domingo, 30 de noviembre de 2014

Cuentos Venezolanos de Navidad (8): Los Juguetes y El Niño Pobre (Luis José Alvarado)

Imagen en el archivo de Alfonso Giraldo Calderón


Imagen tomada del archivo de Sara Medina López

Muere la tarde del 24 de Diciembre de 19…,  las calles de la vieja ciudad parecen un hormiguero humano que se entrecruza agitado e indiferente. Los unos llevan consigo al hogar la botella de vino tinto y el imprescindible pan de jamón para la cena tradicional, en tanto que otros sólo llevan, reflejada en el rostro, la angustia económica de una pobreza resignada.
De los establecimientos y tiendas de juguetería salen las madres acompañadas de sus hijos, con misteriosos envoltorios bajo el brazo, mientras que otras desean dar sorpresa a sus pequeños, hacen a solas sus compras de juguetes. Mientras esto sucede en las calles y tiendas, en el hogar los pequeños escriben sus garabateadas cartas al Niño Jesús.
Noche Buena, víspera de Navidad, a través de los siglos aparece cada nuevo año con el mismo tinte emocional de todos los tiempos, haciendo algo así como dulce paréntesis de paz en las luchas humanas y transformando a la humanidad, por breves horas, en una como sola gran familia.
El efecto de las primeras copas y las charlas cordiales entre amigos, ponen en el ánimo de todos una nota optimismo y el bullicioso repicar de las campanas de la iglesia invita a las almas piadosas a la Misa del Gallo.
Amanece el 25 de diciembre y en la cuadra donde vive el narrador, irrumpen de sus hogares, alegres y gozosos los niños bien a quienes el Niño Jesús ha traído juguetes para sus zapatos. Se forman, entre si, grupos diversos que hacen el elogio de sus juguete con infantil satisfacción. Lindas muñecas que dicen “papá”  y “mamá”, y lavadoras y cocinas en miniaturas hacen la felicidad de las niñas; ferrocarriles eléctricos, automóviles con luz en sus faros y sonora bocina, escopetas y revólveres automáticos perfectos, llenan de orgullo masculino a los niños que ya entienden  de estas cosas, en tanto que  los más tiernos se conforman y deleitan con la magia zaranda de colores que al girar, al impulso del cordel o del resorte, lanza su débil música quejumbrosa. Bullanguera alegría hay entre el grupo de aquellos niños afortunados, cuyos padres pudieron, sin sacrificio, adquirir sus juguetes.
En tanto de la casa Nº 52, donde vive un matrimonio pobre, pero rico con la riqueza de sus muchos hijos, irrumpen varios niños, tristes, cariacontecidos, bajo  el amargo sabor del desengaño. Para éstos el Niño Jesús no tubo los esperados juguetes y por ello se les ve triste, alejados del grupo que si los recibió. Incapaces en su inocencia de comprender la razón por lo cual sus zapatos, quizás por viejos y deteriorados, amanecieron vacíos…  ante este cuadro de dolor infantil, con las palabras entremezcladas con lágrimas, ¿podría esa madre hacer entrar en razón a sus pequeños?, ¡Cómo decirles que el Niño Jesús, de quien tanto le ha hablado todo el año se ha olvidado de ellos, cuando en sus “carticas”  bien claro anotaron su dirección exacta y hasta indicaron la habitación y el color de sus zapatos…!
La señora X, vecina de la angustiada madre de los pequeños a quienes el Niño Jesús no trajo los esperados juguetes, madre también de numerosos hijos, que ha observado de cerca la dolorosa escena matinal, se entrevista con algunas vecinas y formando un bolso adquieren varios lindos juguetes destinados a reparar la falta de los mismos en aquel humilde hogar. Se llama a los niños y se les hace ver que, como eran nuevos en el barrio, el Niño Jesús no conocía su nuevo domicilio, pero que ya enterado, el 6 de enero les enviaría bastantes juguetes con los Reyes Magos y esta promesa fue para ellos como una luz de ESPERANZA…. ¡Los pequeños se tornaron alegres y fue así como el amanecer de día de Reyes, los niños tristes de la casa Nº 52 fueron felices al encontrar en sus roídos y viejos zapatos, lindos juguetes enviados por el Niño Jesús, personificado en el alma generosa y buena de una mujer cristiana!. 
Bastó un poco de buena voluntad para hacer momentáneamente felices a aquellos pequeñuelos que libaban, por primera vez,  el amargo licor del desengaño, quizá precursores de muchos otros...

   

sábado, 29 de noviembre de 2014

Cuentos Venezolanos de Navidad (7): Ciudad de Magia




Niños llaneros con ofrenda de los Reyes Magos. Archivo de Luisa González




LA CIUDAD DE LOS REYES MAGOS (Isaías Medina López)

La espera de los reyes magos  causa gran ansiedad. Archivo de Fernando Parra



LA CIUDAD DE LOS REYES MAGOS (Isaías Medina López)

Siguiendo los pasos del poeta Hesiodo, los Reyes Magos fundaron su propia villa, y para recordar el lugar de donde provenían la llamaron Naturalia y con el correr del tiempo Navidad. Capaces, como nunca se había visto,  arrojaron as las arenas del desierto un tapete y sobre este una mazo de barajas y se creó un verde prado colmado de palacios, casas y fuentes llenas de frescura. Y he de allí entonces que se propagara la noticia en los cielos y acudieran hasta ellos las diosas y ninfas empeñadas en aumentar la descendencia divina. Así surgió, entre los esposos,  un tiempo perfecto para el amor celeste.



