jueves, 22 de octubre de 2015

La Leyenda Hermana de la Reina María Lionza (historia y fotografías)

El culto a la reina María Lionza tiene pleno auge en nuestros días


Hermanas  originarias en la frescura de las aguas  


La Leyenda de María Lionza y la Leyenda de la Doncella Encantada de los Nívar son hermanas que comparten el mismo padre, el pueblo indígena Jirahara, y la misma madre, la tierra de Nirgua, una vez llamada “Tierra de la Patrona Virgen María de la Onza del Prado de Talavera de Nívar”. También les une su pertenencia al ciclo de adoración matriarcal amazonense y andino de Sudamérica y, ambas versiones, se han modificado con creencias cristianas europeas y yorubas afrocaribeñas.


Mirada desafiante de dos princesas hermanas 

María Lionza, es la reina indiscutida de la religiosidad popular venezolana. Deidad “Dueño de la Selva” y celosa “Guardiana de las Riquezas Naturales”. Madre de lo orgánico y lo inorgánico; de las tierras, aguas plantas y maderas del  bosque, de la fauna y los tesoros de las minas. Peina sus largos cabellos con un peine de oro y monta una danta marcada con los “hierros de los indios”. Su altar lo custodian siete gigantescas anacondas que representan sus siete reinos: los estados Yaracuy, Lara, Falcón, Portuguesa, Cojedes, Carabobo y Aragua. De su hermana transcribimos:


Sonrientes hermanas originarias, como lo son estas leyendas 
sobre María Lionza y la Doncella Encantada de los Nívar.

La  Leyenda de la Doncella Encantada de los Nívar  
De mozo oí contar que los indios Jirahara-Nívar (Nivare, Nirva, Nírúa o Nueare), en una fiesta de fin de la cosecha, recibieron de su Gran Piache un doloroso presagio. Decía el mismo que “viniendo los tiempos nacería una doncella,  hija de  cacique, con los ojos de tan extraño color que, de mirarse en las aguas de la laguna, jamás podría distinguirse las pupilas”. Tan pronto como esta mujer ojos de agua se viese espejada en alguna parte, por el doble hueco vacío de las niñas de la imagen, iría saliendo una serpiente monstruosa, genio de las aguas, la cual causaría la ruina perpetua y extinción de los Nívar.  Grande fue la aflicción de aquella altiva tribu. Pero, pasó el tiempo, y todos los caciques, cada vez que nacía una niña, pasaban temores sin cuento hasta que se les anunciaba que, como siempre la recién nacida tenía los ojos negros.

Hermanas guerreras en ceremonia originaria.


