domingo, 11 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (10)

Escolares de la etnia Pemón en el archivo de Alejandra Sánchez





MITOS DE LOS GUAHIBOS Y PIAPOCO

KUEMAINU (Anaconda, Vía Láctea)
Tsawaliwali era una serpiente muy fuerte, le gustaba ingerir comida en gran proporción: tenía una hermosa hija  llamada Majunajunali a quien cuidaba evitando que se le acercaran pretendiente alguno.
Purnaminali, uno de los Tzamani más poderosos, estaba enamorado de ella, pero, le era imposible acercarse a la muchacha; por ello decidió transformarse en Ikuli (morrocoy) para ser tentación de la serpiente.  Ikuli se ubicó cerca de la maloca esperando que Tsawaliwali saliera en busca de comida.
Pasado un corto tiempo, la serpiente observó a lo largo del camino un Ikuli muy provocativo, se arrastró hacia éste para atraparlo con su grueso y largo cuerpo, pero el morrocoy pesaba demasiado. Tsawaliwali cansado, desistió y fue en busca de su hija quien estaba limpiando la maloca; ella al ver el agotamiento de su padre le brindó una taza de yucuta. Él, sorbiendo la bebida, le dijo:
-¡En el camino hay bastante comida… debe traerla lo más pronto posible!
Majunajunali marchó a prisa por el camino buscando la comida sin hallarla. De pronto escuchó pasos entre los frondosos árboles, tornó su mirada y observó a un joven  atractivo que le ofrecía la más hermosa flor y le causaba un profundo sentimiento.
-¡Oh!, ¿Quién es usted? – le preguntó ella.
-Soy Purnaminali y vengo en busca de la más hermosa mujer… ahora dígame si es el perfume de las flores la causa de su presencia aquí.
-No, mi padre me envió en busca de Ikuli, pero no le he encontrado, quizás se escondió entre el ramaje.
-¡El Ikuli que observó su padre soy yo!.
Me transformé en animal, buscando la manera de encontrarme con usted, ahora le pido que me acepte como su mejor amigo para protegerla todo el tiempo.
-Me agradaría mucho pero… ¡Imposible, mi padre jamás aceptaría su presencia en la maloca!.
-¡Yo tengo el poder para ser admitido por su familia, me transformaré en garrapata y él no notará me presencia! – exclamó Purnaminali.
Al atardecer, Majunajunali y Purnaminali (transformado en garrapata), emprendieron el camino de regreso a la maloca. Allí entre brazos y risas conversaban los amantes. De repente, Tsawaliwali, extrañado de los ruidos que escuchó, se levantó y miró a través del tordillo que protegía la hamaca de su hija; enfurecido al ver a Purnaminali intentó golpearlo pero Majunajunali muy temerosa se dirigió a su padre implorándole castigo.
-¡No tengo miedo! Por el poder que me acompaña, él debe aceptarme como su yerno.
 Al instante Tsawaliwali se retiró y desde entonces Purnaminali vivió con su esposa y sus suegros.  Un día, cuando Purnaminali se encontraba bastante lejos de la maloca buscando alimento en compañía de su hermano menor, cayó un fuerte aguacero que apagó las brasas utilizadas para secar y asar la carne.
Hermano, debes ir hasta la maloca a traer unos tizones pero no vaya a entrar convertido en animal, debe de entrar en figura humana, de lo contrario sería comida para Tsawaliwali - recomendó Purnaminali.
 A través del camino, el muchacho corría bañado en sudor; el afán de llegar pronto a la maloca lo indujo a transformarse en Lapa.  Cuando llegó a la maloca no tuvo oportunidad de adquirir su forma natural; Tsawaliwali, al verlo, se contrajo abalanzándose sobre el indefenso cuerpo del animal, dándole muerte.
Majunajunali arregló la carne  de la víctima y la asó en pedazos. A la luz de la luna consumieron en silencio la suculenta comida en espera de Purnaminali. Cuando él regresó, su esposa le ofreció carne asada, pero él la apartó con suavidad permaneciendo inmóvil frente a la leña que ardía en el fogón. No pudo dejar de pensar que esa carne era de su hermano.
Pasada la media noche cayó un fuerte aguacero acompañado de un viento recio.
Purnaminali se dirigió a su esposa diciéndole:
-¡Por favor…!. déme un pedazo de carne cruda y otro asado: empáquelos en medio de una torta de yuca.
 La mujer, extrañada, le entregó lo solicitado. Purnaminali se dirigió bien adentro de la selva y buscó la palma real más elevada. Cuando la encontró, formó un nido con la torta de yuca y acomodó los pedazos de carne dentro de éste. Luego los ubicó en la rama más alta de la palma. En medio de la tormenta regresó a la maloca, guindó la hamaca y se acostó para descansar.
Pasados varios días, nacieron dos polluelos de Kotsala (águila), los cuales se desarrollaron rápidamente. Purnaminali los alimentó y los entrenó colocándoles palmas y palos en las garras para que adquieran fuerza y altura en el vuelo. Cuando las águilas  lograron subir una palma al cielo, Purnaminali supo que había llegado el momento de acabar con Tsawaliwali; entonces ideó la forma de sacar a la serpiente  de la maloca utilizando un nido de bachacos que lo ubicó frente a la entrada.
Tsawaliwali, al verlo, se arrastró hacia éste tratando de alcanzarlo, pero era imposible ya que el nido se alejaba cada vez más de su morada. Cuando la serpiente estuvo completamente retirada de la vivienda, dos gigantescas águilas descendieron y atraparon  a Tsawaliwali por la cabeza y la cola, llevándola hasta el cielo, y la dejaron allí. Ésta, con el poder de Purnaminali, se convirtió en Kwemainu: franja de estrellas conocidas como el camino de Santiago o Vía Láctea.

