lunes, 11 de noviembre de 2013

UNA LÁGRIMA EN MI SOPA (Job Jurado)

Todas las miradas eran torbellinos (Archivo de Urbano Aborigen)

TODO ESTABA EN SU SANTO LUGAR. La mesa vestida con su mantel floreado, la sopa, el seco, el jugo, el agua, los panecillos tostados en salsa de ajo, los cubiertos, las servilletas de tela; no podían faltar las dos copas para el vino que ya se hallaba en la hielera… y un par de velas astas, aún vírgenes e inocentes, de una velada romántica entre dos seres buscando amor.
Revisé con el mayor de los cuidados la caja de los discos.
Magistral mi suerte al sacar el primero y le tocó el turno entonces a los “momentos estelares de la música clásica” y en la primera pista comenzó a sonar J. Strauss, con Voces de Primavera, y me tumbé en el sofá a recordar mi pasado reciente.
Marzo de 1982, fiesta de graduación, traje formal, un salón para recepciones finamente decorado, globos, guirnaldas y decenas de adornos florales que servían de centros de mesa. Taciturno contemplaba a las parejas bailando al compás de un vals venezolano.
Decepción, dolor, nostalgia y a la vez deseos infinitos de ver mi figura en el espejo abrazado al cuerpo de ella y toda la gente a mi lado celosa de mi elegancia y destreza al levitar en cada compás, en cada nota de aquella música que, coqueta, transitaba por todo el salón de baile produciendo en los oídos de los presentes las más puras sensaciones de seguir y seguir bailando hasta tomar, hasta el fondo del vaso, el último trago y salir con el sol de frente a posarse en cualquier árbol de la plaza a cantar con los gallos.
Nuevamente miro el reloj y sin percatarme escucho que Bizet precede elegantemente a Strauss, con su Danza Bohemia, inspirada al igual que yo, en una mujer llamada Carmen.
Carmen había modificado mi vida por completo, al igual que yo había modificado la de ella. La velada sería maravillosa, tres meses preparándonos para este encuentro. Citas furtivas en cualquier parque, en la estación del metro, en el cafetín de San Jacinto, en la quinta butaca de la iglesia. Solos ella, Dios y yo. Los tres observándonos y mintiéndonos verdades. La pasión robada en un beso a la salida de un concierto de la Sinfónica Juvenil, diciéndonos Vivaldi, el Verano.
Para nosotros esa pieza que ahora sonaba con mayor volumen, pues me aferré al control llevando las cornetas hasta su máximo decibel, era especial.
Toda la pasión del mundo brotó efervescentemente en aquel instante en que recordé el primer beso suyo. Los violines con notas fúnebres entraron en mi casa. Y en mi pecho comenzó a dar saltos mi corazón.
Los violinistas en actos coreográficos me rodearon con sus cuerdas. Los primeros violines, algo más ligeros en sus notas de reproche, festejaban ante los bajos. Aquellos señores gordos y pestilentes que se burlaban de mi soledad, estallaron en carcajadas al notar la presencia enjuta del contrabajo.
Vino la cuarta pista y como pude tomé La flauta mágica, que furtivamente le arranqué al señor Mozart, y en plena obertura, los violines, el bajo y el contrabajo salieron atemorizados de mi casa.
Hizo acto de presencia Schubert. Chopin entró más tarde compartiendo unas cuantas copas de vino en un fugaz Concierto para piano.
Por su parte asistió como siempre retardado e imprudente, el señor Verdi, tomado de la mano de su señora Aída, que coqueta me insinuaba que me regalaría su ballete. No había transcurrido ni quince minutos y obviamente que Verdi y su mujer se marcharon junto a Schubert y Chopin, dejando sonar a mis espaldas un portazo que produjo el salto de la aguja del tocadiscos de donde brotó ceremonialmente el acorazado Haendel.
En mi rededor cientos de ángeles coreaban entre aleteo y aleteo el Aleluya. No pude contener mis ansias y por mis mejillas corrieron gloriosas sendas lágrimas que fueron directas a depositarse debajo de la nariz, como queriendo, al igual que yo, ocultar la pena.
No hubo remedio y nuevamente llevé el tazón de la sopa a la cocina, obviamente se había enfriado lo mismo que mi ímpetu de regalarle a Carmen una noche de gloria.
Corrí exaltado a levantar la bocina del teléfono que apenas había repicado un par de veces, y un “aló” tras otro “aló” se perdieron a través del cableado del servicio telefónico. Colgué y nuevamente sonó el aparato. Al otro lado no estaba Carmen, no. Era el señor Dvorak, que llamaba para disculparse por no poder asistir a mi velada, pues la motocicleta Harley Davison que conducía se le había quedado accidentada en plena autopista y lo que deseaba era retirarse a su casa para, a la mañana siguiente, muy temprano, llevarla a reparar.
"No importa, amigo" le dije solidario al momento que buscaba la manera de hablarle quedo para que no escuchara que tenía en mi salón su Serenata para cuerda, mostrando sus caderas con ropas que hacían verlas semidesnudas y dispuestas a establecer de un momento a otro una singular orgía, que yo hubiese aprovechado, de no ser por encontrarme en tan difícil y comprometedora situación, esperando a Carmen.
Le dije a las señoras que debían vestirse e irse en metro, que su marido había llamado y al parecer la motocicleta se había accidentado.
Como pudieron tomaron sus ropas y en una estupenda metamorfosis se introdujeron en las cornetas del equipo de sonido asumiendo formas de araña.
“¡Lo van a dañar, viejas locas!” les dije frenético.
Toda la rabia que me produjo la descortesía de las mujeres de Dvorak, que intentaban afanosamente tragarse los bajos de las cornetas, se esfumó al sentir un primer golpe en la puerta. Vino en seguida el segundo golpe y mi corazón en ese instante llevaba más de mil. Bajé el volumen al momento que iba a hacer su aparición Mussorgsky, en una noche en el Monte Pelado.
Miré con atención a la mesa para cerciorarme de que todo permanecía en orden e involuntariamente de mis adentros brotó un seco “¡Un momento, please!”
Corrí a abrir la puerta sin mirar por el ojo mágico y me encontré de frente al señor Mussorgsky, vestido de blanco, una rosa roja en la solapa y una botella de escocés en su mano derecha que me presentó como lo haría un militar al entregar su bastón de mando. Le hice pasar, le pedí que me acompañara a comer, pero él sólo me dijo que había pasado a saludarme y a desearme todo la suerte del mundo al lado de Carmen y que la Providencia Divina llenara nuestra casa de una multitud sagrada de hijos.
“¡Gracias! “ Le dije, y se marchó sin clemencia en dirección directa al Monte Pelado.
Lo vi desaparecer entre las sombras crueles de la noche ya cansada y cerré la puerta, lo mismo que mis ojos para contener la furia hídrica de mis lágrimas queriendo arrancar de raíz mis pestañas.
Fui hasta el tocadiscos, retiré del plato los momentos estelares de la música clásica, y lo guardé de nuevo en el cajón. Apagué la luz de la sala y me introduje en el área de la cocina para calentar la sopa.
Entonces cené como he cenado en los últimos meses desde que Carmen se fue. Llorando solo en la cocina, llevando a mi boca cucharadas del caldo salobre que es mi sopa.

