domingo, 11 de mayo de 2014

EL SILBÓN: VIVENCIAS Y TESTIMONIOS (Carmen Pérez Montero)

Niños y adultos del Llano conocen el poder de El Sibón (Archivo de Yajaira Espinoza)

La señora Josefa García: Yo he oído muchas veces a El Silbón, pero desde el año 1968 más o menos no lo he vuelto a escuchar. Yo dormía en un ranchito con la lámpara de querosén prendía porque le tenía miedo a El Silbón. El ranchito estaba allí, donde hoy ta` la cancha, aquí en Guanarito. Cuando eso aquí la luz la apagaban a las 10 p.m., a las 9 p.m. daban el aviso pa` que la gente se recogiera y cuando to` mundo estaba “recogío”, la apagaban. Entonces aprovechaba El Silbón la oscuridad pa` salí a silbá y a asustá. Cuando pasa pa` bajo va a llové y cuando pasa pa` arriba va hace verano, así decía mi mamá que en paz descanse.

El rostro de El Silbón se oculta en los árboles y puede matar de susto a cualquiera 
(Foto del archivo de Eduardo Mariño)

Ahorita sale, pero por las orillas, cuando la noche es bien oscura. La gente dice que el existió y que tenía un hermano llamado Juan y que andaban cazando los dos con el papá, El Silbón  lo mató porque encontraron un palo atravesao en el camino y el papá no lo pudo enderezá pa` podé pasar y le dijo: así mismo me pasa a mí que usted no me enderezo chiquito, sabiendo que iba a crecé maluco. Él lo mató y se llevó la asadura pa` la casa y se la dio a la mamá pa` que la sancochara y cuando la mamá vio que la asadura se abollaba en la olla y no se ablandaba le preguntó qué de que animal era esa asadura y él le dijo que era la de su papá que lo había matao y la madre lo maldijo pa`toa la vida; entonces Juan le zumbó los güesos en una mochila y le dio una pela con un mandador de siete nudos y le echo ají por `onde quiera, por eso es que él le tiene miedo a la tapara de ají y al mandador. Dicen que cuando Juan le echó los güesos en la mochila se le quedó el deo chiquito y el anda penando hasta que consiga ese güeso.

Alejandro Asís Quintana: Cuando estaba pequeño jugaba trompo de noche junto a un puente de tabla que atravesaba el caño El Tiestico. Allí siempre amarraban a una burra. Una noche, aseguré bien la burra con el guaral del trompo y me monté en ella. La burra negra corcoveaba y se iba poniendo grandota y peluda. Yo me privé y después me recogieron unos viejitos que me llevaron para su casa y le avisaron a mi mamá, porque yo era menor de edad. Los viejitos me pusieron a dormir en un cuarto donde ellos guardaban las caraotas, y cuando me estaban colgando el chinchorro, se escuchó el silbido de El Silbón, que pasó por arriba de la casa y por la madrugada ellos oyeron que se habían reventado los colgaderos y el Silbón me estaba machucando. Yo estaba gritando, pero asustado, yo no sentí cuando él me machucó; pero me dio mucha fiebre y por la mañana amanecí aporreado. 

Eduardo Daza: Según la leyenda que yo conozco El Silbón nació en un caserío llamado El Vijao del estado Barinas. Allí se cría hasta los 16 años, cuando se convierte en azote del lugar y el padre por vergüenza se traslada a Guanarito y va a vivir en el hato Los Camorucos de El palmar de Morrones. El muchacho mejora la conducta, trabaja con su papá Rosendo Silva y la madre, Carolina Flores, está muy contenta. Joaquín Augusto Flores, se enamora de la muchacha más bella de Guanarito, descendiente de una familia Orozco (las familias Orozco que actualmente residen en Guanarito negaron rotundamente tener conocimiento de estos datos).
Una tarde de un domingo, los novios salieron a pasear a caballo. La muchacha se cayó, y se golpeó la cabeza con un tronco, muriendo en el accidente. Como loco, salió para La Quebrada de la Virgen. Allí consiguió dos muchachas que se estaban bañando y violó una de ellas, pasó por Guanare, Acarigua, Tinaco, Tinaquillo, Valencia y llegó a Caracas. Más tarde se fue a Puerto la Cruz, donde vivió dos años, en casa de un pescador. Se enamora de nuevo, pero un día bañándose en la playa, los arrebata una ola y el pescador pudo salvarlo a él, pero no a la novia. Joaquín al darse cuenta que perdió a la muchacha se endemonia otra vez, y mata al pescador y se viene huyendo para su tierra natal.
Llega a El Vijao, pasa por El palmar de Morrones y se encuentra a su mamá cosiendo y le dice: usted es la que dice ser mi madre. La mata, la abre y le saca la asadura. Luego busca al padre y le dice: usted es el que dice ser mi padre y lo mata, lo abre y le saca la asadura. Después Joaquín se va en busca de su hermano Juan Gil. Era tres de mayo, lo consiguió limpiando una “roza”, es decir, haciendo un conuco, pero Juan le vio la intención de que iba a matarlo y con la coa que tiene en la mano le arremete  a golpes y El Silbón, ya convertido en ese “aparato” corre hacia la montaña, Juan se arrodilla y pide a Dios castigo para su hermano que ha matado a sus padres.
Esta versión tiene la influencia la fantástica narración del barinés Rómulo Urquiola, quien tuvo el coraje de hasta colocarle fechas al nacimiento y andanzas del Silbón, citando incluso, lugares que no estaban fundados para el año 1603.
El mismo señor Eduardo Daza, narró su experiencia vivencial: Yo era un muchacho y acompañaba a los cazadores a buscar venados por la sabana de La Cadenera,  Los Pavos, El Jebao, Merecurito. Después de las ocho de la noche y en el mes de mayo siempre lo oíamos.
Ese no es un pájaro, ¡qué va! Porque aun no conociéndolo al oír el silbido deja impresionado a quien lo escucha. Jamás un silbido puede penetrar tan profundo y erizar  todo el cuerpo. Ese no es un silbido común, cuando yo lo oí casi me privo. Ahora ya no se escucha, ni se ve como antes que dice que amanecía sentado en las topias de los fogones y que es altísimo.