TSIKIRIRI (Suegra de Purnaminali)
Después que Purnaminali vengó la muerte de su hermano continuó viviendo en compañía  de su esposa Majunajunali y Tsikiriri quien era una mujer muy hambrienta.
 Cuando terminaba la dura jornada, Purnaminali regresaba a la casa extenuado. Su esposa lo esperaba con la comida servida y una taza de yucuta. Tsikiriri acercaba un banco a la mesa y observaba la suculenta comida.
Al ver que Purnaminali empezaba a comer, Tsikiriri le lanzaba excrementos de cucaracha y de grillo sobre el alimento; Purnaminali con repugnancia se levantaba del banco y corría a botar la comida. Tsikiriri con la sagacidad de un felino y una sonrisa malévola en sus labios se abalanzaba sobre el plato para ingerirlo.  Purnaminali, cansado de esta situación, siempre pensaba en la forma de vengarse de ella.
Un día, al regresar temprano a casa, Purnaminali creó una laguna cuya agua diáfana refractaba los luminosos rayos solares  que encandecían los ojos  de los animales que se acercaban y deshojó plantas de merey que bordeaban la laguna, arrojando las hojas al agua.  Al instante, éstas se formaron en grandes pirañas.
 Cuando llegó a la maloca, su esposa extrañada de verlo tan temprano, le preguntó:
-¿Hubo algún problema en el trabajo?  ¿Por qué has regresado a plena luz del día?
-Mientras caminaba un poco distraído, descubrí una laguna rica en peces, y decidí venir  a comunicarle para aprovechar ese alimento – respondió Purnaminali.
 Tsikiriri al escuchar a su yerno empezó a quejarse:
-¡Ay, ay, ay… me voy a morir de hambre! Purnaminali con cortesía se dirigió a ella diciendo:
-Tranquila, la laguna tiene bastante comida, venga conmigo, le indicaré el sitio, y además le presto el mejor arpón; pero eso sí, no vaya a capturar los peces grandes.
 Tsikiriri apresurada alistó un pedazo de torta de yuca y salió en compañía de su yerno quien le dejó cerca de la laguna y él se alejó para continuar su trabajo.  La mujer muy contenta recolectó muchos peces, los cuales iban directo al fogón que había armado cerca de la laguna.
Mientras Purnaminali trabajaba, imaginaba a su suegra capturando a un pez enorme que le arrastraría al fondo para que la devoraran las pirañas. De hecho, en ese momento, su suegra era engullida por los monstruosos animales.
 Al atardecer, Majunajunali muy preocupada por la tardanza de su madre, emprendió la búsqueda. Al llegar al frente de la laguna observo una camareta y varios pescados carbonizados sobre las cenizas del fogón. Su cuerpo se estremeció de miedo y con voz temblosa llamó a Tsikiriri varias veces sin obtener respuesta. Vadeó varias veces la laguna y de repente su rostro palideció al divisar a través de las cristalinas aguas el esqueleto de su madre.
Un fuerte grito de dolor conmovió a las aves canoras que reposaban en sus nidos, y en bandada empezaron a sobrevolar la laguna emitiendo un canto lúgubre. Majunajunali llena de dolor y desesperación comprendió la intención de su esposo y se lanzó al fondo del agua para rescatar los huesos de Tsikiriri.

KAJUYALI (Constelación de Orión)
La hija de Tsikiriri y Tsawaliwali estaba muy furiosa por lo sucedido con sus padres y un fuerte deseo de venganza hacia Purnaminali le invadió todo su ser. Cegada por el dolor se armó con el hueso de la pelvis de su madre y se encaminó hacia el lugar donde posiblemente conseguiría a su esposo.
Después de varias horas entre la espesura de la selva, escuchó unos golpes sobre madera y corrió hacia allá. Poco a poco vislumbró la figura de un hombre que labraba una canoa y cuya apariencia era similar a la de Purnaminali.
 Majunajunali empezó a gritarle:
-¡Usted ha causado la muerte de mis padres, ahora seré yo quien acabe con su vida para siempre!
 El hombre confundido y sorprendido exclamó:
-¡No soy el hombre que está buscando!... ¡Usted me está confundiendo!...
 Majunajunali no le creyó. Se instaló frente a la canoa y le arrojó el hueso sobre una pierna cortándosela completamente. Kajuyali, emitiendo gritos de dolor contempló por un instante a la mujer y la convirtió en pato carretero.  Kajuyali cogió su pierna ensangrentada y la lanzó sobre las aguas de un riachuelo; al momento la pierna se convirtió en bagre rayado.
 Atormentado por el dolor de su cuerpo, Kajuyali sintió la necesidad de comunicar a sus hermanos el estado en que se encontraba.  Para ello cogió el mariapi (inhalador para sorber yopo) y con éste creó el picua (ave mensajera) y mirándola fijamente le dijo:
-Vuela muy alto en dirección al sitio de mi gente y trae ayuda.
 Cuando el pájaro llegó a la maloca, se tiró al piso gritando: -¡Tzikue – tsikue- tzikue…!
 Sus alas se movían aceleradamente intentando dar el mensaje. Las personas al verlos se interrogaron frente a lo que sucedía, pero continuaron inmóviles sin entenderlo. Picua al darse cuenta que su canto no era comprendido emprendió vuelo.
 Kajuyali haciendo rezos para calmar el dolor acudió a la patena (mortero para yopo) y creó el zamuro para que cumpliese la misma misión de picua; sin embargo, cuando llegó al sitio indicado se limitó a revoletear en círculos sobre la maloca, pero la gente aún no comprendía. Kajuyali desilusionado agarró la mochila y la transformó en sikoro (ave de gran tamaño), la lanzó con fuerza y ésta comenzó a volar sobre la copa de los árboles emitiendo una melodía triste que decía:
“¡jiji Kajuyali ikutsu uku!” (a Kajuyali le cortaron una pierna).
 Los hermanos de Kajuyali, al escuchar el mensaje, se apresuraron a buscarlo. Cuando llegaron al sitio, Kajuyali agonizaba en medio de la hierba húmeda. Purnaminali, Iwinai y Tzamani consternados de dolor emitieron una plegaria, y el cuerpo ascendió al cielo.
 Allí Kajuyali, mutilado de su pierna, quedó para siempre representando la constelación de Orión.

