domingo, 3 de febrero de 2019

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (31) Varios autores



Joven llanera en el archivo de Fernando Parra




FANTASMA DE PÁEZ (Mercedes Franco)
En el Archivo Nacional aparece el fantasma del General José Antonio Páez, líder patriota y Presidente de Venezuela. El caudillo llanero aparece en su uniforme de gala en toda su dignidad y prestancia. Quienes han logrado verlo dicen que se pasea por los pasillos y al encontrarse con alguien contempla con intensa curiosidad a la persona de otro tiempo que mira frente a él.


PALOMETA PELUDA  (Mercedes Franco)
Existe en Venezuela una mariposa nocturna, negra y grande, conocida en la costa oriental como La Palometa Peluda. En el estado Sucre, la consideran verdaderamente temible. Dicen que se cría cerca del Golfo de Cariaco. Durante la época de lluvias, esta plaga cae sobre pueblos como Carúpano, Tunapuy y El Pilar, oscureciendo las calles. Causan escoriaciones y daños irreversibles en los ojos, por el polvillo o pelusa que desprenden sus alas.
La gente de oriente le atribuye a este insecto un poder maligno, sobrenatural. El cura oficia misas extra para exorcizarlas y en las noches se encienden grandes hogueras en las calles, para atraer allí a las palometas, que caen en el fuego estallando como petardos.


PAPÁ TONGORÉ (Mercedes Franco)
En nuestra Barcelona de Anzoátegui, había devoción por determinadas imágenes, como la del Niño de la Catedral de Barcelona, y algunas otras que los vecinos poseían, a las que se atribuían grandes poderes benéficos y protectores y se adoraban en Navidad. Pero cada quien adornaba su Niño Jesús y lo colocaba iluminado en un lugar visible.
Muchos vecinos acostumbraban ir a adorar el de otras casas. Historiadores como Alfredo Armas Alfonzo, recuerdan la devoción a una imagen del Niño Jesús conocida como Papá Tongoré. Pertenecía al vecino Manuel Yancén y se consideraba muy milagrosa. A principios de siglo las fuerzas del gobierno combatían al insurrecto General Rolando, en Aragua de Barcelona. Un indio llamado Pantaima tenía en la mira al caudillo, cuando un centinela de Rolando gritó: " ¡Sálvalo, Papá Tongoré!". Pantalla se desconcertó totalmente. La carabina se le trabo y el proyectil se atascó en el cañón.
El General Rolando escapó con vida y la leyenda de "Papá Tongoré" se extendió por todo el país. La devoción al Niño de Barcelona creció y el mismo Rolando se hizo devoto de aquella humilde imagen oriental.


LOS OJOS (Ricardo Jesús Mejías Hernández)
Ese día llevó los ojos puestos, entró al baño del bar y en el espejo, notó que no los tenía.
Más tarde, en la barra, pidió un martini con dos aceitunas.
Volvió a entrar al baño y en el espejo, vio su imagen con dos aceitunas en lugar de ojos.
A la hora del cierre, cuando se retiraba acompañado por una escultural rubia, el mesero lo llama y dice:
—Señor no olvide llevar sus ojos.


EL DESTIERRO (Eduardo Sanoja)
Como yo he hablado de la luna y escribía de la luna y sabía cuándo era creciente o menguante o llena o nueva, decían que yo vivía en la luna o que me la pasaba en la luna, y eso no les convenía a los amos de los dineros, porque ¿qué iba a pasar si eso se generalizaba y toda la gente la cogía por “pasársela en la luna”? Eso no debía ser. Los jefes del Imperio de los Dineros decidieron acusarme y enjuiciarme y condenarme. La decisión fue unánime y la sentencia el destierro. ¡Fuera del planeta! ¡A la luna! Me amarraron, me montaron en un cohete y me mandaron preso para allá. Me entregaron a las autoridades de la luna. Allá siempre es de noche y no hay luz eléctrica. Me recibió el rey de la luna que es blanco como el hielo y tiene, caso contrario, luz propia como la de los bombillos fluorescentes, de neón.
–¿Por qué te mandaron para acá? –me preguntó luego de que se marcharan quienes me habían llevado.
Le expliqué todo el rollo de mis palabras y de mis poesías y lo de las leyes del Imperio. Me oyó en silencio…
Al rato dijo: “Aquí no hay calabozos ni cárceles. No sé si el rey de tu Imperio va a seguir molestándonos mandando gente a buscar piedras y a contaminar con las basuras que dejan aquí. No sé. Lo que te puedo decir es que como aquí siempre es de noche la pasamos soñando. Siempre soñando. Vivimos del sueño”.
Yo pasé allá no sé cuánto tiempo. Lo cierto es que aunque yo era (yo soy) un soñador, no estaba acostumbrado a soñar tanto tiempo seguido y hablé con el rey para que me diera permiso para irme.
–Eso no es problema mío –dijo–. Te las sabrás ingeniar…
Estuve un bojote de días pensando y requete pensando hasta que por fin resolví pedirle a unos zamuros que iban volando que me hicieran el favor de bajarme hasta la tierra. Ellos me dijeron que me agarrara de sus patas. Entonces yo me despedí del rey y le di las gracias y él me regalo un cuchillo de hielo bien bonito.
Estuvimos varios días baja que baja hasta que por fin llegamos.
–¿Dónde te dejamos? –preguntaron. Yo les dije que me esperara porque les iba a dar un regalo en agradecimiento.
Como era de noche, entré escondido y empinado al palacio y le clavé el puñal de hielo en el corazón del gran jefe del Imperio. Salí y les dije a los zamuros: “ese es su regalo… ¡Cómanselo!”.
Ellos se hartaron y se fueron de lo más contentos, y yo desde entonces puedo –estando en la tierra– pasármela en la luna, tranquilo, soñando…


CUMPLEAÑOS DEL MAGO (Wilfredo Machado)
Buscaba en cada presentación y a cada momento cruzar el círculo de afilados cuchillos que lo despedazaban lentamente como una jauría de carniceros furiosos. La primera vez que saltó perdió una de las orejas -que quedó colgando en la punta de un cuchillo descomunal-, aunque no le importó de ningún modo. Era un precio bajo para su osadía. Además le bastaba sólo una para escuchar las interferencias del mundo, el susurro del viento entre las láminas brillantes que lo aguardaban con ansiedad a cada presentación. Luego fue perdiendo los dedos de las manos, uno a uno; los de los pies, la nariz, los tobillos, los brazos, las piernas, hasta quedar convertido en un amasijo informe donde apenas podían reconocerse rastros de lo que había sido un ser humano. Para ese entonces se había acostumbrado a las mutilaciones y las heridas, al sabor amargo de su sangre y se arrastraba como un enorme gusano de seda bajo el sol. La última vez que lo vimos se presentaba acompañado de un viejo mago que lo cortaba en diminutos pedazos con una sierra eléctrica, cosa que a él parecía no importarle. Sus ojos oscuros, sin párpados, apuntaban a las nubes que se arremolinaban en el cielo. Por las noches, la mujer del mago se disputaba con los perros los pedazos del artista que habían quedado esparcidos sobre la plaza solitaria donde soñaba el viento. Luego los cosía con un fuerte hilo de nylon para la presentación del día siguiente. Entonces el mago se acercaba en silencio, susurraba unas palabras junto a su único oído, y lo retornaba a la vida con un leve movimiento de sus manos.
 —No, todavía no puedes morir—. Mañana será un día muy especial para todos. A ti, como siempre, te tocará apagar las velas.
A veces, a escondidas, sin que nadie lo percibiera, el acróbata movía la cola en la oscuridad de la plaza antes de la función.


