de 1989. María José Zapata Farfán: reside en Tinaco, Cojedes, donde nace, el 4 de noviembre de 1988. Anyi Nerilú Flores Torrealba: nació en Caracas, el 7 de marzo de 1988. Reside en Apartadero, Cojedes. Fuente: narraciones orales dejadas por don Pedro Linares, conocido cuentista popular de La Sierra de Cojedes, nacido el 25 de enero de 1923 y fallecido el 10 de febrero del año 2006.