Nota: JOB JURADO GUEVARA. Es un escritor venezolano nacido en Yaracuy (1972) y residenciado en Portuguesa. Editor- fundador de Urua Editorial, tallerista, fotógrafo, poeta, narrador, animador cultural  y dramaturgo con obra premiada. Cursa estudios de Castellano y Literatura en la UNELLEZ-Guanare. Esta obra tiene el siguiente registro: Fundación Editorial el perro y la rana Sistema Nacional de Imprentas; Red Nacional de Escritores de Venezuela. Guanare, estado Portuguesa, Venezuela.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Poemas de Amor Llanero (5): Sin fecha de vencimiento

Mujer llanera en el archivo de Marielin Pérez 




Tres poemas de Deysi Karina Santamaría Varona


DOMINIO

Esta visita sombría de soledad
desierta del rugido y su calor
detalla la mirada de oportunidad,
se fija en el desvelo del dolor.
Sin comprender disfraza la seguridad
queriendo mostrar las líneas de color
trazando palabras de felicidad
juntando gotas de aquel llanto de dolor.
Rechaza un viaje largo por la edad
insiste cambiar de auto y dejar el conductor
admite, no dejar olvidar de él su pasión.
Prefiere seguir sintiendo felicidad
esperando sombras llenas de calor
reconociendo ser la esclava de su voz.