SALOMÉ (Ramón Lameda)
Era el hermano mayor de Buda, ubicado en un templo de Bizancio. Permanecía estático lleno de siglos y soles, finamente amozaicados contra el muro. Bajo sus ojos, los cristianos parecían bajo el fragor del fuego y el crepitar de los dientes felinos.
Su largo pelo cubierto de espejos reflejaba las arenas pretéritas de las cuatrocientas mil galaxias que giran en la sangre.
No podía decretar el sufrimiento. Su silencio le impedía penetrar en el valle de la sombra. Sin embargo, intentó acercarse a la angustia humana. Mirando desde el vidrio del aumento, penetro en los círculos más sombríos hasta reventar en mil pedazos.
Salomé tomó la cabeza por el pelo y la colocó sobre la mesa de noche.


ATILA (Enrique Plata Ramírez)
Lo miró con profundo odio. Hasta tres veces lo abofeteó, y luego, con mucho desprecio, le espetó:
- ¡No eres nadie! ¡Ni siquiera eres digno de ser hijo de tu padre! ¡Desde hoy dejas de ser mi señor! 
El hombre herido en su alma contuvo la espada en lo alto. La mujer lo miró con una mezcla de odio y terror.
Furioso, Atila salió a conquistar el mundo.


SOLICITUD (Enrique Plata Ramírez)
Enamorado, el hombre se acercó hasta el padre de la joven y educadamente le solicitó su mano en matrimonio.
Y llamando a la muchacha, tomó Atila un hacha, le cercenó la mano y se la entregó al pretendiente.


EL SUICIDA (Gregorio Riveros)
Matar la tristeza, eso quería el viejo poeta Baltasar. Pero la tristeza llegó, una y otra vez. Bastó un instante perverso de su presencia dolorosa para retomar el deseo de darle muerte, asesinarla sin piedad. Eran tardes lluviosas de agosto que dejaban en el ambiente una sensación de profunda desolación. Su mente tormentosa estaba acorralada, doblegada, con su ánimo abatido. La pesadumbre capturaba su atención y lo encerraba en los barrotes grises de una melancolía insondable. Hubo algunos días que se pudo escapar, y podía salir de su agobiadora depresión. Salía para la calle, a caminar en el centro de la ciudad, como una salvación, mirar rostros, múltiples, desconocidos. Verlos andar le resultaba entretenido, le hacían sentir parpadeos de la vida. Pero eso no bastaba en los otros días grises, aún así, salía de la solitaria habitación, caminaba rápido para llegar a la ciudad, llegaba, miraba la gente, y eso no le importaba. No le satisfacía en nada, no lo calmaba, no representaba ninguna alegría, ni vitalidad, ni compañía. Por el contrario, su estado emocional se trasladaba hacia una sensación infernal de soledad, de abismo, de caída inevitable en las arenas movedizas del fatal desasosiego. Llegaba al fin, a la más intensa penumbra. Allí, donde todos los pensamientos de orden, de normalidad social convenida, eran destrozados y abandonados sin escrúpulos. Era el lugar, o el momento, donde se convertía en un vulgar delincuente, en un inclemente asesino de la tristeza. Lo había pensado muy bien, lo estaba planificando, caerle a plomo limpio, a balazos, y desangrarlo, hasta precipitar su muerte. Y llegó el día gris, más frío y lluvioso, y se preguntaba ¿Cómo asesinarlo sin daños colaterales?. No supe cómo ayudarlo, y no me siento culpable, es que ustedes tampoco lo hubiesen podido ayudar, porque a un hombre firme y decidido a morir, de nada ayudan las palabras, las orientaciones, cualquier consejo era ineficaz. Estaba decidido a matar su depresión, su tristeza. No tuvo alternativas, puso la punta de su pistola en la boca. La introdujo hasta llegar a la garganta. Y apretó el gatillo. Pero no era el momento, lo salvó la suerte. La bala no estalló. Pero probó el vértigo, la adrenalina, la sórdida y nerviosa sensación triunfal de presenciar el momento previo del final, planificado, construido por su voluntad y en sus propias manos. Y a la noche siguiente, se repite el ritual, Baltasar, la pistola, la boca, la garganta, y una noche más larga y más lóbrega, y un disparo perfecto que le dio muerte a la tristeza.


EL ESPANTO DE JUAN CURIEPE (José Milano M.)
La sombra rauda dejó mi temple la mirada atónita de Juan Curiepe. Parpadeo nervioso seis veces y la tensión en su cuello le hinchó las venas parietales; la cosa era horrible, pegaba unos alaridos  espantosos y despedía un olor a fuego de bosta húmeda cada vez que le pasaba por el frente.
-No me mates esa danta. Le dijo el capataz con señero gesto a Juan Curiepe. Fue un ruego más que una orden.
-Es que por esos montes quedan poquitas y a nosotros la comida no nos falta. De todos modos el terco campesino montó la velada y una noche dio con  la cría jojota del animal; no dijo nada, la preparó en su choza en salmuera  y cada tarde le hincaba el diente mientras acechaba a la grande. El capataz se había dado por vencido, no sin antes advertirle que danta y encanto se parecen, que tuviera cuidado de los muchachos que cuidan los montes.
Aquella noche vio una trocha que antes no había mirado, la siguió, y al final se encontró  con la bestia; una  carcajada diabólica inundó los caminos y el espectro se le fue encima volviéndose un humo negro y hediondo. Juan apretó el machete con ánimo de quitarse de encima aquel espanto, pero no le respondía el brazo y las piernas temblorosas no daban ni para correr.
-¡Aaahhhh!! ¡Aahhh! ¡Ahhh...! Gritó de pronto y cayó en un desmayó. Frío y con los ojos abiertos, el susto se le quedó marcado en el rostro.
A la mañana siguiente, cuando lo encontraron, estaba seco como una estaca, hecho heces y orinas; hubo que cortar sus ropas para bañarle. Desde entonces Juan Curiepe no ha dicho una palabra duerme de día y se queda en las tardes mirando el monte desde la ventana, y cuando cae la noche se encierra en su choza entre cuatro velas balbuciendo rezos hasta el amanecer.
Hace dos años la ventana no se abrió, nadie extrañó su cara, nadie preguntó por él, la choza se fue secando con los años y la paja dispersa por el viento dejó ver una torta de esperma bordeando un esqueleto con los huesos roídos  como si se lo hubiesen comido poco a poco y desde adentro.