Eladio Antonio Moreno: Yo veía de una zona que llaman Pajoncito, venía temprano a quedarme en El Paso. Él viene de aquí pa` allá y yo de allá pa` aca. Yo lo oigo  que viene y me dije entre mí: uno cree que lo va a ver, como una persona, pero que va, lo que sentí fue el silbido. Yo dije: Ajá ya pasó El Silbón,  ahora voy a seguir yo, cuando iba a media cuadra me silbó más duro, como un silbío que paraba los pelos, que engrifa, yo le metí la linterna por todas partes, una linterna nuevecita, y eso clarito y no se veía nada. Como a las dos cuadras lo sentí otra vez, y yo pa`lante carajo. Ya llegando a las primeras casas me volvió a silbar, pero un silbido muy malo, bravo de verdad, que hacía temblar la tierra. Llegué a la casa de un baile, yo no tenía miedo, me sentía defendido con la linterna. Cuando entré a la casa hasta los músicos dejaron de tocar, por lo duro que silbó ese “aparato”. Todos salimos pa` juera y no vimos nada.

Julio Hernández: Soy de San Fernando de Apure, vine pa` ca ya hombrecito. Al Silbón yo lo he oído de refilón, pero ese bicho para los pelos de punta. Dicen que es un pájaro. Yo no sé si será leyenda, pero él asusta. A un amigo mío lo atacó muy duro. Él iba por un camino y el Silbón lo fue llevando y lo fue llevando hasta su casa. Cuando mi amigo entró a la casa, puso la mano en la escopeta, y le dijo: silba desgraciao. Ese bicho como que le tiene miedo al plomo porque no silbó más nunca.

Gustavo Olivares: Yo no jue que lo vide, pero sí los echó un susto a yo y a Martín Galea, por ta borrachos, íbamos llegando a la casa, cuando sentimos ese bicho atrás. Jui jui jui jui juío y yo no le jacía caso. Ahí me dijo la compañera mía: pero mijo, apúrese, que usted viene rascao y ese es El Silbón  que lo trae alcanzao. Como uno pelao, no le tiene miedo a na´, pelé por una peinilla y le dije: Párate ahí gran carajo, pa túmbate la cabeza de un machetazo. Pero yo y Martín a`entro de la casa porque ese sí tenía miedo. Después me jui a llevar a mi compadre Martín. Cuando venía de regreso se me pegó el bicho otra vez atrás: jui juio jui juío. Ya le digo, hasta la casa me trajo y ese silbido se sentía clarito en el patio. Yo me acosté y siguió silbando. Ese otro día amanecí aporreao, pero yo no lo vide. Jue la electricidad del, menos mal que no lo vide porque me juera asombrao.
Pa´qui, pa´rriba, está un señor llamao Sergio Fernández, a ése se le encaramó en un burro, sí señor, chuqui chuqui arriba el burro y el burro pegao y llegando a la casa lo privó. Él lo llevó a la casa de chuco. Ese es un cadáver muy feo y to´el que lo ve queda privao. Por los laos de El Vijao y que lo han visto. Porai fue que hizo los destrozos.

Alejandro Barco: (Carpintero, fabricante de urnas desde hace aproximadamente 40 años. Este guanariteño solía realizar su oficio a cualquier hora, que algún vecino lo necesitara. Solo preguntaba la medida del muerto y en dos horas los familiares, estaban velando el cadáver)
Yo sí creo en El Silbón, porque yo lo oí una noche en Maporita, silbaba muy duro y paraba los pelos de punta, da algo de miedo. Ese dicen que jue un muchacho que mató al papa pa` comerle la asadura. La gente dice que se corre llamando a Juan, y a un perro Tureco y enseñándole una tapara de ají, esas son las contra del.  Los que lo han visto dicen que cuando se sienta, le pasan las rodillas más arriba e` la cabeza, que son como de metro y medio, y por eso le dicen el Canillú. Por ahí por Sabana Seca, de donde es él, dicen que todavía existe, que silba mucha y machuca gente y a otros los asusta.