NOCHES DE VERANO

Extraño pasear las noches de verano,
llamar al huésped rey azulado,
oír la brisa que toca mi mano,
caminar sin pensar lo presagiado.
Ocultar el silencio de mi amo,
ser infiel al invierno alejado,
contar los días, meses y años,
pensando; siempre durará el verano.
Recordar las noches sin mirarnos
como si estuviéramos hablando,
percibir el canto del ave nocturna.
Buscarnos y no querer alejarnos
extraño tenerlo imaginado
solo mío, en las noches de verano.


SIN FECHA DE VENCIMIENTO 

Mil veces he intentado tener coraje
y alejarme del delirio de tus deseos
olvidar ser tuya despidiendo la tarde
descansar en tu pecho y tomar el vuelo al cielo. 
Pero: ¿por qué borrar las profundidades?
si la vehemencia no tiene vencimiento
verte de nuevo significa quedarse
ser libre, pero entregada a tu cuerpo.

Sintiendo llamas en las venas
reviviendo las cenizas al ingenio
en alcobas atenuantes de escenas.

Florecientes de sentimientos idénticos
limitado por imágenes efímeras
ardiente de goces sin aliento.

martes, 5 de noviembre de 2013

Era un gigante taciturno y brutal (Enrique Bernardo Núñez)

Detalle de obra en el archivo de Omar Borrero



LA PERLA (Enrique Bernardo Nuñez)