LOS MUÑECOS (Juan Emilio Rodríguez)
La mujer y aquella figura masculina asistieron durante cincuenta años a una cátedra sobre La Ciencia de la Vida que dictaba un renombrado profesor.
Cada día de aquellos trece mil anocheceres, la mujer y la figura masculina se sentaron en pupitres separados para oír las  profundas disertaciones del magíster.
Pero una noche, al levantar el brazo para recalcar un concepto, el profesor enmudeció.
La mujer, después de esperar unos segundos por lo que creía una pausa, miró por primera vez la cara de una figura masculina.
Y entonces creyó ver en sus pupilas azules el deseo de que ambos fueran a ver qué le sucedía al erudito.
Con pasos lentos se acercaron al rígido maestro.
La mujer le tocó el brazo suspendido. De inmediato, el profesor se desarmó con un estrépito de plástico, metal y goma.
La mujer abrió los ojos aterrada, y luego empezó a sollozar, como al compás de los oscilantes y oxidados resortes, que brotaron del tórax del profesor.
-¿Lloras? –Preguntó sin alterarse la figura masculina.
-Hemos dejado ir nuestras vidas oyendo a un muñeco que nos explicaba lo que no podía saber –dijo que al final la mujer entre llanto- unidos si habríamos aprendido La Verdadera Ciencia de la Vida.
-Yo estaba seguro- dijo la figura mientras miraba sin expresión alguna- que tú también eras un muñeco… como nosotros.



CONTRASTE (Víctor Marichal)
Aquel hombre era admirado por el bajo mundo, pues él pertenecía a ese ambiente y había demostrado habilidades extraordinarias que le permitían cierto rango dentro del hampa.
Parecía que sus delitos quedarían impunes. En más de una ocasión lo hicieron prisionero pero jamás pudieron condenarlo por no hallar pruebas suficientes en su contra. Algunas veces por sus astutas declaraciones y otras por tener dinero para pagar a cualquier tracalero que se encargara de demostrar su inocencia.
Un día, en vista de que los policías podían reconocerlo y meterlo preso de nuevo, decidió jugarles una maniobra para incurrir en uno de sus delitos y evitar ser capturado.  Esta maniobra consistía en disfrazarse. Se vistió con un uniforme exacto al usado por los policías y cometió el delito. Despojó a un repartidor de cigarrillos de todo el dinero que hasta el momento había cobrado a los comerciantes a quienes llevaba su mercancía. Después del hecho huyó en veloz carrera, y al internarse en un callejón que le proporcionaría la feliz huida, otro delincuente, quien no reconoció a Ricardo y temeroso de que la ley le cobrara las deudas contraídas con ella, sacó su arma y sin que Ricardo lograra identificarse recibió tres impactos de bala, pero antes de caer logró sacar su pistola y hacer blanco en el rostro sorprendido de su asesino.
La policía al levantar los cuerpos quedó estupefacta al encontrar el cuerpo de Ricardo vestido con uniforme de la policía. Alguien que conocía bien a Ricardo y que supo de los hechos dijo: “Y decían que jamás la justicia podría con él”.   



EL CAZADOR (Samuel Omar Sánchez Terán)
 Este es uno de los tantos relatos orales de la población de Manrique en el estado Cojedes. Alexis Sandoval, hombre manriqueño, tiene por hobby la cacería no desperdicia un momento libre para ir al monte o la montaña. Siempre le decían su familia y amigos, que dejara esa ceba porque no respetaba los días santos para cumplir sus hazañas de cazador, él comentaba que era buen baquiano y para eso cargaba una contra de la Virgen del Carmen. Sucedió un día lunes, luego de trabajar en su parcela, llega a su hogar, después de cenar le dijo a su mujer  qué iba de cacería y llegaría tarde Son las nueve de la noche, está por los lados del sitio conocido como “La Martinera”, logra distinguir un enorme picure se dice: -¡Ah camarita, me salvó la noche!- Lo empieza a perseguir, está corriendo y no se da cuenta por dónde va. La noche se pone como cueva de zamuro oscura y se estalla por una cerca de alambre, al rato nota que está dentro de los terrenos del cementerio, el cual está situado en las afueras del poblado, se encuentra cerca de unas matas de algarrobo, la luna se esconde detrás de unas nubes, no ve por donde va y cae de batacazo en una fosa que han hecho los sepultureros en la mañana, es un inmenso panteón familiar, tiene casi tres metros de profundidad, suerte que no se fracturó una pierna, nada más unos leves moretones, se echa a reír y dice: -!Cónchale! ese picure me tenía hipnotizado, que no vio cuando entre al cementerio y de ñapa vengo a caer en esta fosa- Son casi las doce de la medianoche-. Ha gritado a ver si alguien lo escucha y lo rescata, ha tratado de salir, no puede está agotado de tanto saltar, la luna aparece y refleja su claridad a un lado de la tumba, el otro oscuro, siente un silencio sepulcral que ni un grillo canta, un frío helado lo pone a temblar por un momento, se da por vencido, decide acomodarse en la parte que no da claridad, esperará al amanecer cuando lleguen los trabajadores y lo saquen. Comenta la gente mayor que la tierra de cementerio mojada pone a la gente hinchada, por cierto había caído una leve garua de lluvia, ya está cómodo para dormir un rato, cuando siente que cae un bojote de platanazo dentro de la tumba, sobresaltado salta, ve que es otro cazador el cual dice: -No se preocupe compañero, que vengo hacerle compañía-. Alexis, le ve su rostro que es todo cadavérico, ahí logra un gran salto como si fuera empujado por un resorte y sale de un brinco de la fosa, pálido como un cadáver, se encomienda a la Virgen del Carmen y pega una loca carrera monte adentro, que aún lo andan buscando.