Cipriano Lara: Una noche un guardia taba haciendo guardia en el comando y los otros `taban pa` dentro, y le llegó uno sonando la puerta, tuqui, tuqui, tuqui y cuando él se asomó pa` ve quién era, ve al Silbón que iba ya de salía y se le pegó atrás. Ese guardia y que iba casi volando y que no tocaba el suelo, sin botas y sin nada, porque no tuvo lugar pa` ponérselas. Los otros guardias, viendo que él iba corriendo se le pegaron atrás. Llegando a la costa del río ya lo llevaba alcanzao, ahí el Silbón, miró pa atrás y cuando lo vio, cayó pal suelo, allí llegaron los guardias lo agarraron y se lo llevaron pa`l comando otra guelta. Quedó casi loco, tuvieron que llevarlo a media noche pa la medicatura, ese sí lo vio, porque El Silbón no iba corriendo, el que iba corriendo era el guardia atrás del y no lo alcanzaba.
También cuentan de un hombre que era músico de bandola, dejó a su mujer solita con un vecino pendiente y se jue. ¿Usted viene esta noche? Le preguntó la mujer y él le contestó: bueno, si termina el baile vengo…sino pues vengo mañana, ahí queda con Dios y la Virgen y jue como a las 12 e` la noche que llegó punteando la bandola. Entonces, la mujer que conocía la música del hombre,  dijo: ¡Ay, será que se acabó el baile! Ajá, ¿llegó?...Sí, ábrame la puerta, pero no es preciso que prenda la lámpara, jue que el baile se terminó, se formó un brollo y yo me vine, qué voy a amanecé pua` llá –dijo el hombre- dijo el hombre y antes de que la mujer quitara la tranca a la puerta, la puerta se abrió y bum, se metió y se acostó, en la cama y ese otro día y que amaneció muerta, muertica.
Como a las 8 de la mañana se despertó el vecinao, vino y halló la puerta trancá, como ese es un espíritu no abrió la puerta. La puerta `taba  cerrá y la mujer tiesa en la cama. La había matao. Le llegó en la figura del hombre de ella.
Yo le he oío mucho silbá, pero lo corro, le digo: Mirá, Juan, escucha, azuzá a Tureco, aquí tengo la tapara de ají y el mandador y se va, le huye a todo eso.
Dicen que él tiene miedo a todo eso porque cuando él mató al papá y la mamá, su hermano Juan  y que le echó una pela con un mandador de siete nudos y azuzó al perro Tureco y le decía: Espérate ahí, gran carajo, que me mataste a mis taitas y cuando el perro por fin lo tumbó y que le juntó ají por todas partes.

Mario Alvarado (quiboreño con 20 años domiciliado en Guanarito): Yo no creía, pero yo lo oí en Chiriguare, taba enamorao y con ella me casé. Ese bicho silba muy duro, yo me asusté mucho y apuré el burro, cuando llegué a la casa  no me prendieron la luz, por eso no  me privé, pero me dio calentura.

Rafael Pérez Hernández: Yo lo escuché en Guanare Viejo, pero no vi la figura solo se oye el silbido, y otra vez lo escuchamos en la Prefectura de la Policía, aquí en Guanarito, silbó en la cuadra, y se estremeció la tierra, porque hasta el prefecto José Barrios que estaba durmiendo lo escuchó. Eso fue en 1966, cuando el gobierno de Leoni. Juan Pedro del Moral, era el Gobernador del estado y habíamos como 10 policías y patrulleros. Yo era patrullero, esa noche había una lloviznita, en ese momento todos nos asustamos y Yuzti, uno que ahora trabaja  en una bomba en la entrada del pueblo comenzó a rezá y Chicho Mota comenzó a maldecirlo, y le decía vete de aquí y le hacía la cruz y el bicho se fue alejando. El comandante de ese puesto de llamaba Pedro Piña, ya se murió.

Giovanni Falcón: Yo trabajé en Los Jeyes, cerquita del hato Los Malabares, de Juan José Montenegro, ya eso era ruinas. Allí yo comencé a crecer, porque aquí en Guanarito, no le he oído mucho, pero no le tengo miedo porque creo en Dios, y uno se basa en que uno el hombre reza.
Esa noche en Los Jeyes, cuando lo oímos, muy feo, paraba los pelos de punta, andaban tres a caballo, andábamos cazando y tres hombres bien armados no le da miedo a uno, ese lo sentíamos cerquitica hasta que llegamos a un hato llamado Mata de Bejuco, allí se apagó y no se oyó más.

 Uslar García: (maestro guanariteño de 22 años) Yo le temo porque su silbido es aterrador. Cuando yo trabaja en Caño de Indio oía los relatos y en las noches de invierno rezaba para que no me saliera. Mire, un representante de la escuela llamado Lucho, un día tres de mayo hizo un Velorio de Cruz, esa tarde había llovido mucho. Ya en la madrugada salió a parrandear y los amigos le dijeron que no se fuera, que lo iban asustar, que le iba salir El Silbón, y él dijo: que me salga ese desgraciado, que yo soy más bravo que él, y agarró su burro y se fue. Cuando iba por el camino el burro no quiso seguir y Lucho le daba patadas y el burro resistió, no quería entrar en la montaña, después el burro lo tumbó y se fue. Lucho quedó allí en la montaña, tirado, inconsciente. Nosotros oímos el silbido y luego los gritos y lamentos. Salimos todos corriendo y lo encontramos privado. Él dijo que lo vio, y que era muy feo. Cuando lo estábamos llevando hasta su casa hizo un fuerte ventarrón que casi nos lleva con todo y el señor Lucho.

Filomena Montilla: Yo oía al Silbón cuando vivía del campo, pa` allá, más abajo del Banco, en Bototico, por la vía de La Capilla. Yo tenía como quince años, eran las 10 de la noche y la gente salió a cazar. Mi padrastro y un hijo de mi mamá. Ellos trajeron una venada y se pusieron a componerla en la pata de un mamón y ese bicho parecía que estaba subío en el palo porque silbaba y se estremecía la tierra, como había como ocho personas comenzaron a remedarlo y ese bicho se puso muy bravo. Mire cuando la gente le arremeda cuente que se le pega atrás. Fue tanto el susto, que la venada la dejaron en el patio y el mañana fue que la arreglaron. El ahora no hecha broma, eso era antes, porque había pocas casas y la gente era muy renuente.