KEKERETO (Venus)
Era una mañana diáfana cuando Pumeniruwa, segunda esposa de Purnaminali, llamada la mujer olorosa se dirigió hacia el río en busca de agua para preparar alimentos. Allí se encontró con Yakukuli, un viejo pescador quien venía de regreso después de una noche ardua de pesca.
-¡Yakukuli, qué cantidad de pescado atrapaste… regálame uno – dijo Pumeniruwa.
El hombre, al escuchar a la mujer, remó lentamente hacia la orilla.
-¡Claro, suba y escoja el que más le guste!.
La mujer, muy contenta, se embarcó para seleccionar el pescado, pero cuál no fue su sorpresa al ver que el pescador empezó a remar rápidamente  con intención de raptarla.
Ella, muy angustiada, miró hacia todas partes implorando ayuda. De repente, advirtió una canoa que se aproximaba hacia ellos, era el rey Zamuro (gallinazo) quien dio un fuerte golpe a Yakukuli y agarró a la mujer embarcándola en su canoa.
Purnaminali, pensativo e inquieto, esperaba el regreso de su mujer.
Transcurrieron varios días y aún Pumeniruwa no aparecía. Una noche, cuando  Purnaminali se encontraba pescando, escuchó la algarabía de los monos titíes, los maiceros y los micos, quienes se encaminaban hacia la celebración de la famosa fiesta de chicha de fruta que ofrecía el rey Zamuro.
Kekereto, el gran lucero se mostraba en todo su esplendor motivando a Purnaminali a continuar la búsqueda de su mujer. De pronto, él se transformó en un anciano que se unió al grupo de invitados y continuaron la larga jornada hacia el occidente, acompañados siempre por el planeta Venus.
 Cruzaron los grandes y caudalosos ríos hasta llegar a la isla del rey Zamuro. Allí todos bailaban y bebían hasta agotar la deliciosa bebida. Purnaminali buscaba cautelosamente a Pumenirouwa y a la media noche se percató de la presencia de su mujer; entonces corrió a la laguna a bañarse y adquirir su propia apariencia. Cuando Pumeniruowa vió a su esposo, corrió hacia sus brazos llena de alegría y emprendieron el camino de regreso a la maloca.
Purnaminali, resentido por el dolor causado por el rey Zamuro, decidió vengarse de éste. Preparó la comida apetecida por el rey y lo invitó a su maloca. Cuando el Zamuro disfrutó del alimento, Pumenirouwa y Purnaminali lo lanzaron a una caneca llena de zumo caliente de yuca brava y ají. El zamuro emitió gritos de dolor pronosticándole maldiciones y la muerte prematura para la nueva generación. El cuerpo del rey se cubrió de un plumaje negro y emprendió vuelo reafirmando sus maldiciones.


Todos los textos se tomaron de: Raíces, Mitos, Relatos y Leyendas, compilación de Bety Triana y Néstor Mendoza de la Editorial Montaña Mágica, Santa Fe de Bogotá, 1997. 

sábado, 10 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (9)


