miércoles, 7 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (6)

Imagen en el archivo de Diversidad Cultural Latinoamericana

LA TEMPESTAD (etnia piaroa)
Temombra
Hace tantos años como estrellas hay en el cielo, no existían tempestades. El corazón de la tormenta vivía encerrado en un gran avispero, que bullía suspendido de un árbol no muy alto.
En esa colmena se guarecían las avispas gigantes, aquellas ponzoñosas, cuya picadura es muy dolorosa y a veces mortal.
Hacían mucho ruido allí dentro pero los yukpa no se acercaban, no las molestaban.
Hasta que un día  pasó por allí un yukpa muy curioso, que al contemplar aquel extraño panal tan grande y escandaloso, quiso saber qué había en él. Comenzó a arrojarle piedras y más piedras, hasta que lo hizo caer al suelo con gran estrépito.
Inmediatamente, las avispas, furiosas, formaron un enorme remolino. Comenzó una tempestad como jamás la habían visto los yukpa. El viento giraba y giraba enloquecido, despeinaba los árboles, aullaba en la serranía. La lluvia caía a raudales  y formó un turbión de tanta fuerza que envolvió al curioso y se lo llevó al cielo  oscuro, donde mora desde entonces la tempestad.
Desde allí mira hacia abajo y llora su curiosidad. Es entonces cuando en la tierra llueve con fuertes vientos y truenos. Y es el momento en el cual los demás yukpa lo recuerdan y dicen a sus hijos:
-Jamás seas curioso, porque te puede pasar lo que a ese necio que ahora está llorando su curiosidad.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


EL MITO DEL MAÍZ (etnia yanomami)
Hace muchísimo tiempo, vivía un yanomami que se llamaba Koye, era muy trabajador. En su conuco había sembrado maíz y cuando este comenzó a jojotear les dijo a su esposa y a su suegra que fueran a recogerlo.
Koye no le hablaba a su suegra y por eso le dijo a su esposa que le dijera a ella que no se adentrara mucho en el maizal, porque podía extraviarse, podía perderse y no encontrar el camino de regreso.
La esposa de Koye se lo dijo a su madre, pero ella a pesar de haber entendido lo peligroso que era, no le hizo caso y se internó en el maizal. En la medida que iba avanzando veía el maíz más hermoso.
Ella extasiada en lo bonito de las mazorcas, se adentró más de la cuenta. La hija, preocupada, la llamaba desde la orilla para que regresara; pero  su madre solo le respondía: Popo… popo…
La visión del maíz tan hermoso la había vuelto loca. La suegra de Koye siguió caminando, hasta extraviarse y se transformó en una popomani, una gallineta del monte de esas que les gusta comer maíz.
Por su parte Koye se convirtió en bachaco y siguió trabajando como de costumbre; desde entonces los yanomami para tener hermosos granos de maíz, cuando siembran invocan al espíritu de Koyeriwa o del bachaco, para que la cosecha sea abundante.

Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)


TCHEJERU ENLOQUECE Y LOS PIAROA PIERDEN LAS COSAS DE LOS BLANCOS (etnia piaroa)
Varia gente le contó a Wajari que su hermana se había vuelto loca. Por eso se fue a ver a Puruna y le preguntó: — ¿Es cierto que mi hermana se volvió loca?
Puruna respondió: —Es cierto. Como ves, no está en casa. Se pasa el tiempo vagabundeando, de una churuata a otra.
Wajari pensó que seguramente Puruna fue el que enloqueció a su hermana, pues tal vez le ocasionaba muchas preocupaciones o la engañaba con otra mujer. Pero Puruna no cesaba en decir: —Yo no soy el culpable, la culpable es Tchejeru. Pregúntale a ella misma, es la loca.
Wajari salió para buscar a su hermana y llamarla a contar. Y la encontró en una churuata, donde su hermana, metida en un chinchorro, cantaba sobre relaciones amorosas mantenidas con jóvenes buen mozos. Wajari se acercó a ella y la llamó a contar: — ¿Por qué eres así? ¿Por qué dejaste a Puruna?
Tchejeru contestó: —Fíjate, ¿acaso me quieres injuriar porque dejé a mi marido? ¡Lo hice porque tú me abandonaste en su casa!
Wajari la interrumpió: —No me gusta que hayas dejado a Puruna. Si una mujer tiene esposo e hijo, ¡no puede hacer una cosa así! Y se marchó.
Tchejeru enloquece y los piaroa pierden las cosas de los blancos. Pasaron algunos años y Puruna visitó a Wajari en su pensamiento y,  decidió que en realidad lo iría a ver por si acaso encontrase allá a su esposa. Wajari no vivía solo, sino con Buoka y sus sobrinos. Puruna ya los oyó desde lejos: cantaban, soplaban yopo y conversaban sobre sus visiones y reían –hay que saber que Buoka estaba siempre bromeando. Puruna entró en la churuata, lo miraron y le preguntaron riendo: —¿Y esto qué cosa es?
De repente lo reconocieron y dejaron de reírse. Buoka avanzó hacia Wajari y le dijo: —Aquí está tu cuñado.
Los habitantes de la churuata atendieron al visitante según las costumbres piaroa. Wajari invitó a Puruna a su lugar en la churuata: —Aquí está mi chinchorro para ti.
Las mujeres le trajeron yucuta fresca al visitante, y los hombres le brindaron con yopo: —Sírvete del yopo que ya luego te volverán a dar yucuta.
Luego Wajari le preguntó a Puruna: —¿Qué noticias tienes para el capitán del grupo? ¿Tal vez viniste por una cerbatana?
Puruna respondió: —No, he venido para saber algo sobre mi esposa. ¿Está aquí contigo?
Wajari dijo: —No sé dónde puede estar. ¡Si es que la dejé contigo!
Pero luego se le ocurrió: —No hace mucho que me dijeron que la habían visto en otra churuata. El pueblito se llama Marayua Kojuna. Ve por allá y averigua. ¡Yo no tuve éxito!
Puruna se va a averiguar sobre la muchacha; se despidió de Wajari y salió de la casa. Wajari se imaginó que Tchejeru vivía de nuevo con Puruna y sonrió de felicidad.
Wajari viajó muy lejos para conseguir de las cosas de los blancos. Puruna le había dicho a Wajari hace tiempo que desde que se casó con Tchejeru no tenía que viajar tanto, que él le iba a mandar cosas a Wajari. Pero aquello había ocurrido cuando todavía Tchejeru no se había vuelto loca. Por eso es que los piaroa no pueden alcanzar las cosas de los blancos, porque Tchejeru se volvió loca y dejó a su marido. Por eso es que aún hoy en día los piaroa son más pobres que los blancos.
También Puruna le dijo a Wajari que los piaroa se podrían casar con los blancos y tendrían muchos hijos. Mas, los piaroa también perdieron esta oportunidad cuando Tchejeru se volvió loca. Los waikunis llamaban madre a Tchejeru y ella los llamaba hijos. Los waikunis le preguntaron: —¿Por qué nos dejaste?
Y se la llevaron con ellos a su casa para curarla, le cantaron y la bañaron en la caída del agua. Todo esto lo hicieron para que se le quitara la locura. Y Tchejeru se curó, luego de lo cual hicieron una gran fiesta. Hoy también hacen lo mismo los piaroa a las mujeres que se vuelven locas. A Puruna le llegó la noticia de que Tchejeru era la misma de antes, se sentía bien y vivía con sus hermanos. Puruna decidió ir a visitar a Tchejeru. Sin embargo, Tchejeru le dijo a sus hijos: —No me gusta la churuata de Puruna. Todos los días le pedía a los waikunis que impidiera con brujería que Puruna viniera a buscarla.
Puruna planeaba todos los días visitar a Wajari, pero siempre se sentía cansado. Esa era la brujería de los waikunis. Y ni para la fiesta de los waikunis vino Puruna. Por eso es que los blancos no tienen bailes con máscaras.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).