Las acompañantes de los reyes magos brindaban magia, belleza y luz.
Archivo de Jesús Reina




Y hubo tal complacencia que al poco tiempo había cien hijos varones. Y fue tanto,  el prodigio de sus padres y madres que aquellos retoños nacieron dotados de extraordinarios poderes, y fue así como toda su casta creciera libre de albedrío y pensaran en tomar por asalto los astros que gobernaban este mundo. Reunidos una vez y dispuestos a su hazaña oyeron la voz de los dioses del sueño, quienes atemorizados por esa magia, los sometieran en un profundo letargo y les llevaran muy lejos a un remoto confín del universo donde han crecido como gigantes de infinita talla.
Y al mucho tiempo después, los Reyes Magos, agobiados por el solitario encierro en sus dorados palacios, encendieron, por segunda ocasión,  las luces de Navidad. Y a las puertas de sus mansiones  acudieron las reinas provenientes de la más cruda  de las magias. Y fue así como tras mil días de festejos nupciales y juramentos de riquezas,  las tomaron por esposas y con ellas tuvieron cien nuevos hijos que, también, llenaban de  asombro  a todos los sabios. Y fueron,  entonces,  esos mismos sabios quienes aconsejaron a estos nuevos hijos la creación de un planeta propio para ellos, y resultó que  dieron una gran fiesta y su celebración anticipada fue escuchada por las envidiosas reinas  de la magias oscuras quienes les hicieron beber  un vino que les causó permanente ceguera hasta que abandonaron aquella hermosa ciudad, sin que hoy se conozca nada de ellos.
Y, tras varios años de espera, los Reyes Magos olvidaron esa triste historia y volvieron a confiar en su corazón y,  por una tercera oportunidad,  su amada  capital se abre a una caravana formada por las hijas de otros reyes mortales de todos los pueblos conocidos. Y al recibirlas con amor su linaje vino a poblar las casas de Navidad y fueron criados por hacendosas mujeres sabias, y he de aquel gusto por construir cosas llenas de prodigio, que los hijos de los de los reyes magos y las princesas mortales se empeñaran en crear un nuevo cielo  y enriquecerse vendiendo pociones mágicas para alcanzar la salvación, hasta para las más míseras almas humanas. Y fue entonces que los reyes mortales presumiendo que se podían quedar sin su derecho a ascender al antiguo cielo,  impulsaran el secuestro de todos aquellos laboriosos reyes-hijos y vinieran a dispersarlos por todos los confines de la tierra encargados, para siempre,  de entonar cantos bajo el brillo de las estrellas.   
Y fue así como ya cansados de  ver como a sus hijos habían sido dispersados por tantos destinos sin nombre siquiera, los Reyes Magos emprendieron un día su propia caravana. Ocultas sus identidades verdaderas por la gracia de sus poderes mágicos visitaron infinidad de senderos  y se  enlazaron en matrimonio con las más humildes mujeres que les ofrecieran espontáneamente su querencia. Ellas hablaban el sencillo lenguaje de los campos, de las aldeas, de los pueblos que parecen pequeños dibujos en una canción.  Y fue entonces que en modestas chozas y habitaciones, esos dulcísimos amores florecieron sin mancha y es así como procrearon,  esta vez, cien hijas, más hermosas que cualquier sabiduría. Y a  cada una de ellas les dejaron un pedazo de su ciudad encendidos en sus corazones, y todas, desde ese momento han sido llamadas poesía. 

viernes, 28 de noviembre de 2014

Cuentos Venezolanos de Navidad (6): Lunalena y la Oveja Pata Rota (Juan Emilio Rodríguez)


Niña llanera en el archivo de Pablo Araque


Peripecia infantil en el arreo de ganado que, 
justamente, comienza en los días decembrinos  de verano
(archivo de Joropo, Llano y Leyenda)
                              