Imagen en el archivo  Claudia Farfán

EREUKORIMO Y EL TIGRE DEL AGUA (etnia pemón)
Tengo una experiencia del río Karoni, en una comunidad indígena que se llama Ereukorimo. El señor que me lo contó se llama Camilo Pancho Lezama y vive en la orilla del río, en un sitio bastante elevado, con una playa muy bonita. Al frente tiene una serranía con bastantes cavernas, ranuras, un farallón empinado al cual no es fácil subir. Y él me contó que una vez hubo un incendio en esos cerros. Los indígenas saben dónde viven los demás; por ejemplo, allá abajo vive fulano… y por ese sitio ningún indígena Pemón vivía. Pero vieron un incendio, que se estaban quemando los árboles.
De las ranuras de ese cerro, de esas cuevas, aparentemente salieron  15 o 20 personas a  apagar ese fogón. Y después bajaron nuevamente y se perdieron. Esperaron para ver si eran personas de unos de nosotros y no los hallaron. Y así han visto, inclusive, ahí a un hermano Pemón desapareció hace como 20 o 30 años atrás estando joven.
Fueron de pesca por ese mismo sector del Karoní, precisamente al río Parupa  afluente del Karoní, entre Uriman y Paul. Había mucha pesca en ese tiempo y cuando iban a esa pesca comunitaria invitaban a los indígenas de Uriman. Acudían bastantes. En esa travesía de regreso había un indígena así un poco rezagado, quedado, y le echaban mucha broma. Durante el trayecto de regreso él dice: vamos a parar un momentico,
– Está bien, chico. Te esperaremos más adelante, pero cuidado si te llevan los dueños de la montaña. Siguieron, lo esperaron más adelante, y nada.  Espera, espera, nada. Regresaron, lo rastrearon, nada. Desapareció completamente.
Después que pasaron unos cuantos años, 20 a 30 años aproximadamente, hace 3 o 4 años atrás esa persona se le apareció a un familiar del mismo, que lo encontró que estaba pescando por el río Tirika, otro afluente del río Karoni. Por cierto, primo mío, se llama Chachi. Estaba pescando, se le apareció una persona, y le dice: Mire ¿de qué familia  usted? ¿Y quién es usted? Dígame quien es usted. – Ah bueno, yo soy el hermano de Camilo Rodríguez, que en una pesca comunitaria, hace tiempo atrás, se perdió. – yo tengo un mundo diferente al que lleva ese momento. Usted me da lástima.  Yo quiero llevarlo conmigo para que esté en otra vida diferente a la qué… - No, pero no puedo, yo no he hablado con mis hijos ni con mi mujer. No puedo así en esa forma – No, no, no, usted me da lástima.  Y yo no paso necesidad y vivo en un mundo diferente a este. Yo sé que va a estar bien. – No, le estoy diciendo que no.
En la noche salió y lo volvió a encontrar esa persona. Entonces le estaba haciendo un tratamiento para llevárselo, no en las condiciones naturales que se encontraba, sino en otras condiciones. Por ejemplo, dicen que le dan raíces, o le dan a tomar cosas como para drogarlo, pero no así en una forma abusiva, sino cierta cantidad para poderlo controlar. Entonces así se le estaba haciendo hasta que atrás vino su señora y comenzó a gritar.
 Cuando la señora comienza a gritar entonces interrumpió lo que el señor estaba haciendo y lo dejó, medio atontado. No sabíamos que le habían hecho, hasta que una hija de él, cuando se enteró que estaba enfermo le llevó a su comunidad más abajo. A Eurokorimo, donde vieron a la persona entre los cerros como dije, le llevó. La sorpresa de ellos fue que ahí nunca esos pájaros que yo imité, que se llama woroiwok esos nunca se oían por ahí.
El día que bajo él ahí. Si, como si estuvieran pendientes de él.
Entonces se dieron cuenta de que se trataba de ellos y le prepararon del palo con que exprimen la yuca, rasparon ese palo, lo prepararon en un ensalme, se lo dieron a beber y le preguntaron: Mira, queremos saber ¿qué es lo que te pasó?
Entonces confesó: Miren, me pasó así y así y así.  Y ahorita en este momento están detrás de mí.  Entonces los familiares pusieron más cuidado, pero en un descuido se lo llevaron nuevamente.
 Como era familia de él se lo quería llevar por que sí. En ese momento se dieron cuenta de su falta y mandaron a los nietos: ¡Vaya, mi amor y tenga cuidado! Efectivamente, encontraron unas personas que lo tenían agarrado y lo soltaron y se pudo ir. Y empeoró más, ese pariente, que lo vieron y murió…
Y la  no es la primera vez, pues en el trabajo de construcción de la carretera de la Paragua a Paul desapareció un criollo del campamento del Ministerio de Transporte y Comunicaciones, que eran los encargados de construir la vialidad. Y al lado de ese campamento había uno de los indígenas, con su conuco. Ahí llegaban a dormir en el trayecto, cuando iban a la Paragua. Y el que me contó  fue Julio Rivas, un primo mío.
 Dice que ellos pernoctaron para construir  el día siguiente, y que ese criollo que estaba cuidando el campamento del Ministerio del Transporte los visitó. Precisamente en este tiempo de lluvias, se fue con su impermeable y se acercó ahí donde están ellos en sus ranchos y estuvo conversando con ellos. Pero lo observaban como inquieto, como si quisiera regresar porque alguien lo esperaba, con esa preocupación: Voy a regresar. - ¿Pero porque tienes tanto apuro? – No, no, no, porque sí. Y se regresó.
Por la mañana se acerca al campamento y no lo encuentran: Fulano, fulano… y nada.
¿Qué pasaría? Le siguieron las huellas. Caminó por la carretera, se internó en la montaña. Le siguieron, paso a paso lo siguieron. Ahí delante dejó la camisa, más adelante los zapatos, la lámpara, el impermeable, por ahí pasó, por un palo atravesó la quebrada y al otro le seguían las huellas.
En vez de las huellas de ser humano que le venían siguiendo, huellas de tigres. Grandes las huellas.
De ahí supieron que era lo que había pasado. Se lo habían llevado los dueños de las montañas y lo transformaron en tigre. Ahí  desapareció.
 Viene un chamán, o un paisán yekuana, entonces el Pemón dice: Mira, un criollo desapareció de ahí. Localice donde está, que le pasó a él, quien lo llevó. El piasan yekuana entonces en la noche, después que termina dice: Mira, ese criollo está ubicado actualmente, convertido en un tigre acuático (wairarimo), en la laguna tal. Aquí hay un cerro, y al pie de ese cerro hay un morichal y una laguna grande.
 ¿Será verdad?, se preguntaron esos indios.
 A la pata de ese cerro encontraron una laguna que no se seca en el verano, todo el tiempo está permanente. Ese día se puso celoso, trueno, lluvia, tal cosa. Ahí fue donde lo localizó el shaman yekuana. Salió la comisión ese día que se perdió, la comisión de la Guardia y no lo localizaron, no estaba en ninguna parte, pero los indios si sabían que pasó.

Tomado de Pataamunaanü´nin: Nuestras Tierras son de nosotros (Etnia Pemón). Carlos Figueroa. Ediciones El Pueblo. Ciudad Bolívar. (2005)


EL MONO CARA BLANCA (etnia yukpa)
Una vez existió entre los yukpa un hombre muy inquieto. Era revoltoso y no podía estar tranquilo. Cuando iba a cazar tropezaba con las raíces y las rocas y caía, entonces chillaba ruidosamente, con una voz aguda que a todos impacientaba. Si veía una culebra chillaba también y saltaba por todo, volcando a su paso las totumas de chicha, las cestas de maíz y los alimentos que se cocinaban en el fogón.
Esto molestaba mucho a Tamurenchu, el sabio, quien desde su alta morada observaba con desagrado a aquel hombre ruidoso y alborotado, que por donde iba pasando iba dejando un rastro de cosas rotas y derramadas.
También los demas yukpa se quejaban de lo escandaloso y descuidado que era.
Un día, el yukpa bullanguero estaba cocinando sus alimentos en una gran olla. Mientras cocinaba gritaba, reía, saltaba y corría por todas partes. Se movía tanto que Tamurenchu, desde las nubes comenzó a desear que se le voltease la olla y que se quemase. Y, efectivamente, así ocurrió: la olla se volteó y se levantaron el humo, la brasa y las cenizas, que salpicaron la cara del yukpa, manchándola de blanco y de gris. En aquel momento este se convirtió en Schirire, el mono cara blanca.
Tamurenchu acudió rápidamente, partió una rama y se la puso como cola.
Luego lo lanzo en la copa de un árbol diciéndole:
-Vivirás entre árboles y serás Schirire, el travieso mono cara blanca. Aun transformado en Schirire, ese ser tan alocado, siguió metiéndose en muchos líos y  provocó desastres:
Destapó la cueva y dejo huir a los jejenes (antiguamente no los había), que se esparcieron por todo el mundo. Abrió también la casa de los truenos, de los relámpagos, de los rayos y del viento: así ahora todos ellos, cuando hay temporal, vagan libremente, por culpa del travieso Schirire.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