REDYO Y LA TORTUGA (etnia piaroa)
En aquella época vivían en la selva muchos piaroa. Pero no solamente vivían los indígenas, sino también Redyo, el que se comía a todos los hombres. Y también la tortuga habitaba en la selva. Una vez Redyo le dijo al indígena: “Ven conmigo al conuco a recoger batata”.
—Está bien, vamos, pero mejor a recoger fruta de seje. Sabía que era costumbre de Redyo matar a las mujeres. Pero el indígena estaba consciente de que era la esposa de Redyo la que acostumbraba matar a los hombres; por eso fue a pedirle consejo a la tortuga. La tortuga propuso lo siguiente: “Si vas a la selva, lleva contigo un bejuco y prepáralo bien. Corre, apúrate y sube a las palmeras de seje, porque si vas despacio, te matarán”.
—Está bien –respondió el hombre y se adentró en la selva. Al llegar al palmar, se subió a una palmera y se puso a esperar. Al poco rato llegó la esposa de Redyo y lanzó un palo hacia arriba. —Me quiere matar –dijo el indígena.
—¡Oh, qué va! –respondió la esposa de Redyo–. Solamente tiré el palo para tumbar los racimos de frutas. El hombre arrancó los racimos.
—Tíralos –le dijo la esposa de Redyo–, no los vayas a probar, pues son muy amargos.
—Lo mejor será si los dejo caer poco a poco –pensó– y se inclinó hacia abajo. Pero la mujer, la esposa de Redyo, quería atraparlo. Él colgando a una altura como de dos a tres metros, de repente soltó el racimo que cayó sobre la esposa de Redyo, exactamente sobre su cabeza.
La esposa de Redyo se fue de lado y pereció de muerte horrible. ¡Y el hombre se salvó! Poco después entró en la madriguera de Kjeni la tortuga. La tortuga le dijo: “Sácale el hígado y cocínalo para que Redyo se lo coma. Él vendrá más tarde, seguramente por la tarde”.
Cocinó el hígado con mucha pimienta. Y de verdad vino Redyo y se comió el hígado. —Yo me comí mi parte –dijo y luego se echó a reír–. Ay, ay, ay –dijo–.
Porque la pimienta picaba. Redyo pidió agua. —No traje agua –dijo el indígena–, mejor será que tú mismo vayas al caño.
La tortuga habló: —En cuanto Redyo regrese y entre por la puerta, agárralo y rómpele la cabeza, pues si no te matará.
Así pasó, Redyo entró por la puerta, el indígena lo agarró por detrás y le dio un fuerte golpe en la nuca. Y Redyo murió al igual que la esposa. Con un ramo de espinas le pincharon la barriga, las piernas, los brazos. Y hasta le echaron encima el palo del sebucán. —Me voy –dijo el hombre.
—Quédate un ratico más –dijo la tortuga. Si te vas ahora, vendrá otro Redyo y te comerá. Mejor si esperas un ratico. Yo te avisaré cuando podamos salir. Más tarde la tortuga dijo: —Súbeme a tu espalda y te diré por dónde vamos.
Casi enseguida llegaron al conuco de la tortuga y entonces el animal dijo: —Ahora siémbrame todo un claro de túpiro y tráeme los frutos a mi madriguera.
Pasó un tiempo y el indígena le llevó como cuarenta túpiros a la tortuga.
—Ven a visitarme dentro de cinco meses –dijo la tortuga. Obedeció el indígena y visitó de nuevo a la tortuga. Kjeni lo estaba esperando en el conuco. Ahora le dijo de nuevo al hombre:  —Ven a visitarme por segunda vez y tráeme más túpiros.
De nuevo vino, ahora por segunda vez. La tortuga se comía en el conuco los túpiros recibidos como pago. —Ahora haz un claro, limpia el conuco, siembra nuevos túpiros, le ordenó la tortuga.
Él derribó los árboles de la selva y sembró. —Ven otra vez, pero esta sí que es la última porque me voy de aquí. El indígena fue a visitar la tortuga, pero no la encontró por ninguna parte.  —Me engañó –dijo para sí. Y la tortuga estaba sentadita en su madriguera porque ya se había llenado. Por eso fue que el hombre no la encontró.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015). 

martes, 6 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (5)