Fucho Carvi salió del rancho llevando de la mano a su hijo Nico, de siete años. Nico trataba de contener su llanto y volvía su rostro hacia el hogar donde columbraba sombras presurosas. Con trabajo seguía a Fucho que marcaba a grandes pasos por aquel arenal cubierto a trechos de cardones. Toda la decoración del mar y el cielo desaparecía rápidamente a sus ojos.
Los tripulantes de la “María Galante” se adormecían mecidos por la brisa del anochecer. Al ver a Fucho se sorprendieron, pero al notar su rostro descompuesto, callaron. Los hombres maniobran maquinalmente. Alzaron las velas y en breve la “María Galante” se deslizó por el mar en calma.
Los hombres fueron tendiéndose sobre lonas, encima de las barricas y sacos de conchas. El más joven, con la cabeza apoyada en las manos canturreaba uno de esos aires simples de leyenda. Nico sollozó largo rato y acabó por dormirse. En tanto, Fucho, tumbado cerca de popa contemplaba el cielo del cual caía un resplandor sereno. Como hacia frío se levantó y abrigó al niño. Era un gigante taciturno y brutal. Cuando les cogía la tormenta su voz era suficiente para inspirar confianza y alivio. Tenía una miseria soberbia de la cual el mismo no se daba cuenta. Habían sacado perlas como para enriquecer a un lugar entero, pero todas pasaban a manos de fabricantes poderosos por un valor irrisorio.  Ahora, después de lo sucedido, ambicionaba hallar una sola, esplendida, que le permitiera descansar y comprarle a Nico un hermoso barco.
Fucho se dirigió a los caños del Orinoco. Allí varó su embarcación, y dijo que volvería a Margarita en el año siguiente. Volvió después de tres años, al abrirse la pesca y se enganchó con su bote en el tren de un comerciante. Durante la estación de pesca pereció su hijo Nico. Acopiaron buena cantidad de perlas, en la cual todos tenían parte. Pero el patrón no halló comprador y tuvieron de irse hasta La Guaira, en Caracas, tampoco pudieron colocar las perlas; el patrón quería venderlas al mejor precio. Tenían un millón y no hallaban como repartirse el dinero. Fue preciso pedir a cuenta con un interés crecido una tarde, en Guanta, encontró a uno de su aldea. Le dio informe de todos.
Su mujer que él dejara por muerta, después de la espantosa escena, la tarde que regresó de Costa Rica, había parido un hijo. En cuanto a Lencho, se había ido el año antes al Ecuador. “algún día nos veremos la cara” ­­–– se limitó a decir Funcho, disimulando su ira.
Siguieron después a Barranquilla. El viaje resultó útil. En Curazao el patrón resolvió empeñar las perlas en un banco para darle dinero y seguir, él a Europa a negociar el resto. Entonces se dispusieron a regresar a Margarita, con otros que volvían del extranjero. Entre estos estaba Lencho, a quien Fucho le ofreció su barco. Eran viejos amigos y lo pasado, pasado, afirma Fucho.
A los tres días de navegación cesó el viento. La “María Galante” permanecía inmóvil, en alta mar, con todas sus velas desplegadas. Los tripulantes soñaban con sus aldeas arenosas, con sus ranchos donde pasaban los días tumbados en la hamaca, evocando las aventuras del mar mientras la mujer tejía cerca de ellos, o iba a buscar agua por tierras tostadas, a mucha distancia.
Jugaban a los dados o referían historias. El mar, si, tenía sus misterios. Alguno aseguraba haber visto cierta noche alejarse una sombra tan vaga que parecía un fantasma. Otro enredado entre las algas había sentido el contacto de una cosa blanda: estaba sobre el cadáver de un buzo, arrastrado tal vez por una manta. En los países submarinos caía una luz sombría. Había bosques petrificados, grutas dibujadas de manera confusa, cubiertas de algas gigantescas, que eran guaridas tétricas. Otras veces sostenían con los monstruos batallas feroces. Ninguno como ellos para sacar lances, desafiar las envestidas y lanzarse desnudos al agua.
Comenzaban a impacientarse, y su inquietud aumentaban al ponerse el sol. Se observaban en silencio, recelando unos de otros. Las provisiones eran escasas.  Imploraba a la Virgen del Valle con plegarias furtivas. Le ofrecían perlas, la primera que hallare. La Virgen tenía para bordar un manto, formar rosarios, collares o hacer una corona de flores contrahecha de perlas.
El mar, para ellos, era únicamente un criadero de perlas, un jardín de gemas en buscas de ellas iban a las costas más lejanas, apiñados en embarcaciones ligeras, a la Guajira, al Ecuador, a Costa Rica. La conocían todas: las redondas de blancura mate que dan de improviso destellos irisados; las menudas que brillan como arenas al sol, transparente, doradas, luminosas; las de forma extrañas y las negras que dan un esplendor tenebroso. La perla era una obsesión. Con los ojos entornados pensaban en las más bellas que habían visto alguna vez, en sus manos, semejantes a una sonrisa de mujer.
La noche aquella jugaban Fucho y Lencho. El primero había ganado una gruesa suma. De pronto Lencho manifestó indignado. ¿Acaso le engañaba Fucho?
Carvi le miró fijamente obedientes a un mismo impulso, sacaron sus cuchillos. Al primer momento Lencho quiso arrepentirse:
-Tengo dinero, Fucho, podemos arreglar esto –dijo en voz  baja.
Fucho le atacó sin responder. Forcejearon y estuvieron a punto de caer al agua. Lencho logró desasirse, saltaba con agilidad increíble. Con el ruido los demás comenzaron a despertarse y adormilados presenciaban la lucha. Cerca de la popa, Fucho le dio alcance, clavándole el cuchillo. Lencho dio un gemido y se desplomó a estribor. Se revolvía con desesperación. Después fue aquietándose y el estertor terminó por extinguirse. El resto de la noche la pasaron silenciosos. Al amanecer la “María Galante” se estremeció. Una brisa fuerte hinchaba sus velas. Amarraron al cadáver sacos repletos de cosas pesadas y le arrojaron al agua. Fucho les tiró un pañuelo de dinero y les ordenó repartirse el de Lencho.
–Ea, muchachos, a lavar esto –les gritó batiendo las manos. Limpiaron las manchas de sangre. La “María Galante” resplandecía y se secaba al sol como un pájaro. Iban con viento magnifico. Una mañana después de cinco días, aparecieron a sus ojos las playas todavía indecisas de Margarita. Nadie se acordaba de lo sucedido y la vista de la isla les hacía olvidar todo.
Fucho se fue a Río Hacha donde se estableció. Los años pasaban y al fin determino su regreso para la fiesta del Valle.
La multitud, cubierta de sombrero de paja semejaba una procesión de antiguos suplicantes. Al templo era imposible la entrada. A ratos había un movimiento a la puerta para dar pasos a un penitente. Entraban de rodillas o braceando como si nadaran. Los altos pendones azules barrían el polvo de la plaza. Salieron las cruces de plata y, por fin, en medio de un grito de alegría, la Virgen entre mil Hachones, abrumada por la corona que el sol convertía en un reflejo del poniente. El obispo iba con su mitra resplandeciente y su áureo cayado. A su paso se alzaba un rumor hostil, amenazantes, porque se aseguraba que se pretendía llevarse la imagen a su Catedral. La procesión dio la vuelta a la plaza, donde llameaban centenares de antorchas. Delante de la Virgen iba un cuadro bordado en perlas, en el cual cada una refiere un portento. Cuando la procesión regresaba, los vitrales encendidos daban un aspecto fantástico al templo que resonaba con los cánticos y las plegarias. Entonces un hombre manco hendió la muchedumbre y con trabajo fue a depositar al pie de la imagen una perla maravillosa. Toda su vida. Al punto fue reconocido:
–Es Fucho Carvi, de Boca del Río– afirmaban.
Cuando salió, la plaza ardía como un ascua. La muchedumbre ebria, loca, bebía y danzaba junto a otros peregrinos arrodillados.
En todas las cantinas hubo de beber con muchos que deseaban festejar su regreso. Encanecido, con una manga vacía, era un ejemplar de vejez magnifica. Un tiburón le había arrancado el brazo izquierdo: cuando le participaban que la pesca se abriría próximamente y que en esto tenía parte la alegría del pueblo, movía la cabeza con cierta amargura. Ya no volvería más a las expediciones.
Se retiró a Boca del Río.  Después de comer su pescado se tendía en la plaza a dormir plácidamente y por encima de su cuerpo pasaban los cangrejos y los caracoles. Rápidamente  fue haciéndose viejísimo. Permanecía inmóvil horas enteras, contemplando el mar. Una tarde se quedó muerto viendo una estrella parecida a una perla enorme que rodaba por el horizonte. La gente vio con asombro que el gigante taciturno sonreía por primera vez.