Pero llegó al cabo el mal tiempo anunciado por la profecía. Poco antes de la invasión española, un cacique nívar tuvo una hija con las pupilas de un vario y hermoso color verde, color de agua marina, color de jade, de piel de culebra verdegay. Grande fue la estupefacción del cacique. Sus tributarios le exigieron que les entregase la niña para ser sacrificada al Genio, el Dueño Tutelar de la laguna, la enorme serpiente Anaconda las Aguas. Mas el jefe jamás pude decirse a ello.  Como pudo, se libró de los descontentos, que, desde aquel día, comenzaron a formar disensiones dentro de la, hasta entonces,  bien unida tribu Nívar.
El jefe decidió recluir a la doncella en un lugar secreto bajo la guardia de veintidós guerreros, veintidós jóvenes  guardianes. Allí fue creciendo ella en gracia y hermosura, ganándose la simpatía de todos, pues,  sus maravillosos ojos de berilio exhalaban destellos encantados. Tenía una belleza fatal y sonámbula, algo de reptilinio, al destacarse sobre el marco canela de su cara de india. Eran como dos piedras preciosas engastada en la morena ladera de algún picacho de la montaña del Nívar.
A nadie más que a su madre y a los veintidós guardianes se le permitía ver la moza de los ojos fatales. Llegó así a la pubertad y su confinamiento se hizo más severo aún. Al ser sometida a las ceremonias de purificación que alejan de la adolescente que pasa a mujer, la influencia de los malévolos espíritus-serpiente. Le estaba prohibido desde su nacimiento poseer lámina brillante que pudiera hacer la función de un espejo, asomarse a corrientes de agua o vasijas, salir a plena luz si la lluvia charcos de agua en el suelo.
Mas, un mal día, un extraño sueño acometió a los veintidós guardianes, producido por el vaho bucal de la serpiente anaconda de las aguas que clamaba por su víctima anual, la  doncella que a la ninfa encantada de la lagunita lanzaban los hechiceros de la tribu. La Niña de los ojos de Agua salió a tientas, pues sus ojos no se acostumbraban muy bien a la luz libre, hasta que logró sentarse al borde mismo de la charca sagrada, estaba el agua quieta, la doncella miró. Veía su cara por primera vez, su gloriosa cara redonda y armoniosa, su boca tentadora, su barbilla soberbia. Pero ¡Ay, dolor!, en  vez de sus pupilas solo notaba dos cuévanos profundos, un par de abismos por donde se asomaba el misterio del Otro Mundo, de los dioses Subterráneos y los Muertos.
La Niña quedó fija. Nada podía apartarla de contemplar aquellos dos abismos encantados de sus ojos en el reflejo ácueo. Mas, de pronto, por ellos empezó a surgir un movimiento, un borbotar ebullescente de las aguas, un creciente movimiento en remolino. El doble vórtice se agrandaba, mientras los peces huían aterrorizados del sitio cada vez más amplio del reflejo. Este fue tomando forma, el rostro de la niña en la agua espumeante fue adquiriendo dibujo de serpiente; primero dos ojos metálicos, de brillo fijo adamantino,  impresionante; luego, el cuerpo creciendo en espirales, una sobre otra; y, finalmente, el extremo afilado de la cauda, batiendo espuma contra el agua hirviente, levantando cabrilleos de luz que llenaban el cielo de pálidos   reflejos. El monstruo, intacto, inquietante, estaba allí. La Anaconda, “Dueño del Agua”. La doncella dio un grito que retumbó en todas las faldas de la Sierra de Nívar, y se sumergió en las aguas, en el sitio preciso en que estuvo el pavoroso reflejo de sus ojos.   
Al grito despertaron los veintidós guardianes, los cuales buscaron por todas partes a la amada Ojos de Agua, pero en vano. Locos de terror a un cataclismo mágico, llegaron hasta la laguna, mas, en lugar del cuerpo de la niña adorada, encontraron la Anaconda, Dueño del Agua, soberbio, espumeante, airado en su reino, batiendo la cola sobre el agua subiente, La laguna extendía su contorno, en espiral marcada por la cola del monstruo e iba rellenando la concavidad en donde se había formado con los siglos, hasta desbordarse.
Los Nívar huían de la inundación temible. Casas, templos, sembrados, todo era arrasado por el dragón inmisericorde de las aguas. Este asomaba su horrible cabeza verdegay sobre las lomas y abría sus fauces, cerro abajo, hasta ir a espumear más lejos, hasta la Selva de Sorte hacia el noreste, y hasta las aguas del Lago Tacarigua hacia el nordeste.
Tanto creció el monstruo, que su poder vital se escapó de su cuerpo distendido por el ansia de crecimiento inmoderado. Y la sierpe estalló, dando un gran coletazo, vibró, se desmadejó y quedo inerte, con la cola cerca  en Sorte, cerca de Chivacoa, y la horrible cabeza en Tacarigua, “donde hoy está el altar mayor de la Catedral de Valencia”.  

Gracias por su visita
Isaías Medina López

Nota del editor: Texto tomado del Ciclo de los Dioses de Gilberto Antolinez, publicado en San Felipe por La Oruga Luminosa (1995) 

sábado, 10 de octubre de 2015

Sexta Muestra de Poesía Indígena en Venezuela (la copla mestiza)

El mestizaje es raíz de nuestra causa 

Profundas sensibilidades despierta el rostro de nuestras indígenas 




Durante siglos, los mestizos llaneros de Centro Occidente y de la zona oriental,  han evocado al ancestro indígena en sus afamadas coplas viajeras o en cuentos cantados, corríos o galerones,  adscritos al joropo en el que se canta, se silba,  se baila, se festeja con sonoros instrumentos y melodías, muy al estilo de las "Turas" de los padres originarios,  las terribles  historias que muchos antepasados padecieron. Algunas de estas notorias sensibilidades artísticas “las devora la sabana”, pero otras perviven en distintos formatos literarios, como las presentadas aquí y que esperamos resulten de su entero agrado, dentro del concepto de resistencia indígena que nosotros suscribimos.

MATA DEL AHORCADO (Rómulo Gallegos-José Romero Bello)

Iban los dos caminando
por la orilla del estero
llevaba el indio la soga
y el blanco el mal pensamiento
el blanco que bien sabía
que el indio no era cuatrero
sino que el hombre le dijo
“Anda y róbate el becerro”
Iban los dos caminando
a la luz de los luceros.