Imagen en el archivo de Amazonia Viral

LOS ALIMENTOS (etnia yukpa)
Takatpo
 Cuentan los ancianos que, en el comienzo de los tiempos, los hombres no conocían los verdaderos alimentos. Vivían de raíces y semillas de hierbas y hojas, porque nadie sabía sembrar ni cultivar los campos.
Un día, cuando el mundo ya estaba bastante poblado, Osemma, el terremoto, quiso conocer la tierra. Se presentó bajo la forma de un visitante y pidió hospedaje en la casa de un yukpa, pero lo trataron mal y tuvo que irse. Visitó entonces  a otro yukpa y allí fue bien recibido, le brindaron abrigo y le ofrecieron raíces de grandes árboles de chuía y semillas de sahra, que los yukpa aún comen.
Disculpándose, Osemma se negó a comer: Dijo que no le apetecía esas cosas, que aquello no era alimento. Les explicó que él comía buenos alimentos, como el plátano y la yuca. Los yukpa no entendían nada, porque no los conocían. Viendo que aquella gente generosa y hospitalaria, Osemma decidió ayudarla. Cuando cayó la noche, fría y callada, salió al campo y comenzó a soplar sobre la tierra. Nacieron así el plátano, con su verde corona; la yuca, con brazo de tierra, y el maíz con dorados penachos. Otra vez sopló y sopló con su poderoso aliento, y nacieron el suculento ocumo, el suave ñame, la dulce caña de azúcar, la brillante auyama, las fragantes batatas.
 Continuó soplando, soplando, y los hizo crecer y crecer a todos.
 Al despuntar el sol al día siguiente, aquella familia encontró el patio de la casa lleno de diversas especies de plantas que no conocían, con sus frutos.
 Osemma les explicó que aquellos eran los alimentos.
Pero, ¿cómo se comen? – le preguntaron los yukpa. El colocó el maíz sobre el fuego y les mostró:- Esto se come así.
Luego puso en agua hirviente el ocumo, la yuca y el plátano, y les mostró cómo se preparaba cada alimento. El misterioso visitante vivió mucho tiempo con aquella familia y poco a poco fue enseñándoles los nombres de los otros frutos y la manera de sembrarlos, cultivarlos, prepararlos y comerlos. Lo hacían con gran esfuerzo y dificultad porque aún no conocían las herramientas e instrumentos, y debían utilizar piedras para cortar las plantas y para tumbar los árboles.
Después de varios años Osemma se hizo viejo. Al envejecer se volvió pequeño, pequeño. Les dijo a los yukpa que había llegado para él el momento de regresar al lugar de donde había venido, al centro de la tierra.
Pero antes de irse les  aconsejó que enseñaran a los demás el arte de sembrar, cultivar y preparar los alimentos verdaderos, diciéndoles que el cultivo, conocido en todas partes y practicado por todos los yukpa, los haría más fuertes y saludables, y los protegería del mal.
La familia quería darle una hija para que se casara con ella y tuviera una compañera.  Pero Osemma no aceptó, aduciendo que en su corazón no cabían los sentimientos de amor que experimentan los hombres.
No podía casarse, además, porque adonde él iba no podía seguirlo ninguna mujer.
Luego empezó a saludar y, como se había vuelto tan pequeño, se introdujo en la tierra.
 En aquel momento se produjo el primer temblor: el suelo se sacudió, se abrió y, por esa grieta, bajó Osemma y llegó a lo más profundo. Desde entonces, cuando hay temblores, los yukpa lo recuerdan y dicen que en el año en el cual Osemma, el terremoto, se hace sentir, la tierra brinda una buena cosecha.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


CONEJO COMIENDO LUNA (etnia Pemón)
Knewo, conejo, estaba sentado a la orilla de un río. Estaba de lo más tranquilo comiendo, cuando paso por ahí el tigre.
-¿Que estás haciendo, mi hermano?- Le preguntó el tigre.
-Nada hermano; estoy comiendo de eso que saqué del agua.
El conejo era mentiroso. Le dijo eso al tigre mientras miraba la luna que se reflejaba en el agua, pero en verdad lo que estaba comiendo era una torta de casabe.
-Espera un momento hermano, si tú quieres yo te saco un pedazo.
El conejo se lanzó al río, llevaba escondida en su mano la torta de casabe, Cuando salió con un rápido movimiento de manos les dio un pedacito de su torta al tigre; y el tigre se la comió.
Como al tigre aquel le pareció tan sabroso, dijo:
-Yo también voy a buscar un pedazo para mi comida.
El tigre se tiró al agua; pero no pudo hundirse porque le tuvo miedo al agua, él le tuvo mucho miedo a la profundidad.
El conejo le dijo al desesperado tigre:
-Espera, voy a amarrar una piedra a tu cuello para que puedas sumergirte más hondo.
Y el conejo le amarró una cuerda al tigre con una piedra enorme, y el tigre se lanzó al agua y se sumergió a toda prisa por el peso de la piedra.
El conejo se fue, estando el tigre hundido y sin poder salir. La piedra era muy pesada y no se podía soltar.
Estando en lo hondo del rio, los peces se toparon con el tigre y este les dijo:
-El conejo me amarró de esta manera, suéltenme para irlo a buscar.
Pero los peces le dijeron que no, porque si lo soltaba el feroz tigre se los comería.
Pero este estando en esto, pasó por allí el pez raya, que iba muy apurado, y según pasaba le cortó la cuerda de bejuco que tenía amarrada el tigre. Y entonces salió, y se fue siguiendo las piedras del conejo.

Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)