 María Espinola: El Silbón nació en el estado Zamora, pero yo le oído mucho, silba por estos llanos. A uno le da un poco de miedo, se oye silba muy lejos; pero no es un pájaro porque silba alto y el sonido es muy profundo. Ese es un aparato, un ánima en pena.
A mi esposo una noche, de  1 a 2 de la madrugada se le pegó atrás y cuando llegó a la casa, el propiamente no abrió la puerta, sino que vio que la tranca se estaba rodando sola y sentía que lo soplaban y agarró el chinchorro y lo empezó a colgar. En eso silbó dentro de la casa, yo oí el silbido, eso lo deja a uno sin juicio.

Lorenzo García: (guanariteño de 75 años) El Silbón es criollito de El Cucharo, hoy le llaman La Casita. Yo conocí un familiar del Silbón llamado Luís Flores, porque el Silbón se llamaba Joaquín Flores, cuando yo lo conocí a él, ya El Silbón era El Silbón. Luís trabajo conmigo, éramos obreros a caballo por todos estos hatos, por todas estas sabanas; Los Garzones, La Bonita, La Hermosa, Campo Alegre. Un día conversando tocamos el tema el Silbón, y yo le pregunté que de dónde era él, y él dijo que de El Cucharo. Y yo le dije, entonces usted es familia del Silbón; y me dijo: si… mi mamá nos dice nosotros somos familia del Silbón. Luís Flores todavía vive por ahí, por Libertad de Barinas, pero está ciego. (Sin embargo se trató de constatar a través de la familia Gómez Abreu, oriundos de Libertad y no fue posible)
 Yo lo he oído varias veces, la primera vez que lo escuché estaba con varios hombres en un Velorio de Cruz, un tres de mayo, eso fue por los lao del El Regalo, en una montaña llamada Guanare Viejo, como éramos bastantes, comenzamos a burlanos, y ese bicho se puso tan bravo que no silbaba, sino que chiflaba y le pegaba un aire a uno en la cara. Ahí salieron unos viejitos y lo ensalmaron, llamaron a Juan, a Tureco, el mandador y la tapara de ají, y lo corrieron. Ese Silbón no es de aquí, el llegó cuando comenzaron los barineses a transitar por estos caminos. La leyenda sí nació aquí, pero el que dicen que peleó con el Silbón no fue Juan Hilario como dice el disco, fue un señor llamado Pacheco, eso fue en El Regalo, en casa del señor Antonio Leonidas. Él iba a pesar una vaca esa noche, y se fue a dormir temprano pa` poder madrugar. Cuando está colgando la hamaca, el señor que era amigo de él, lo dijo: esta noche usted no va a dormir, por qué -preguntó Pacheco, porque esta noche lo va a machucar el Sin Fin (como también lo llaman por esos lados). Pacheco que era un hombre muy guapo, le dijo ojalá me salga pa` dale una paliza y se tiró una risa. Cuando estaba quedándose dormido, le llegó el Silbón y allí fue cuando pelearon.
Una vez había muerto un viejito muy querido en La Calceta, como le estaban haciendo la novena,  nos fuimos un grupo de muchachas y hombres enamoraos. No había carretera, sino caminos y había mucho barrial. Nos fuimos por la orilla de alambre por los deshechos. De aquí pa allá fuimos bien, por los desechos. Cuando ya íbamos a rezar el último rosario, a las 12 p.m. Yo le dije, burlándome, si va pa` Guanarito nos espera que ya nosotros nos vamos a di, nos queda un solo rosario y dijo la rezandera: ya usted va a echá la vaina.
Nos dieron brindis: café con pan de horno y después nos fuimos. La rezandera nos dijo: el Silbón nos va a esperar y yo le contesté: Bueno, lo llevamos de compañero.
Eso fue feo, mire, nos llevó hasta Guanarito silbando, nosotros no buscamos desechos, ni nada, toditos nos metimos por los charcos, y las mujeres dejaron los zapatos en los barriales. Cuando llegamos al pueblo nos dispersamos, cada quien cogió su camino. Yo vivía por los lao del cementerio, y me tocó seguí solo. Menos mal que mi mamá no había trancao la puerta y pude entrar. Cuando me jallé, seguro le dije. Bueno, siga solo, porque hasta aquí llego yo.

Notas del Editor: 1-Estos testimonios fueron transcritos del texto: Mitos y Leyendas predominantes en el estado Portuguesa, de la maestra poeta e investigadora Carmen Pérez Montero. 2- La transcripción fue realizada por Denys Farfán y Endrina Muñoz.

sábado, 10 de mayo de 2014

LA TARDE DEL QUINTO MES (Yordalis Roche León, Elio Rodríguez Silva y Luis Guillermo Mendoza)