sábado, 2 de febrero de 2019

Dulcería Típica de Venezuela. Alfredo Armas Alfonzo

Llanera  en plena faena preparando melao. Archivo de La Voz del Joropo


LOS BRILLANTES DE MÉRIDA
La confitura brillante y translúcida no esconde sino que acicala la dulcería merideña de los brillantes. La azúcar como vidrio molido enaltece así la fruta la toronja, el higo, la lechosa de tanta maternidad que acaba derribando la madre prodigiosa del mercado de los lunes  de Mérida, que recorría de niño, junto al abuelo acicalado, Mariano Picón Salas. El venezolano ilustre hace memoria de este recorrido nostalgioso de regreso a la infancia en un librito inapreciable, viaje al amanecer, que es como un elemental catecismo de los más tiernos recuerdos de una ciudad ya extinguida, de una tradición ya exhausta, de un tiempo tristemente lejano. El mercado de Mérida se llenaba de colores de montes y huertos y de presencias como las que rememoran pueblos leyendarios de la España castellana o andaluza. El niño se abría paso entre burros y bueyes de carga ya aliviados de su peso de frutas y verduras de fragantísismos humores; puestos de frituras y quincallas donde se ponen a la venta estampas de santos, novenas y abalorios para la belleza campesina. Ese es el lugar donde impone su aire imponderable, entre ollas de barro y sacos que desbordan la guama, el mamón de Los Guáimaros, la badea, los camburitos, bocadillos, una diosa de la cordillera, de grandes cuadriles, los dientes sanísimos, los ojos orgullosos. No oculta el origen timotocuica que la hace preponderante. Picón Salas describe su aristocracia adornada de “gran pañolón de merino, cruzado de pesado prendedor de oro”. Si él requiriera representar la fecundidad de su pueblo mestizo y montañés invocaría esta Ceres, como él la nombra, hecha ahora de sabores inolvidables. Junto al pecho potente se colocaría la bandeja de los brillantes del resplandor de las aguas del Chama.

EL MAZAPÁN ANGOSTUREÑO
De misterios que no soslaya el texto de la mitología con que Sir Francis Drake regresa de entre las aguas anubarradas del Orinoco a la luz del Delta con una cabeza de guacamaya emplumada de arcoíris en lugar de su espada de esa fábulas que inventa el desvarió de un inglés cortesano, pirata y cartógrafo de sueño, parece provenir la fruta del merey, este árbol o arbusto de la familia de anacardias, dueño de una voz emparentada con los árabes y enraizada en la historia de las Indias como la profecía de Amalivaca, que presenció el diluvio y la germinación del primer hijo de la semilla de la palma moriche. Ninguna criatura vegetal como ella, que no florece sino que entrega de su pecho leñoso fruto y semilla a la vez. Bien sea de carmín de la herida de Cristo, de amarillo como dicen que se le ponen los ojos a la víbora cascabel cuando se adentra entre la noche, de esas  lilas que asoma la hora vesperal sobre el fin de la tierra y que el Orinoco o ante Paria convocan al hombre de la tristeza, el merey se apropia del silencio de los primeros amos de América, de su precariedad para sustentarse de la nada, y un día se llena de carga, como si de pronto lo llenaran los increíbles pájaros de la selva amazónica del relato de Drake. La tradición de Angostura, hoy esta Ciudad Bolívar donde se guarece el mejor corazón del hombre, mandar que esta semilla fabulosa de macere, se acendre en el fuego, para darle lugar al mazapán tan buscado; manda que el fruto se exponga al sol para alcanzar la otra maravilla de la dulcería del mundo.

LAS FINURAS DE CARACAS
José García de la Concha, hasta que Dios lo atrajo a su seno como él se puso  a esperarlo, la barba de patriarca extendía sobre el pecho, jamás dejó de rememorar la vida y costumbres de la vieja Caracas, siempre con neblinas puestas sobre el Ávila y su pregón de claveles de Galipán en la calle de ventanas con celosías donde suspiraban  solteronas ruborosas condenadas a vestir santos. El anciano y ultimo evacuador de la ciudad de antaño a veces se ponía a alabar en la quietud de la quinta Anauco bajo cuyos techos transcurren los últimos años de su apasionado amor, la condición hacendosa de la mujer caraqueña y su disposición para el ejercicio de un recetario de la dulcería tradicional venezolana donde figuraban desde las jaleas de guayaba o de membrillo que salían de las manos de Isabel Días Smith, los ponqués de las Pardo Roque  o las finuras de dulces de Dolorita y Susana Urdaneta, hijas del general en Jefe Rafael Urdaneta, el de la Independencia, y “que hicieron época con su arte culinario”, vengan al caso las mismas palabras del evocador cronista. Recordaba asimismo don José “unas lindas y sabrosas naranjas rellenas” que eran el orgullo de su tía Micaelita Revenga; los bienmesabe en almíbar de coco y huevo, acompañados de bizcochuelos y canela; las islas flotantes, los suspiros, en un mar de cremas; las chipolatas, los hojaldres, el cabello de ángel, la torta bejarano enguirnaldada con semillas de ajonjolí, la cojita, los tacones, que no era sino ruedas de pan frito mojadas en ron y bañadas con melado de papelón; el manjarete, el tequiche, el arroz con coco, el golfiao. Una Caracas tierna de pura confitura.

EL PAPELÓN
En las algaras de los soldados llaneros que siguieron a Bolívar a la Campaña de los Andes, junto a la lanza, junto a la cecina y los pedazos de casabe y queso del bastimento escotero, jamás dejó de ir el papelón, que aparece en la vida del venezolano como la canción del Bravo Pueblo de los primeros días de la patria a la que le puso música no se sabe si Juan José Landaeta o ese otro compositor de la Colina que retrató Juan Lovera con su violín, el mulato Lino Garrido, en cuya encarnadura vital se restaura el rostro del hambre de oriente y llano. Esa fue la mano que endulzo tanta amargura. Esos mismos ojos resignados y esa idéntica expresión de los labios desdeñosos corresponden al cortador de caña de valles y recodos donde siempre se erigía un torreón de ladrillo y el humo de las pailas del trapiche. Esa torre, la espiga de la caña diseminada como banderas del viento de algún cuento de Sacarra-majestad y el buscare florecido dibujan en la tarjeta postal el otro antiguo y viejo país que se sustentaba de su fruto y de su cosecha. De un suelo dulce se obtenía aguamiel que llenaba las taparas con que el pobre componía el café del amanecer, pero también de este zumo constante se armaba, vaciados en moldes cónicos de madera, el papelón de oro que sabría de una buena clase si al rallarlo con la uña dejaba un trazo blanco allí donde se le probara. Largas jornadas de sed llanera, hambres insatisfechas, gulas de niños que celebraban el día del árbol con poemas a la rosa de los vientos, hallaron calma y remedio en la golosina del papelón. No está completa  la historia de Venezuela sin ese producto mulato, mestizo, aindiado, anegrado de la verdadera alma del pueblo, de las esencias colectivas, de las tumultuosas pasiones de las multitudes.