LA NACIÓN DE LOS ENANOS (crónica de Nicolás Federmann; 1501-1542)
En la mañana del tercer día llegamos a una aldea de seis u ocho casas, que es la primera de la nación de los Ayamanes. Temía que si los sorprendíamos se atemorizarían, porque jamás habían visto, hasta entonces, hombres vestidos y barbados… Les envié, pues, un intérprete de la nación Xidehara, que había llevado conmigo desde Hittova, lo cual sirvió para disipar su espanto y disponerles a la paz…
Aunque esta nación de los Ayamanes se compone casi enteramente de enanos, encontré sin embargo muchos individuos, así hombres como mujeres, de talla ordinaria. Al preguntarles la causa de esta diferencia, me respondieron que sus antepasados les habían explicado que antiguamente una cruel mortalidad  o peste había destruido gran parte de su nación, y que al no tener número suficiente para defender su territorio, se habían visto obligados a aliarse y contraer matrimonios mixtos con algunas tribus de sus enemigos, los Xideharas que moran al norte de su país y que eran por esa causa que se veían entre ellos algunos de más elevada talla que los demás. Agregaban que a cuatro jornadas de allí y por espacio de muchos días de marcha, no estaba habitado el país, sino por enanos sin ninguna mezcla…
Después de haber averiguado de ellos todo lo que deseaba saber a fin de continuar mi viaje, me volví a poner en camino hacia el país de los enanos…  El 1º de octubre llegamos al borde de un rio llamado Tocuo (Tocuyo) y allí me acampé porque ya era tarde… Después de haber andado cerca de una legua, llegamos a montañas tan abruptas (Parupano) que era difícil y peligroso hacer avanzar a caballos…
No debíamos esperar que esta nación nos recibiese como las otras, porque no nos conocía y jamás había oído hablar de nosotros. Podían suponer estos enanos que veníamos a socorrer sus enemigos y ayudar a destruirlos.           Por otra parte, la curiosidad sola de ver si eran tan pequeños como la fama publicada, me había movido a tomar esa vía, porque mi objeto era dirigirme al Mar del Sur… Me contenté, pues, con enviar un Capitán con cincuenta soldados de infantería y un intérprete, con orden de traerme, de buen grado si se podía y sino por la fuerza, algunos de estos enanos, y yo seguí a una aldea que había ocupado en la mañana.
Al siguiente día en la tarde, mis enviados llegaron conduciendo cerca de ciento cuarenta hombres y mujeres…     Los prisioneros que se me trajeron eran todos de muy pequeña estatura, sin ninguna mezcla, como los indios me habían dicho; los mayores tenían cinco palmos de altura y muchos solo cuatro; eran, sin embargo, bien conformados y proporcionados…
Los dejé en seguida volver a sus casas, con excepción de diez, que me parecieron los principales, y ordené a los demás que refiriesen a su cacique el buen trato que les había dado, y le entregaran algunos presentes que les encomendé, invitándolo a venir a verme a la aldea de Carohana…
Allí permanecí el día siguiente; encontramos cacería abundante, especialmente venados y dantas. Dos caciques de los enanos llegaron a mediodía con un numeroso cortejo armado.
Cuando se aproximaron a la aldea, me dijo el intérprete que eran los caciques de la tribu de los prisioneros que había puesto en libertad la víspera: en efecto, cuando estuvieron cerca de nosotros, tomaron sus arcos en una mano y los elevaron en el aire, lo cual es, entre ellos, señal de paz.        Eran cerca de trescientos…
Me hicieron algunos regalos de oro; el cacique me dio una enana de cuatro palmos de alto, bella, bien conformada y me dijo que era mujer suya; tal es su costumbre para asegurar la paz.    La recibí a pesar de su llanto y de su resistencia, porque creía que la daban a demonios, no a hombres. Conduje esta enana hasta Coro, donde la dejé, no queriendo hacerla salir de su país, pues los indios no viven largo tiempo fuera de su patria, sobre todo en los climas fríos…

No recibí de esta gente gran cantidad de oro; poseen muy poco y no se adornan sino con pequeñas piedras negras y brillantes que ensartan como cuentas de rosario; y también de conchas marítimas que compran a otras naciones y que son raras en este pueblo tan lejano del mar, que no lo conocen ni a sus orillas se ha aproximado nunca. Estos indios son siempre enemigos de las naciones vecinas; no viajan y no invaden nunca el territorio de las otras tribus…

lunes, 5 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (4)

Niños indígenas de la etnia Pemón en el archivo de Alejandra Sánchez

LA LUNA Y EL SOL (etnia yukpa)
Kunu y Vicho
Dicen los yukpa que en tiempos muy lejanos la luna y el sol eran gente. La luna era muy buena, amiga de todos. Vestía un sencillo manto blanco. El sol, en cambio, era vanidoso y altivo, no trataba a nadie, orgulloso de su bella capa amarilla adornada con plumas de aves silvestres.
Un día Atancha, el primer hombre, salió por el monte a cazar lapas y picures y se  perdió en los espesos bosques. Camina que camina, de tanto caminar cayó en las redes que había puesto el sol. 
En aquel entonces, el sol también iba de caza. Culebras y serpientes eran sus flechas que disparaba contra el rojo p!umaje de la guacamayas, y contra el verde vientre de las iguanas. Pero para los animales más grandes tendía redes.
Cuándo vio en sus redes al hombre, el sol se alegró mucho: ¡era una buena presa! Lo amarró bien, se lo llevó a la casa y allí lo encerró, sin decir nada a nadie.
El hijo de la luna, que iba siempre a jugar con los hijos del sol, se dio cuenta de  todo y se lo contó a su madre.
 _ Hay que liberar al prisionero - pensó la luna - antes de que el sol se lo coma.    
Y le ordenó al jovencito: 
-Ve a escondidas y avísale a Atancha que el sol se lo quiere comer, pero que nosotros trataremos de salvarlo. Encomienda le que haga exactamente lo que tú le  indiques.
El niño habló con Atancha, lo desató y lo instó a salir y a seguir las marcas que el dejaría en el suelo. Cuándo el sol se dio cuenta de la fuga del hombre corrió tras él.
Atancha, gracias a las señales, ya había llegado a la casa de la luna.
Ella lo escondió en uno de los enormes calderos en los cuales se sumerge a las muchachas cuando se hacen mujeres con el fin de purificarlas y prepararlas para su futura vida de compañeras de los hombres y de madres.
Había muchos calderos en la casa de la luna, todos con su tapa, y en cada uno la luna guardaba a una joven cercana a los quince años, envuelta en un hermoso manto ritual. El sol, enfurecido y con la osadía que le daba su furia, entró en la casa de la luna y empezó a destapar los calderos, lo que estaba absolutamente prohibido. Violó así la ley de Samaya o de la purificación, que impide sacar de su encierro o contemplar a las jóvenes vírgenes.
La luna corría tras él tratando de detenerlo. Cada vez que el sol abría un recipiente la muchacha que estaba adentro arrojaba su manto para evitar ser vista cubriendo a veces al sol que destapaba lo olla, y a veces a la luna que lo seguía de cerca para impedírselo.
Cuando llegaron al gran caldero donde estaba escondido Atancha, empezaron a reñir y luchar a puñetazos, discutiendo:
 _ No tienes derecho a destapar mis calderos, estas violando la ley - decía la luna.
_ Ni tú a robarme la presa que cace - gritaba el sol   
 _ No se debe de comer carne humana insistía la luna.
Por fin, la luna y las muchachas lograron alejar al sol y Atancha pudo salvarse.
El sol se fue, pero sospechando que Atancha estuviese escondido en uno de los calderos, puso trampas alrededor de la casa y a lo largo del camino, y encargó al zamuro Kurumachu que siempre rondaba al acecho que vigilará.   
Cuándo la luna vio que el sol se había ido, le dijo a Atancha.    
 _ Puedes salir y regresar a tu casa. Yo te guiaré.
Ella caminaba adelante, envuelta en su blanco ropaje, iluminándolo todo, y Atancha la seguía. Así el hombre  pudo eludir las trampas que había tendido el sol. Pero tras ellos venía Amusha, el venado, que cayó en una de las redes y quedó  atrapado.
El sol al verlo, grande y hermoso, se contentó y se lo llevó a su casa. Entonces Atancha pudo al fin huir.
El sol fue confinado a lo más alto del cielo y se le ordenó calentar la tierra, por haber osado violar la ley de Samaya. La luna fue llevada a presidir la noche, para iluminar los pasos del hombre y evitar que caiga en las trampas y redes que acechan en la oscuridad.
 Y este es el origen de los eclipses del sol y de los eclipses de la luna: a veces el sol, a veces la luna aparecerán tapados, ocultos por los mantos de las muchachas. El sol porque osó violar la ley de Samaya y destapar los calderos. La luna, porque no logró impedírselo. Y ambos, por los errores cometidos y por haberse insultado y reñido a puñetazos.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