Una mañana de neblina, vuelta hilachos entre las ramas de los árboles, Lunalena se encontró una oveja de algodón, que lucía una cinta amarilla alrededor del cuello.
Al levantar del piso, Lunalena observó que la oveja tenía, además de fiebre, una pata rota. La niña la cobijó en uno de los bolsillos de su chaqueta, no sin antes decirle algunas palabras amables y secar unas lágrimas en los ojos asustados de la oveja.
Desde ese día, después de remendarle la pata y ponerle el nombre de “Callela”, Lunalena convirtió a la oveja en su fiel compañera. Instalada en un bolsillo de chaqueta, la oveja iba con la niña hasta para la escuela. Allí, algunas veces durante el recreo, ella permitía que sus amigos más cuidadosos jugaran con Callela. ¡Ah!, pero al llegar la noche, Lunalena la acostaba bien abrigada junto a Sofía, su muñeca, para dormirse juntas oyendo el murmullo del viento por las calles solitarias.
Pues bien, andaba ese mismo viento rezongando por haber pasado la noche despierto, cuando una mañana de diciembre, a Lunalela sin saber el momento exacto, se le perdió la oveja en el colegio.
Buscó a Callela en todos aquellos rincones de la escuela por donde recordaba haber pasado, e interrogó a los amigos a quienes solía prestársela; fue inútil, la oveja no apareció.
Lunalena, entonces, se puso bastante triste, y en medio de su congoja llegó a pensar que hubiera sido mejor que no llegara el mes de la Navidad, pues así no se le habría perdido su oveja.
La señora Trina Josefa, mamá de Lunalena, preocupada por la pena de su hija, no quiso dejarla sola en la casa y decidió llevársela a la misa de aguinaldos. Claro, algo contrariada porque Lunalena insistió en que Sofía fuera con ella.
Entre tanto la señora Trina Josefa participaba de la misa, Lunalena se acercó al nacimiento de la Iglesia con Sofía en sus brazos.
El corazón le dio dos volteretas, alarmando a Sofía. Al lado de un pastor que la tenía agarrada por la cinta, estaba Callela. Lunalena alborozada la tomó con cuidado, y la alzó hasta su cara para que Sofía también la viera. De inmediato notó que la oveja tenía de nuevo la pata rota.
Su regocijó se apagó al considerar el sufrimiento de la oveja.
Con cuidado y hablándole suavemente, Lunalela metió a la oveja en el bolsillo de su abrigo.
Iba ya a regresar al banco donde estaba su mamá, cuando volvió a mirar el pesebre. Aquello no le gustó: el espacio que antes ocupara Callela, estaba ahora desolado. El pastor señalaba con la derecha la gruta de Belén; pero la otra mano, con los dedos doblados, agarraba la nada.
Lunalena decidió consultar a la oveja.
—Callela, creo que ese pastor te necesita más que… nosotras —dijo la niña con tono apagado, para luego agregar resuelta—. Pero tampoco puedo dejarte ahí, con tu pata rota.
Sofía se agitó debajo del brazo izquierdo de la niña.
Lunalena dejó de mirar a la oveja, y observó pensativa a la Sagrada Familia. Justo en ese momento una voz de hombres, por encima de los cantos de aguinaldos, dijo a su lado:
—Ella está aquí porque alguien la trajo. No obstante, puedes llevártela si lo deseas. Aunque también podrías dejarla hasta que nazca Jesús, luego te la regresaríamos. No te preocupes por su pata.
Lunalena, rápidamente buscó al autor de aquellas palabras. Miró y remiró a su alrededor, pero cerca de ella no había persona alguna.
Desconcertada, la niña volvió la vista hacía la Sagrada Familia como buscando una explicación. Las figuras permanecían en sus posturas, arrulladas por los cantos navideños.
Tras breve pausa, Lunalena tomó a la oveja con delicadeza y la enganchó de la mano izquierda del pastor. Sus ojos recorrieron el cuerpo lanoso de la oveja. ¡Caracoles! Callela ya no tenía la pata rota.

Nota: Texto de  "El Retorno y otros cuentos afortunados" de Juan Emilio Rodríguez, publicado por El perro y la rana (Caracas, 2009).

jueves, 27 de noviembre de 2014

Cuentos Venezolanos de Navidad (5): La Bicicleta Roja (Ramiro Moreno Calvete)

El cuento de la Bicicleta Roja siempre genera risas
(archivo de Rosa Isturiz)

                                  