WAJARI CREA LAS FRUTAS (etnia piaroa)
Del estómago de Wajari creció un árbol gigante y en él germinaron todas las frutas comestibles. Un buen día Wajari estaba sentado en la orilla del Orinoco esperando un bote que le transportara las frutas río arriba. Al poco tiempo llegó su sobrino, que después de llenarse con frutas condujo a Wajari a San Carlos del Río Negro. Poco tiempo después Wajari fue transportado por sus sobrinos hasta Puerto Ayacucho paraconseguir allá más alimento.
Mientras tanto, una mujer, Paruba Awektuva’ju, también hubiera querido probar las frutas. Un pájaro acuático voló sobre ella y dijo así: —Wajari está en Ayacucho ¿por qué no lo esperas?
La mujer fue por los alrededores del puerto y sentada en una roca se puso a esperar. —Dame de tus frutas– le pidió la mujer a Wajari, que llegaba en esos momentos.
—No es posible –respondió– porque ya las probé y todas me dieron fiebre de mujer: Se me hinchó el vientre, sentí dolores y tuve pérdidas de sangre. ¡Esas frutas son peligrosas! Wajari tomó a la mujer, que de todas formas quería probar las frutas y luego se fue.
Una fruta creció en el vientre de la mujer, que vomitó y orinó sangre. La mujer, ya embarazada, salió río arriba, vagando de un lugar a otro. En cada lugar que se detuvo derramaba gotas de sangre, de las que nacieron, silvestres, las frutas de Wajari.
Porque hay frutas que nacen silvestres y frutas que hay que sembrarlas. Los nombres de los lugares nos indican por dónde fue Paruba, la que hubiera deseado endulzar las frutas amargas, mas no fue capaz.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015). 

viernes, 9 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (8)