EL CONEJO AMARRÓ AL TIGRE (etnia Pemón)
Otra vez el tigre encontró al conejo que estaba sosteniendo un palo.
-¿Qué estás haciendo, mi hermano?
El mundo se está acabando, hermano, ven acá y mira cómo se está cayendo este árbol; mejor tú me ayudas o te quedas aquí aguantando mientras yo voy a buscar un palo más grande y también un bejuco para amarrarlo para qué no se caiga.
Así dijo ese conejo embustero. Entonces el tigre se agarró al árbol fuertemente; miró al cielo y vio las nubes que se iban, igual si se acabara el mundo.  Vino el conejo con el bejuco y le dijo al tigre:
-Espera, mi hermano, te voy a amarrar, mientras yo voy a buscar un palo más grande.
El conejo se fue y el tigre se quedó esperando, amarrado hasta cansarse. ¡Caramba el conejo no regresó!
Unos venados vieron al tigre amarrado y él les pidió que, por favor, lo soltaran, pero los venados se rehusaron, porque si lo soltaban, de seguro que se los comería. Los venados entonces siguieron de largo sin hacerle caso al tigre. Detrás de los venados vino por el camino un mono. El tigre le suplicó:
-Suélteme hermano, para ir a buscar ese mentiroso conejo.
Pero el mono también le dijo lo mismo de los venados. Él  estaba seguro que si lo soltaba al tigre éste se lo comería. Sin embargo y muy a pesar del miedo que tenía, el mono soltó al tigre y al soltarlo, el tigre inmediatamente agarró al mono, quien al verse sorpresivamente atrapado le dijo al tigre.
-Antes de comerme estréllame contra ese árbol.
Y entonces el tigre lanzó al mono contra el árbol y el mono, muy ágil en los árboles, trepó por él hasta estar fuera del alcance del tigre.

Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)

WAJARI CREANDO HOMBRES (etnia piaroa)
Wajari creó cabellos negros, luego ojos, y dijo: —Muchos peligros amenazarán a este hombre. También creó olor de gente y luego el lugar donde el hombre podía vivir. Le preparó tierra y arregló el lugar para poder crear a todos los hombres.
Wajari le dio forma a las caderas, luego dijo las enfermedades de las mujeres, el jilichi papuli, el parto difícil. No le gustaban las enfermedades de la mujer porque eran peligrosas para todo el mundo. Wajari dijo que sin canto el niño ha de dejar el útero con mucha dificultad.
Mientras Wajari estaba muy hacendoso creando hombres apareció Buoka, su hermano, enmascarado para espiar a Wajari. Se escondió en la figura de varios animales –ora lagarto, ora mosca, etc.– Y Wajari no se dio cuenta, no se percató de su presencia. Mientras espiaba, Buoka pensó:
—Le voy a decir a Wajari que también cree hombres para mí. Enmascarado le dio la vuelta a Wajari y siguió observando. Luego salió revoloteando disfrazado de pájaro. También revoloteó en torno del Tiannawa, el árbol sagrado de cuatro ramas. Y Wajari no sabía que se trataba de Buoka, pues se había transformado. Y al revolotear en derredor del árbol Ñuema-a, Wajari escuchó un ruido.
—¿Qué clase de animal será? –se preguntó–, voy a buscarlo. Y el bichito colorado, el masate wala era Buoka. Wajari pensó que había oído a una persona, pero vio un animal y dijo: —Solo veo un bicho.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015). 

domingo, 4 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (3)

Imagen en el archivo de Derecho, Cambio Climático y Bosque

EL FIRMAMENTO (etnia yukpa)
(Ovaya)
En los tiempos más antiguos, cuando aún los yukpa eran pocos, el firmamento era muy bajo. El sol brillaba casi encima de sus cabezas y, por eso, siempre era de día, jamás llegaba la noche.
Como estaba tan cerca de la tierra, el sol ardía terriblemente. Las plantas se secaban, el agua huía de sus cursos, los hombres sufrían siempre débiles y agotados. El sol hacía el mismo viaje que hace ahora, recorría todo el cielo. La luna surgía, pero su brillo no podía verse porque no existía la noche. Ella entonces,  después de haber hecho muchísimas su recorrido, enojada porque nadie la miraba, huyó a esconderse en lo más denso del bosque, molesta y cansada.
Todo era calor. Las plantas languidecían, el agua hervía en los ríos, el hombre trataba de cultivar, pero no lograba cosechar los frutos porque las siembras se  calcinaban, todo se secaba y marchitaba.
Mucha gente mayor moría por la fuerza de los rayos solares, muchos niños  desfallecían por el furor de la luz.
Los hombres se dieron cuenta que solo elevando el firmamento podía alejarse ese ardor, pero ¿cómo lograrlo? Por más que pensaran y pensaran, no encontraban la solución.
Entonces, Tamurenchu, el sabio, el creador, llamó a Sakurare, el pájaro carpintero, su ayudante, y le confió la tarea de levantar el firmamento para socorrer a los hombres.
-Tengo que levantar el firmamento, sea como sea -se dijo Sakurare.
Pensó hacerlo con sus flechas. Las preparó, las untó con pez y comenzó a arrojarlas contra el sol. Pero no lograba atinar ni una sola. Durante muchos días disparó y disparó su arco, sin acertar en el luminoso blanco   
Le preguntó entonces Tamurenchu:     
 -¿Qué estás haciendo? ¿Quieres acaso flechar el sol?.    
- Sí, quiero flecharlo y alejarlo. Quema demasiado.
-Prueba con estas -le dijo Tamurenchu, ofreciéndole sus propias flechas. -Dispara con fuerza.
El pájaro carpintero apuntó bien y disparó, con tanta fuerza y con tanta buena suerte que la primera flecha cruzó el sol silbando y subió certera hasta clavarse en el centro del sol, en su gran ojo. Inmediatamente el cielo se elevó y los rayos solares perdieron parte de su ardor.
Sakurare arrojó la flecha por segunda vez, y el firmamento se alejó una vez más,  hasta un lugar que ocupa hoy.
Desde entonces el sol no quema tanto. Y, también, desde aquel momento apareció la noche. Pero, sucedió que la noche era demasiado tenebrosa, completamente oscura.
Sakurare haciendo mucho ruido entre los árboles y sacudiendo entre ellos los arcos y las flechas, logró despertar a la luna que se hallaba allí dormida desde hacía mucho tiempo. La luna salió de noche, con su luz suave porque aún estaba soñolienta, clara, pero no encendida, y desde entonces ilumina suavemente el descanso de los hombres.  
Así fue como los hombres tuvieron el día y la noche.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)