Parecía una tarde más en el Llano 


– ¡Mami! ¿Te vas a lavar para el caño a esta hora?- Preguntaba el pequeño Pancho a su mamá, al verla con el saco de ropa sucia.
–Sí, hijo, es que duré mucho rato pegá el fogón y no pude ir más temprano.
–Pero, mami, ya son como las cuatro y algo e’ la tarde, ya está bajando el sol.
–No importa, Pancho, yo no me voy a tardá mucho, solo voy a lavá unos trapitos. Dijo doña Antonia, ya casi saliendo del rancho con su saco lleno de ropa.
– Pancho, no se te olvide lo que hablamos anoche. Y sabes, mijo, nada de estar jugando solo en la sabana.
Doña Antonia, una mujer más buena que el agua y llena de humildad, había criado a su único hijo sola después de que su esposo, un domingo hace seis años atrás, se colgara del cuello en un palo de mango que tenía en el patio de la casa. No se cansaba de ver sus ramas casi todos los días, con lágrimas en los ojos, recordando ese momento de dolor.
Ella acostumbraba todas las tardes, cuando iba a lavar la ropa a la orilla del caño, encomendarles, la seguridad de su hijo y su rancho de palma, a la Santísima Trinidad y a San Miguel Arcángel. Le había prohibido a Pancho alejarse mucho de la casa y menos para jugar solo en esos “claros e’ sabanas”, pues, ella recordó que estaban en el mes de mayo. Este mes en el Llano es tomado como el mes en el que el Diablo anda suelto, ya que las ánimas y espíritus malignos, abundan por esos lados y mucho más en el pueblo La Asunción, donde los niños de esa zona pueden contarse con los dedos de las manos. Según cuentan los pobladores, esto se debe a la maldición que escuchó Rafael y su esposa Catalina de unos fulanos duendes con fuego en los ojos, que vieron en el conuco de doña Trina, la dueña del hato La Caimanera, después de haber perdido a sus dos hijos, misteriosamente, en ese mismo lugar, por jugar con una monedeas de oro que se encontraron quién sabe dónde y que no la soltaban ni para comer. El nombre maldito de aquellos seres decía así:

Cuando llegue el quinto mes
ya casi cayendo el sol,
le caerá la medición
a su casa no volver,
a aquel niño juguetón,
que salga de algún rincón
y a estos duendes pueda ver.

Esta era la preocupación de Antonia, dejar solo a su hijo por un rato, pero como Pancho, a pesar de su edad, era el hombre de la casa, confiaba en que le hiciera caso y que no saliera de allí hasta que ella no llegara.
Como todo niño de esta edad, Pancho se entretenía con cualquier cosa que encontraba. Una vez, le llamó mucho la atención ver las bandadas de corocoras que ya regresaban a los nidos. Sin recordar la advertencia de su madre, salió de la casa a caminar y se puso a jugar con su perinola, mientras veía las aves regresar a sus refugios como todas las tardes en el Llano, de pronto, oye una voz muy fina, casi como el sonido de una tiza en un pizarrón, que le decía amablemente:
– ¿Puedo jugar contigo?
Pancho, extrañado, se da media vuelta y le pregunta:
–Y, ¿tú quién eres? ¿De dónde saliste? El pequeño desconocido de voz aguda, respondió:
– Solo digamos que soy tu amigo, porque veo que no tienes uno, pues, si tuvieras, no andarías tan solo por aquí. Yo vivo por acá cerca del hato La Caimanera.
Pancho, ya entrando en confianza con el pequeño, le dice:
– Entonces debes ser familia de doña Trina, la Conuquera, ¿verdad?
Y el misterioso niño dice en un tono muy convincente:
–Mmm, digamos que vivo ahí de hace un buen tiempo, pero no soy familia de ella.
Encontrándose solo el joven Pancho y aún a la espera de su madre, se dispuso a jugar con su nuevo amigo. Éste, aparte de jugar perinola a la perfección, como Pancho, también le contaba historias alucinantes como la de la tinaja de morocotas que se hallaba al final de un arco iris y todo tipo de historias que tuvieran que ver con dinero enterrado, algo inusual para un pequeño que aparentaba los nueve años de edad. Sus ojos brillaban de emoción cada vez que hablaba de dinero, dándole una apariencia avara a este pequeño ser. Para pancho, resultaba muy emocionante y cada vez le provocaba más seguir oyendo a este amigo que, en aquel momento, le había caído de maravillas.
Después de haber tenido la atención total de Pancho, no solo le siguió contando este tipo de historias, también intentaba convencerle de que no siempre hay necesidad de hacerles caso a los adultos, ya que éstos suelen ser refunfuñones y muchas veces no tienen la razón. Esta opinión incomodó mucho al jovencito, pues no estaba muy de acuerdo, ya que para él, doña Antonia lo era todo en su vida y le sonó algo egoísta de parte de su nuevo amigo que dijera este tipo de cosas, declinando un poco la puntuación que ya él le había dado a esta extraña amistad, de apenas unos minutos de duración, que más bien parecían años. Pancho le preguntó: – ¿Por qué dices eso? ¿Acaso no tienes mamá o qué?
Este prefirió no responderle y siguió con el tema, tratando de convencerlo para desviarle aún más de la casa. Ya cuando estaban varios metros alejados, Pancho entra en razón y recuerda lo lejos que está de su hogar. Preocupado por desobedecer a su madre, ve el sol y dice en un tono de impaciencia: – ¡Ya son más de la cinco e’ la tarde, ya va a llegar mi mama! –A lo que el amigo contestó en tono de burla:
– ¿En serio? ¡Entonces, ya se me está haciendo tarde! Oye mi nombre:

Cuando llegue el quinto mes
ya casi cayendo el sol,
le caerá la medición
a su casa no volver,
a aquel niño juguetón,
que salga de algún rincón
y a estos duendes pueda ver.

