Imagen en el archivo de Maritza Torres Cedeño
Iluminado recital de poesía en San Carlos, Cojedes
(Archivo de Jesús Alvizu)
Frente a este mundo, complejo y de riquezas infinitas, que es la literatura, contemplamos tres vías fundamentales de acceso. Cada una de ellas tiene una dimensión particular de significación. También un modo de ser particular. Ninguna desmerece a la otra en cuanto a su importancia: todas manejadas con eficiencia, ingenio y rigor, pueden revelar con intensa transparencia, los esplendores o las miserias de la literatura. Constituyen una suerte de hilos prodigiosos que ayuntan nuestra sensibilidad a aquel mundo donde las palabras asumen sucesivas vidas luminosas.
La primera vía sería la propia obra literaria, con su naturaleza y funcionalidad particulares. Ella representaría una palpable concreción de la literatura. Sus fuegos, diamantinos o precarios, propiciarían acercamientos o rechazos. Ella, con sus ropajes distinguidos o sus propios jirones descoloridos, auspiciará discursos o silencios. Ella, principio y fin de los cortejos.
Después vendría la crítica literaria que, por medio de unos recursos metodológicos y una viva sensibilidad, se propondrá el esclarecimiento, ante el lector, de unos valores que han sido conquistados por la obra literaria. Por la vía de la crítica se alcanza la vida de la literatura, pero al mismo tiempo, se exhiben los fulgores de una vida propia. Porque la crítica, que vierte verdades y sabe exaltar la vida de las palabras, logrará espacios perdurables. Ratifico mi empeño en la elaboración de unos textos críticos que brillen por sus intuiciones y sean piezas reveladoras de los poderes y los encantamientos del lenguaje. No más quiere mi llama solitaria.
Estas vías, la obra y la crítica literaria, han sido tradicionalmente destacadas. Son, evidentemente, las vías privilegiadas para acceder al poderoso y vasto mundo de la literatura. Mas, existe una tercera vía, con una significación y una distinción tan marcadas como las que tienen las otras. Me refiero a la docencia de la literatura. Es una vía que ha sido frecuentemente discriminada. Profesor y creador de la literatura parecieran dos dimensiones separadas por insalvable abismo. Uno, el profesor, desempeñaría un oficio menor frente a la literatura, y el otro, el estudiante, oficiaría en el mismo altar de la literatura. Craso error el establecer tales esferas. Cuando ambos ejercen, con plenitud y decoro, sus vocaciones profundas e inquebrantables, se convierten en instrumentos eficientes e impecables para la vinculación con la literatura.
Un profesor de la literatura sería aquel que se constituye en un intermediario irreprochable entre la literatura y el estudiante. Para el cumplimiento integral de tan magnífico propósito tendría que disponer de una fina sensibilidad literaria, una agudeza crítica y una definida vocación para la enseñanza. Un buen docente de la literatura garantiza el establecimiento de un fervor por las palabras.
Así como existe una nueva crítica literaria empeñada en ser ella misma literatura, tanto por su expresión imaginativa como por sus medios verbales, también existe una docencia de la literatura determinada por la creatividad y el fulgor verbales. Entonces la clase cotidiana habrá de convertirse en una escena única, donde el discreto y fervoroso profesor propiciaría gestos y palabras memorables. Y así como se exalta la condición humana de quien escribe un texto literario, justo en el momento crucial de su elaboración, también el auténtico docente de la literatura alcanza el mismo júbilo entre los límites de sus clases cotidianas. No habrá de esperarse mucho tiempo para que el discípulo caiga en tan cálida y trascendente atmósfera.
Si hay entusiasmo, persistencia y rigor, en el desplazamiento de cada una de las vías señaladas, el mundo de la literatura será más que una imagen borrosa y distante, una presencia definitiva, luminosa y fragante.
NOTA: JESÚS SERRA PÉREZ fue un poeta, investigador, docente y estudioso de la literatura en forma plena. Un genuino catador e impulsor de la estética de las palabras. Maestro de maestros. Nació el 24 de diciembre de 1940, en Tucacas, estado Falcón y murió el 13 de junio de 2008. Durante sus largos años de docencia en la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes, en Mérida, sembró valiosas enseñanzas sobre diversos tópicos literarios, entre ellas, son de grato recuerdo sus cátedras en torno a José Antonio Ramos Sucre y la poética de César Vallejo, pero, no de menos valor son sus sus teorías sobre la esencia de la acción docente de la literatura. Hombre de voz pausada y suaves ademanes, inculcó a todos sus estudiantes los valores intínsecos de asumir la cátedra literaria, no como un hecho aislado, por el contrario, desde la óptica de enlazarla con el placer hedónico y las complejidades de la crítica literaria.
Este ensayo debe asumirse como un pequeño y humilde homenaje a tan destacado maestro y en resguardo a la memoria que de él conservan sus familiares, amigos, colegas y alumnos.
Isaías Medina López
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