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viernes, 6 de diciembre de 2013

Dios y El Diablo (cuento de María Gabriela León Hernández)

Imagen en el archivo de Anita Mendoza


Dios y El Diablo

I

Al ingresar en el patio de la propiedad, los dos ladrones se enojaron al ver que era imposible colarse hacia el interior; las rejas de hierro de las ventanas  y las puertas de entrada estaban blindadas con alarmas de seguridad;  inútil era la hazaña de tratar de violentarlas sin hacer ruido.  Sus miradas se cruzaron como titanes en duelo.  Habían tenido fuertes discusiones sobre la escasa posibilidad de que  existieran controles. No había vuelta atrás; no podían marcharse con las manos vacías.

La oscuridad de la noche sin luna los obligaba a alumbrarse con pequeñas linternas de cabeza. Vestían pantalones y abrigos negros y llevaban la cara cubierta con pasamontañas para no ser reconocidos.  El silencio se convirtió en un delator de sus movimientos. Cada vez que pisaban una hoja seca, el crujido rompía la tranquilidad al retumbar entre los árboles. La brisa paseaba el eco de las carcajadas de unos hombres apostados en la plaza.

En la terraza, bajo la penumbra de una tenue luz, juguetes rotos, regados por el suelo, corroboraban que había sido en vano planificar el robo de ese lugar. Botellas vacías y un saco de mangos que emanaba un delicioso aroma a fruta fresca llenaban la despensa situada en una de las esquinas.

- En este sitio solo hay basura. Lo único que nos puede servir es ese saco de mangos, lo podemos vender en el mercado – murmuró enojado uno de los ladrones.

- Vamos al cementerio que está a tres cuadras de acá y allí los repartimos. Es un sitio seguro; nadie se atreve a entrar en la noche.  – respondió el otro ladrón.

Se escabulleron entre la oscura noche solapados por los ropajes negros. Cuando llegaron al cementerio, que estaba detrás de la iglesia ubicada frente a la plaza,  treparon un árbol que los llevó hasta el techo de un mausoleo.  Dos mangos cayeron en la acera; acordaron en recogerlos al salir. Se instalaron en una tumba cercana a un farol que los iluminaba desde la calle. El ajetreo los tenía acalorados y uno de ellos se quitó el abrigo; debajo tenía una camisa de algodón blanco.  El resplandor del farol era difuso, apenas si podían ver las sombras de sus cuerpos. Encendieron las luces rojas de las linternas de cabeza para alumbrarse y a repartir los mangos.

- Uno para ti y otro para mí; uno para ti y otro para mí – repetía sin cesar uno de los ladrones.

 

II

Sentados en los bancos de la plaza, un grupo de hombres reunidos,  contaban historias sobre espantos mientras bebían ron.                                                                                                          

- En las noches sin luna, como la de hoy, el mismísimo Demonio pasea por el cementerio  vestido todo de negro, de pies a cabeza, dicen que es porque anda buscando ánimas para llevárselas al infierno – relataba con voz grave uno de los hombres.

Reían a carcajadas para simular el miedo que se había apoderado de ellos. Negaban la veracidad de las historias burlándose de ellas. La sangre que corría por sus venas estaba colmada de alcohol.  Era medianoche y las calles permanecían solitarias.

- Compadre, tengo que irme a mi casa. Mi mujer me espera y si no llego temprano va a pelear – balbuceó uno de los hombres.

- A mí me parece que usted no se va porque su mujer lo espera, usted se va porque tiene pavor de que le salga el diablo. – respondió el otro con ironía.

- No diga tonterías, compadre, yo no le temo al diablo. Ese bicho no existe.

Se despidió de sus otros amigos; al caminar tropezaba con las aceras y los árboles de la plaza. La noción que tenía de la realidad era ambigua, la embriaguez no le permitía pensar con claridad, sin embargo, sabía que para llegar a su casa tenía que recorrer la fachada del cementerio y darle la vuelta hasta la manzana siguiente.  Estaba atemorizado, pero se llenó de coraje para poder continuar su camino. Al pasar frente al camposanto escuchó la voz de un hombre que decía:

- Uno para ti, otro para mí; uno para ti, otro para mí.Se quedó paralizado del miedo, no sabía qué hacer. Por fin reaccionó, y al asomarse por una pequeña rendija de la pared, vio que sobre una tumba estaban sentados dos hombres, uno de ellos vestido de blanco y el otro de negro, en sus rostros no había facciones, solo una masa negra que botaba fuego por la frente. Asustado corrió hacia la plaza.