Terminando estas palabras, el amigo de Pancho, empezó a transformarse en la cosa más espantosa que aquel niño hubiese imaginado en su vida: un enano cuya piel semejaba las arrugas de un sapo viejo y una cara tan espantosa que pareció haber sido el producto de un voraz incendio. Su lengua de serpiente se movía rápidamente, mientras sonreía de la forma más maligna que Pancho haya visto en su vida.
Seguido de todo esto, el enano, se tornó, del color grisáceo de una tarde tenebrosa y maldita hace años atrás. Los pájaros salían volando de sus nidos por la brisa tan espantosa que más bien parecía un huracán. Los murciélagos se confundían con las hojas secas que caían de las ramas los árboles y la voz de aquel engendro, esta vez, se hizo más aguda, que capaz de erizar la piel hasta del más fuerte, le decía: - “… no se te olvide lo que hablamos anoche, ya sabes mijo, nada de estar jugando solo en la sabana.” Eran las últimas palabras que le había dicho su mamá, seguido de una macabra carcajada. -
¡JAJAJAJAJAJAJA!-
Pancho no podía creer lo que sus ojos estaban mirando y sin más que decir empezó a gritar desesperadamente pidiendo ayuda y llorando de asombro. No hallaba salida. Todo se encontraba trasformado, ya no era el patio de su casa, pues, una especie de manglar empezó a crecer a su alrededor impidiendo salir de allí. Solamente se escuchaba la voz del desesperado Pancho diciendo: – ¡Mamá, ayúdame, por favor! ¡Mamita!, ven a ayudarme. ¡No me dejes solo! Mientras el duende le decía:
–De nada te sirve que grites, ¡ya eres totalmente mío! Y pagarás con tu vida el robo que me hicieron los desgraciados hijos del demonio hace diez años atrás. Esto es para que sepas que a ningún duende del monte le gusta que le quiten su tesoro y por el simple hecho de ser un niño nacido en esta zona maldita. Por nosotros pagarás igual que los demás.
En ese momento Pancho lamentaba no haberle hecho caso a su mamá. Aun miraba al oscuro cielo y guardaba alguna esperanza de que su madre llegase a rescatarlo. De repente, Pancho, se da cuenta de que el monte a su alrededor había desaparecido y al voltear pudo ver también la figura de su madre del otro lado de río con los brazos extendidos diciéndole:
–Mijito, ven, no te va a pasar nada.
Al mismo tiempo sopló una brisa tan fuerte que casi silbaba. De inmediato, Pancho, con la velocidad de una bestia, corre y se lanza al río y empezó a nadar sin parar hacia su madre que también iba en dirección hacia él. Al llegar al punto de encuentro, su madre lo abraza y mirando, a lo lejos al duende, le dice:
– ¡Esta vez tú no te lo llevaras! Él es mío.
Tomó a Pancho por la mano con mucha fuerza hasta casi impedir que su sangre circulara por sus venas y entonces viéndolo a los ojos le dice al niño:
–Como querías ver a tu madre antes de morir, tu deseo fue cumplido.
La falsa madre de Pancho resultó ser otro duende disputándose quién se llevará la nueva víctima. Y así, al regresar a su verdadera forma arrastra al pequeño Pancho hasta lo más profundo del rió, tras la mirada impávida de las grandes piedras y los altos árboles.
Trascurridos los meses, doña Antonia, aún recuerda lo
horrible que fue llegar a su rancho y no hallar a su pequeño hijo, aquella tarde del mes de mayo. Para ella, quedaban pocos los motivos por los cuales vivir, nada, absolutamente nada, la ataba a este mundo lleno de desgracias y
maldiciones, así que salió al patio, observó el palo de mango y pensó igual que su esposo hace seis años atrás.

Notas del Editor: 1-La presente pieza es parte de "El Carretón de la Muerte y otros arrastres, obra ganadora de la I Bienal de Literatura Llanera "Víctor Manuel Gutierrez" (2008). Este cuento fue transcrito del libro: Nuevos Horizontes del Llano de Siempre (Compilación de Isaías Medina López), editado por la UNELLEZ- San Carlos en 2009.  

viernes, 2 de mayo de 2014

Presencia de la Cruz de Mayo en la Poesía Popular. Poemas y Fotografías (Maritza Torres Cedeño)

Poesía y fe que se transforma en alegría y devoción. 
Estudiantes de la UNELLEZ-San Carlos


La religiosidad popular venezolana está signada por un grupo disímil de símbolos que, sin equívocos nos hermanan como pueblo. Este patrimonio religioso es producto del movimiento evangelizador que vivió Hispanoamérica durante el período de la Conquista española, pero, con características muy específicas que la hacen particulares en cada región de los pueblos que la conforman. Prueba de lo anterior, es el hecho de que el acervo religioso de nuestro país descansa en dos pilares fundamentales: lo profano y lo divino. Ambos, dan origen a una diversa amalgama de manifestaciones socio-culturales en las que se reafirman el sentido de la fraternidad; el respeto por la tierra que provee de alimentos; la alegría de vivir (a pesar de las adversidades); la fe cristiana (apoyadas en votos, peregrinaciones, promesas y cantos) y lo que es más relevante aún: la necesidad de rescatar el valor de esa fe que se profesa desde un sentido mucho más humano y comunitario.

En ese orden de ideas, la poesía oral llanera recoge un extenso legado de estrofas anónimas que dan fe de cómo un colectivo alejado de los centros urbanos, ha custodiado, desde tiempos inmemoriales, el patrimonio músico-literario que los identifica. Asimismo, es conocido por todos su devoción religiosa y para nadie es un secreto que estos juglares anónimos son capaces de improvisar extraordinarias glosas, décimas, tórtolas y tonos para recordar día a día sus alegrías, penurias y su inquebrantable fe en el Creador y el amor por su santa madre. En palabras de Isaías Medina López (2004, p. 13) “los poetas orales llaneros por igual obedecen a eventos de la cultura de la religiosidad popular, como a celebraciones más profanas".