Amanecía cuando abrí los ojos y la vi quietecita junto a la pared, sus rines niquelados despedían destellos y la enorme luna trasnochadora correteaba entre nubes en los estertores de la noche. Emocionado me incorporé de la cama, me aproximé al obsequio del Niño Jesús. Palpé el suave asiento, constante lo elevado que estaba respecto a mi estatura; sentí en la frigidez del metal latidos acompasados o tal vez los míos penetraban aquella estructura metálica. Después de grandes esfuerzos me senté en aquel indómito artefacto. Estrepitosamente caí al suelo, con lagrimas en los ojos pensé más en el daño que puede causar a la bicicleta que en mi dolor… No me atrevía a encender la luz; mis hermanos lo hicieron y entonces pude verla claramente: ¡era roja!. Con ese rojo tan hermoso que había visto en los labios de las mujeres, roja como la bandera de mi patria.
-Tienes fiebre de 40 grados- dijo Luis Alberto con un tono de voz sarcástico y burlón.
Alirio observaba en silencio el deplorable espectáculo que brindaba gracias a mi impericia; avergonzado me incorporé del suelo y de uno de ellos levantó la bicicleta que había salido ilesa del accidente.
Haciendo caso omiso a las burlas, me dirigí a ellos;
-¡Mira, el Niño Jesús me lo trajo porque me porté bien!
Me la arrebataron de las manos, zigzaguearon raudamente por la casa sin tropezar con ningún obstáculo; el rache sonaba con mil campanitas de Navidad incrustadas en los acerados dientes. Me imaginé surcando los alrededores en mi flamante bicicleta, tal vez mi magia infantil la hiciese volar sobre el techo de la casa o quizás un país enemigo invadiera el país y yo tendría que atravesar las líneas enemigas hasta encontrar las propias  libertadoras.
-¡Vamos a la calle, quiero aprender a conducirla!
-¡Estás loco, todavía no ha amanecido, a las ocho de la mañana te llevaremos al solar del catire Ricardo para que practiques!.
Apagaron las luces ante el llamado de mi padre que seguramente se acababa de acostar, dejaron la bicicleta cerca de la puerta de la habitación, pero mil pensamientos cruzaban por mi mente. Tuve miedo de que alguien penetrase a la casa y se la robara: la introduje al cuarto y la acosté en la cama, la cubrí con mis sábanas para protegerla del frio y me recosté contra la pared aguardando el amanecer.
La bicicleta roja relumbraba bajo la tenue luz de la aurora, sentí el suave olor de metal nuevo, sus cauchos vírgenes pedían a gritos caminos para recorrer, el olor a grasa nueva penetraba mis fosas nasales y hasta podría afirmar que logré interpretar en la estructura de aquel artefacto los más escondidos pensamientos del obrero que contribuyó a su forja. El tiempo parecía detenido, el péndulo del viejo reloj a torturarme; sentí miedo de que no amaneciera nunca. El sol podía negarse a salir, decían que por el poniente tenía una novia de hermosa cabellera y que el día menos pensando podría irse con ella y recorrer caminos. Tuve miedo de que eso fuese cierto. Me imaginé el firmamento con un enorme hueco en el espacio y la negritud de una noche eterna; recé un padrenuestro para que eso no fuese posible. La maestra nos había hablado de un lugar muy lejano donde la noche duraba seis meses. Sentí pena por los niños de ese país: tendrían que aguardar medio año para jugar con sus bicicletas, zarandas y pistolas; menos mal que aquí pronto amanecería…
De pronto el pataruco que no pudieron matar el día anterior dejó escapar su grotesco canto, me incorporé y lo vi con su hermosa cresta roja saludar el día. Salí a la calle con la bicicleta, fui a la casa de Darío, logré levantarlo de la cama y nos dirigimos al solar donde por vez primera monté ese potro indómito. Luego de numerosas caídas logramos doblegar la voluntad del artefacto metálico, pedaleábamos con cierta seguridad y entonces nos atrevimos salir a la calle. Una anciana venía de misa y no pudo esquivar mi embestida, lancé un grito de rabia y miedo cuando surqué los aires; el misal y el rosario de la señora se hundieron en el lodazal formado en medio de la calle de tierra, con varios raspones en los brazos me incorporé lo más rápido que pude e ignorando las maldiciones de la vieja me alejé en mi bicicleta roja calle abajo.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Cuentos Venezolanos de Navidad (4): La Carta (José Ana Silvera)

Niña en lomos de su burriquita
(archivo de Catherine Colmenarez Colmenarez)