EL KEERRALY (etnia Wuayúu)
Cuentan los ancianos más ancianitos, conocedores de las costumbres guajiras, a sus hijos y nietos, la existencia de un espanto llamado Keerraly.     Es un demonio que sale en las noches oscuras...
Desde hace muchos años esta historia se sigue contando de generación en generación, de padres a hijos, de hijos a nietos, de nietos a bisnietos, de bisnietos a tataranietos.
Ocurrió una vez que Takataka, joven inquieto y andariego, no le daba mucha importancia a las narraciones de su abuelo. Se decía entre sí: “Taata me quiere meter miedo para que no salga en las noches”.
Takataka era un joven fuerte, trabajador y amante de sus animales que cuidaba con cariño.
Su debilidad como joven, eran las muchachas; donde viera una, allí estaba como un clavel, diciéndole tantas mentiritas piadosas. Era un excelente caminante; donde escuchaba que había un baile, allí  iba a dar para ver a las hermosas  majayuras. ¿por qué no amanecer en los brazos de ellas si creían en sus mentiritas?
Era un buen tamborilero y gran bailador. Él era el que iniciaba siempre los bailes. En el toque de la tambora nadie le ganaba. Ni imitando el canto de las aves, el aletear de los murciélagos y el trotar de los caballos.
Les decía cosas a las majayuras con el sonido de la tambora: Terun, terun ,terun, tan, tan, tan, tac, tac, tac, trakatan, trakatan, trakatan, tan, tan, traaaaaaaa.
Ellas reían guiñando el ojo y pellizcándose unas con otras. Era muy querido por las majayuras que se lo disputaban para bailar con él, porque sabían que era un buen partido. Dolor de cabeza para muchos padres. Envidia de muchos jóvenes por su soltura y don con las hembras.
Siempre andaba solo ya que decía: “ si me encuentro un dato madurito en el camino, me lo como solito. Y si es una linda majayura, los secretos quedan entre dos. Así evitamos los chismes y murmuraciones de la gente”.
Era el primero a llegar al jagüey con sus animales para que bebieran agua limpia. Aunque estuviera en la mejor fiesta o amaneciera sobre el pecho de una bella Jiachon (hembrita), siempre se acordaba de sus vacas, chivos, caballos y carneros que le servían un ida, cuando se cansara de sus andanzas, para pagar su mujercita.
Era tan responsable que su abuelo se sentía muy orgulloso de él. Pero le preocupaban sus salidas de noche. Temía que algún día se topara con ese espanto que llamaban Keerraly que tanto temían muchos  guajiros que conocían de su existencia.  Una tarde, su abuelo le vuelve a llamar la atención y le dice:
-Takataka, no salgas de noche; menos cuando está muy oscuro, porque una noche de estas te vas a encontrar con el Keerraly. Esa cosa es muy fea, hijo.  Se te puede aparecer en muchas formas, te golpeara hasta matarte. Su única diferencia es una luz que le brilla en la cabeza.
-Abuelo, yo no puedo acostarme temprano como una señorita y mecerme hasta que me duerma, sabiendo que una majayura me está esperando. Taata, eso del Keerraly no existe . Yo siempre salgo de noche, nunca me he encontrado con nada. Sólo veo la luz de un chompín, cuando una linda jiechón me hace señas con él para decirme que sus padres están dormidos.
-Hijo, la única arma a que le teme el keerraly es un machete, cuando salgas de noche, llévate uno por si acaso.
-Está bien, taata, no te preocupes y perdóname- y decía eso para tranquilizar a su abuelo.
Una madrugada que regresaba de una fiesta, vio algo en el camino que le hizo erizar la piel: un hombre muy alto y bien vestido, con un sombrero brillante, se encontraba parado a la mitad del camino.
Takataka respiró fuerte llenándose de valentía; pero sentía un escalofrío por todo el cuerpo. Sin embargo, siguió adelante tratando de pasar por un lado del hombre.
El muchacho le saludo mirándole el rostro: “hola”. Pero no le vio la cara; pero sintió que unas manos fuertes le agarraban por un brazo.
Takataka quiso gritar pero su garganta no le respondía, no podía hablar. Sentía un nudo en la garganta que le impedía hasta respirar. Trató de soltarse: -Epa amigo, ¿qué te pasa? Pero no pudo, ya que las garras que le sujetaban eran tan fuertes que le sangraban la piel.
Le lanzó un puñetazo a su enemigo al rostro, sólo escuchó un gruñido como el de un perro rabioso. Takataka comprendió que estaba frente al mismo diablo o Keerraly del que tanto hablaba  su Taata.
Sin embargo, se fajó en una lucha desigual con su enemigo que lo golpeaba con saña. El joven agarró  a su sanguinario enemigo por la cintura, apretándole por la faja que le ataba el wayuco; así se mantuvo defendiéndose de su espantoso enemigo, veía con terror que él tenía la cara como la de una serpiente.
A medida que seguían luchando, iba cambiándola por la de una iguana. Lo último que vió el joven fue la de un murciélago con los ojos brillantes como dos brasas. El muchacho sentía los manotazos de su enemigo que le rompían los huesos. Takataka sangraba por todo el cuerpo, pero no soltaba a su rival. Los galllos empezaron a cantar, anunciando el amanecer.
El espanto empezó a desesperarse por soltarse de las manos del joven. De su garganta volvió a salir un gruñido como si sintiera un dolor. Para asombro del joven, a medida que salía el sol se debilitaba más el Keerraly; el horrible monstruo se iba encogiendo de tamaño. El asombro del muchacho fue tan espantoso que casi se desmaya, cuando vio que apretaba por la cintura una enorme iguana.
Con grima más que con miedo, soltó el enorme reptil, que al verse libre corrió a refugiarse en unos cardonales.   Takataka empezó a gritar pidiendo ayuda. Fue auxiliado por un par de viejos que iban al molino. Su abuelo, que se encontraba ordeñando, se asustó al ver que traían a su nieto todo arañado y sangriento
-¿Quién se ha atrevido a golpear a mi nieto?
-Taata, el Diablo, el Diablo, que cosa más fea. ¡Dios mío!
 -¿Qué te hizo, hijo mío?
-Nada abuelo, sólo los golpes y estos aruños. Era muy feo, taata, está en el cardonal.
El joven empezó a vomitar y a convulsionarse. Su abuelo mando a buscar a todos los piaches y curanderos, que estuvieran por allí. De todas partes de la Guajira llegaron los mejores curanderos, que empezaron a preparar con hierba un brebaje, para que expulsara todo lo malo que había respirado de su enemigo y curar sus heridas.
Tres meses estuvo el joven luchando con la muerte, ayudado por los piaches que utilizaron todas las hierbas medicinales de la Guajira para salvarlo. Una mañana, el joven amaneció bien. Todos los piaches se reunieron con el abuelo del joven. Había que preparar una gran fiesta, para agradecer al dios Maleiwa por rescatar al muchacho de las garras de yoluuja (Diablo).
Su abuelo muy feliz, organizó la mejor fiesta para la salida de su nieto. La tambora sonaba   desde muy temprano invitando a todos al gran baile. Las hembritas brincaban y canturriaban de contenta de saber que Takataka estaba vivo.


Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)

sábado, 3 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (2)

Imagen en el archivo de Cajón Rojo

LA CREACIÓN DE BUOKA (II) Etnia piaroa 
Estaba oscuro. No se veía el Sol. No se veía el agua. No se veía el cielo. No se veían las montañas. No se veían los hombres. Esto ocurría antes de Wajari. Le dio nombre a un hermoso árbol: kareru. Y bebió del jugo de ese árbol para ver el futuro. Buoka dijo que Enemey Ofoda le había dado del jugo del árbol: —Este árbol es del padre del báquiro, del padre del chácharo, y del padre del armadillo. Este árbol era de mi padre y de mi abuelo.
Buoka bebió del jugo del árbol. Y en sus visiones vio el futuro. Y se preguntó: —¿Adónde volaron mis pensamientos? ¿Qué futuro me predicen las visiones?
En sus visiones llegó a los lugares sagrados subterráneos del báquiro y otros animales. Vio todos los animales de las profundidades y escuchó las voces de los instrumentos musicales del báquiro. Un solo trago de jugo de kareru le trajo la primera visión, y se le apareció la imagen de los instrumentos musicales del báquiro. Vio a través de las cascadas, atravesó el cielo con sus ojos, alcanzó a ver las montañas. Vio el Bajo Orinoco, el Alto Orinoco, el monte Paria, las montañas Raya. Vio el Sipapo, los lugares del Alto Cuao, los lugares sagrados de los animales en las montañas.
—El kareru da la voz del padre del báquiro, del padre del chácharo y del padre del armadillo. También tiene adentro la voz de mi abuelo. Y hasta lleva el grito del oso –dijo Buoka. Él volvió a beber el jugo del kareru. En sus visiones vio y reconoció a su hermanito:
—Oh, es mi hermanito y será capitán del mundo. Es muy bello, tiene zapatos, manos y pies. Es alto como yo. Lo haré mi hermanito. Trabajará como yo. Convertiré a mi hermanito en el segundo capitán del mundo. Buoka se arrancó a su hermano menor del ojo derecho. Luego dijo: —Mi hermanito tendrá los ojos claros como el danto. Pero Wajari vino ciego al mundo. No vio nada. Luego habló:
—¡Estoy ciego! nunca se me quitará esta enfermedad que se le pegará a todos los animales: vacas, báquiros, cochinos. Todos los animales tendrán esta enfermedad y será peligrosa para los hombres también. Buoka dijo algo parecido: —La enfermedad de Wajari pasará a los animales y será peligrosa para los hombres.
Después de ser creado Wajari no veía el sol, no veía la tierra, no veía el agua. Le preguntó a Buoka: —Hermano, ¿cómo puedes vivir sin el sol, sin la tierra y sin el agua? Pero Buoka tenía agua suficiente (Wajari creó el agua para el mundo entero). Cuando Wajari abrió los ojos, reinaban las tinieblas. No se veía el Sol.
—Hermano, ¿Cómo puedes vivir así? ¿sin luz? Buoka le respondió: —Yo veo, aunque no haya luz. Siempre viví así. Ya me acostumbré. Wajari le dijo: —Me dijiste que bebiste el jugo de kareru y pudiste ver el futuro.
¡Cuando yo lo tomé no vi nada! Buoka agregó: —Mis visiones hablan sobre cosas muy cercanas. Cosas que luego tú mismo verás con tus propios ojos. El agua que tomé me dio pensamientos ciertos, no mentiras. Porque el kareru es el árbol de la verdad. El oscuro jugo de kareru da imágenes del futuro.
Wajari repitió: —Este líquido da visiones del futuro. Visiones sobre tu esposa, tus hijos, tus nietos.
Buoka respondió: —¡Pues sí! Cuando tomé de este líquido, las visiones me enseñaron cómo se crea el sol, cómo se crea la tierra, cómo se crea el alimento del hombre, cómo se crean las cascadas.
Wajari dijo:—¡Está bien! Son imágenes ciertas. Comencemos a trabajar en estas cosas. El sol, el cielo, las estrellas, la tierra, las cascadas, han de ser vistos por nuestro pueblo piaroa, pero también por los baniva, waika, jabarana. Wajari levantó el sol después de haberlo limpiado y lo sopló hacia lo alto. ¡Él se levantó al firmamento!
Todavía imperaban las tinieblas. Wajari no veía luz. Entonces se fue a visitar todos los lugares sagrados en las cercanías de las montañas a ver si encontraba el sol. Pera Buoka encontró la luz, la luna, allá en uno de los lugares sagrados. Más tarde encontró el sol para sí.
Wajari se apoderó del sol, dio un salto bien alto y lo colgó del firmamento. Luego le dio una temperatura muy alta al sol. Después Buoka experimentó, quiso colocar la luna en el firmamento. No pudo saltar tan alto como Wajari. Por eso es que la luna tiene luz más débil que el sol.
Cuando Wajari saltó con el sol en la mano se escuchó un trueno: la voz del báquiro. Wajari elevó más la luz del sol. Sus rayos llegaron a todo el mundo. Todos los pudieron ver. Buoka hizo lo mismo con la luna. Pero cuando saltó a lo alto para crear la noche, chocó de tal manera que descascaró al firmamento. Aún hoy la luna lleva las huellas de esto. Dijo Buoka: —¡La luna es mi pueblo, es mi figura!
Buoka regresó a la tierra y dijo: —Soy pobre, no puedo tener nada. No tengo pensamientos, no tengo máscaras que luego llevarán los chácharos y transmitirán enfermedades como el báquiro transmite la enfermedad de Wajari. Y esas enfermedades no dejarán nunca a los piaroa.
Wajari habló de Ku-upa, el relámpago, su compañero celestial cuando saltó a lo alto. Su voz nunca cesa y nuestro espíritu la escuchará también. Wajari sentado en el borde del relámpago creó al hombre. Preparó todas sus partes: la piel, los huesos, los ojos. Y mientras tanto relampagueaba constantemente. Wajari dio al relámpago distintas voces, suaves y fuertes.
