jueves, 31 de diciembre de 2015

Cuentos de Arrieros y del Antiguo Llano (2) Los Carreteros

Imagen del archivo de Eduard Franco

Imagen en el archivo de Héctor Fernando  Alfonso G. 


LOS CARRETEROS (Ramón Villegas Izquiel)

Tú eras mui joven entonces, Vale Joaquín. Diez i siete años apenas i ya andabas ganándote la vida en el durísimo trabajo de carretero. Eras “culatero” en las dos parejas de mula de Julio Villegas, mi papá.
El Vale Víctor Castillo era mayor. Unos treinta años i con experiencia en esas faenas. Por esto era el caporal de esas carretas, transporte forzoso en nuestros llanos entonces, donde los caminos los hacían los caminantes i las llamadas carreteras las propias carretas. El camión apenas se atrevía a meterse cuando ya las sabanas estaban secas i los trillos abiertos.
Yo era un muchachito. Una impedimenta que unas dos veces ustedes cargaron con mucho agrado. Así lo comprendía yo. No porque fuese hijo del amo, sino por el aprecio que le tenían al viejo don Julio, como afectuosamente lo llamaban.
Desde el primer momento me demostraron su aceptación con la comprometedora sencillez que tiene el trato de los humildes de corazón. Para insuflarme ánimo ante la dura experiencia que iba a comenzar, me aplicaron la fórmula eficaz de convertirme en un igual en el viaje, hombre a hombre, sin melindrosas consideraciones de “hijo de papá”.
Me hicieron “Valecito”, porque entre ustedes se llamaban vales, es decir, valedores, compañeros en toda la significación efectiva del término. Mas esa deferencia tenía que merecérmela asumiendo el rol de aprendiz de hombre en el concepto de valiente frente a las rudas exigencias de tales travesías para un carajito raquítico i casero como lo era yo.
El primer día pernoctamos en Buena Vista, no mui lejos de El Tinaco. Allí recibí las lecciones preparatorias para el trayecto. (Narro al detalle, Vale Joaquín, para aclararme la memoria i para que los jóvenes de ahora aprecien algunos rasgos de las vidas de los años de nuestra época. Son experiencias acendradas por largos años en mi alma de llanero, como noble vino en odre bien curtido).
Primero, como yo estudiaba en una escuela católica i vivía en la casa de unas honorables beatas, cuando me santigüé i di gracias a Dios por la cena, el señor Gualdrón, dueño de la posada, me advirtió en tono grave: “I al amo de la casa también, amiguito, que fue quien se la sirvió.”
Luego cómo me hizo sudar el Vale Víctor cuando me indicó: “Valecito, cuelgue por allí i tenga en cuenta que el hombre completo no deja arrastrar su mosquitero, ni cuando lo guinda ni cuando lo recoge.”
Después cuánto gozaban ustedes viendo mis sudores para manejar el mosquitero sin que tocara el piso. Pero lo logré. Cuando llegamos al final del primer viaje ya era un experto en esa practica, a pesar de mi baja estatura que me desfavorecía.
Así cultivaban la reciedumbre estos hombres de brega, aun doblando un mosquitero. Hasta serian tradiciones marciales, pues el Pabellón Nacional también hai que plegarlo i desplegarlo sin que tropiece el suelo.
No obstante, faltaba la advertencia primordial. A la una de la madrugada, cuando ya salíamos de Buena Vista, Víctor Castillo me advirtió: -“Valecito, como usted me lo confió su papá, no lo voi a montar encima de ninguna carreta, porque le puede dar sueño i si se cae lo atropella la de atrás. Tampoco dejarlo caminar apareado a los carros. Es mui peligroso, puede espantarse una bestia de golpe. Así que véngase conmigo adelante i coja con la mano izquierda la rienda derecha de la puntera para que lleve el mismo paso mío”.
En ese momento comprendí claramente que esto era sumamente distinto a todos los viajes que antes había hecho en pleno verano por la misma ruta en la limosina de mi padrino Faustino Padrón. Que tenía por delante cinco días de viaje andando de noche i de madrugada, montándome en los carros solamente a ratos durante los cortos lapsos con sol que permitían las mulas.
-Fueron dos viajes nada más los que llegué a hacer con ustedes, Vale Joaquín. Dos recuerdos que he cultivado con nostálgico cariño entre la rosaleda, todavía fragante, de mis vivencias infantiles.
Me acuerdo aún con claridad juvenil de las excepcionales jornadas que ustedes cumplían. Enjaezadas las mulas con los complicados aperos de su clase i uncidas a las carretas, se salía de la posada cuando apenas el lucero del día -“el Becerrero”- asomaba su lamparita titilante por sobre el telón oscuro del horizonte sabanero.
Partíamos con lentitud resignada, barajustando perdices i reptiles, despertando guacharacas i alborotando perros en los vecindarios, con el estirado traqueteo de las bocinas en las puntas de los ejes lubricados apenas con “sebo de Flandes”.