-¡Vacaciones, Papi!, ¡vacaciones!, ya nos dieron las vacaciones en la escuela…y Papi escuchaba.
Si, era cierto. A sus hijos les habían dado las tan ansiadas vacaciones navideñas. Buenos estudiantes, buenas calificaciones, buenos hijos y buenos padres, pero pobres, no tanto como para ir pidiendo limosnas, pero si lo suficiente como para una vez más no poder complacerlos en sus peticiones que llegarían en la consabida carta.
-¡Vacaciones, Mami!, ¡vacaciones!
Era tal la alegría de los niños que no alcanzaban darse cuenta que mas que hablar, gritaban. La madre les dijo que estaba bien, que se calmasen y que por favor bajaran la voz pues alborotarían al vecindario. No era correcto que alguien les llamara la atención por escandalosos. Sus consejos fueron interrumpidos cuando la niña, más pequeña, exclamó:
-Ya sé, ahora le haré una carta al Niño Jesús…
-Yo también –dijo el hermanito-.
-No pediremos muchos, pues sabemos que el es pobre y tiene que ayudar a mucha gente. Eso dijo en la carta que nos dejó el año pasado cuando tampoco nos dio nada, pero como esta vez hemos sido más obedientes y mejores estudiantes tal vez nos complazca.
Petrica, que así se llama la niña, viendo a su hermanito Rafaelito dijo: ¿Y si hacemos una sola carta? ¿Y si le pedimos una sola cosa?
A lo que el niño con entonación entre picaresca y maliciosa comentó: -Si, tienes razón, el mas a los vecinos, ni fingiremos en la escuela haciendo creer que vemos algunos programas, o no tendremos que decir que la antena se cayó que se descompuso el aparato…
Mientras los niños hablaban no vieron al padre acercarse ni mucho menos pudieron entender la mirada llena de angustia que esta dirigió a su mujer. Y pasaron los días, llegó el 24 de diciembre, la carta enviada por los chicos ahora reposaba en el bolsillo del pantalón del jefe del hogar, quién una vez más la sacó y la leyó: ¨Queremos una sola cosa y es un televisor, somos buenos hijos, nos portamos bien, estudiamos bastante, yo saqué quince y Petrica diecinueve, mis notas no son tan buenas, pero te prometo querido Niño Jesús que seguiré mejorando. Las firmas identificaban a sus hijos.
¿Qué hacer? No podía complacerlos, sus recursos económicos no le alcanzaban para eso, hacerles otra carta como la del año anterior era frustrarlos, por ello trataría de convencer los hablándoles y diciéndoles que era difícil que el Niño Jesús trajera lo que querían. Guardó nuevamente la carta en el bolsillo trasero del pantalón. Con un caminar lento salió de la casa con destino al abasto donde eran ampliamente conocidos, compró algunos comestibles, cuando sacó el dinero para pagar no se dio cuenta que la carta se le había salido y estaba en el suelo. Con un andar cansino regresó al hogar.
Esa noche los muchachos, ilusionados, se acostaron mas temprano que nunca, desde la ventana de su cuarto, veían el cambiante y trémulo color de las estrellas, reían al observar que en sus titileos parecieran que les daban mensajes ratificándoles que tendrían el ansiado televisor… como lo tenían todos los otros niños de la cuadra y se quedaron dormidos.
Temprano, muy temprano se desertaron, sus miradas recorrieron el dormitorio y no vieron lo que querían, en puntillas con mucho cuidado fueron hasta la sala, allí sólo estaba su padre, sentado en su vieja silla con la mano tapándose el rostro, nada, no estaba lo que esperaban. El Niño Jesús no los había complacido, a menos que estuviese en el cuarto de mamá, abandonaron la cautela, corrieron hasta el otro dormitorio, abrieron la puerta y sentada sobre su cama la buena señora sollozaba, más ellos no lo notaron, sólo buscaban el televisor, que tampoco estaba ni en la cocina, ni en el comedor, ni en el baño y volvieron a la sala.
Al entrar, el padre que los esperaba con los ojos llenos de lagrimar les dijo: -Se lavan y se abrigan que vamos a dar un paseo. Salieron, las calles a esa hora, todavía silenciosas las caminaron y llegaron a un parque cercano. Los chicos extrañados veían a su padre que no hablaba pero con infinita ternura los acariciaba, hasta que se sentó en un banco el padre, cuando Rafaelito le preguntó:
-¿Por qué lloras, Papá? ¿Acaso perdiste algo muy querido? Tú nos has dicho que únicamente se llora cuando perdemos algo demasiado importante, cuando celebramos algo importantísimo en nuestras vidas o cuando nos duele mucho una parte de nuestro cuerpo, ¿te duele algo, Papá?
Y el padre respondió que su dolor no era físico sino nacido da la imposibilidad de satisfacer algunas cosas.
Petrica, que veía las hojas de las plantas, húmedas por el roció. Comentó:-Están como tú papi, tienen lágrimas. Quizás el Niño Jesús lloró anoche por no poder traernos el televisor, pero ya verás, en lo que haya sol se secarán y… bueno vale, no llores más, si es por eso. Seguiremos viendo algunos programas en las ventanas de los vecinos que no nos dicen nada, cuando queremos ver la tele.
Regresaron a la casa, cuando ya estaban cerca vieron cosas extraños, la puerta de la casa  estaba abierta, un hombre estaba sobre el techo ¡Epa! ¡Paree que está poniendo una antena de televisión! Aceleraron el paso y al entrar vieron en un rincón de la sala, la pantalla iluminada de un pequeño televisor, mientras de la cocina salía la madre de los chicos acompañada de los vecinos y del portugués del abasto diciéndoles: -Feliz navidad.
Lector, verdad que sabes ¿porque?
Entonces, ¡Feliz Navidad!

Nota: Texto tomado de "Midas del Azar y otros relatos" de José Ana Silvera, publicado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura (Caracas, 2011)

martes, 25 de noviembre de 2014

Cuentos venezolanos de Navidad (3): La Navidad del Niño Campesino (Rafael Zárraga)




Niño llanero en su juego-faena (archivo de Héctor Pettit)



El niño llanero de Cojedes siempre protagoniza su "Navidad"