Niños Pemón. Imagen en el archivo de Alejandra Sánchez

MAYIKOK O PATAMONA (etnia pemón)
Cuando estaba en San Antonio de Roscio, había mucha cacería: paují, pava, báquiro, venado, y muchos otros más. Yo abrí mi pica  por las montañas por donde no había transitado ninguna persona del mundo. Todos los viernes al mediodía salí por esa pica a cazar y como era montaña virgen conseguía a cada rato pava, paují, venado, o cualquier otra cacería. Y un viejo piasán que estaba en la comunidad me hizo la siguiente advertencia: Díganle a mi sobrino Carlos Figueroa que cuando consiga una o dos cacerías, que se regrese inmediatamente con esa cacería. Porque si insiste en conseguir más, está expuesto que los dueños de esos animales, de esas aves, se lo lleven a un mundo,  donde ellos  viven muy diferentes a nosotros. 
 Me costó creer lo que el piasán me advertía, hasta vivirlo. Un día salgo por la misma pica que solía salir, cuando iba a cazar  y cuando voy caminando por la pica observo que hacia mí vienen una manada de monos, y me espantan unas pavas hacia donde estoy. Y tres pavas se paran en un árbol, en unas ramas… yo cazaba con la bácula  muy bien, tenía buena puntería.
 Pero ese día no sé qué me pasó, yo creo que lo que me sucedió en ese momento fue un signo de algo que me iba a suceder. Así lo interpretamos nosotros los indígenas. Por ejemplo cuando nos sucede una cosa anormal, algo va a suceder. Y efectivamente eso fue, eso sucedió en la forma siguiente. Se encaraman las pavas en unas ramas y disparo, serían como 15 o 20 metros. Pero las pavas no caen. Se vienen más cerquita de mí y se paran: ¡Cucucucujuu! Vuelvo a disparar, pero vuelven a regresar al mismo sitio y sigue con su canción: Cucucujuu. De ahí se me va y la sigo con la vista fija, y se encaraman en aquella rama, un poquito más lejos. Y sin pestañar me aparto y voy hacia la pava: Aquí se agarró… y no la veo. Si no fue a ninguna parte ¿qué paso? Y de repente oigo que están para este lado.
 Pero cuando digo ¿Qué es esto, se vino aquella mata y ahora canta por otra dirección?
¡No, yo me voy! Cuál es mi sorpresa, encuentro la pava muerta y digo: ¿cuándo le di para que cayera allí, cómo eso? Bien, agarré mi pava, y en el camino había dejado un bolso donde cargaba los repuestos, el reparto de los cartuchos, un cuchillo, un pedazo de casabe, y otras cosas más. No es que me parece que lo dejé, sino que lo dejé sabiendo donde lo dejaba en plena montaña ¡y no encuentro mi bolso! ¿Qué pasaría, que pasaría?
Doy la vuelta, vuelvo a regresar, y lo busco. Entonces pienso: ¡Caray! ¿Será que alguien me lo llevó?  ¡No juegue! Ahora si hubiera caminado por el camino unos 20, 30 o 40 metros, no, yo camino y lo dejaría, ¡pero es que yo me aparte de aquí! No es que me paré, sino que… con seguridad. Pero entonces me entra la curiosidad.
Pensé: ¿Caramba, algo me pasó! Sigo caminando y encuentro, como a 100 metros, la bolsa que había dejado aquí. Y de repente oigo un silbido de esos pájaros que nosotros llamamos Woroiwok, que cantan así: worouu- worouu- worouu. ¡Mira, se me espelucó la cabeza, me dio ese susto! Entonces me acordé del mensaje del piasan¡ ¿Serán estos?!
Yo había aprendido de algunos viejos que me decían que en cada sector hay un dueño que domina ese sector, y ese dueño puede ser algún piasan que vivió allí o algún anciano con conocimiento. Entonces como yo tenía conocimiento de que el primer Pemón que se ubicó en el sector Kuyunífue Juan Bravo, entonces le hablé a eso que me estaba silbando: Miren, no se extrañen de mí. Yo no soy extraño a este lugar ¡Yo soy sobrino de Juan Bravo! Y me vuelven a contestar: worouu- worouu- worouu ¡Me dio un miedo esa vez! Y eso fue la advertencia que me hizo el piasan.
Cazaba un venado y seguía cazando, y entonces llegaba un momento en que los dueños de eso decían: ¿Ah, te gusta? Ahora vente para que seas dueño de estos animales con nosotros.  Eso es lo que utilizan y dicen los que conocen de estos asuntos. Y así fue como me lleve el primer susto esa vez.
 El segundo susto fue que salí a cazar una noche y en la misma comunidad cantaban el que llaman “silbón”. Eso silbaba así: ma`chi`kototoi-Ma`chi`kototoi. Más pequeño y más grande. Y eso era anormal entre esa clase de pájaros o ave que canta. Voy en la noche de caza por esa pica con un perrito que yo había entrenado para ser cazador de venados, y cargaba dos linternas, una para alumbrar el camino y el otro frontal para alumbrar nada más cuando llegaba la cacería, para alumbrarla mejor para no perder la cacería. Andando por esa montaña oigo ese silbido ma`chi`kototoi-Ma`chi`kototoi.
 Inclusive esta imitación que estoy haciendo dicen los viejos que no se debe imitar, porque se venga: pone loco a uno, pierde los sentidos, y si uno no sabe Taren para contrarrestar, bueno, puede tomar otro camino. Pero para que cualquier día que oigan este silbido sepan que es un animal, que son aves peligrosas sagradas, por eso estoy imitando. Y como creo que no está cantando en este momento, y como estoy tan lejano, no me voy a loquear ni voy a correr por estas veredas.
 Bien, cuando oigo ese ruido se me espeluca la cabeza otra vez, prendo la linterna y me pongo a alumbrar por que la montaña está clarita, y nada. Sigo por el camino… de repente, siento que como a tres metros de distancia se para algo que hace ruido en  las hojas secas: worou. Me asusté y disparé en la dirección  por donde oía ruido. Un venado que se levanta ahí, se espanta, el perro mío lo sigue jau-jau-jau, dio la vuelta y cuando atraviesa el camino lo alumbro, ¡paa! Disparo y lo mato. Ese era el animal que estaba silbando. Lo oí en esa dirección y lo encontré en esa dirección. De modo. De modo que esos animales tienen sus dueños, que nosotros llamamos Mayikok. Hay muchos misterios en la selva.
 Yo eh preguntado a los que saben: ¿De dónde vienen estos dueños de las montañas? Y ellos me dicen lo siguiente. Que durante la guerra de la Independencia había piasan que sabían muchas cosas, y como no quisieron someterse se internaron en las montañas y ahí están con sus conocimientos  ancestrales, y que tienen poder de convertirse en un animal, en un ave, en un tigre, o en cualquier otra cosa. A muchos de nosotros los indígenas nos cuesta creer lo que nos dicen nuestros viejos, nuestros abuelos.
 Pero también muchos se han llevado la sorpresa de que es cierto lo que dice los viejos.
 Otros ejemplos: en el sector del km. 88 hay una zona donde los indígenas no penetran pues, las veces que penetran a esa parte, algo sucede.  Ahí hay un río, un afluente del río Kuyuni,  que tiene bastantes peces como Aymara.  
 El Aymara es un pez que nosotros los pemón nos gusta consumir, porque es un pescado sabroso. Lo comemos asado, ahumado, y de otras muchas maneras.
 Y estando yo ahí, un tío mío de nombre Julio Lezama me dijo: Mira, sobrino, yo voy a echar barbasco a ese río que yo sé que es muy celoso, en diferentes oportunidades los indígenas han querido pescar en comunidad y las veces en que se acercan a ese río, aunque sea en pleno verano sin haber visto que allá llovido esa noche, parece que llueve en la cabeceras  y eso se llena que no se puede pescar, y se han tenido que regresar.  A veces bajan hojas de cambur cortado con el machete, y nosotros sabemos que por ahí no vive ningún indígena Pemon.
 Porque los indígenas se conocen quien vive en tal parte. Así como en Caracas los caraqueños se conoce dónde está Petare, dónde está tal cosa, en la misma forma los indígenas conocen su selva. Saben dónde está la cabecera tal, o el árbol tal, el barbasco tal. Entonces en esa forma también saben de este sitio, y así ha sido que han ido varias veces a echar barbasco y no han podido, porque se llena inmediatamente. Es decir, el dueño protege a esos peces para que no se los lleven.
 Inclusive, en esa quebrada al pie de un árbol se ha conseguido escamas de Aymara, han escuchado que más adelante están conversando personas, inclusive niños bañándose en el río, gritando. Y cuando se acercan no encuentran nada, pero si rastros. Y no sé. Yo pienso que estas personas, como acabo de decir, son personas que huyeron durante la guerra de independencia y por no querer someterse ni a los realistas ni a los patriotas para ser baqueanos, se internaron en esas montañas con sus conocimientos. Y esos son los Mayikok dueños de los bosques, de las montañas, de los cerros. Eso es lo que nos explican posteriormente los piasán.

Tomado de Pataamunaanü´nin: Nuestras Tierras son de nosotros (Etnia Pemón). Carlos Figueroa. Ediciones El Pueblo. Ciudad Bolívar. (2005)


EL CACHICAMO (etnia yukpa)
Kamashru
Kamashru era una persona muy pícara y malintencionada. Sus bromas eran pesadas y a todos molestaban. A menudo se disfrazaba  de distintas  clases de gente para asustar a un pobre yukpa que vivía solo. Otras veces lo hacía  caminar sin rumbo fijo, con alguna treta, o lo encerraba en su propia casa y lo hacía comer bajo engaño la carne de algún animal podrido.
Sucedió que aquel hombre sencillo se cansó de tantas bromas crueles y tontas jugarretas y decidió vengarse de Kamashru, haciéndole él también una maldad. Pero debía esperar el momento preciso. Un buen día Kamashru, que andaba cazando, llegó sediento a su casa.
-Hermano – le dijo - ¿me regalas una taparita de agua?
-Si tuviera te daría – respondió el yukpa - pero, se me acabó.
 Sin embargo el caño está cerca. ¿Por qué no vas hasta allí a beber?
-Buena idea – convino Kamashru. Llegó hasta el caño y se inclinó para tomar agua. El yukpa solitario comprendió que aquella era su oportunidad. Tomó una vara de caña brava llamada Vishira, que tiene forma de rabo de cachicamo, y se la colocó al bromista dentro del guayuco, en el medio de las nalgas, a modo de cola. Luego comenzó a reír y reír sin poder contenerse. Cuando Kamashru se dio cuenta de lo que pasaba, lanzó un grito de ira y trató de golpearlo. Pero en aquel momento se convirtió en un extraño animal, con un rabo bastante cómico y todo el cuerpo cubierto de una dura caparazón. A ese animalito lo conocemos hoy como Kamashru, el cachicamo.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