Un tren de carretas cruzando la oscuridad semeja en la distancia una fantasmal procesión de otras edades, con su farolito encendido debajo de la caja entre las dos ruedas i el persistente tabletear como de matracas lúgubres de Viernes Santo.
Empero animada los espíritus el contacto tierno de la mañanita fresca, empapadita de rocío enmastrantado i con el perfume achocolatado de las matas de palotal. Las bestias, avispadas por el frescor i el descanso, marchaban animadamente, guiadas por el farol de la precedente. Los chistes saltaban chispeantes desde el caporal hasta el “culatero”:
-¡Mula peorra carajo! ¿Fue que se te descosió el culo?
-¡Si es pa’mi no le eche auyama, compañero!
-¡No te echaron esta noche en Malpaso a la vieja Melitona entre el chinchorro!
La vieja Melitona, como hasta el nombre sugiere, era una posadera bastante entrada en años, mui trabajadora, pero mui fea también. Parecía una visión de otro mundo, vestida como los arrieros de burros para sus faenas: Un percudido batolón de liencillo crudo, si talle, que llamaban “camisa de mochila”.
Así transcurría la primera media jornada hasta las diez u once de la mañana, cuando había que hacer un alto para evitarles a los animales el peso adicional del mediodía.
Siestas largas i tediosa, entretejida de zumbidos de insectos, del canto monótono de las palomas montañeras i por los deprimentes silbidos del “sauce”. Sueño pesado de los carreteros, sostenido por la fatiga i el copioso almuerzo. Pegajosas emanaciones de los aperos hediondos a sebo con sudor de mulas. I para mí, un largo fastidio de ocio i ansiedad reprimida. . .
Después la otra media jornada desde la tres de la tarde hasta las ocho o nueve de la noche. Esta más pesada por el cansancio ya acumulado i el bochorno de esas horas del día.
Cansina la marcha. Las mulas cabizbajas, como olfateando el camino. Descanso obligado de los trabajadores encima de las cargas. Tardes con sol filtrando sus rayos como los de una rueda inconmensurable atascada entre nubes en el confín de occidente. O cielos encapotados en los cuales restallaban los intimidantes latigazos ígneos del auriga de un carretón fantástico, cuyos tumbos iban apagándose sordamente hacia la lejanía.
Al fin la llegada al nuevo hospedaje i la rutina de soltar los animales en el potrero, hasta la media noche, cuando había que recogerlos de nuevo i aparejarlos para seguir viaje. La cena cordial i abundante, aderezada por el hambre caminera. Luego los cuentos del chinchorro a chinchorro hasta el inmediato sueño fatigoso.
Como yo no estaba acostumbrado a esa vida, me dolía entrañablemente contemplar los esfuerzos inauditos a que eran obligados aquellos nobles brutos. Sobre todo en pasos como La Corcovada, Malpaso, el Ave María, donde las ruedas se hundían en el barro una o dos bestias más a cada carro, para poderlos pasar uno por uno. A fuerza de gritos, maldiciones y garrotazos aquellos sufridores seres arqueábanse en un empeño supremo para arrancar la pesada carreta de los atolladeros.
-Dura, Vale Villegas, era esa vida. No solamente para las mulas, también para nosotros, pero como dicen que los tiempos pasados siempre han sido mejores, yo ahora en mi vejez los recuerdo con tristeza. Sobre todo a don Julio. Como el se formó bregando también en los caminos comprendían perfectamente los trabajos que nosotros pasábamos.
-No recuerdo bien Vale Joaquín, cual es el sitio exacto donde ustedes me contaron el suceso. Creo que fue entre Buena vista i La Chivera. Eran como las cinco de una tarde lánguida cuando Víctor Castillo me llamó la atención: “Mire, Valecito, hacia aquella ceja de monte. Allí fue que se nos espantaron las mulas cuando se murió su viejo. Eso es mui feo, manito. Una mula espantada echa a corre sin importarle que lleva una carreta pegada. A veces, cuando no se pueden detener a tiempo, se les voltea el carro, lo quiebran i se matan o quedan malogradas para siempre. I lo peor es cuando las otras siguen el ejemplo de la primera, porque entonces uno no se alcanza para atajar carretas regadas en todo un claro de sabana.
Yo le había dicho al Vale Joaquín, al salir del Tinaco que don Julio había quedado mui grave en Valencia. I esa tarde cuando se barajustaron las mulas le grité: ¡Se nos murió el viejo, Vale!
Desde entonces damos este rodeo, porque mula que se espanta en un sitio difícilmente pasa otra vez, por ese mismo lugar”.
Era cierto. Tal día i a esa hora, aproximadamente, había muerto el amo. Quizá su alma, ya viajera en la etérea infinitud, quiso acercarse hasta ello entes de dirigirse definitivamente hacia la eternidad desde donde nunca regresan los caminantes.
-Cosas, Vale Ramón, que suceden en el mundo i que uno no debiera andar averiguando tanto.
-Así será, Vale Joaquín i me llevo una perenne gratitud por tu auxilio en estas evocaciones.