(*)Transcripción del texto publicado en: Relatos venezolanos del siglo XX (1989), compilación de Gabriel Jiménez Emán que publicara la Biblioteca Ayacucho en la ciudad de Caracas.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Arrastra mi cuerpo doblando la tristeza (poemas de Isaías Medina López)

Imagen en el archivo de Santos Quiroga


JUAN TODO TENÍA  QUE CAMBIARLO DE LUGAR

A Marieta le dolía que Juan le llamara Carmen
Carmen odiaba oírse Marieta después de amarlo

Juan un día les anudó los caminos y sonrió
Nosotros sospechamos lo peor

Marieta se aferraba al cuello de Carmen
Carmen abría la boca para devorar a Marieta

Marieta hizo costumbre el calor de la Carmucha
Carmen renunció a Juan por su Marié

Ellas conocieron el otro lado del universo

Juan dejó de cambiar el nombre de sus mujeres

Con el tiempo
Juan se cambio  de sexo.


MUJER
El cielo tampoco sabe
qué grande
qué intenso
qué bello es

Ni le preocupa

Escapa de la incertidumbre

Hazte mía


BOHEMIO SOBRE TUS SENOS
Me conduzco en el oficio rapaz de la noche
y giro ave hechizada
tras la gravitación exacta
de dos hemisferios incansables
hastiado del aire
desciendo vertiginoso hacia tus colinas
y me rompo.