El niño estaba limpiando la huerta con su pequeña escardilla. Largos hilos de frijol parecían nacerle en los pies. Un ancho sombrero le caía sobre la frente, donde las gotas de sudor eran como perlas amontonadas. Nos miró fijamente. Esperaba que le dijéramos algo.
-¿Dinos como es tu nombre, y cuántos años tienes?
-Luis Vicente, y tengo nueve años.
-Si, en primer grado.
-¿Qué te gustaría ser: músico, médico, o pintor?
-Pintor.
-¿Sabes tú lo que es un pintor?
-¡Gua! Uno que pinta muñecos.
Dio un escardillazo en el suelo; un bocado verdinegro salió prendido al filo de la escardilla, dejando al descubierto el negro corazón de la tierra.
-¿Vas todos los días a la escuela?
-No, algunas veces no voy.
-¿Y qué haces cuando no vas?
-¡Gua! Voy pal’ río a busca agua, o a busca leña; o si no voy pal’ conuco.
-¿Sabes tú quien es San Nicolás y el niño Jesús?
-El Niño Jesús no sé quién es, pero a San Nicolás si lo he visto pintao: es un viejito con una chivota largotota.
-¿Te ha traído San Nicolás juguetes en diciembre?
-No, el nunca me ha traído na.
-Si este año te lo trajera, ¿Qué te gustaría que te regalara? Se quedó pensando un instante; luego respondió:
-Una pistolita de agua como las que tienen los muchachitos de La Palma.
-¿Y quiénes son esos muchachitos?
-Los hijos de Don Enrique, el amo de la vaquera y de las tierras.
-¿Y tú no tienes con que jugar en tu casa?
-Yo sí…. Tengo una “china”, un carrito con ruedas de ceiba, y un trompito. Y no preguntamos más. Allí lo dejamos con su escardilla y el deseo de aquella pistolita. Abajo, en la hondonada, el rio parecía tornarse altivo. La risa de los niños era como un golpear de espumas. La voz de la cigarra más triste. Y mientras un hilo oscuro se fugaba a través del cañizo, oímos un nombre: José. Estaba arrinconado a la puerta de su choza, con un pedazo de terrón entre las manos. Y más allá, Pedro y Francisco y Juan, que igual pudieran ser: Ernesto o Ramón, o Jacinto, jugaban con piedras y con carritos de ruedas de ceiba. 
Dejamos el pueblo, la escuela, y la pequeña capilla con su campanario blanco. A lo lejos quedaron las chozas como negros murciélagos, y las manitas vacías de los niños que nos decían adiós.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Cuentos venezolanos de Navidad (2): El Mejor Empleo del Mundo

"era un simple maestro de música llanera para niños cuando 
quiso tomar el empleo de San Nicolás" 
(archivo "Hábleme de Puro Llano, compa")



Los aspirantes a San Nicolás en Venezuela difieren mucho del molde clásico 

SAN NICOLÁS (Cuento de Orlando Sánchez)
Pobre de aquel hombre que pasó todo el año sin tener con qué comer y que al aproximarse la Navidad siente con dolor la tristeza de estar desempleado, qué vaina, a mí no me importa pasar el año “vagueando”, pero el mes de Diciembre… cuando mis muchachitos le piden el Niño Jesús que soy yo, pero que ellos no lo saben y tú sabes  que no se van el cuento de que el Niño Dios les trajo menos que a sus amiguitos por ello del alto costo de la vida o por la inflación, porque estos muchachos de ahora son demasiados vivos. Por qué el Niño Jesús la va a coger con nosotros –me dirán- cómo a fulanito si le trajo; no compadre, en Diciembre se trabaja así sea de barrendero y si no consigo trabajó me busco una latica de cerveza “Zulia” y me paro en la puerta de Centrohueco a ver si así consigo alguito para los juguetes del veinticuatro.
Pero si en Centrohueco andan buscando un hombre para haga el papel de San Nicolás – dijo el anterior oyente –échele pichón, compadre, en el mundo no hay trabajo mejor que ese, figúrese que usted va a entrar a la una de la tarde y va a salir a las nueve de la noche y todo lo que usted hará será sonreír y repartir caramelos a los muchachos, anímese a usted le dan ese puesto por la nariz, compadre, esa nariz suya, así colorada como usted siempre la carga, lo ayuda, eso es lo único que se le va a ver, compadre, nadie lo conocerá, no le dé pena, vaya donde la amiga mía y dígale que va de mi parte y segurito que mañana amanece usted empleado en la mejor tienda de la ciudad, ¡Naguará!
Inmediatamente le dieron el empleo y de una vez le entregaron el uniforme y la fidelidad le llevó donde la familia de su compadre a ofrecer sus influencias en la repartición de caramelos. Este uniforme lo dejaré aquí en su casa, compadre, es por mis muchachos, usted sabe, me da lástima que lo vayan a saber. ¡Ah! Los zapatos no me quedaron buenos, tal vez a usted le queden mídaselos.
Al día siguiente la comadre llegó a la tienda con sus muchachos, quienes gozaron enormemente comiendo caramelos gratis y todavía durante las primeras horas de la noche masticaban los chicles que el viejo les había dado.
Al otro día, la comadre estaba tan entusiasmada que recogió a los hijos de su compadre y se los llevó para la tienda.
Desde aquí la vida se ve distinta – piensa San Nicolás- nunca había visto tantos niños juntos, de todos los colores y todas las edades, pero casi todos reciben dulces por no dejar, menos los hijos de mi compadre, carajo, esos, si que gozan con los caramelos.
Al principio me ilusioné mucho con este trabajo. Creí que haría feliz a millones de niños; pero no fue así, la verdad es que me provoca salir corriendo para algún barrio de pobres y ver si así a los hijos de mi gente gozando un puyero con mi llegada.
Como a las tres de la tarde llegó la comadre con su arreo de párvulos, y el mayorcito, el más o menos seis años, se quedó muy serio mirándome los zapatos, y de pronto dijo: ¡Pa’ mi ese es mi papá! No juegue, compadre, la comadre soltó la risa y a mí se me cayó la bolsa de caramelos y los muchachos como que creían que la cosa era una piñata porque se tiraron al piso como recoger juguetes y tumbaron un estante de camisas y en medio de aquel zaperoco yo no encontraba qué hacer y después bajó el gerente y me dijo que yo no servía pa’ esa vaina que le devolviera su disfraz y que me fuera pal’ cipote. Lo que más me duele, compadre, es que ahora mis muchachitos están diciendo que no les va a traer el Niño Jesús, pero que San Nicolás sí.