Me despedí con saudades juveniles en mi alma i él continuó melancólico en la esquina de su casita, mirando al río en sus discurrir incesante i silencioso como las vidas de los humildes.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Esta historia ocurrió en El Pao (narración colectiva)


Estampa de faenas  en el archivo de Llano Adentro

(cuento de: Yordalis Desiree Roche León, Elio Rafael Rodríguez Silva y Luis Guillermo Mendoza Blanco)


Todos en El Pao se persignan al recordar esta historia. Nació al amanecer, o eso creyó la pobre criatura, la verdad nunca lo supo ni se interesó mucho en averiguarlo. Era como de arcilla, su piel estaba siempre cubierta del polvo del tiempo y los años, y este polvo le acompañaba a todos lados, desprendiéndosele con cada paso que daba. Su creador lo contemplaba asqueado, preguntándose cómo era posible que creara tal monstruosidad, una burla a la vida y la naturaleza.
Vivían en una gran y vieja casona derruida, en uno de los hatos ganaderos de los señores Tabares; un lugar donde el olvido es el amo y el silencio es el gran esclavo. Uno, el creador, sabio y sagaz, el otro, la pobre criatura, lenta y carente de conciencia, según creía su creador. La casa era enorme y llena de muchas habitaciones y pasillos que la creación del sabio debía limpiar y mantener. Una biblioteca, añeja y húmeda, llena de desorganizados manuscritos y con una apolillada alfombra que alguna vez había sido verde, estaba ubicada en el extremo de la gran casa. Poseía pocos muebles. Las paredes, en vez de cuadros, tenían cabezas de venados disecadas, pieles de tigres, cueros de culebras y cualquier cantidad de lancetas, de todos los tamaños, colgadas de la pared. Había varios salones de estar que alguna vez estuvieron llenos de visitantes, ahora eran pasto del polvo y la oscuridad, pues las lámparas hacía tiempo que no funcionaban, rotas unas, oxidadas otras. Toda la imponente y marchita estructura respiraba un aire de grandeza olvidada, paredes que habían visto mejores tiempos.
En alguno de los innumerables cuartos nació la desdichada criatura, rodeada de la sempiterna carcoma del olvido, lo que primero contempló fue al sabio, y nunca olvidó su rostro, aun décadas después recuerda su imagen de aquel entonces, pero los demás detalles de ese día eran difusos, borrosos, empañados como un espejo sobre el que se respira, recuerda una luz como la del amanecer, que no calienta la piel y el cuerpo, pero sí el corazón.
El sabio, en ese momento, contempló su creación, durante años enteros había buscado la forma adecuada, la palabra correcta, vagando entre las páginas de la cábala, y tras pronunciar la palabra perfecta logró que la miserable figura de barro cobrara vida. Mucho tardó el ser de polvo y barro en aprender a caminar, sabía ver y escuchar, pero los movimientos del cuerpo se le hacían muy difíciles, sin embargo, aprendió, pues la criatura deseaba muy en el fondo complacer a su creador, de quien no entendía sus propósitos, pero con quien deseaba estar, larga y dura fue la tarea, y fatigosa para ambos, sólo, al cabo de algunos años, creyeron alcanzar la meta. Unas pocas palabras también aprendió, por cierto, resultaba inútil ir más allá, por más que quiso el sabio enseñarle y por más empeño que puso la criatura en aprender, no alcanzaron logro alguno.
Los años pasaron y larga y pálida se hizo la barba del sabio, la criatura, la creación, el engendro de la envidia de los hombres, permaneció igual, carente de alma, solo un amasijo de barro y carne que deambulaba por entre los salones y pasillos desolados, polvo entre el polvo de la ruinosa mansión que degeneraba y caía en ruinas, agujeros en el techo y el piso, escaleras rotas y derrumbadas, la biblioteca se convirtió en una villa de polillas y los salones y los oscuros pasillos en la morada de lo desconocido.
Entonces hubo un día, un día entre los días, en que la criatura se topó con un espejo, en un principio no supo lo que era, el eterno polvo le cubría por completo, lo contempló pensativo, esforzándose por saber que era, pero sin dar con la respuesta o siquiera una hipótesis, aventuró un temeroso movimiento y con una mano le tocó, era liso, una cosa tan lisa como nunca hubiera visto, y era fría, deslizó su mano por el espejo fascinado con la sensación en su palma, y entonces un rayo de luz de sol se coló por entre los agujeros del techo y reflejándose en el espejo le dio de lleno en los ojos acostumbrados a la penumbra y la oscuridad, por un momento cegado lanzó un juramento al aire, incomprensible, un simple balbuceo, y alejándose contempló al espejo con ira. Pasó un tiempo antes que se diera cuenta de lo que miraba, había un extraño ser allí, sucio y extraño, lo observó, notando desconcertado como la cosa imitaba sus movimientos al otro lado del espejo, se preguntó entonces qué era esa cosa que había encontrado, pero tuvo miedo y huyó.