- ¡Compadre!, ¡Compadre! – dijo con voz entrecortada.

- ¿Qué le pasa mi amigo? Parece que acaba de ver al diablo.

- ¡Así es, compadre! ¡En el cementerio están Dios y El Diablo repartiéndose los muertos!

- ¿Cómo es eso?

- Bueno, como le digo. Los acabo de ver. Venga conmigo para que lo compruebe con sus ojos.

El compadre, se burlaba de lo que decía el amigo, sin embargo, lo acompañó. Trataban de ir con paso apurado, pero la ebriedad no se los permitía. Llegaron al cementerio y el sonido de una voz los atrajo. Al acercarse a la pared escucharon:

- Uno para ti, otro para mí.

Los rostros de los hombres palidecieron.  Se abrazaron recostándose en la pared para no caer al piso. En ese instante la voz exclamó:

- Falta repartirnos los dos que están afuera.

Los compadres se miraron aterrorizados ante lo que acaban de escuchar  y con la voz quebrada uno le dijo al otro:


- ¡Huyamos, compa, que esos somos nosotros!


*Nota: María Gabriela León Hernández es una joven escritora y poeta venezolana, nacida en Maracaibo, estado Zulia. Reside en Buenos Aires, Argentina. 

martes, 2 de febrero de 2010

LA SEQUÍA DE GARABATO (cuento llanero de fantasmas)

Destreza musical de la mujer llanera. Imagen en el archivo de Fernando Sánchez


Mujer llanera en el archivo de Adriana Sirgo


En este cuento confluyen tres elementos clave de la literatura oral: la ruina ambiental que marca la sequía; el encuentro de varios objetos secretos y malignos y; el secreto causante de la locura de Victoria, que rige la narración. El tópico del secreto enloquecedor se extenderá a este poblado casi hasta convertirlo en uno más de los muchos pueblos fantasmas de los Llanos.