Detalle de la portada de "Antología de la Décima Popular en el Estado Cojedes", 
 (Isaías Medina López UNELLEZ, 2007) 

En el contexto específico de los Llanos cojedeños, se observa que existen un significativo número de cultores de la Décima que han legado al llamado verso improvisado una compleja muestra de registros poéticos dirigidos a exaltar añejas costumbres como lo son los velorios de Cruz, en el mes de Mayo. Una muestra de esta realidad se recoge en la Antología de la Décima Popular en el estado Cojedes. Este novedoso aporte etnoliterario se inicia con un Prólogo- Estudio en el que se presenta al lector un agradable y sólido capítulo alusivo a la teoría poética de la décima. Ejemplo de ello, son las definiciones y comentarios de acreditados investigadores como: Pilar Almoina, Luis Felipe Ramón y Rivera, Yorman Tovar, Efraín Subero, Domingo Rogelio León, Rudy Mostacero e Isaías Medina López quienes coinciden en afirmar que la décima es parte indisoluble del quehacer y sentir del ingenuo saber poético popular del venezolano.

En este aspecto es válido recordar algunos de esos basamentos teóricos. Según Subero (1991, p. 153): “desde un principio, entre nosotros, ha sido la décima sinónimo de pueblo”. Yorman Tovar (1991, p. 13), al analizar la estética de la poesía llanera resalta que la forma más empleada de la décima nacional (la glosa) despierta: “interés en los escritores contemporáneos, porque su estructura octosílaba hace que se preste para plasmar el sentir popular de nuestros juglares autóctonos”. De igual manera, como valioso aporte lexicográfico apunta: “Con el correr del tiempo, la glosa ha recibido otro nombre: PALABREO…por ese juego lúdico de palabras con las que, obligatoriamente, tiene que luchar el poeta para alcanzar el objetivo anhelado”.
Ramón y Rivera (1992, p. 135), apunta en la décima tres voces clave: a) como expresión cantada: “La décima es cultivada en todo el territorio nacional como base textual de diversos cantos”; b) como eje trasmisor de historias y fábulas: “Lo que resalta en la décima venezolana es su condición de estrofa narrativa, que acoge algunas tradiciones romancísticas” y c) como rostro artístico del pueblo: “por eso mismo, como el corrido, se ocupa de los hechos que conmueven el alma popular, desde los más importantes hasta los de poca monta”.


Altar típico llanero con Cruz de Mayo coronada con palmas de jardín y flanqueada 
con ramos de rosas y ofrendas de frutas

Ese sentir popular, que simboliza la décima criolla, también lo destaca Almoina de Carrera (2000, p.92), para esta investigadora, una de las formas poéticas más gustadas en la poesía oral venezolana es “la décima en sus más difíciles combinaciones (glosas, décimas aletrilladas o de pie forzado, décimas encadenadas) y cuya temática se divide en general entre décimas a lo divino o a lo humano”.

De acuerdo a León y Mostacero (1997, p. 528) es posible elaborar ocho categorías de la décima: “históricas, reflexivas, mitológicas, humorísticas, religiosas, románticas y líricas, sucesos y composiciones variadas”.
En tal sentido, el texto titulado: Antología de la décima popular en el Estado Cojedes (2007), cuyo compilador es el poeta venezolano Isaías Medina López, atesora “la escrituralización de décimas cantadas en devoción a La Cruz o a los santos”.



(El Velorio de Cruz de Mayo  convoca numerosos devotos)

En esta obra, de carácter etno-literaria, el lector encontrará en los versos de los tonos y tórtolas elementos celebrativos que aluden al conjunto de creencias, ritos y formas de organización social propias de esa región de Venezuela. Además, probablemente, se identificará con las motivaciones, los estados anímicos que mueven a cada intérprete al momento de cantar a la Cruz como símbolo de la pasión del hijo de Dios, tal como lo expresa Onaise Sandoval en esta décima titulada “Santísimo Sacramento”:

Santísimo Sacramento
Santísima Cruz de Mayo
a Cristo le dio un desmayo
y quedó desfigurado
¡Oh, qué caro le ha costado!
Al Divino Redentor
y sufriendo aquel dolor
que Longino le ha alanceado
por librarnos del pecado
sacramentado Señor.


(El grupo de Tambores de la Fundación San Juan Bautista Niño 
tiene activa participación en el Velorio de Cruz de Mayo)

Y en esa misma temática de admiración hacia el “Cristo Crucificado” está la composición del cantautor Teófilo Rodríguez, cuyo título es Por la Santísima Cruz:

Por la Santísima Cruz
se principió el alabado
fue Jesús Sacramentado
lleno de gracia y virtud
y te adoro buen Jesús
en la gracia en que me vea
y el verdugo que no crea
bendito y alabado sea
de tu poder infinito
hoy te alabo Jesucristo.


El canto de décimas, entre devotas y devotos, 
marca  una hermosa tradición a la Cruz de Mayo


Luego, se registran los cantos en los que se expresa el profundo agradecimiento por las buenas cosechas y la tierra fértil. Como un ejemplo se cita esta décima de “Flores para el altar” registrado en la autoría de Enmo Suárez:

La Virgen ayer bajó
estando yo en oración
y se me puso en canción
lo tanto que siento yo
aquello que me ordenó
era un mandato sagrado:
que dejara engalanado
un lindo y humilde altar
para la cruz consagrar
y así hallarme salvado.