No sabía que era un reflejo, mucho menos un espejo, y durante meses se preguntó qué era lo que había visto, temeroso de acercarse al polvoriento y destartalado pasillo. Quiso preguntarlo al sabio, desgraciadamente, no supo cómo hacerlo. En vano se desganaba en palabras y balbuceos y gestos sin sentido. Nada logró hacer entender, y el sabio, nada consiguió descifrar de la agitada criatura. La desdichada mole desistió de preguntarle nada al sabio, pero los recuerdos de aquel extraño encuentro no le abandonaron y durante meses anduvo pensando en ello, incapaz de reunir fuerzas para acercarse al lugar. Recordó que cada vez que el Sabio deseaba buscar la respuesta a algo entraba en la destrozada biblioteca, así lo hizo y se extravió entre los escombros y los innumerables libros regados por el piso, cubiertos por un manto de polvo, la biblioteca era inmensa, y estuvo extraviado en ella días enteros, vagando entre los altos estantes y los cerros de libros derrumbados o apilonados, muchos libros abrió. Aquello resultaba inútil, nunca lograba entender lo que en ellos ponía, multitud de dibujos repetidos continuamente uno atrás de otro en largas filas y filas sobre filas hasta llenar las páginas, pero nada logró sacar, se sintió frustrado.
El sabio se sintió extrañado de la conducta de la desdichada criatura, del engendro de su envidia, pero no atinaba a dar con la razón, desde lo alto de los balcones de la gran sala de la biblioteca le contempló extraviarse entre los interminables volúmenes de la historia del conocimiento humano, le veía esforzarse como nunca antes en aprender algo fuera de su alcance, y se preguntó si habría hecho mal en no enseñarle antes. Pero, otras cosas le preocupaban, era viejo ya, y poco salía de su habitación, lejos de la biblioteca, se sentía enfermo y cansado, sabía que le quedaba poco tiempo y que pronto la muerte daría con él cuando el invierno llegara. Nada podía hacer por la pobre criatura que había creado. Murió finalmente meses más tarde, una noche, sentado frente a su ventana, allí esperó su hora y le alcanzó cuando miraba las estrellas. Quizás no era diferente del engendró, pues el también buscaba entender algo que estaba más allá de su alcance.
La criatura no se enteró de la muerte del sabio, sino mucho tiempo después. Le visitaba en su habitación y contemplaba su cadáver inmóvil sin entender nada, creyendo tal vez que el anciano dormía, pues la criatura no sabía que era la muerte, quizás nunca lo supo, durante muchos años (quizás cientos, miles, nunca lo supo) deambuló por la casa mientras el cuerpo del sabio se convertía en polvo y se dispersaba entre los vientos del mundo. Para la criatura todo siguió igual, y decidió esperar a que su creador algún día despertara. Lo ocurrido con el espejo seguía inquietándole, y un día, día entre los días, logró por fin reunir voluntad para volver al pasillo del espejo, y le contempló de nuevo una mañana de invierno poblada de ensordecedores truenos, lleno el pasillo de charcos y goteras. Allí estaba el mugriento ser, era exactamente igual, se acercó con cautela, posó su mano sobre él y quitó el polvo, el ser al otro lado le imitó, y entonces le miró a los ojos y un dolor sin medidas le ganó el cuerpo, no pudo separar las manos, se quedó paralizado, aterrorizado, quiso huir, pero no podía quitar las manos, algo dentro de sí mismo no quería hacerlo. Apenas le tocó esa extraña sensación terrible y dolorosa le ganó, era a él mismo a quien contemplaba.
Durante muchos años pensó que él era igual a los demás, a su creador, se sentía igual a él. Nunca imaginó siquiera ser algo diferente, mucho menos aquella horrible figura. El dolor dio paso a la cólera y de un puñetazo rompió el espejo, odiándolo para siempre por decirle la verdad, soltó un ronco y largo gemido de dolor y pena, sabiendo su destino.
Se refugió en lo oscuro, buscando huir de sí mismo, quiso arrancarse la cara y los brazos, quiso acabar consigo, no manaba sangra de sus heridas, cayó entre los escombros y el barro y en una charca en donde dio de pronto la luz contemplo su reflejo una vez más, y entonces el agua le mostró una verdad más terrible aún, porque no era lo mismo mirarse a los ojos en un espejo de vidrio, que hacerlo en los espejos de la superficie del agua. Vio sus ojos y supo que estaban vacíos, que todo él estaba vacío por dentro, no había allí ninguna alma. ¿Qué fue de él entonces? Nadie lo sabe, ¿Qué habrá pensado, qué aciagas ideas habrán cruzado desesperadas por su mente?