LAS PANELITAS DE SAN JOAQUÍN
Las panelas de San Joaquín, que antiguamente se conocieron como los bizcochitos de San Joaquín, y las panelas de Maracay vaya la historia a desapartarlos y a darle unos papeles distintos de la nacionalidad común, bien se doren entre candelas de horno en la ciudad  que tienen de suelo la heredad de milenarios barros de los tacariguas ancestrales o de la aldehuela que ya no es, del paso real de Turmero, San Mateo, La Victoria, El Consejo Y Las Tejerías. Después lo que venían era guayas y la posada del pan famoso que obligaba a la parada así se viajara con la urgencia. Las panelitas de San Joaquín, de granjería casera de rareza del regusto sabatino y dominical, de modesto quehacer doméstico de contadas casas de familia, se hizo patrimonio de toda una comunidad y alcanzó la carretera y la autopista, sin atención al riesgo de un peligro automotor o la sanción de las patrullas del tránsito. Hombres y mujeres, ancianos y niños, abanican el aire con sus avíos de panelitas, que sigue siendo el inalterable bizcochito de antes, bueno si se le come solo y aún más bueno si se le moja en chocolate o café con leche de la hervida. Pariente del ponqué caraqueño y del debudeque  paraguanero, emparentado con linaje propio a la sabiduría que trasladó a América el conquistador español, la panelita de San Joaquín, de cuerpo de harina, huevo, leche, azúcar y esencia de anís esenciales, adquirió un paisanaje que ya nadie le mezquina, sin aliarla a otras costumbres, porque en su confección se mezclan las distintas sangres del pueblo venezolano. El nombre del santo padre bíblico de la Virgen María, que es el del pueblo comenzando en el azar del camino, le da un domicilio y una casa legitimadas por el tiempo.

LA NAIBOA
En torno a la yuca se congregan demasiadas circunstancias del ser nacional Yuca misma, la palabra que designa la euforbiácea Manibot utilissima, es voz caribe, bien se use esta palabra o la otra de mandioca común en literaturas de cronistas y expedicionarios europeos antiguos. Yare, el sumo de la opima raíz, tiene su antecedencia caribe como catebía, o cativía o catara, que es la harina de la yuca ya rallada, y aun se cebucán o sebucán, el aparejo de exprimir la harina para extraerle su zumo, y que estaba hecho de la palma camuare. Como aripo del cumanagoto erepa, que domina el budare de barro, de cuyo sonido deriva arepa. Como manare, el cernidor de la harina, y aun naiboa, que idéntica otro modo indígena de llamar la yuca. Lisandro Alvarado, el sabio que nos legó un rico glosario del habla indígena, establece que naiboa es “casabe aderezado con dulce y queso”. Equivaldría al casabe con dulce que le ofrecen hoy al viajero de la carretera a Cumaná las niñas campesinas de frente a Mochima, con la diferencia de que además del papelón rallado no le falta su entraña de queso blanco y su adorno como de encaje, de almidón, si la naiboa es lo que se dice toda consideración. Tiene del casabe ancestral, nuestro pan de  palo, y del papelón que no faltó en la cocina del mantuano, el aliñado dulce rural y pueblerino, la naiboa de que se habla, pero la forma no siempre asume la forma redonda de la torta, sino que a veces toma intención de rombo y aun de triángulo, depende de la imaginación de la tendedora. Difiere así mismo el sabor, bien se le mezcle queso de la diferente región, si muy seco o muy picante, si salado o desabrido. El anís le completa la sabrosura de su alma.

LOS HUEVOS CHIMBOS
Si se le permitiera imponer el arrogante regionalismo con que ha sabido afirmar riqueza y espíritu, el zuliano decidiría  que la suya es la región de los mejores dulces venezolanos, y arreglón seguido enumeraría, primo, las ricuras del caujil, el hicaco y huevo chimbo de tanta fama como el poder milagroso de la Virgen de la Chiquinquirá, y, en oposición a un clima siempre cálido, los yelitos comentados que el Lago de Maracaibo remueve cuando lo encrespa el viento de la temporada. No es faltarle el respeto a chinita, pero nadie nacido en la tierra del sol amada de la frase de su poeta señero concibe este pueblo sin la Chiquinquirá y sin el huevo chimbo. El plato es tan tradicional como la gaita y ha derivado hoy en industria lo que antes fue secreto hogareño bien conservado tras esas puertas y ventanas de tantos colores como lo hubo en la Calle Ciencias antes que la demolieran innoblemente, o, de ordinario y no por obra de la casualidad, en todo. El Saladillo junto. Que a la hora de ponerle color a su arquitectura, este pueblo inventó el más alegre de los silabarios. Los huevos chimbos tienen su composición de amarillos de huevos frescos, la azúcar del jarabe, brandy y esencia de vainilla. Según la culinaria, se baten las yemas hasta que se obtienen la consistencia y se llenan de consiguiente las chimberas de hoy, como antes en las propias cáscaras de los huevos, de donde les viene la forma. Luego se somete el resultado al requerido baño de maría hasta su cocimiento. El rito se completa con el añadido del licor y la sumersión de la golosina en el almíbar. Es como envasar los miles de soles de Maracaibo. Quien haya probado las recetas convendrá con el zuliano en que este es otro regalo de su nación de la generosa santa patrona aparecida.

UN ALIADO TACHIRENSE
Si bien en Venezuela armoniza todos los grupos sociales de su población bajo una misma Constitución y un idéntico sentimiento de unidad política, y si nada nos hace diferentes entre sí, la geografía ha determinado caracteres no siempre comunes entre el habitante de la tierra llana y el montañés, entre los costeños y los centrales, entre el deltano y el oriental, digamos. En los casos de los tres estados andinos, esos discrepantes caracteres obedecen mayormente al aislamiento que impuso la misma naturaleza  de su suelo y a través de una frontera abierta como la mano del amigo. Tachirense, Merideño y Trujillano asumen pues otro tipo de venezolano que se expresa con costumbres y habla diferenciados de la totalidad nacional. En el ejemplo de granjerías, el Táchira, elegido al azar, regala al recetario criollo desde la chicha andina fermentada y el fresco de curuba hasta el chiflao, el masato, la almojábana, la almidona, la mantecada, la paledonia, la cazpiraleta, el arequipe y el aliado. Este último no es sino el dulce de pata de res, que sólo aquí se acostumbra y sólo aquí se produce. Digna Benedetti dio la receta a los folkloristas Ramón y Rivera en 1958 – Se lavan bien las patas – fue detallando la artesana – y se ponen a cocinar con panela. Se soba y se soba. La panela blanquera de tanto batir; esto se hace entre dos personas. Cuando tienen su punto se extiende el mapa y lo van cortando en trocitos. Lo que le da la consistencia a la panela es la gelatina que suelta la pata. No comenta la doña Digna porque no venía al caso  que la panela no es sino el papelón andino, hecho en moldes cuadrados y tan dulce como la sonrisa de sus mujeres y niños que nadie olvide entre los páramos.