WAJARI, LOS WAIKUNIS Y LA GESTACIÓN (etnia piaroa)
Esta historia la dicen en todos los cantos contra las enfermedades de animales para ayudar al parto rápido de las mujeres embarazadas. Los pensamientos de Wajari andaban por Mariweka y visitaron numerosos recintos del mundo inferior. ¿Y qué encontraron por allá? Que todas las hembras de los animales estaban embarazadas y enfermas. Los pensamientos también vieron que la madre del mono, del báquiro, del armadillo paren con mucha dificultad. Wajari dijo: “Ya hace tiempo que creé a los piaroa, sin embargo, se enferman tanto al parir, como los animales. Y si me muero, las enfermedades quedarán”.
Wajari usó a los waikunis, que son hombres como los piaroa, pero en la tierra ellos son el “Pueblo de Mariweka”. Como si ese pueblo fuera la madre de los piaroa. Los piaroa dicen: “Los waikunis son nuestros parientes. Nos los comemos en forma de pájaros porque nunca nos enfermaremos de la carne de nuestros parientes”.
Los waikunis le dijeron a Wajaris: “Nosotros somos el pueblo de Mariweka. Queremos un canto que facilite el nacimiento de los niños”. Wajari dijo: —¡Sé un canto así!
El canto les sirvió a los waikunis: lo cantaron y al momento sus mujeres dieron a luz. Dijeron los waikunis: “Nosotros no necesitamos enfermedades así. De ahora en adelante nuestras mujeres comerán siempre carne de animales y parirán fácilmente. No queremos esta enfermedad. Podemos comer todo tipo de animales y tenemos nuestro canto, ya ahora nuestras mujeres tienen menos problemas”.
Los piaroa también cantan, y las mujeres no sufrirán más. Si ataca el espíritu marima, no puedes salvar a la mujer enferma. Pero los animales no tienen un canto así y se mueren con frecuencia con los pichones en su vientre. La madre de los animales trae al mundo sus pichones y Wajari les da forma: huesos, ojos, carne, uñas, pelo y muchas cosas más.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015). 

jueves, 8 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (7)

Imagen en el archivo de Martín Garza

EL ARCOIRIS (etnia yukpa)
Tubira
 Kuschumchi, el rojo: Schikaka, el azul; Araura, el amarillo; Kussre, el morado; Shipi, el verde, éstos eran los miembros de la familia Tubira, que acostumbraba a vivir en las cabeceras de los grandes ríos. Todos tenían cuerpos suaves, ágiles y relucientes, de distintos colores, que ardían como las llamaradas de una hoguera.
 Los yukpa veían a los Tubira juntos al agua, en la espuma o tras la gota de la lluvia.
Una noche el yukpa Potaiké, mientras dormía en su chinchorro de corteza de árbol, soñó con un bellísimo Tubira, o arcoiris, que se extendía del este al oeste. Distinguió bien los cinco colores, que ardían como el fuego.
 Al amanecer del día siguiente, cuando apresurado se dirigía al río para tomar agua y lavarse antes de empezar su jornada de trabajo, una visión extraordinaria lo deslumbró: la familia Tubira, reunida, brillando exactamente sobre el curso de agua.  Potaiké, asombrado trató de retroceder y esconderse, pero una voz imperiosa lo detuvo:
-¡No retrocedas ni un paso! Te estamos esperando desde anoche.
 De inmediato Potaiké se sintió trasportado, llevado por los aires, y se encontró en medio de aquella reunión familiar.
 Oyó entonces otras voces:
-No tengas miedo, somos tus amigos, y mientras tú también lo seas para nosotros no te haremos daño. Ven, siéntate, comeremos juntos.
 Potaiké obedeció y aquella comida le pareció exquisita. Era un banquete de carne de venado, que los Tubira habían asado con sólo tocarlo. Los contempló detenidamente. Sus rostros resplandecían como el fuego, cada uno de un color distinto.
 Terminado el festín, el jefe de los Tubira habló:
-Potaiké, de hoy en adelante no comerás nada caliente. Si no obedeces te quemaras por dentro. Te prohibimos terminantemente hablar a nadie de nosotros, ni siquiera a tu mujer. Nuestro encuentro será secreto. Si lo comentas, tu boca se torcerá, y se torcerán también tus brazos y piernas.
Durante algún tiempo el yukpa cumplió la promesa pero, al pasar los días, se cansó de comer todo frío.
Deseaba, además, contar lo ocurrido.
Resolvió hablar y le refirió a la esposa su amistad con los Tubira. En ese momento, su boca se deformó y sus dedos se torcieron para siempre.
Así el jefe de los Tubira castigó a Potaiké por romper el pacto.
Es por eso que los yukpa admiran a Tubira, el arco iris, cuando brilla en el cielo, pero jamás lo señalan con el dedo, porque creen que en momento de hacerlo sus manos podrían torcerse, como las de Potaiké. Ellos respetan a Tubira.
Y cada vez que Tubira cuelga sus luces en el firmamento, los yukpa saben que ese es el momento en el cual todos los miembros de esa familia se reúnen para comer: No deben navegar, ni remontar sus canoas los cursos de agua. Es peligroso acercarse a las cabeceras de los ríos cuando Tubira resplandece en el cielo.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)