La diversidad de formas, tamaños, colores y ofrendas hablan, 
por sí solas, de la compleja devoción a la Cruz de Mayo



De igual manera, el lector evocará todo el matriarcal proceso que acompaña al Velorio de Cruz de Mayo como: preparar el altar en el que se colocará la cruz, elegir flores o palmas para vestirla, seleccionar los cirios que la acompañarán, elaborar los alimentos y las bebidas “espirituosas” que serán obsequiadas a los trovadores y visitantes. En algunas regiones del estado Cojedes, le corresponde también a la dueña de la casa, escoger el lugar en el que estará la cruz; éste bien puede ser el patio o la sala principal. En estos preparativos, ya convertidos en un ritual toda la familia y hasta los vecinos participan. Un sentimiento de regocijo se mezcla con otro más sacramental y produce una encantadora dualidad propia de las diversas emociones que las letras de los versos cantados puedan producir en los oyentes.


El "Tapado" de la Cruz de Mayo se debe hacer antes de comenzar los bailes "paganos", bien ejemplificado por dos profesores de la UNESR. 

El sonido del cuatro, de las maracas, de la bandola y del arpa acompañados del infaltable “traguito de aguardiente,”con el transcurrir del velorio, logran que los cantos a la cruz se vayan tornando en profanos, en tal caso, la dueña de la casa viste la cruz para dar inicio al “bailorio”. Y es en ese instante en el que los poetas comienzan a improvisar los versos de “Rabo de velorios” en los que se cantan joropos y golpes, entre otros, son cantos típicos estos dos tonos:
De “Tórtolas a la Aurora” (Cantautor Evangelisto Hermoso)

Las avecitas lozanas
cantaron con alegría
ellas cantan la mañana
yo canto la despedida
alabemos a María
madre del Rey Soberano
Dios adorado cristiano
vuelvo a decir repetido
con mi cuatrico en la mano
porque siempre me despido.


El vestido de la Cruz de Mayo y el engalanado 
del altar realzan la creatividad femenina

De “Décimas del Aguardiente” (Cantautor: Nemesio Antonio Alvarado Mendoza)

Yo he visto unos caballeros
que dicen saber beber
pero los he visto caer
el día menos pensado
y sólo en mí se ha notado
este mal tan diferente
nomás a los inocentes
castigan por el licor
y de este modo, Señor,
todos toman aguardiente.

Estos cantos convierten el velorio en una animada celebración comunitaria en la que brotan versos con tono amoroso, charadas a la Cruz de Mayo, a un personaje reconocido de la comunidad y a las llamadas bombas cargadas de humor y picardía tan característica del poeta improvisador llanero, que en muchas ocasiones llegan al tradicional contrapunteo entre los cantadores, veamos esos dos casos:

De “El Inocente Lucido” (Cantautor: Cruz Antonio Torres)

Quién es ese cantador
que en argumento me canta,
su voz a mí no me espanta
en el cantar soy primero
yo canto de enero a enero
un año tan ejecutivo
y como soy entendido
se me aclara la garganta;
por eso a mí no me espanta
el inocente lucido.


El arraigo  agrícola de la Cruz de Mayo se muestra en las ofrendas del Altar

Sin lugar a dudas, los velorios de Cruz de Mayo legitiman que los saberes populares se transmiten y comparten para fortalecer y acrecentar el imaginario colectivo; de allí la necesidad de darlos a conocer para que no se pierdan en el olvido de la memoria y puedan traspasar la barrera inconmensurable del tiempo. Por ello, la recopilación de textos poéticos presentes en la Antología de la décima popular en el Estado Cojedes “es un justo reconocimiento a los hombres y mujeres, en su mayoría humildes campesinos y gente del pueblo, que han convertido a la décima en un valor de la identidad ancestral de esta región, en una piedra angular para entender el actual proceso de la cultura de Cojedes” (Medina López, 2007, p. 11). 

Otro elemento tradicional destacado es la "siembra" 
de la Cruz de Mayo con sus respectivas ofrendas

 Acompañemos, con nuestra lectura a estos juglares llaneros a través de sus varios cantos. Ellos nos ofrecen la posibilidad de reencontrarnos con nuestras raíces y a reconocer que sus voces son el fiel testimonio de que a través de la oralidad el hombre universal se resiste a perderse en el laberinto del silencio.

La reverencia por medio de la danza alcanza gran vistosidad actual 
en los Velorios de la Cruz de Mayo, tal como se práctica en estas bailarinas 
de la UNELLEZ-Fndación San Juan Bautista Niño, en la UNESR, Cojedes


Otros enlaces relacionados 


*Preparación de un Velorio de Cruz de Mayo (notas, poemas y fotografías) http://letrasllaneras.blogspot.com/2011/05/preparacion-de-un-velorio-de-cruz-de.html

*Poética de la Cruz de Mayo (notas, poemas y fotografías)

*Velorios de Cruz de Mayo: Poemas y fotografías

*Velorios de Cruz de Mayo:  más poemas y nuevas fotografías


Fuentes Consultadas
Almoina de Carrera, P. 2001. Más allá de la escritura: La Literatura oral. Universidad Central de Venezuela, Caracas.

León, D. R. y Mostacero, R. 1997. Caripe: Historia cotidiana y oralidad. Biblioteca de Temas y autores Monaguenses- UPEL, Maturín.

Medina López, I. 2007. Antología de la décima popular en el estado Cojedes. UNELLEZ, San Carlos.

Subero, E. 1991. La décima popular en Venezuela. Monte Ávila Editores, Caracas.

Ramón y Rivera, L. 1992. La poesía folklórica de Venezuela. Monte Ávila Editores, Caracas.

Tovar, Y. 1992. Antología de la Glosa Portugueseña. Fundasoropo, Guanare.

Nota: Este documento es un extracto del artículo: “PRESENCIA DE LA CRUZ DE MAYO EN LA POESÍA RELIGIOSA POPULAR COJEDEÑA" de Maritza Torres Cedeño)