Aún vaga, se cuenta, por entre los escombros de la vieja y abandonada casona llanera, desde hace siglos lo hace.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Fiesta de Locaínas, Inocentes y Zaragoza (apuntes y fotografías)


Imagen del Archivo de José Luis Bravo Sequera


Cada 28 de diciembre tiene lugar en Venezuela La Fiesta de las Locainas, de los Santos Inocentes y los Zaragoza, la cual es una de las formas más complejas de la Religiosidad Popular de este país. Mezcla elementos étnicos, históricos y sociales tanto paganos como de la historia bíblica. La evocación de  la demencia de victimarios y victimas que alcanza la masacre de todos los recién nacidos judíos ordenada por el Rey Herodes, se expone bajo formas muy vivaces y coloridas, que involucran a cofradías, hermandades y comparsas, cuyo origen se remonta a los días de los campamentos de alzados (quilombos, rochelas y cumbes) opuestos al régimen colonial español. 

Otros dos festejos ocurren el 28 de diciembre. Uno es la  Fiesta del Día del Mono de Caicara de Maturín, en el estado Monagas, de carácter indígena y agrícola. La otra es la Zaragoza, de la cual ofrecemos esta breve reseña: 


Reseña 2015, en el archivo de Elida del Carmen Pérez Jiménez 

  
Promocional de la Zaragoza, 2015, en el archivo de Carmen Colmenarez


Fiesta de la Zaragoza en la escuela Rafael Silva, Cojedes (archivo de Samuel Omar Sánchez)


 En la localidad  llanera de Agua Blanca,  estado Portuguesa, las agrupaciones portan orgullosas sus estandartes, en clara evidencia de elevados niveles de organización y firmes creencias (archivo de Rhmp-Agua Blanca). 