EL GOFIO CUMANÉS
El benemérito maestro Manuel  S. Peñalver Gómez, en sus amenas conversaciones sobre los tiempos antiguos de Cumaná, se honraba el referir que más que la administración de los problemas políticos de la provincia, tan dada a las revueltas y a las asonadas, al bravo General José Francisco Bermúdez  lo hacían desvariar ciertas defectuosas prácticas de los fabricantes del gofio cumanés, que exponían el producto de la tradición casera de esa región de Sucre a descréditos impropios de un patrimonio secular identificador de la más dulce naturaleza del gentilicio oriental. En el orden de esos sentimientos sagrados, el gofio cumanés podría aspirar a símbolo del escudo de Cumaná. El gofio cumanés, venido siempre de los tiempos de pobreza de la zafra cumanacoera, y posteriormente asimilado a las doctrinas de la casa del sucrense, debía poseer a los ojos una ilusión exquisitamente dorada y a la boca experimentada da toda la ambrosía que entrega una tierra donde hasta aguas del río Cancamure tienen la miel de las uvas, los nísperos y los jobos de las charas. La modestísima confección de harina de yuca, papelón rallado y pulpas de la guayaba de los patios de las monjas y la piña de Pantanillo, es aquella colectividad lo que los médanos a Codo y al Yaracuy la reina María Lionza, una mezcla de orgullos culturales y patriotismos municipales. Su modo de llamarse una estrella, dos estrellas, tres estrellas, no se atiene a valoraciones de calidad sino a intenciones de la mano de obra. Si el primero le mandó a poner  una estrella a la etiqueta, pues esa tendrá dos, tres, y Juan José Acuña, el impresor, hacía las cosas al gusto del cliente.

viernes, 1 de febrero de 2019

El Nazareno (Leyendas, cuentos y teatro) Varios autores

Imagen en el archivo de Noilton Pereira

EL NAZARENO DE CARACAS (Teófilo Rodríguez, 1885)
Corría el año de 1696 cuando, aún no repuesta Caracas de los estragos del pavoroso terremoto que en la mañana del 11 de junio de 1641, la destruyó casi toda, aún no restablecida de los que le acarreó el saqueo que los franceses en 1672, viose por vez primera acometida de la terrible peste del vómito negro (fiebre amarilla), que no ha dejado de visitarla a intervalos en tiempos posteriores, y que azotó entonces su población por espacio de dieciséis meses continuados.
Afligidos los caraqueños y deseosos de granjearse la valiosa protección de la “Abogada de las pestes”, fundaron un templo que dedicaron a Santa Rosalía de Palermo. Agotados los escasos recursos de que a la sazón podía disponer la ciencia médica en la renaciente población, y como quiera que la invocación a los Santos no producía el resultado apetecido, de alejar el tremendo mal, discurrieron acudir a Dios mismo, como fuente de toda gracia, en la persona de su Hijo.
A este fin, obtenido el permiso de las autoridades civiles y eclesiásticas, sacaron en rogativa al Nazareno, que para entonces se hallaba en la hoy extinguida iglesia de San Pablo. Parece que en el curso de la procesión (dice una antigua crónica), el Santo tropezó casualmente con una mata de limón agrio, perteneciente al corral de una casa que está situada en la llamada esquina del Reducto.
La mata, según se dice, estaba muy cargada de limones maduros, de los que, desprendiéndose algunos por el choque, fueron recogidos por los fieles, quienes aplicando el jugo a los atacados del mal lograron arrancar a muchos de una muerte segura.  Como quiera, lo cierto es que en muchos casos se ha aplicado con buen éxito el caldo de limones agrios para curar la fiebre amarilla, y si esto no fuera un milagro, al menos es un precioso descubrimiento…
Si no fuera contrario a la índole de estos trabajos y ajeno a nuestro propósito el dar acogida a las consejas que la superstición engendra, referiríamos también que algunos fanáticos aseveran que cuando el escultor de la celebrada imagen (que en verdad nada de artístico tiene) concluida su obra, la contemplaba extasiado y en un arranque de fervor le preguntó:
¿Qué le falta, mi Dios? A lo que, moviendo sus labios, la imagen le contestó:
¿Dónde me has visto, que me has hecho tan perfecto?”… Y al escuchar estas voces el escultor cayó muerto…

Imagen del Vía  Crucis en Cojedes. Archivo de Juana Pérez



EL MILAGROSO CRISTO DE LA CARRETERA (Mons. Constantino Maradei)
Se desconoce el origen de la imagen del “Cristo de Jóse”  y lo mismo podemos decir de su devoción; pero es lo cierto que son muy antiguos y están íntimamente ligados con la religiosidad popular de los viajeros que se detienen en el lugar para rezarle, pagarle promesas y llevarle exvotos.
Es una devoción que está muy arraigada, no sólo entre los habitantes anzoatiguenses, sino de toda Venezuela. Diversas leyendas se tejen acerca de su origen, las cuales están entre la realidad y la ficción, diciendo los lugareños, y también los que no son de allí, pero que conocen la historia,  «que había un sitio en el monte donde los rebaños de ganado se espantaban sorpresivamente, porque se le aparecían duendes, brujas y toda clase de demonios.
«Los arrieros de aquella época temían pasar por el lugar. Y si lo de demonios podía ser una ficción, por lo menos había una realidad: el ganado se espantaba, las reses se perdían para siempre en el monte, se oían gritos”.
Cuentan que entonces a alguien se le ocurrió levantar en ese lugar la imagen del Cristo de Jóse, crucificado, con el mismo aspecto de dolor y a la vez de resignación que tienen todos los Cristos, pero con una particularidad: su figura.
Los lugareños comentaban: “Este es un Cristo distinto. Su aspecto no es el del hombre delgado, casi famélico, que murió por salvar a la humanidad”. Este es un Cristo musculoso, atlético, con unas piernas que nada tienen que envidiar al más fornido de los atletas. Un pie inmenso que da la sensación de vigor y protección que seguramente buscaban quienes decidieron allí instalarlo con el propósito de que «expulsara a los malos espíritus».
Y así fue, las reses dejaron de espantarse y perderse, ya no se oyeron más los gritos y quejidos y el paso de los arrieros y lugareños fue tranquilo y pacífico, dando gracias a Dios por haber acabado con aquella maldición.
Al Cristo de Jóse lo llamaban también el “Cristo de la Ruta” porque hace el milagro de revivir la fe de los viajeros, pero los choferes lo llaman el “Cristo de la Carretera de la Costa”…