Wajari saltó al penacho del cocorito que llegaba al cielo y cada salto fue acompañado por relámpagos y truenos. Y así habló sobre la palmera: —Quiero pintar mi cielo. Oh, hermano, quisiera que mientras pinto escucharas la voz de los relámpagos.
Buoka respondió así: —No oí las voces porque andaba por la tierra visitando a los waika, yabarana, piaroa y virú. Por allá abajo apenas se escuchan las voces del cielo. Las voces de tu cielo no fueron demasiado fuertes, no pensé nada de ellos. Buoka agregó que al igual que Wajari él también iba a crear las voces del cielo:
—¡Tendré un relámpago propio! Y escucharás mi relámpago, como yo escuché el tuyo. Buoka imitó a Wajari, creó las orejas, los huesos, la piel del hombre-relámpago: —Quiero crear relámpagos para mi cielo y quiero, hermanito, que los escuches.
Dio un salto hacia lo alto como hiciera su hermano. En tanto que Wajari visitaba en la tierra a su familia. Wajari estuvo donde los blancos y donde los pueblos del Alto Orinoco. Cuando Buoka saltó, emitió un sonido tan fuerte que fue como si hubiera golpeado el corazón, la sangre, el cuerpo de Wajari. Hasta sorprendió al báquiro, al cochino y a la vaca.
Pero, Wajari, fue el que se sorprendió de verdad. Buoka regresó a la tierra y le preguntó a Wajari: —¿Qué te pareció mi voz, hermano gigante? ¡He creado también las voces de las enfermedades de los animales!
Wajari respondió: —¡Pues sí! Escuché tu relámpago cuando andaba por allá abajo visitando mi pueblo. Me quedé impresionado por lo fuerte de las voces.
La voz era muy buena, se extendió desde tu cielo a todas partes. Y sorprendió a los animales. Por eso, Buoka, hermano mayor, ¡cambiemos nuestras voces! Pero Buoka no quiso cambiar los relámpagos. Pero sí cambiaron insultos.
Por último, Wajari le dijo a Buoka: —¡Quédate con tus voces! Ahora crearé a Redyo, el huérfano de la selva, que les ordenará a los animales que tengan enfermedades y se las pasen después a los piaroa.
Y Wajari creó a Redyo, el huérfano, que controló todas las enfermedades. Si no hubiera creado al huérfano, los animales no transmitirían las enfermedades. Se sentó en el banquito de los huérfanos y se dio a la tarea de formar las partes del huérfano: la sangre, los pies, la piel, los huesos y la voz. Luego pronunció el nombre de los animales que transmiten la enfermedad, y los nombres de los lugares sagrados donde creó a los animales. Enumeró largamente los nombres de los lugares sagrados. Los pensamientos de Wajari y Redyo vagaron en torno de los lugares sagrados. Todavía no era perfecta la vista de Wajari:
—¡Nunca me curaré de esta! ¡También los animales tendrán siempre enfermedades!, y Redyo, el abuelo de los animales, el huérfano, será quien controlará si en verdad los hombres han recibido las enfermedades de los animales. Wajari enumeró los nombres de los grupos piaroa y de los lugares sagrados donde fueron creados y le dijo a su hermano:
—Muchas enfermedades peligrosas para mujeres y niños amenazan a nuestro pueblo. Los niños no pueden comer animales. Si tomas agua amarga ¡no comas animales! Si cuando en la fiesta de iniciación te atraviesan la lengua con espinas de raya, ¡no comas animales! Las enfermedades de los animales serán peligrosas tanto para los jóvenes como para los viejos. Esto dijo Wajari a su hermano.
El capitán Wajari escuchó voces maravillosas: las voces de los grupos piaroa. Sus pensamientos escucharon esas cosas, las voces del Warime. Y dice que cuando se vaya, a los piaroa les quedará el Warime. Los pensamientos de Wajari fueron a visitar todos los lugares sagrados de la creación de los piaroa, los recorrieron de rabo a cabo. Dice Wajari: —Mis pensamientos son claros porque yo soy bueno. ¡Soy el señor de todos los pensamientos, animales, hombres, alimentos!
En las visiones de Wajari se presentaron todas las frutas de la selva. Por eso es el señor de todas las frutas de la selva. En sus visiones bajo el Kurey Mariweka vio también los pensamientos de su hermana Tchejeru. También vio que en los pensamientos de su hermana había dioses occidentales.
Wajari vio los pensamientos del padre de su hermana y de otros como Neya’wa, Mararedyo, Enemey y Puruna. Los pensamientos de estos hombres se parecían a los pensamientos de Wajari. Wajari comenzó a golpearse con una mazorca de maíz y dijo así: —Soy bueno. ¡Conozco mi futuro!
Y las visiones de Tchejeru se parecieron a las de Wajari. Los pensamientos de Tchejeru viajaron por encima y por debajo del Mariweka. A donde llegaron, los pensamientos fueron aprovechados por los meñé-ruwäs. Por eso es que ahora los capitanes pueden enseñar y los hombres pueden aprender, porque las visiones también atravesaron a los capitanes. Aprender es muy difícil y cuesta mucho. Y no es fácil el aprendizaje de los meñé-ruwäs: los pican las hormigas, les atraviesan la lengua con espinas de raya, tienen que tomar agua amarga. ¡No temas si tienes que pasar la fiesta de las puyas! Si no tienes miedo, aprendes más rápido. Si tienes miedo, no podrás pensar bien.
Si tienes que pagar por cada lección, no puedes perder tus pensamientos. Tienes que aprender hasta la muerte y tienes que someterte a la fiesta de las puyas. Y tus hijos tendrán que hacer lo mismo.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).