Ay, caminando
a la luz de los luceros
llegaron hasta una mata
de un nombre que no recuerdo 
llegaron y se pararon
en una pata de ceibo
y el blanco le dijo al indio
“Arrodíllate cuatrero
ya vas a ver lo que cuesta
un mamantón de mi hierro”
llegaron y se pararon
bajo la copa de un ceibo.

Ay, de un ceibo
“Encomiéndate a la Virgen,
échate la soga al cuello,
pues sólo te queda vida
pa´ rezar un Padre Nuestro”
así  que le dijo el blanco
y el indio así con empeño
“Que yo no robando maute,
que yo perdón te pidiendo”
Y eso lo estaban hablando
a la luz de los luceros.

De los luceros
desde aquel día la mata
del nombre que no recuerdo
la mientan “La del Ahorcado”
por el ladrón de un becerro
aquél que aquella noche colgaron
de los copitos de un ceibo
según lo pone el pasaje
a la luz de los luceros
iban los dos caminando,
señores, no cuenten esto.

2- MAREMARE- Popular de autores  desconocidos  

Maremare de los indios
no se puede comprender;
el que lo baila lo baila
y él no ha de aprender.

Maremare se murió
y no fue de calentura
¿De qué murió Maremare
si no fue de su amargura?

Maremare se murió
en la casa de Rosario
yo no lo vi de morir
pero he oído el comentario. 

Cuando murió Maremare
los indios bailaron tura
y después que lo bailaron
les pegó una calentura.

Maremare se murió
camino de Cumaná
yo no lo vi de morir
pero vi la zamurá.


Maremare se murió
cuando pasó la tormenta
yo no lo vi de morir
pero vi la huesamenta.

De Maremare encontraron
solamente los huesitos
y los indios lo llevaron
a enterrarlo en su ranchito.

3-DESASTRE EN LA RUBIERA (Nelson Morales)

Era una fresca mañana
de un veintitrés de diciembre,   
cuando dieciocho indios cuibas
salieron de sus viviendas,
bajo el engañó más cruel
del caporal de una hacienda,   
quien les dijo que con él
chicos y grandes se fueran,         
con el fin de disfrutar
de una fiesta en La Rubiera,         
adonde los aguardaban
la muerte malvada y negra,      
Los bandidos esperaban
que todos se reunieran,
fue entonces cuando salieron
de su escondite pa´ fuera,
a matar cobardemente
a hombres, niños y mujeres,
ni  de aquellas criaturitas
se condolieron siquiera,
dos mujeres criminales
que tenían de compañeras,
preparaban el banquete
macabro de La Rubiera,
para que inocentemente
los pobres indios murieran.

Los indios eran dieciocho,
pero dos no perecieron,
éstos lograron salvarse
de un crimen verdugo y fiero,
un perrito que los indios
llevaron de compañero,
tampoco pudo escapar
de aquella infame tragedia,
fueron dieciséis los indios
que asesinados cayeron,   
después de ser arrastrados
por cuatro bestias cerreras, 
fueron el siguiente día
echados a la candela,
y aquí termina señores
lo triste de este poema,
que cuenta lo sucedido
de aquella trágica escena,
pero antes de despedirme
pido a la ley justiciera,
que castigue a los malvados
con una doble condena.

Gracias por sus visita 
                            Isaías Medina López

Notas del editor:
1- Estas coplas del Maremare fueron tomadas de Estudios en Antropología, Sociología, Historia y Folclor de Miguel Acosta Saignes, editado por la Academia Nacional de la Historia (Caracas, 1980).
2-  y 3- Estos corríos son tomados de ANÁLISIS DE FIGURAS ESPECTRALES EN EL CORRÍO Y LEYENDAS DEL   CANTO LLANERO TRADICIONAL de Isaías Medina López, Duglas Moreno y Carlos Muñoz (UNELLEZ-San Carlos, 2008)

martes, 6 de octubre de 2015

La Muerte del Guerrillero (canto y poesía)

Ni una cruz de los caminos del Llanos marca el lugar de su caída 
(archivo de Tomás Ramón Guevara Gutierrez)

En un banco de sabana 
allí lo dejó el cobarde, 
tras la bendición del cura, 
precedieron a enterrarle.

La figura del guerrillero es una de las más polémicas y románticas de nuestro imaginario. Forajidos para algunos, héroes para otros, los “irregulares que cambian su hogar por defender ideales” son una constante en la historia de muchos pueblos. De sus nutridas hazañas no todos salen ilesos, y para dar muestra de ello, presentamos un “corrío llanero”, propio del joropo,   inserto en la novela Por la Ceja de Monte del escritor de origen cojedeño Nelson Montiel Acosta, publicada por el Fondo Editorial Tropikos (Caracas, 1992):

El día lunes de Pascuita 
mataron a Antonio Achaguas, 
con su propia carabina 
lo asesinaron de espalda. 