En Agua Blanca se le otorga un gran valor a sus reliquias, símbolos 
emblemas religiosos que son patrimonio de las cofradías y de toda la 
comunidad (Imagen del archivo de Rhmp-Agua Blanca)


Los atuendos y movimientos coreográficos de bailes  llaneros de las cofradías de 
Agua Blanca recuerdan su origen ancestral (archivo de Rhmp-Agua Blanca).   

Antes se usó el “llamado del cacho”, tal como se acostumbra en los arreos de ganado 
típicos de  la cultura llanera; práctica casi desaparecida de la actual Comparsa de Locos.  


Increíbles  (y muy eficaces) rituales de magia se practican  en este día, tal como el de
"El Diablo Embotellado", con frutas, licores y cruces y, cuyos preparados, deben enterrarse en lugares secretos para alcanzar su pleno poderío.   


Esconderse y jugar bromas para "hacer caer por inocentes" a los demás es común en niños y adultos en este día. Archivo de Maritza Torres. 


Comparsa en Buenos Aires, Cojedes (archivo de Omar Borrero)
Una figura importante, de la Comparsa de Locos en Cojedes,  es la  “Madre”, condenada a parir,  a sabiendas de la inminente muerte decretada por Herodes.


"Parto" de la Comparsa en Buenos Aires, Cojedes (archivo de Omar Borrero)
El “parto del Inocente” marca la mayor intensidad, o clímax, de la Comparsa de Locos en Cojedes; la madre "enloquece"  al conocer la futura muerte de su cría.


Elemento clave del drama  que representa la Comparsa de Locos es el “Niño emparrandao”, 
cuyo rol víctima futura fortalece el matiz de su representación. 


Comparsa de Locos en Tinaquillo, Cojedes. El atuendo de la Comparsa de Locos 
en Cojedes destaca por la diversidad  y "reciclaje" de sus vestimentas que le brinda colorido.


Comparsa de Locos en La Aguadita, Cojedes. El cuatro llanero es un elemento
 rítmico primordial de las comparsas en Cojedes; su capitán 
lo emplea al indicar el inicio y cierre de la visita.


Comparsa de Locos en Macapo, Cojedes. Las máscaras de los “Locos” en Cojedes, evocan el carácter subversivo de su raíz,  radicada en los campos de alzados (quilombos, rochelas y cumbes), opuestos al régimen colonial español, mediante asaltos, contrabando y otras acciones que acareaban crueles castigos.   Estos "criminales enmascarados" con el tiempo se sumaron a la causa de la Independencia. 


Comparsa de Locos en el archivo de Samuel Omar Sánchez.
Los distintos tipos de tambor de la Comparsa de Locos  en Cojedes, 
cumplen  una  función rítmica que revela la habilidad musical del grupo.



Peripecia de danza y música (archivo de Samuel Omar Sánchez). 
Ningún vehículo o peatón está a salvo de la improvisación teatral de esta comparsa. Este teatro de calle mezcla elementos estéticos  bastante complejos.




Comparsa de Locos en el archivo de Samuel Omar Sánchez. Los establecimientos comerciales son visitados para recolectar dinero o especies que se utilizarán en la fiesta grupal y colectiva  que marca el cierre de la comparsa.  



El sancocho cierra el Día de Los Locos y Los Inocentes. Sus componentes o "compuestos" se recolectan entre los vecinos, comerciantes y voluntarios que se suman a la tradición. 


Gracias por su visita. 

Isaías Medina López




martes, 15 de diciembre de 2015

Cantos de Parranda (12) La Cumpleañera (letras y audio musical)

Llanera de Cojedes. Archivo de Marii Josh Quintero

Imagen de la agrupación  de parrandas "Las Mensajeras de Cojedes"



QUINCE AÑOS 
(Tonada de "La Flor de Cojedes")

Autor: Francisco Palma

Un lindo rosario de flores hermosas
quiero regalarte mi niña preciosa,
mi niña preciosa
un lindo rosal de flores hermosas.