LA SEQUÍA DE GARABATO
En Garabato, caserío de gran auge agrícola y ganadero, cerca del El Baúl de Cojedes, estuvo a muy poco de convertirse en otro de los tantos pueblos fantasmas  del Llano. Allí se conoce una historia de una familia adinerada, en donde nació y creció Victoria, la menor de tres hermanas que dejaron sus padres al morir de una extraña enfermedad llamada “La Fiebre”, siendo su abuelo materno quien se encargó de ellas desde muy pequeñas y del hato San Miguel, allí mismo donde a ella le enterraron el ombligo y quizás sería por eso que jamás llegó a abandonarlo, y ya convertida en una mujer debió administrarlo tras la muerte de su querido abuelo, ya que sus dos hermanas mayores Clara Rosa y Ernestina, estudiaban en el extranjero y jamás volvieron a su lugar de nacimiento, de quienes Victoria sólo tenía noticias, por cartas que algunas veces ellas les mandaban.
Victoria aprendió a leer en su casa con una maestra que venía cada quince días para enseñarle porque su abuelo le pagaba y aprende a escribir. Conocía de números, de historia, de religión y gramática; razón por la cual, ella era muy inteligente, respetuosa, de moral intachable, de carácter serio, pero bondadosa y carismática con el caserío y con los familiares de los peones, quienes la vieron crecer.
Victoria, fue de aquellas mujeres, que pilaba el maíz, tostaba el café, y algunas veces ordeñaba las vacas para el queso que ella misma hacía, tal como lo aprendió con su abuelo. Antes de cumplir la mayoría de edad ya le decían doña Victoria, en el hato y en el caserío de Garabato y sus alrededores.
Una tarde, de un mes de marzo, cuando Victoria regresaba de la bodega de don Jacinto, allá en Garabato por el camino a su propiedad se encuentra con Agustín, quien era encargado de la sabana de Victoria, en el hato; hombre leal, sincero y responsable en su trabajo. Hombre de caballo y soga, llanero de toro sólo en una noche sin luna, parando su caballo frente al de Victoria, le dice:
–Caramba patroncita, la vine a buscá…
–Dígame Agustín -respondió Victoria-. ¿Qué le pasa, que lo veo tan preocupado, Agustín? Le preguntó ella, y él le responde:
–Es que hoy temprano, cuando salí pa´ la sabana, llegando a la majada del potrero, encontré dieciocho reses más que estaban muertas y con éstas ya van como cuatrocientas. Sino llueve en unos días se morirán las poquitas que quedan…
Victoria se aturde de impotencia y le dice a su encargado:
– ¡Yo no encuentro qué hacer con esta sequía tan recia!
–Yo a veces pienso, que no es tanto el verano, patroncita –dice Agustín.
– ¿Qué quieres decirme, Agustín? Pregunta Victoria.
–Usté sabe patrona, que esos vecinos, la familia Ruidos, son una gente mala porque queman nuestras cosechas, son asesinos y ladrones que lo único que buscan es quedase con to´ lo suyo de usté, y en estos días uno de ellos juró que iba a acabar con el pueblo y con usté también, patroncita.
– ¿Y de qué manera, Agustín? Le pregunta ella.
– ¿Es que a usté, patrona se le olvidó que el año pasao envenenaron los caños? Respondió él.
–Se me había olvidado, Agustín, pero usted y yo lo vamos a averiguar. Eso va a ser ésta misma noche.
– ¡Cómo no, patrona! Cuente conmigo.
Y efectivamente, se fueron al corral. Acomodaron los caballos y sus linternas. Así partieron hacia las cabeceras del caño Juan Antonio, tal y como lo había planificado Victoria. Llegando al sitio se escuchaba bulla, risas y carcajadas de hombres como festejando algo, uno de ellos dijo:
– ¡Esto es pa´ que respeten a los Ruidos!
Victoria, en voz baja le dijo a Agustín:
–Vamos a amarrar los caballos aquí y les llegamos a pie, tráigase la escopeta y sígame…
–No, mi patrona, yo voy adelante. Le señala Agustín.
Fue poco lo que caminaron, cuando ya no escuchaban nada, entonces, Agustín, dice: –Ya como que se fueron, patroncita.
–Yo creo, Agustín.
Ellos con sus linternas alumbraban y alumbraban hasta que lograron ver unos potes de veneno para la agricultura. Victoria, con mucha tristeza y lágrimas en sus ojos le dice a Agustín:
-Con razón se ha muerto tanta gente en el pueblo y tanto ganado… pero hasta aquí llegan los Ruidos, ya basta. Recoja esos potes y métalos en el saco que está en el anca de su caballo.
– ¿Y pa´ qué, patrona? –le pregunta él.
–Yo sé para qué, Agustín, yo sé para qué…
-Como usté diga, patrona. Le responde.
Al llegar al hato, Agustín se despide de ella:
– ¡Que tenga buenas noches, patroncita! Mañana tengo que madrugá…
–Gracias, Agustín, hasta mañana…
Ella quedó acostada en su chinchorro pensando en la maldad y crueldad de los Ruidos, quienes la habían llevado a la ruina a ella y a su pueblo que tanto quería. Se paró, se fue al corral, amarró un caballo y lo ensilló, tomó la escopeta con varias cápsulas y cogió rumbo a la casa de la familia Ruidos.
Al llegar Victoria allí, cierra sus ojos como para reafirmarse en su decisión y al abrirlos se convierte en una muchacha enloquecida, quizás por la enorme pobreza y la sequía que azotaba al pueblo, entra a la casa y mata a toda la familia, de pronto, todos los males comienzan a desaparecer ¿Qué le ocurrió después? ¿Qué hicieron con esa joven?
Ella fue recluida en un sanatorio después de esa tragedia durante cuatro años. El pueblo volvió a cosechar felizmente sus cultivos y con parte de ese dinero la ayudaban en su tratamiento, pero una mañana del mes de agosto al recordar lo que había hecho decidió cortarse las venas con un bisturí que encontró oculto en uno de los pasillos del sanatorio y murió desangrada en su habitación, lo que fue como un presagio del triste final de aquel poblado.
Sus hermanas al enterarse que Victoria había muerto, vinieron al hato San Miguel y lo vendieron con lo poco que quedaba en aquella marchita hacienda, dejando al pobre Agustín sin trabajo y desamparado, aturdido con los recuerdos del miedo y de su patrona.



Nota: Las autoras de este relato son egresadas de la UNELLEZ-San Carlos: Mary Cruz Anzola Ruíz, residente de Tinaquillo, ciudad donde nace, el 06 de junio de 1980. Jaennys Yoselin Bervecía Peña, reside en Tinaco, ciudad donde nace, el 26 de febrero de 1988. Mariela Yainel Romero Hernández, nació en San Carlos, estado Cojedes, el 06 de mayo de 1988 y reside en Tinaco. Lida Fanny Saavedra Matute, nació en Valencia, estado Carabobo, el 20 de enero de 1981, residenciada en Tinaco. Informante literario oral: Nelson Felipe Romero Ceballo, nacido en San Luís, estado Guárico, el 5 de febrero de 1959 y residenciado en Tinaco, docente, actualmente jubilado.