Antonio José el destino 
le hizo una mala jugada, 
y en tierras de Corozal 
mataron al camarada. 

Era un hombre muy valiente, 
su destino la sabana 
y con la familia humilde 
el muy bien se comportaba. 

El Tigre de Matiyure,  
hijo apureño de Achaguas. 
Allá en Laguna Redonda 
fue donde lo asesinaron, 
a culatazo y palo 
le trituraron el cráneo, 
se lo llevaron arrastra 
hasta donde lo enterraron, 
tuvo diez meses perdío 
hasta cuando lo encontraron.  

¿Quiénes serían las personas 
del grupo que lo mataron?
Antonio José fue un hombre 
generoso y de a caballo, 
y para sus enemigos era 
muy grande y amargo.  

La muerte del camarita 
no la borrarán los años, 
siempre estará en la memoria 
del pueblo venezolano.  

Pagaron un dineral 
a quienes lo traicionaron, 
para quitarle la vida 
y así fue que lo lograron.

Cámara, tú no te has muerto, 
sigues viviendo en el Llano, 
donde tu abrigo fue el monte 
el invierno y el verano. 
El nombre de Antonio Achaguas 
se seguirá respetando.

Dicen que un terrateniente 
pagó pá que lo mataran, 
y un amigo traicionero 
se prestó para esa infamia.

A pesar de que el traidor 
era el hombre en quien confiaba, 
le brindó mucho licor 
para que se emborrachara, 
el horrendo asesinato 
en su mente maquinaba. 

Antonio Achaguas tenía 
alma revolucionaria 
por las buenas era bueno, 
contra los malos luchaba.

El obrero lo quería 
el poderoso lo odiaba, 
porque tenía un corazón 
amplio como la sabana.  

También las tenía bien puestas 
lo que a muchos le faltaba, 
el repartía a los pobres 
lo que al rico le quitaba.  

Dicen que un terrateniente 
pagó pá que lo mataran, 
como se pondrá el cobarde 
si Achaguas resucitara. 

sábado, 3 de octubre de 2015

Leyendas del Gran Cacique Manaure: Rey, hombre y dios

Imágenes en el archivo de Daniel Materán 



El hombre
Manaure es uno de los más destacados líderes de la historia indígena de Venezuela  por varias razones. Este gran monarca de los caquetíos, no resalta por su carácter guerrero, fue ante todo un sabio gobernante de su nación con un notable carisma religioso que puede considerarse en el rango de “Hombre-Sanador Dios”. Ya, para 1522,  se le conocía como Rey de su pueblo con dominio sobre el actual estado Falcón y extensas zonas vecinas, entre ellas las islas de Aruba y Curazao, asimismo los actuales estados de Yaracuy, Lara, Cojedes, Portuguesa, Carabobo y Barinas. Su largo reinado finaliza al morir, en batalla, en 1549. 

Joven indígena en el archivo de Oscar Encinoza

Fue un habilidoso dirigente que lidió con la ambición de conquistadores  como Juan de Ampíes y el sanguinario belzar Alfonso Alfinger, a quienes vence en lo político, en lo económico  y, también en lo histórico y en lo literario, hasta ganarse el respeto y admiración del gran poeta  Juan de Castellanos,  quien le retrata en varios versos que le abren camino a la leyenda:

Las fuerzas "encarnadas" tienen enorme atractivo en la culturas indígenas 
(archivo de Tarwk Yanda)  

En todas sus conquistas y demandas
temblaban dél las gentes alteradas;
hacíase llevar en andas
con chapas de oro bien aderezadas,
y él amistad y paz después de hecha
la tuvo con cristianos muy estrecha.
…/…
Usaba de real magnificencia
Sin que le conocer parecer vario,
A sanos y a subyectos a dolencia
Siempre les proveyó lo necesario.
…/…
Nunca vido virtud que no loase,
ni pecado que no lo corrigiese.
Jamás palabra dio que la quebrase,
Ni cosa prometió que no cumpliese;
Y en cualquier lugar que se hallase
Ninguno le  pidió que no le diese;
En su mirar, hablar y en su manera,
Representaba aquello que era…