AHORA QUE PUEDO DECIR MI HISTORIA
Todos los domingos pertenecen a su sexo
-pobre del templo-
y ese olor suyo irrepetible
arrastra mi cuerpo doblando la tristeza
ajeno yo del dios de mis padres
Es cierto que la amo
soy ese que ustedes señalan
y calzado a ella reverente
me olvido de culpas en su cadera
No ambiciono hacerla cambiar
ni al modo esclavo
que su posesión me obliga
pretendo hacerlo diferente
Bajare de sitial en sitial
según dicte su capricho
pero nunca por causa ajena
retornaré al riesgo del desamor

Lo siento por ti dios de mis padres
no quiero escapar de esta perdición.  

domingo, 3 de noviembre de 2013

"Cuando mi boca no es mi boca" (poemas de Miriam Rodríguez)

Joven de Cojedes en el archivo de Carlos González



"Ando desnuda con los astros
Atada a la cola de los cometas
Camino sobre el fuego
Y te sueño huésped
En el perfil de mi ventana"
                                                  Miriam Rodríguez 








EL POEMA

He buscado incansable
el poema de los vencidos
el poema de los arrepentidos
el poema del fracaso
el de la negación
y los derrotados
el poema del llanto
y las campanas dormidas
He buscado incasable
el poema que te describa
el poema que te cuente
mis raíces de árbol desterrado
el poema de los desheredados
y de los moribundos
el poema de la fe
y los no creyentes
He buscado incansable
la palabra que me descubra
desnuda ante ti
el poema de la llave
que nos libere
de todos los secretos
el poema que te haga espuma
en la playa de los sueños
He buscado incansable
El poema de tus ojos
En todos los ojos del mundo
El poema de las madrugadas
Que humedecen en llanto
Tu pañuelo de olvido
He buscado incansable
el poema de los altares
el poema de los jardines mágicos
donde las rosas son siempre rosas
el poema de las espinas
que no hieren
He buscado incansable
el poema de la luz perenne
en la paz invisible
de los sepulcros
el poema de las calles infinitas
y los ríos insondables
el poema de las fábulas
y los cuentos de infancia
el poema que alcance
tus pasos y te haga camino
en mi camino
el poema de tus olores
que embriague mi cuerpo
en los santos óleos
de la vida y de la muerte.



CADA VEZ QUE SE ALEJA UN BARCO

Desde la silla abandonada de la abuela
Presiento tu llegada
El amor toca de nuevo
el portal de los caracoles
la casa demasiado pesada
se lleva a cuestas
y los baúles guardan aromas húmedos
de flores viejas
apareces ahora
cuando mi boca no es mi boca
sino una rosa mustia de verano
un hilo de llanto 
cruza todos los cuartos
el espacio se hace atemporal
y en cada lágrima
hay un reclamo
por tanto cielo que se ha ido
me faltan los olores de la infancia
para atrapar tus ojos de gato triste
tocas a la puerta
y el espejo me devuelve
frente a una playa lejana
¿Has visto desde la orilla
cómo se aleja un barco?
Es como si te preguntaras
¿A dónde han ido todos los pájaros
Que se arrullaban en mi árbol de niño?
Nadie lo  sabe
El barco es un punto cada vez más pequeño
Y yo
Desde la orilla
Lo veo sumergirse
En el filo cortante de la distancia
Que devora el mar
Y otra vez delante de tu boca
Se levanta mi sombra
Perfilada en el crepúsculo
Con ojos de pájaro asustado
Escondida detrás de los cabellos
Cada vez que te miro
Cada vez que tú callas.



ENVUELTA EN OTRA GEOMETRÍA

En la pared de poema
Asciendo a la paciencia
De los postres
-la ciudad me acecha-
Me guía una estela inalcanzable
De imágenes desvanecidas
¿Llegará al final lo imprescindible?
Líneas quebradas
Arrebatan el oro de los ángeles
Figuras concéntricas
Marcan el paso de las boinas rojas

Nubes de pájaros
Te llevan lejos
No hay puntos
No hay círculos
Solo temores en un sobre sellado
Es la metamorfosis
Que me envuelve en otra geometría
Ando desnuda con los astros
Atada a la cola de los cometas
Camino sobre el fuego
Y te sueño huésped
En el perfil de mi ventana.

*Poemas tomas de: Cojedes, Poesía de doce autores, antología compilada por Miguel Pérez. Publicación del Fondo Editorial Tiriguá (ICEC), en San Carlos (2007).