***Cuento transcrito de: Cuentos Larenses de Navidad (Barquisimeto, 1993), compilados por Yeo Cruz y publicados por la Asociación de Escritores del Estado Lara.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Cuentos Venezolanos de Navidad (1): Hermanos (Adriano González León)


Navidad y Fin de Año en el Llano 
(archivo de Blandys Linares)



Diciembre se instalaba dulcemente en la casa. Entraba a soplos, con pájaros y recuerdos. Hacía brillo en los rincones. Se encaramaba sobre algunas cajas. Se sostenía con lazos y alfileres, sedalina y carretel. Desde el cielorraso, bajaba con los rebaños, traían la cara de Dios, varios ramajes, muros torres y campanarios y jinetes y ríos donde animales fabulosos venían a beber. Así eran –eran mejor- los mensajes de la humedad en el techo. Tendidos boca arriba, imaginábamos, construíamos fuentes, ciudades, caminos caravanas, leños encendidos, planetas. Afuera en los patios, también estaba diciembre depositándose en los huequitos del naranjo, muy cerca de la astromelia, gusano a gusano y cerbatana a cerbatana, por entre el campo de pensamientos, encima del tronco viejo, a través del mensaje secreto de las hormigas: besos y choques en doble hilera mientras el olor del musgo… mientras la hojas… mientras esa flor venida de muy lejos daba su vuelta en el corredor… mientras el humo anunciaba alguna cosa de jinetes… mientras las campanas llegaban por la claraboya vestidas de cal… mientras llegaban los primos esperados… mientras tanto…
   Nos congregábamos, hermanos para mirar hacer mezcla. El maestro Floirán era perito en la alquimia del cemento y la arena. Pero sufríamos mucho cuando la pala entraba inclemente sobre el montón y el agua se podría derramar. Diciembre venía con los arreglos, el olor a pintura, el desyerbe. Asunto de empacar y desempacar, empresa jubilosa que reunía los diversos oficios: pintar papeles, desenredar hilos, juntar condimentos, cortar hojas, levantar cerros, desempolvar pastores, inventar lagos con espejos y luces porque en el último mes queríamos apresar la eternidad, y sin saberlo, todos esos afanes afirmaban la vida.
   Hermanos,  ya hace muchos diciembres que no hemos vuelto a imaginar ríos, y los animales se han ido borrando en todos los cielorrasos de nuestras casas dispersas. Hermanos, hace muchos diciembres que ni siquiera hablamos. Es triste inventar un pesebre en este rincón frío y sin gracia, en esta sala muda de duendes y canciones… Aprecia el desconsuelo cuando uno, solitario, levanta un globo de color para colgarlo en el pino y termina quedándose sin pino ni luces ni campos ni anime ni aserrín.
   Hermanos, diciembre era una música. Encendida en las bengalas de Cira. Coloreada en las telas de Marina. Anuncio de fragancias misteriosas en ramo de pascuas que una vez trajo Gonzalo del cerro. El ruido, las distancias, la tromba. Los silencios, han ido cortado aquella música se me ha ocurrido juntar algunos lápices. Y en este pedazo de cartón anoto, con matices sombras y caminos, resplandores y nostalgia. En un campo, próximo al portal, he dibujado, con gran torpeza, algunas ovejas que más bien parecen gatos. En esa meseta deberían colocarse las casas de cartón, los corrales, una mujer lavando y un viejo picando un palo. No… las aceras no me quedan… es difícil marcar la arena y las piedras humildes… sobre todo la estrella no me sale…
   Hermanos, aprendimos que los cielos de diciembre eran múltiples y distantes. En algunas partes cae la nieve y en otras la luz en un hechizo. Diciembre se multiplica en sueños y sabores y lágrimas. Preparémonos, hermanos. Traigamos los coletos olvidados, las lunas de papel, el agua del espejo, los milagros del pozo, los astros plateados, los cohetes sonoros. Hermanos, diciembre es infinito. Diciembre puede volver a comenzar.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Simón Bolívar y la Navidad

Simón Bolívar es uno de los héroes de la Independencia Americana 
más representados en la cultura popular del continente 
(imagen del archivo de Ciudad Cojedes) 

(imagen del archivo de Ciudad Cojedes) 


Bolívar desde niño en el imaginario popular 
(archivo de Anguiney)





SIMÓN BOLÍVAR Y LA NAVIDAD (cuento de Isaías Medina López)