¿CÓMO CREARON AL BÁQUIRO? (etnia piaroa)
Muchas veces cantamos sobre el báquiro, el ime, antes de comernos  su carne y mientras bailamos con su máscara. Hay varios cantos sobre los ime, y también hay una historia sobre su creación.
El canto de la danza de máscaras sigue derecho, mientras que el canto sobre las enfermedades del báquiro serpentea como el caño. Me gusta el canto del Warime y también el del báquiro porque son interesantes. En la zona de los manantiales, el Sipari-aje, allá donde en época de la seca se alza la churuata de Marepa hay una montaña, la Ime-tajtawinawa. Allá crearon al báquiro. Yo sé dónde está la gran montaña de piedra, la Ime-tajtawinawa. Frente al caño Sipari, en la selva.
Allá cantaban también el Warime, el canto de la fiesta del báquiro. Son innumerables las palabras del canto: ujku-vasruve, luego ujku-yuwe-yuwe, luego arikoto. Son muchas las palabras como esas. Cuando suenan los instrumentos y bailan las máscaras, se puede escuchar el canto del Warime.
Los bailadores se van deteniendo, van diciendo las palabras del canto y las mujeres responden. Solamente las mujeres que dan las respuestas conocen el canto. Las otras, no. Y los que responden van vertiendo de su garganta las palabras.
Los bailadores y cantantes se quedan un rato en el monte, como una hora, luego siguen subiendo. Arikoto, dicen abajo. Nea-a parewa, se encaminan hacia abajo. Luego vuelven a subir y a bajar como el báquiro. Allá fue donde crearon al báquiro. Esa es también obra de Wajari. Pureydo es el lugar donde las sierras se suceden entre sí. Los hombres andan enmascarados. Luego entran en una churuata, en otra, en otra tercera.
Antes de haber creado a los piaroa solamente existían muchas montañas de piedra y la selva. La montaña de piedra era una churuata abandonada, pues la churuata de los piaroa es como la cima de la montaña. Y Wajari reconoció las churuatas abandonadas cuando se escapó de sus enemigos. Porque Kwoimoi, la culebra venenosa, deseaba su muerte.
Pero Wajari, para que no lo reconocieran, se puso una máscara. Cambiaba constantemente de aspecto e iba de una churuata a otra disfrazado con las máscaras, y le dio muchas cosas a los hombres hasta que llegó a la churuata abandonada. Por eso es que cantamos sobre ese lugar. Pureydo no está cerca, Pureydo está lejos.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).



EL CANTO DEL BÁQUIRO (etnia piaroa)
Buoka llegó primero, lo siguió Kwoimoi, la culebra venenosa. Buoka nunca fue a visitar a Kwoimoi porque tenía miedo que lo atacara y se lo comiera. Wajari después de haber sido creado por Buoka, quiso ir a visitar a Kwoimoi, porque no lo conocía y no sabía que Kwoimoi había probado varias veces matar a Wajari y a Buoka porque le envidiaba las ceremonias enmascaradas, quería robárselas para poderse comer a los bailadores enmascarados. La culebra venenosa se escondía tras todo tipo de máscaras y no hacía más que pensar cómo podría matar a los dos hermanos.
Sin embargo, en cuanto a sabiduría, Kwoimoi quedaba mucho más atrás que Wajari, sus pensamientos eran más pequeños. Wajari le dijo a Kwoimoi: —¡Primero te mataré antes que tú me mates!
Los dos hermanos decidieron celebrar una gran fiesta y enseguida comenzaron a prepararla. Mientras tanto, Kwoimoi, bajo la forma de todo tipo de animales los iba espiando. Sin embargo los dos hermanos estaban alerta, advirtieron al enemigo y salieron corriendo. El único deseo de Buoka era el de dirigir la primera fiesta. Pero Wajarile dijo:
—No lo hagas. Nosotros tenemos que organizar juntos la fiesta, pues tú no sabes lo suficiente y va a terminar mal la cosa si celebras solo la ceremonia. Sin embargo, Buoka no le hizo caso a su hermano y salió para preparar él solo la ceremonia de los enmascarados. Pero vino Kwoimoi y se comió todos los objetos sagrados que Buoka había preparado para la fiesta.
Hoy en día el mékira, el chácharo, es el espíritu de los bailadores que Kwoimoi se comió. Esos chácharos hubieran podido ser aún mayores que el báquiro de hoy si Kwoimoi no los hubiera devorado. Luego Wajari preparó los instrumentos de la fiesta, pero los mantuvo bajo su más estricta vigilancia. Buoka, llorando, contemplaba los trabajos de Wajari. Wajari le preguntó a su hermano:
—¿Cómo van los preparativos de tu ceremonia? ¿Todo bien?
—Kwoimoi devoró todos mis bailadores a excepción de uno. –respondió Buoka–. Como ves, las cosas van muy mal.  —¿No ves? Te lo dije, preparémoslo todo juntos. Yo sé más que tú –dijo Wajari.
Pero Kwoimoi solamente esperaba el inicio de la fiesta, también aspiraba a los bailadores de Wajari. Poniéndose una máscara se acercó a espiar. Pero en vano se escondió, Wajari reconoció al enemigo y le dijo:—No te acerques. Los instrumentos de la fiesta son sagrados, y no es necesario que otros los guarden; es suficiente si yo, Wajari, cuido los instrumentos.
Kwoimoi fue para su casa y se buscó otra máscara. Pero Wajari sospechaba lo que se traía entre manos (al final Wajari mató a Kwoimoi para vengarse de que le había devorado los bailadores a Buoka).
Tenemos que saber que la esposa de Wajari, Kwawañamu, era hija de Kwoimoi. Pero hasta los hermanos de su esposa, ayudaron a Wajari contra su padre. Querían ayudar a su cuñado Wajari, querían salvarlo y lo consiguieron con el yawa-keba (amuleto hecho de una fruta negra, que por eso los piaroa no la comen hoy en día). Ellos le dieron a Wajari el amuleto de fruta para que lo protegiera contra Kwoimoi. Wajari lo aprovechó y se defendió contra Kwoimoi.
Luego de la fiesta de los enmascarados, le devolvió a sus cuñados el amuleto y les dio las gracias. Los cuñados de Wajari, hermanos de Kwawañamu se llamaban: Kewiyepu, Irekuwa y Kumatari.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).