Ha cumplido quince, quince primaveras
que Dios te bendiga linda cumpleañera,
linda cumpleañera
ha cumplido quince, quince primaveras.

En tus quince años una serenata
te vine a brindar preciosa muchacha,
preciosa muchacha
en tus quince años una serenata.

La naturaleza a ti te ha brindado
un cuerpo de diosa que lo  has conservado,
que los has conservado
la naturaleza  a ti te ha brindado.

Una brisa fresca roza  tus mejillas
en tus quince años, mi niña querida,
mi niña querida
una brisa fresca roza tus mejillas.

Hoy con mi parranda te vengo a cantar,
en tu cumpleaños te quiero brindar,
te quiero brindar
hoy con mi parranda te vengo a cantar.

Eres el lucero que alumbra mi vida
y yo soy la brisa la que tú respiras,
la que tú respiras
eres el lucero que alumbra mi vida.

Mil felicidades, Dios  te debe dar
y una larga vida te quiero desear,
te quiero desear
mil felicidades, Dios te debe dar.

Lindas Mañanitas, bello atardeceres
a la cumpleañera con Flor de Cojedes,
con Flor de Cojedes,
lindas Mañanitas, bello atardeceres.

Mi canto es alegre lleno de emoción
de felicidades con el corazón,
con el corazón
mi canto es alegre lleno de emoción.

Todos le cantamos a esta linda flor
que está cumpliendo años en el día de hoy,
en el día de hoy
todos le cantamos a esa linda flor.

Le dejo mi canto con profundo amor
a la cumpleañera con mi linda flor,
con mi linda flor
le dejo mi canto con profundo amor.

En tu cumpleaños voy a celebrar
y un canto de amor te quiero brindar,
te quiero brindar
en tu cumpleaños voy a celebrar.

Que el Dios de los cielos proteja tu hogar
a la cumpleañera le voy a desear,
le voy a desear
que el Dios de los cielos proteja tu hogar.

Un canto de amor lleno de pureza 
te quiero brindar preciosa belleza,
preciosa belleza
un canto de amor lleno de pureza.

Mi linda sirena yo quiero nadar
contigo mi vida en aguas del mar,
en aguas del mar
mi linda sirena yo quiero nadar.

Como parranderos fue nuestro deber
y así me despido preciosa mujer,
preciosa mujer
como parranderos  fue nuestro deber.


NAVIDAD, NACIMIENTO O NATIVIDAD 
(Tonada de "Los Compadres de Cojedes")

Hace dos mil años llegó navidad, 
en glorias de empíreo y esencias de paz
(Coro)  la buenaventura de la humanidad

Los esposos buscan, en donde entregar 
el alumbramiento de la eternidad
(Coro) pero fue un pesebre el destino final.

Una luz divina, emigró hacia un lugar,
con magia del cielo a lo terrenal
(Coro) y un niño en Belén alumbró el portal.

Bella epifanía, perfumó el altar,
de incienso y mirra olor celestial
(Coro) con oro se honró a la natividad

La mágica escena es estirpe mundial
Liturgia cristiana pesebre inmortal
(Coro) y en mi Venezuela muy tradicional

Siempre en noche buena, como es natural
diciembre refleja la divinidad
        (Coro) de un niño naciendo en cualquier hogar.

Después que nació, recuerda mamá,
que tu eres María, José su papa
(Coro) cuídenlo de Herodes, en  la actualidad

Herodes es el hambre y la enfermedad
el vicio, la droga, la inseguridad
(Coro) y la corrupción de esta sociedad

Si lo educas bien, Dios te premiará
principio cristiano, luz de la verdad
(Coro) la senda del bien, lo acompañará.

Con esta parranda, los vamos a invitar
a que allá en su casa no vaya a faltar
(Coro) el fiel nacimiento en esta navidad.

Pasión decembrina, herencia ancestral,
parrandas con gaitas y cantos de coral
(Coro) dignan al pesebre en la catedral.

Con  la Candelaria, termina el ritual
de esta tradición que permitan honrar
(Coro) al Dios que debemos por siempre adorar.

Público querido con felicidad
los Compadres cantan para recordar
        (Coro) que la noche buena es la natividad 


Disfrute de esta tonada de La Flor de Cojedes
"Barrios de mi pueblo":