Ningún sitio en el mundo como Cartagena de Indias para pasar la Navidad de 1812. Nueve noches antes del 24 de diciembre un alborozo muy genuino mezcla la todavía reciente independencia de la ciudad y la tradición de los festejos que inunda las casas, las iglesias, las calles; la gente. Y en ese 15 diciembre, mientras se vociferaba el antiguo Pregón que anuncia la Navidad, Simón Bolívar regala  al mundo su Manifiesto de Cartagena.
El joven comandante, de apenas 29 años es la estrella rutilante de aquellas pascuas.  Las invitaciones a las tertulias de bohemia política, tan gratas a su  espíritu, se multiplican, se confunden y se solapan entre sí. En medio de su regocijo, Abel, su secreto guardián colombiano, le aplica un violento freno a su creciente alegría:
-Ramón Correa marcha contra nosotros, con 300 indios motilones y 500 realistas.
Lo de los 500 realistas era lo de menos.  Saber que un batallón de los bravíos indígenas de Perijá le presentarían batalla retumbaba  en todo su ser. Abel seguía describiendo con precisión el contingente enemigo, pero Bolívar solo pensaba en los indómitos motilones, los conocía por su fama de inclementes, de flecheros certeros incansables a los que tanto admiraba desde la infancia.
¿Pero, como pudo suceder semejante atrocidad? Le pregunta Bolívar.
-Correa les convenció con falsas promesas y con el engaño de que usted les quitaría sus tierras en caso de vencer a las tropas leales a España. Esa fue la respuesta de Abel. 
La jugada parecía turbia, pero muy lógica. Ramón Correa, era un avezado brigadier realista; nacido en África y casi duplicaba en edad a Bolívar. Además,  poseía la convicción de que “en la guerra todo se vale” y lo aplicaba al pie de la letra. Sin dar pie a la menor duda, Bolívar da una rotunda orden:
-No regreses hasta tener buenas noticias.
De allí en adelante el joven patriota asiste a las galas decembrinas bajo la enorme expectativa que se genera su sola presencia, aunque muy adentro, su ánimo se había marchado en los ojos y oídos del ferviente Abel.
Lejos del encanto marítimo de Cartagena, los días en el  campamento de Correa son muy distintos. Días de pesadas marchas por los escabrosos montes que van del Zulia hacia Cúcuta y de reuniones de jefes guerreros claramente dividen a aquellos aliados: los españoles por un lado y los "motilones bravos” por otro.
Siendo la desconfianza un impulso tan poderoso, el cacique Barabará, jefe de todos los motilones que marchan con Correa,  manda traer a un piache junto a los otros líderes para discutir el futuro de sus guerreros. El sabio y anciano Dombé, hace encender una fogata y sobre ella lanza una paloma buscando adivinar en las volutas de humo lo que les traería su destino. No bien se dispusieron los jefes guerreros  cuando, de pronto, toda la leña y el ave se consumen en cuestión de un minuto. Repiten el ritual una segunda y hasta una tercera vez y el resultado es el mismo: todo se esfuma ante sus ojos.
El día previo a la Víspera de la Navidad, el Día de Santa Victoria, Bolívar, debatiéndose entre sus deseos de conocer las costumbres de Cartagena y su angustia por la suerte de la batalla próxima con Correa y los motilones,  asiste a lo que sería para él una novedosa  tertulia en casa de Don Manuel Caicedo y Cardoso. El encuentro no podía ser más auspicioso. Una extraordinaria sensación de magia navideña invadió el corazón de los allí presentes.
La ceremonia se centra en la invocación de la  “Luz de Buenaventura” o “Luz de Santa Victoria”. En un adornado mesón colocan una larga vela de vivas coloraciones amarillas,  verde y azules a la que todos los presentes –al  mismo instante- intentan encender luego de hacer en silencio alguna petición para el venidero año y cuyo favor se le encargan al Niño Jesús: quien lo encienda de primero recibirá el favor solicitado. El amable grupo se traslada a un patio posterior de la casona y convierte a Bolívar en el centro de atención,  sin embargo una novedad rompe la armonía del grupo: la vela ha desaparecido. 
A esa misma hora Ramón Correa, en su cuartel cercano a Cúcuta, es sobresaltado por sus ayudantes: -“Los motilones se ha fugado”.
Enérgico, como siempre, ordena que se les persiga. Con la suposición obvia del retorno de estos guerreros a sus tierras, se movilizan los españoles hacia el camino de venida. Y nada. Ni un rastro siquiera, pues aunque aparezca un enigma inescrutable o un acto supremo de hechicería ancestral, el cacique Barabará condujo a su batallón de motilones a donde jamás los realistas podían encontrarles: hacia adelante, luego dando un largo rodeo, tras marchar toda la noche,  tomaron un viejo camino indio que los hombres de Correa desconocían  por completo.
A las seis de la mañana de aquel 24 de diciembre el joven libertador desafía el temprano frío de enero enseñoreado en la ciudad. Con los ojos abiertos a más no poder, adivinó un punto en el camino que crecía segundo a segundo. Abel, su fiel informante, que partió con la orden de no retornar hasta traer buenas noticias,  estaba de regreso con el rostro vivazmente iluminado y al que después el mismo Bolívar,   llamaría: “La Milagrosa Estrella de Santa Victoria de Cartagena”.  

Nota: El 28 de febrero de 1813, en la ciudad de Cúcuta,  justo a las 6 de la mañana, Simón Bolívar y Manuel del Castillo y Rada, frente a un contingente de 500 patriotas derrotan al brigadier  Ramón Correa al mando de 800 realistas.  Este hecho de armas se conoce como el inicio de la Campaña Admirable.