Nuestro  Señor con sus fieles y tras él, Judas. Archivo de Juana Pérez

CRISTO DEL BUEN VIAJE (Mercedes Franco)
En el puerto de Pampatar, en la isla de Margarita, los pescadores tienen un misterioso ayudante. Los acompaña en la faena, les señala los mejores bancos de peces. Lanza alegremente la atarraya. Ellos lo llaman cariñosamente “El Viejo”. Se trata del Cristo del Buen Viaje, patrono de Pampatar, cuya fiesta se celebra desde el 2 al 12 de mayo.
La leyenda relata la forma misteriosa en que llegó este Cristo al puerto de Pampatar. La imagen salió de España en el siglo dieciséis, con destino a Santo Domingo. El viaje, que hasta entonces parecía plácido, se transformó en pesadilla al entrar al Caribe. El mar rugía, alboroto, y fuertes vientos de lluvia amenazaban con convertirse en tempestad. Al encontrarse frente a Margarita el capitán de aquel barco decidió echar ancla, para pasar allí la tormenta. Como por arte de magia, cesaron los vientos y el oleaje. Cuando se dispusieron a zarpar de nuevo volvió el mal tiempo. Decidieron entonces detenerse allí, y el mar se calmó completamente. Aquello les parecía francamente sobrenatural.
Decidieron desembarcar en el puerto de Pampatar. Después de referir la historia, donaron el Cristo a la iglesia. Al hacerlo, pudieron continuar su viaje sin problemas. La historia se conoció en toda la isla y la devoción al Cristo del Buen Viaje fue creciendo. Hoy en día lo llaman el “´Viejo”, el inseparable amigo de los pescadores.

PATÁ CRUZÁ (Mercedes Franco)
La leyenda de Patá Cruzá es muy conocida en Maracaibo. El protagonista es Praxíteles Montiel, un díscolo pescador, que un día al entrar a la iglesia, encontró muy cómica la postura del Cristo, con los pies cruzados sobre el leño. Desde entonces no lo llamó sino "Patá Cruzá ", es decir Pata Cruzada.
Cuando su mujer iba a la iglesia gritaba: -¡Mira Polifema, dale saludos a Patá Cruzá! Praxiteles comenzó a notar que su trabajo no rendía como antes. Y le dijo a Polifema: - Anda a la iglesia y pídele a Patá Cruzá que nos ayude.
Una tarde pasó frente a la puerta de Praxiteles un vendedor de telas. Como necesitaba reparar la vela, el pescador compró un buen trozo de lona blanca.
Después de remendar su vela, Praxiteles salió a pescar. Ese día saco tanto pescado, que estaba desconcertado. Las redes estaban repletas, el barco iba más pesado que nunca.
Al acercarse a tierra, todos lo guardaban con gran alboroto y señalaban su barquito con el dedo "¿Cómo sabrán que traigo buena pesca?", se preguntaba el hombre, contento e intrigado. Pero cuando llegó con aquella fortuna en pescado, nadie apartaba sus ojos de la vela. Allí en el trozo de lona que el pescador había comprado, se dibujaba a todo color la imagen de Pata Cruzá.
Desde entonces Praxiteles cambió, se hizo cristiano devoto. Y cedió a la iglesia aquella lona milagrosa, para que todos pudieran venerarla.

EL MOMENTO MÁS IMPORTANTE (Gabriel Jiménez Emán)
La fecha más importante de la historia es el nacimiento de Cristo -le dijo un borracho a un hombre en una taberna pobre, pero muy concurrida y alegre.
Si, tienes razón -le respondió el hombre, tomándose un trago antes de levantarse del banco de la barra. Primero lo bendijo. Después, se fue a hacer sus milagros.

UN MILAGRO DE DIOS POCO CONOCIDO (Julio Romero Parra)
Jesús y sus discípulos cruzaban a pie parte del Gran Valle de Rift en busca del río Jordán. Según cuentas antiguas escrituras no tan sagradas, el cauce de este río donde fue bautizado el Hijo de Dios se secaba para beneplácito del demonio. Entonces Jesús convocó a sus discípulos y les pidió que lo acompañaran a una larga travesía a través del valle para exorcizar los males que caían sobre la afluente. Por supuesto, ninguno de ellos se negó.
Emprendieron la marcha. El camino fue largo y agotador y al tercer día se quedaron sin agua y sin provisiones. Los becarios del profeta comenzaron a sentir desesperación debido a la sed y el hambre y no se cansaron de pedir algún milagro para poder salvarse de la muerte. Entonces Jesús detuvo la comitiva y les dijo a sus seguidores:
-No crean que eso de hacer milagros consiste en soplar y hacer botellas, no es fácil que digamos. Pero vamos a hacer el esfuerzo.
-¿Qué debemos hacer, Señor?-preguntó uno de ellos.
-Probemos de esta manera-dijo el hijo de Dios-: llorad, llorad todo lo que podáis y tomad una piedra para que Dios vea el tamaño de nuestra fe y de nuestros sacrificios.
Sin dudarlo, todos cumplieron las orientaciones. Todos, a excepción de Pedro quien, sin ser traidor como Judas, tenía fama de negador. Derramaron lágrimas y tomaron piedras de tamaños regulares. Pedro, por su parte, no soltó una lágrima y respecto a la piedra tomó una que apenas alcanzaba el tamaño de la yema de su índice. Luego continuaron la jornada.
Eran muchas leguas de camino y Las señales de agotamiento se hicieron más agudas. Los discípulos comenzaban a morder la tierra del Gran Valle de Rift, a enfrentar visiones fabulosas, a clamar por un milagro. Entonces Jesús detuvo la marcha nuevamente, levantó sus ojos y sus brazos hacia el cielo y exclamó:
-¡Dios mío, Tú que todo lo puedes, concédenos un milagro! ¡Convertid nuestras lágrimas en agua y nuestras piedras en panes!
¡Milagro! Los discípulos se sentían admirados y jubilosos. Comieron con mucho apetito las piedras que se volvieron pan y tomaron con mucha sed las lágrimas que se volvieron agua.
Pedro apenas pudo dar un bocado pues el guijarro que tomó era más diminuto que un grano de almendra. Tampoco pudo saciar la sed ya que no quiso derramar una sola lágrima y al revisar su cantimplora la encontró totalmente vacía. Sus compañeros se compadecieron de él. Le dieron pan y agua para no dejarlo morir.
Descansaron esa noche y al amanecer se levantó Jesús y dijo a sus discípulos:
-Llorad nuevamente y tomad otra piedra.
Pedro lloró desconsoladamente y tomó la piedra más grande que pudo encontrar. Sollozó y dio tumbos durante el resto de la jornada.
Así encontraron las riberas del Jordán. Las aguas habían bajado enormemente.
Dicen las escrituras no tan sagradas que la piedra que arrojó Pedro al rio fue suficiente para que El Redentor y su comitiva cruzaran el sagrado cauce. Y que bastaron las lágrimas de Pedro para que el río recuperara sus aguas perdidas.