Su pueblo, los caquetíos, ofrendaban culto al dios Hurakán y, para ellos, Manaure, estaba casi al mismo nivel, pues él poseía el poder mágico de poder curar todas las enfermedades,  con la jerarquía de Tiao (o Diao) Supremo, pero también: "representaba la fuerza creadora del mundo, y por su mano y poder se habían creado todos los elementos y se producían conservaban todas cosas que cría la tierra; se engendraban los rayos, truenos, relámpagos, aguas  y todo lo demás de las cosas bajas y altas; de sus manos les venían los buenos tiempos, salud y abundancia de sementeras; y que nada, sin su poder, podía suceder prósperamente", según relatan las crónicas coloniales.
Gilberto Antolinez y otros estudiosos, como Miguel Acosta Saignes,  han señalado que su nombre era el de una dinastía de gobernantes, heredada de padres a hijos, y  no el de una persona en especial, cuyos significados podrían ser los siguientes: 1-“Propuesto al alto rito”, o, de otro modo: “Iniciado excelso”. 2- Alto rey que se mueve”, lo cual recordaría sus continuas peregrinaciones, comentadas admirativamente por los cronistas españoles. 3-“Nacido en la alta casa”. 4-Nacido propuesto Grande y Elevado Rey”; alusión al carácter hereditario de su dinastía. 5-“Alto Rey de casa grande”. Manaures o Reyes “Iluminados”, sería lo correcto en este caso.

La leyenda
Su leyenda tiene,  al menos, dos magnos desarrollos. En el primero se habla de su viaje desde sus dominios en Falcón hasta el río Meta en Colombia, atravesando los llanos de Barinas, recorrido, del cual alguna vez él, o uno de sus descendientes, regresará para brindar salud y protección a su pueblo. 
El segundo se relaciona con su muerte y según este relato el Rey Manaure y su reina fueron un día al Pozo de los Saladillos, y al sumergirse en sus aguas se desató una andanada de rayos, vientos huracanados  y lluvia, ellos allí se echaron a dormir y el lodo los sepultó, gracias a ese prodigio la fría laguna se transformó en Las Aguas Termales de la Cuiba, de gran efecto medicinal. De esta leyenda primaria surge la siguiente: 

                       La Limosna del rey Manaure
“Muchos años después que el rey Manaure hubo muerto sepultado en los Pozones de Los Saladillos, hoy conocido con el nombre de Las Aguas Termales de La Cuiba, una pobre vieja sabedora de esto, por pura curiosidad se acercó a La Cuiba y con un machetico que llevaba en la mano golpeó una laja por tres veces y con profunda devoción dijo:
-Rey Manaure,  dame mi limosnita…
Estas mismas palabras las repitió por tres veces. A la última vez que hubo pronunciado dichas palabras, del fondo del agua salió una culebrita de color intenso y trató de buscarle los pies.  La vieja al ver la culebra se asustó y del mimo susto le dio un machetazo y la cortó en dos trocitos. Grande fue la sorpresa de la vieja al ver que aquellos dos trozos de culebra, se habían convertido en oro. La vieja llena de contento recogió el oro, lo embojotó en el paño con que se tapaba la cabeza y regresó al pueblo. Al día siguiente, la vieja, vendió los dos trozos de oro.
En el pueblo nadie podía imaginar de dónde la pobre vieja podía sacar aquellos pedazos de oro, pero, la vieja, todos los años y en el mismo mes, vendía trozos de oro. Ella iba a La Cuiba todos los Jueves Santos a la cinco de la mañana a pedir su limosna al Rey Manaure. La gente maliciaba de ella,  pero por más que le preguntaban, ella no decía nada al respecto.
La vieja tenía una criada a la que quería mucho. Como ella se estaba sintiendo cada día más vieja y enferma, al caer en cama, llamó a su cabecera a la criada y le confió el secreto, para que cuando su criada estuviera en apuros, fuera a pedir su limosna al Rey Manaure.  Pocos días más tarde murió la vieja y, la criada, sin perdida de tiempo, se armó del machetico y se fue a La Cuiba y, después de haber de haber tocado con el machete por tres veces la laja dijo:
-Rey Manaure, dame mi limosnita…me la das bien grande porque hace muchos años que no me la das…
No repitió las palabras, cuando del fondo del agua salió una culebra de color amarillo intenso, subió a la laja y trató de buscarle los pies. La criada de la vieja, al ver la culebra, en vez de partirla con el machete, del mismo susto salió a la carrera.
Desde que la vieja murió, nadie más ha recibido la las limosnas del Rey Manaure”.

Gracias por su visita.

 Isaías Medina López

Nota: Esta información esta basada en Los Ciclos de los
Dioses de Gilberto Antolinez, editado en San Felipe (1995) por La Oruga Luminosa