EL NAZARENO DE SAN CARLOS (Lolita Robles de Mora)
Versión teatral colectiva de César David Canelón, Crismary Carolina Garrido,  Sor Salazar Londoño y Gabriela Urdaneta Fernández
.Personajes:
-Narrador
–Eleuterio
–Sr. Wikerman (padre de Adolfo)
-Adolfo (hijo de Wikerman)
-Novia de Adolfo
-Padres de Adolfo
-Feligreses
-Obispo
-Parroquias.
-NARRADOR: la escena se desarrolla en varias calles de la ciudad de San Carlos estado Cojedes, con la intención de recoger limosna para sacar en procesión el Miércoles Santo al Nazareno; específicamente en la calle Salías entre Figueredo y Miranda, donde el Nazareno  fue irrespetado por un joven (Adolfo).
Escena I
-NARRADOR: hace unos años, en San Carlos de Cojedes existía la costumbre de recoger limosna casa por casa para con ellas adornar las imágenes que sacarían en procesión los días santos; de ahí adquirían flores, cirios, arreglaban o remozaban las túnicas y mantos de las imágenes y comprarían “palitos” que darían a los cargadores como era tradicional.
Cuando se acercaba la Semana Mayor, las familias asignadas al efecto, salían de las distintas parroquias a recoger las limosnas, así recorrían casa por casa de todos los barrios de San Carlos; Las Lajitas, El Chuchango, San Juan, El Pao de Horno, El Huesero… Llevaban consigo una talla miniatura de la imagen para la cual pedían: El Nazareno, El Señor de la Peña, Jesús atado a la columna, El Santo entierro.
Escena II
-NARRADOR: Muy cerca de la Semana Santa salió el Sr. Eleuterio (entra Eleuterio en escena) a recoger limosnas para sacar en procesión el Miércoles Santos al Nazareno, cofradía de la iglesia de la Inmaculada Concepción. Llevaba una pequeña imagen y con ella recorrió muchas calles de San Carlos. A media mañana, se detuvo ante los almacenes de la familia Wikerman.
El Sr. Wikerman se instaló en San Carlos e hacía mucho tiempo y gracias a su trabajo constante había amasado una gran fortuna. Entre los grandes almacenes de venta al mayor y detal, además de la casa de familia, ocupaban toda la cuadra.
Escena III
-NARRADOR: El joven Adolfo (El joven Adolfo entra en escena), hijo del acaudalado comerciante, recibió al señor Eleuterio con una sonrisa irónica, lo escucho y por hacerse el gracioso delante de su novia, sacó de un bolsillo una caja de fósforos y cuando todos creían que daría la limosna acostumbrada, en forma irreverente raspó el cerillo en el brazo del Nazareno.  La novia asombrada le dijo:
-NOVIA: ¿Qué haces, Adolfo?
-ADOLFO: nada, ¿Qué importancia tiene?
-ELEUTERIO: Asustado dijo: ¡eso no se hace! Recibirá el castigo que merece su irrespeto.
-NARRADOR: Adolfo continuaba sonriendo ante el asombro de todos los parroquianos que estaban en el negocio.
El Sr Wikerman (entra en escena el Sr Wikerman) se acercó, le contaron lo ocurrido, miró la raspadura del fosforo en el brazo de la pequeña imagen y como un susurro exclamó al tiempo que depositaba unas monedas en la alcancía.
-Sr. WIKERMAN: ¡Jesús Nazareno, perdónalo, no sabe lo que hace!
-NARRADOR: Don Eleuterio salió de la casa de los Wikerman muy impresionado, temía que esta irreverencia pudiera causar la ira divina. Al poco rato el joven Adolfo se frotó el brazo derecho, dijo:
-ADOLFO: ¡Cómo me duele, es el mismo sitio en que yo raspé el cerillo al Nazareno!
-NARRADOR: El dolor crecía por momentos y Adolfo iba de un lado a otro dando gritos. De nada valieron los cuidados del médico ni las oraciones de sus padres.
-PADRES DE ADOLFO: (Entran en escena y repetían a cada instante): ¡Jesús Nazareno! ¡Perdón! ¡Cúralo!
-NARRADOR: La familia desesperada, ofrecía promesas, todo en vano. Adolfo cada vez estaba peor, pocos días después falleció.
Escena IV
-NARRADOR: A la semana siguiente, el Miércoles Santo, la cofradía de Jesús de Nazareno sacó a la sagrada imagen de la iglesia. Los cirios alumbraban tenuemente la imagen, las flores esparcían su roma y los devotos seguían la procesión con fervor. En la esquina de la calle Miranda, cruce con Salías, la imagen se hizo pesada. Los cargadores atónicos pidieron refuerzos, pero ni con ciento cincuenta hombres pudieron moverla. Miraron la bella talla del Nazareno, el con sus ojos tristes parecía decir: -“En esa calle yo he sido irrespetado, no pasare por ahí”.
Comprendieron el mensaje y se dirigieron en otra dirección, la imagen tomó su peso normal y continúo su paseo por las calles de la ciudad. Este hecho se repitió años tras años y por más que la familia Wikerman suplicaba y daba esplendidas limosnas para desagraviar al Nazareno, siempre al llegar a la esquina la imagen se hacía pesada y la procesión tenía que cambiar de ruta.
Escena V
-NARRADOR: Años más tarde, un incendio arrasó con todas las propiedades de los Wikerman, muchos familiares fallecieron y los pocos sobrevivientes empobrecidos emigraron. El pueblo comprendió que esto era un castigo del cielo causado por el irrespeto de un joven hacia el hijo de Dios.
Hace años por instancia del obispo de San Carlos, se incluyó la calle Salías en el itinerario que seguiría la procesión del Nazareno la noche del Miércoles Santo. Los feligreses sacaron en hombros a la sagrada imagen de Jesús Nazareno de la iglesia de la inmaculada Concepción. Atravesaron la Plaza Bolívar y las calles de San Carlos. La noche era clara y estrellada, la brisa movía suavemente las luces de los cirios, y los devotos susurraban oraciones, pero, de pronto cuando faltaban unos cuantos pasos para llegar a la calle Salías, el cielo se oscureció y cayeron gruesos goterones que en un instante dispersaron la procesión.
-OBISPO: (Entra en escena y dio la orden de cambiar el rumbo de la procesión)
-NARRADOR: Al instante las nubes se disiparon y la lluvia cesó. Todo siguió como si nada hubiera ocurrido, pero en el ánimo del pueblo quedó como manifestación de la ira divina. Interpretaron el suceso como la corroboración del castigo permanente de la imagen del Nazareno hacia el acto de irreverencia y burla de un joven rico.